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Pour elles... et pour eux.

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Elles se marrent comme des gamines ou peut-être qu’elles pleurent en douce, difficile de savoir ce qui se cache dans leurs yeux voilés de cataractes qui n’en finissent pas de mûrir, comme elles disent. À côté du lit de Maminette –ma grand-mère, Mamie Henriette d’où Maminette– on est quatre: deux résidentes de longue date et deux visites, Geneviève –qui ne se souvient pas d’un hiver aussi froid que celui de 53, l’année de son quatrième gosse– et moi. La Geneviève vient tous les jours à l’hôpital; on a coupé les deux jambes à son Marius et il ne pourra plus rentrer chez eux. Elle hoche la tête, ça a l’air de lui faire de la peine, mais elle soupire et dit que ma foi c’est plutôt drôle et que si on les lui avait coupées avant, il n’aurait pas tant couru les femmes.

            –Ça lui a fait les pieds –ajoute Maminette qui ne bouge plus que la moitié gauche de son corps. Le sens de l’humour doit être à droite... comme quoi on se fait facilement de fausses idées.

            Une petite vieille rabougrie passe devant la porte de la chambre. Elle est accrochée aux guidons de son marcheur alu haut de gamme et ne jette même pas un coup d’oeil de notre côté. Elle est sur le point de doubler un autre marathonien. J’entends une infirmière qui, au volant du charriot des goûters, les gronde gentiment.

            –Tututu! –qu’elle fait–. On joue au lièvre et à la tortue dans le couloir?

            Je jette un coup d’oeil pour voir qui va gagner, j’ai jamais trop cru aux histoire de M Lafontaine: j’ vois pas de lièvre, deux tortues seulement, la tête dans leur carapace en laine des Pyrénées. J’ vois pas non plus de ligne de départ ni d’arrivée.

            Je retourne au chevet de Maminette qui a demandé à Geneviève de l’aider à pomper son thé du coin droit de ses lèvres tremblantes. Y’a une rigole qui se forme de l’autre côté et la serviette de Maminette ne suffit plus à éviter que la moitié du thé ne mouille le rabat du drap, juste là où est imprimé en grosses lettres bleues le nom de l’hôpital.

            –C’est pour qu’on se fasse plus vite à l’idée que l’on n’est plus chez soi– dit-elle souvent, alors que de sa main fripée elle lisse conscienseusement le rabat. Mais maintenant il est mouillé ce foutu rabat et je crois bien que derrière les paupières vénitiennes de Maminette s’accrochent quelques larmes qui n’ont même plus la force de couler.

            –Faudra que tu m’apportes une grande bavette, je leur donne bien assez de travail comme ça –me glisse-t-elle en douce, tout comme elle me glisse le  plateau du goûter qui ne lui dit plus rien.

            La Geneviève et Maminette sont de vieilles amies. A elles seules elles font presque deux siècles. De vraies gothiques qui en savent trop pour se laisser aller. La Geneviève lui apprend alors, pour lui changer les idées, le décès du père Grodaillon, un sale type qui a passé sa vie à tabasser sa femme quand il était soûl et qui lui a fait huit gosses.  

            –Et maintenant la Marise elle se retrouve seule, pas un de ses huit gosses ne viendrait la voir!... c’est pourtant pas elle qui les tabassait nom de nom!

            De nouveaux hochements de tête; les tas de mots qui leur viennent à l’esprit ne suffisent plus, peut-être parce qu’usés eux aussi.

            Et c’est alors que Mlle Marielle entre dans la chambre. Mlle Marielle est en visite elle aussi. Sa mère vient d’avoir cent ans; recroquevillée dans son lit, la centenaire est redevenue fétus et semble chercher dans les replis des draps le cordon ombilical d’un ailleurs. Sa fille, une septuagénaire qui n’a jamais été comme les autres –ni aussi ni pas assez– nous regarde en silence quelques secondes. Elle ressemble à une grosse poupée en chiffon quelque peu boursoufflée, aux joues luisantes et douces. Elle fronce les sourcils, grommelle et s’approche du lit de Maminette.

            –Voulez–vous que je vous fasse venir un prêtre Mme Henriette?

            Elle a parlé doucement d’une voix nasarde et traînante, et à chaque syllabe son visage est passé de l’amusement, à l’étonnement et à la réflexion la plus profonde.

            –Non merci –répond Maminette à peine surprise.

            –Je vois, je vois –réfléchit à voix haute Mlle Marielle –vous préféreriez un petit oiseau.

            Cette fois c’est moi qui hoche la tête.

03/12/2012 13:10 dominiquevernay #. sin tema Hay 3 comentarios.

Almas cándidas (u otro "cuento"navideño)

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            Era la primera vez que madre me dejaba entrar en la cocina para otra cosa que no fuera limpiar las lentejas de piedrecitas o moler el café, esto último, cuando el dolor de su hombro derecho se reavivaba por culpa de la humedad y no le permitía "ni santiguarse".

            –Pero me tendrá usted que ayudar –le había dicho.

            –Vale, pero ¿qué quieres preparar?, ¿un dulce?

            –Sí, quiero cocinar un bebé, un bebé como el que fui. ¿Qué necesito?

            –¿Un bebé? ¡Vaya insensatez! De eso hace tanto que ni recuerdo los ingredientes.

            –¡Ande, madre, se lo ruego!

            –Hay que ver, niña, lo terca que puedes llegar a ser. Tal vez fuesen:

-Una cigüeña parisina

-Un repollo

-Una costilla de Adán

-Un certificado de matrimonio (salpimentado de oraciones)

-Polen

-Pistilos

-Un...

            –¿Y las proporciones, madre? –la interrumpí.

            Pero alguien más interrumpía llamando a la puerta y la lista de los ingredientes para bebés quedaría olvidada en el recetario; una lista incompleta, sin proporciones concretas ni consejos sobre cocción.

            Cuando ya mayorcita quise saber algo más sobre cómo cocinar bebés, hacía cinco años que madre había fallecido y, habiendo desistido de encontrar una cigüeña parisina –cuyo aspecto desconocía por completo– opté por mezclar un trozo de repollo con la costilla de un cerdo –que había bautizado Adán y engordado durante meses a tal efecto– con unos gramos de polen y pistilos de flores. Durante más de una hora lo batí todo bien batido y lo puse en el horno de leña junto a una hogaza. El resultado fue penoso: la hogaza se parecía más a un bebé que mi preparado, que no tenía ni forma ni color y apestaba.

            Solo me quedaba pues por probar con el certificado de matrimonio, que conseguí casándome con José, el único varón que quedaba en el pueblo de dos casas en el que vivía y quien, además, era huérfano como yo. José no era mal chico solo que un poco parado; siempre había oído a madre comentar que si se pasaba el día sentado murmurando cosas incoherentes, era por la coz esa que había recibido en la cabeza, cuando aún no hacía más que gatear. El caso es que era muy dócil y nunca se negó a tumbarse boca arriba, junto a mí, pero no demasiado, para no arrugar el certificado de matrimonio que ponía entre los dos y que, llegando el momento, serviría de cuna –suponía yo– para ese bebé que me tenía que llegar del cielo. Noche tras noche nos quedabamos con las manos quietas sobre el embozo y rezábamos en silencio cada uno a nuestra manera hasta dormirnos.

            Pero el tiempo pasaba y empezaba a creer que madre me había mentido cuando, una mañana de primavera, José y yo vimos un hermoso pájaro blanco posarse en el campanario de la iglesia medio en ruina del pueblo.  

            –¡Qué raro, una cigüeña por aquí! –oí exclamar a unos pastores de paso por el pueblo.

            –¿Vendrá de Paris? –les pregunté.

            Se rieron y siguieron su camino, pero algo me dice que sí, que es la cigüeña de la receta. Ha llegado el momento de hilar un poco de lana y de tejer patucos y un nombre para el bebé.

            Ahora miro a José, él mira hacia el pájaro, ha dejado de murmurar cosas y parece feliz. Me acerco a él y le beso; le gusta, a mí también. Entonces, nos tumbamos en la hierba y jugamos como lo hemos visto hacer tantas veces a la Linda y al Pulgoso, y nuestros jadeos y un extraño claqueteo se unen para llenar el silencio del valle. Exhaustos, José recoloca los faldones de su camisa, yo los de mi falda, y nos quedamos tumbados boca arriba mirando hacia el campanario.

            –Clac, clac, clac... nos dice la cigüena como si nos aplaudiera.

            –Pronto nos traerá a nuestro bebé –le digo a José.

16/12/2012 22:10 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Oblongo

 

OBLONGO

  El choque fue brutal y reventé. En más de una ocasión, harto de verme ignorado, hubiese dado lo que fuera para que eso ocurriera pero, ahora que había pasado de verdad, me daba cuenta de que las cosas no iban a cambiar y que, con o sin mí, todo seguiría igual. A mí no me quería nadie.

Estaba hecho un amasijo y me quedaba poco tiempo para hacer el balance final de mi pobre existencia, cuando oí sollozar a mi lado:

            —No quiero morir, no quiero morir.

            A mí nunca me habían gustado los desbordamientos y menos ahora que necesitaba algo de paz.

            —A nadie le gusta morir, pero si no le importa…

            —Lloraré todo lo que me da la gana —gimió la plañidera (con aquella voz chillona era evidente que pertenecía al género femenino); ¿además quién es usted?

            —Cierto, no hemos sido presentados, pero ni falta que hace  —le contesté con tosquedad.

Podría haber sido más amable en ese momento, pero se me iban las fuerzas a cada segundo que pasaba y, además, ¿qué me podía aportar la compañía de aquella gran protagonista de los ambulatorios?, ¿la listilla de cálculos insoportables?... Si hacía falta estar inflamado o destrozado para que la gente se acordarse de uno, prefería seguir ignorado. Así es que intenté apartarme de la moribunda y seguí con mis pensamientos.

Recordaba las primeras ecografías con la emoción de todos, viendo o simulando ver, el corazón, la cabeza, los pulmones, los miembros…          

            —¡Mira mira¡, ¡qué naricita!, ¡qué piececito!

            —¿Y esto?

            —Los deditos.

            —¡Qué maravilla!

            —¡Y yo qué? ¿Es que no me ven? ¿No existo? —les chillaba desde mi posición inmejorable entre el páncreas, el diafragma y el riñón izquierdo. Pero ellos no me hacían caso.

            —¿Tendrá los ojos azules? —se preguntaban, atolondrados, mientras yo soñaba con que una vez, una sola vez dijeran:

            —Y el bazillo, ¿se puede ver?, ¿lo tendrá robusto?, ¿será digno de la gran función que le ha sido encomendada?

            Pero eso nunca ocurrió y ahora que la ambulancia nos llevaba a toda velocidad hacia el hospital, sabía con certeza que mi sueño, y el de todos los bazos del mundo, nunca se cumpliría.

            —Tiene un corazón resistente, se salvará —decía el médico a su acompañante.

            —Pero parece que tiene el bazo hecho papilla… y no sé si la vesícula…

            —No pasa nada, se extirpan y ya está.

            Entonces, no quise escuchar más y, deslizándome hacía el riñon, busqué el calor de aquella bilis de vesícula moribunda que, por cierto, llevaba ya unos segundos demasiado callada.

28/12/2012 11:26 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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