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Ruleta rusa

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Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida.” (Chéjov)

 

El hombre lee la noticia en un tono monocorde. La mujer le mira, pensativa. El hilo de café con el que va llenando su taza se corta por unos segundos.

—Pobre hombre —murmura sacudiendo la cabeza. 

—Querrás decir ¡pobre imbécil!, mira que ganar un millón y suicidarse... 

—El dinero no lo es todo —interrumpe la mujer, luego, termina de llenar su taza.

—Pues a mí no me parece que la vida que llevas te permita decir esta estupidez —lanza el hombre en tono burlón, mientras va pasando las hojas del periódico. 

Los dos terminan de desayunar y él se prepara para ir a trabajar. Se despide hasta la noche. 

—No me esperes levantada, llegaré tarde.

La mujer de nuevo en la cocina. Le duele la cabeza. No ha dormido bien, nunca duerme bien. Podría tomarse otro somnífero y volver a la cama; lo suele hacer cada vez más a menudo y hoy, al igual que ayer, no se le ocurre nada mejor. 

A paso lento se dirige hacia el dormitorio, abre el cajón de su mesita de noche, coge el frasco de somníferos y vuelve a la cocina agitando los comprimidos que tintinean contra el cristal. Eso mismo hacía cuando, de pequeña, ensartaba cuentas de colores en un hilo de nailon para hacer pulseras. Guardaba las cuentas en un tarrito y, según la intensidad del tintineo, sabía con bastante precisión cuantas le quedaban. 

Ahora hace igual, pero con somníferos. Intenta adivinar su número exacto y si lo consigue habrá ganado, como aquel hombre suicida de Montecarlo, entonces... 

—¡Qué cosas se me ocurren! —dice en voz alta y sonríe pensando en su marido leyendo la noticia: 

Una mujer, en la cocina de su casa, juega a adivinar, acierta y se suicida.

—Otra imbécil —concluiría él a modo de epitafio.

—Diecisiete —murmura la mujer antes de verter el contenido del frasco encima de la mesa de madera. Los comprimidos son blancos y van formando como un camino nevado.

¿Hasta dónde me llevaría?, piensa ahora.

En unos segundos, decide que hoy ya no va a ser igual que ayer y que el juego que ha iniciado tiene unas reglas muy definidas que piensa seguir a rajatabla. Bastantes trampas ha habido en su vida, no las habrá en su muerte. 

Tiene ahora que contar los comprimidos; si son diecisiete habrá ganado.

Con la misma concentración con la que un niño aprende a contar, señala con el dedo cada unidad y empieza: un, dos, tres... ¡Diecisiete!

¡Ha ganado!

La mujer sonríe y a sorbitos, sin prisa, se adentra en el camino nevado. 


29/07/2011 08:43 dominiquevernay Enlace permanente. sin tema

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