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En los estantes de tu cerebro

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Para la coliflor y el melón,

con todo mi cariño.                                 

 

Me gusta el ronroneo de mi frigorífico. Es como un gato enorme que me acompaña en mis noches de insomnio. También es cierto que cada frigorífico tiene su lenguaje; el de mi abuela, por ejemplo, cloqueaba, hasta que un día le dio por graznar–al frigorífico– y, a los pocos días de eso, murió –mi abuela–.  El sonido del de Olaf era agudo, como el canto de los grillos para llamar a las hembras. La verdad, me desagradaba. Olaf era el tío con él que salía. Nos habíamos conocido en Carnaval, un veintiuno de febrero; él iba de elefante y yo de burra. Al cruzarnos en el pasillo de los lavabos había barritado y yo rebuznado y dos horas más tarde –después de comernos media pizza Margarita– nos encontrábamos follando como locos, de pie en la cocina junto a su grillo gigante.

            El canto de los grillos es monótono. El sexo con Olaf tenía también algo de monótono e intuía que esa relación no me llevaría a nada del otro mundo.

            Una de las noches que pasé en su casa –y unos minutos antes de saber que iba a ser la última– me levanté a por una cerveza. Olaf dormía. Me dirigí hacía la cocina guiada por el cri cri cri del frigorífico. Al acercarme a este último, aminoré el paso y me puse de puntillas tal y como lo hacía de pequeña en el campo, para poder atrapar un grillo y meterlo en un frasco de cristal. El frigorífico –al igual que los grillos enmudecían al oír las vibraciones de la tierra bajo mis pies– dejo de cantar y dudé unos instantes antes de decidirme a abrir la puerta. Nunca me había servido directamente de la nevera de Olaf, él siempre había evitado que lo hiciera. Desde el principio, me había parecido ver en Olaf a un tipo que sabía lo que quería, que tenía las ideas muy claras y ahora iba a comprobar que no estaba equivocada. Mientras yo me preguntaba a dónde nos iba a llevar todo aquello –fiesta, pizza, sexo o sexo, pizza, fiesta– estaba claro que él ya tenía la respuesta: a nada.

            Los frigoríficos son como las replicas de los cerebros de sus dueños y, por eso, a nadie que no sea muy de confianza se le hace pasar a la cocina. Pasaremos al salón, estaremos mejor, se suele decir a los invitados, dejándoles solos unos segundos más tarde –a riesgo de que se lleven el cenicero de plata o el abrecartas de oro y marfil– para ir a por unas cervezas a la cocina. ¡Todo con tal de que nadie pueda ver el interior de la nevera de uno!

            La de Olaf me recordó al cementerio de mi pueblo en su parte norte, la de los nichos. El primer estante estaba ocupado por un montón de fiambreras, cada una con su etiqueta, con el nombre del fiambre, la fecha de compra y la de caducidad. En el segundo se encontraban todos los derivados de la leche, con los yogures ordenados por sabores. En el tercero, una coliflor envuelta en metros y metros de plástico transparente intentaba, en vano, darle conversación a un melón, él también momificado.

¡Qué orden, limpieza y control!, pero... ¡qué tristeza también de frigorífico!, ¡qué aburrimiento! ¿Qué hacía yo con un tío así? ¿Dónde estaban aquellos trocitos de queso mohoso, de lechuga arrugada, de limones resecos que daban color, olor y vida a mi frigorífico y a los ajenos –muy pocos– en los que me había conseguido meter? ¿En qué estante del cerebro helado de Olaf estaba yo? Pronto lo iba a saber.

            Al agacharme para romper la fila impecable de las Heineken, no pude resistirme a abrir el cajón de los congelados. Ahí, muerta de frío y asfixiada, se encontraba una mitad de pizza Margarita con su adhesivo en el que se podía leer muy claramente: Margarita–fecha de compra–veintiuno de febrero–. De la fecha de caducidad mejor no hablar, más que caducada, aquella pobre media Margarita revenida se había vuelto tóxica. Un miedo repentino e irracional me obligó a soltar la cerveza. Me faltaba el aire. Hubiese querido gritar, pero no lo conseguía, como si metros y metros de plástico transparente me tapasen la boca. Cerré de golpe la puerta del frigorífico que empezó entonces a cloquear luego a graznar.

            En la habitación Olaf me reclamaba:

            –Margarita, ¿qué andas buscando por ahí?, ¿qué es todo este ruido?

            No le contesté y me largué –en pijama y descalza– para siempre.               

06/08/2012 10:58 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Parida de senador

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            A la hija de la Paqui siempre se le dio muy bien eso de estudiar. Cuando se graduó de sicología, me ofreció sus servicios para quitarme esa tristeza de hija no deseada que llevaba arrastrando desde toda la vida. Y cuando por la crisis tuve que dejar nuestras sesiones –como las llamaba ella– seguí con mi tristeza a cuestas, yo solita, hasta hace unos días que me dijo la Paqui, que habían dicho en la tele, que para que una se quede preñada tiene que ser que quiera.

            –¡Ya puedes dejar de andar por ahí con esta cara de pena! ¡Olvídate del cuento ese de hija no deseada!

            Desde entonces me paso el día pegada a la tele para saber algo más, y creo que hay algo de follón. Pero... ¡que piensen como quieran!, que a mí nadie me va a quitar este poquitín de alegría que tengo de saberme hija de mujer golfa.

23/08/2012 15:00 dominiquevernay #. sin tema Hay 3 comentarios.

Pelos y arrugas

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Con los años me estoy volviendo más descarada, pero me ha dicho mi terapeuta que es normal, que no me preocupe, que es liberador no tener pelos en la lengua. Ya ve, eso de los pelos en la lengua lo había oído decir, pero no me había parado a pensar que si con la edad se van perdiendo, será que se nace con la lengua peluda. Lo mismo que pasa con las arrugas de los sharpeis que se les van quitando según crecen. Eso lo sé por la vecina del quinto, bueno... por su perro. Apenas si nos saludábamos –ella y yo, el perro ni me miraba– pero el otro día en el ascensor –y por el problema mío del descaro debido a la edad– le dije que en su caso no se cumplía el dicho de que los amos terminan pareciéndose a sus perros o al revés. Me miró con cara de sharpei arrugado, mientras que su Chuchi me gruñó con cara de sharpei estirado.

–¡Pues vaya tontería! –me contestó.

Para mí que ella también pasa de los sesenta por lo de los pelos en la lengua; no parece tener muchos.

–De tontería nada –insistí yo que no me iba a dejar ganar en desfachatez–. Mientras a él se le van quitando las arrugas, a usted le salen y cada vez más profundas. ¿No será que se las está pasando? ¡Cosas más extrañas se han visto! Sin ir más lejos, ¿sabía usted que se nace con la lengua peluda y que luego...?

¡La muy grosera no me dejó terminar y no vean la que se montó!

Eso del descaro me está complicando la vida y voy a tener que buscar una clínica de implante de pelos para lenguas. Si alguien de ustedes sabe de una buena, no dejen de avisarme.

25/08/2012 11:04 dominiquevernay #. sin tema Hay 3 comentarios.


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