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Oblongo

 

OBLONGO

  El choque fue brutal y reventé. En más de una ocasión, harto de verme ignorado, hubiese dado lo que fuera para que eso ocurriera pero, ahora que había pasado de verdad, me daba cuenta de que las cosas no iban a cambiar y que, con o sin mí, todo seguiría igual. A mí no me quería nadie.

Estaba hecho un amasijo y me quedaba poco tiempo para hacer el balance final de mi pobre existencia, cuando oí sollozar a mi lado:

            —No quiero morir, no quiero morir.

            A mí nunca me habían gustado los desbordamientos y menos ahora que necesitaba algo de paz.

            —A nadie le gusta morir, pero si no le importa…

            —Lloraré todo lo que me da la gana —gimió la plañidera (con aquella voz chillona era evidente que pertenecía al género femenino); ¿además quién es usted?

            —Cierto, no hemos sido presentados, pero ni falta que hace  —le contesté con tosquedad.

Podría haber sido más amable en ese momento, pero se me iban las fuerzas a cada segundo que pasaba y, además, ¿qué me podía aportar la compañía de aquella gran protagonista de los ambulatorios?, ¿la listilla de cálculos insoportables?... Si hacía falta estar inflamado o destrozado para que la gente se acordarse de uno, prefería seguir ignorado. Así es que intenté apartarme de la moribunda y seguí con mis pensamientos.

Recordaba las primeras ecografías con la emoción de todos, viendo o simulando ver, el corazón, la cabeza, los pulmones, los miembros…          

            —¡Mira mira¡, ¡qué naricita!, ¡qué piececito!

            —¿Y esto?

            —Los deditos.

            —¡Qué maravilla!

            —¡Y yo qué? ¿Es que no me ven? ¿No existo? —les chillaba desde mi posición inmejorable entre el páncreas, el diafragma y el riñón izquierdo. Pero ellos no me hacían caso.

            —¿Tendrá los ojos azules? —se preguntaban, atolondrados, mientras yo soñaba con que una vez, una sola vez dijeran:

            —Y el bazillo, ¿se puede ver?, ¿lo tendrá robusto?, ¿será digno de la gran función que le ha sido encomendada?

            Pero eso nunca ocurrió y ahora que la ambulancia nos llevaba a toda velocidad hacia el hospital, sabía con certeza que mi sueño, y el de todos los bazos del mundo, nunca se cumpliría.

            —Tiene un corazón resistente, se salvará —decía el médico a su acompañante.

            —Pero parece que tiene el bazo hecho papilla… y no sé si la vesícula…

            —No pasa nada, se extirpan y ya está.

            Entonces, no quise escuchar más y, deslizándome hacía el riñon, busqué el calor de aquella bilis de vesícula moribunda que, por cierto, llevaba ya unos segundos demasiado callada.

28/12/2012 11:26 dominiquevernay #. sin tema

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