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Le chêne endormi

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«A grand-peine il sortit ses grands pieds de son trou 

Et partit sans se retourner ni peu ni prou.» Georges Brassens                                   

 

              Plus ça allait, plus j’avais du mal à remonter à la surface après quelques heures de sommeil, parce que quand je m’endormais, je m’enfonçais, d’autres s’envolent, chacun son truc. Avant, je franchissais d’un bond la seule frontière qui n’apparaît sur aucun GPS, celle qui sépare les rêves de la réalité ou tout du moins de la mienne.

            Les derniers temps par contre, il me fallait emprunter un espèce d’escalier en colimaçon qui n’en finissait pas de tourner et je regrettais le bon vieux temps où je n’avais rien d’autre à faire qu’à ouvrir un oeil, puis l’autre –jamais les deux à la fois, par précaution– pour pouvoir remonter a la surface!

            Hier, cependant, ça n’a rien été de tout ça. Quand j’ai entrouvert les yeux je me suis retrouvée dans une immense forêt et j’ai eu comme une sensation de déjà vu. Mais j’ai eu peur et j’aurai donner cher pour mettre la main, pardon, le pied sur mon escalier en colimaçon, même si le prendre me donnait mal au coeur et qu’en arrivant à la cuisine je pouvais à peine avaler un café. 

            –Tu ne manges rien? -–s’inquiétait à chaque fois mon père.

            –Non.

            Je ne lui en disais jamais plus, parce qu’on habite un petit studio de plain-pied tout minable, au rez-de-chaussée d’un immeuble et d’un quartier minables aussi et mon histoire d’escalier en colimaçon l’aurait fait sourciller, quoique... allez imaginer comment il faisait, lui, pour remonter!... et ça, quand il y arrivait, ce qui était de moins en moins souvent.

            C’était une forêt peuplée d’arbres centenaires –vu la grosseur des troncs– et d’animaux sauvages –vu tous les yeux qui brillaient dans l’obscurité–. Heureusement que je savais déjà qu’il fallait être prudent et ne pas confondre tout ce qui brille avec des étoiles filantes et c’est moi alors qui ai filé en pleine nuit me cognant contre les arbres, me déchirant aux ronces... J’aurais pu me terrer dans un coin et attendre que le jour se lève pour y voir un peu plus clair dans cette broussaille de sentiers sans issue, de fausses promesses et de compromis insensés qui ne me mèneraient jamais nul part, qui me faisaient couler, mais j’ai préféré prendre mes jambes à mon cou et chercher... mais quoi au juste?

            Au bout d’un moment je n’en pouvais plus et j’ai dû m’arrêter pour reprendre mon souffle. Les premières lueurs du jour taguaient le ciel de rouge et de violet et c’est alors que j’ai découvert le géant à terre, le chêne gisant. Je me suis approché de lui et j’ai vu, au beau milieu de ses douze mètres de long, une espèce de siège taillé à la hache, un creux, un vide. Je m’y suis assise un long moment. J’ai comblé son entaille béante de mes propres entailles, j’ai bu de sa sève et lui de mon sang, dans sa blessure j’ai soigné les miennes et... nous nous sommes endormis.

            Quand mon père est entré dans ma chambre pour me secouer et me dire que j’allais arriver en retard au boulot et que ce n’était pas le moment, j’ai ouvert les deux yeux à la fois, j’ai sauté du lit et suis allée me préparer un petit-déjeuner –avec deux tartines– tout en fredonnant... il n’avait jamais vu l’ombre d’un bûcheron, ce grand chêne fier sur son tronc.

            –Et ben dis donc, t’as faim aujourd’hui!

            –Oui.

            –Et t’es contente!

            –Oui.

            Je ne lui en ai pas dit plus et j’ai pris soin de ne pas lui montrer mes mains en les cachant sous un pull aux manches trop longues ni mes pieds, en les cachant aussi dans des pantoufles bien larges. Je sais que c’est idiot et qu’il faudra bien qu’il le sache un jour ou l’autre: mes mains, mes pieds bourgeonnent, je bourgeonne toute et je vais devoir partir, le quitter, ne pas sombrer avec lui... Je ne lui ai encore rien dit. Bientôt.

(Texte inspiré de la photo prise par Pascale Restout et d’une chanson de Brassens)

09/09/2012 16:23 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Demacre

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Esta mañana me encontré con Dios en las escaleras de casa. Iba en zapatillas y pijama y no contestó cuando le dije hola. Creo que se le ha ido el hijo y ahora le toca a él hacerlo todo.

14/09/2012 12:24 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Hablemos en serio

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      Regla número uno: «Escribir cada día, tengas algo que decir o no.» Y no sería problema ninguno, si no me hubiese planteado desde un primer momento no escribir nunca sobre cosas que no hayan ocurrido de verdad, porque, ¿quién no está un poco harto de tener que imaginar tantos mundos imposibles?

            Pasamos nuestra infancia imaginando cómo serían los auténticos Reyes Magos y el Ratoncito Pérez con su bolsa de dientes al hombro. Luego, cómo sería el infierno al que iríamos a parar por haber dicho una palabrota o pensado en cosas indecentes; también tuvimos que imaginar cómo serían esas indecencias –aunque esto último, hay que reconocerlo, resultaba ameno–. En clase tampoco nos librábamos de imaginar cosas, como por ejemplo que comprábamos diez caramelos y que le regalábamos tres a un amigo... ¡vaya despilfarro!

            Y podría seguir con una lista interminable de cosas que tuvimos y que tenemos que imaginarnos: un mundo mejor con los malos encerrados y los buenos unidos y felices... Francamente, es agotador.

            Así es que cuando dije en el relato anterior que me había cruzado con Dios en zapatillas en las escaleras de casa, pues es que fue así y no hace falta que el lector haga esfuerzo mental alguno para visualizar la escena: un señor que se llama Dios, unas escaleras de granito rosa Porriño, unas zapatillas de borreguillo...  vamos, nada del otro mundo. Y si a eso alguien me contesta que a quien él ha visto es al Espíritu Santo en camisón, pues le daré la enhorabuena y le diré que no se lo piense dos veces y abra un blog para contarlo. La gente está harta de tener que imaginar cosas, lo que quiere de verdad es una pequeña dosis de realidades diarias, de mundos tangibles y lo entiendo. 

14/09/2012 12:31 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Off

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Esta mañana, como cada mañana, me he desperezado con media hora de lectura –Hablemos de langostas de David Foster Wallace– luego me he levantado con idea de escribir un rato. Me he quedado varios minutos frente al ordenador sin poder mover una sola neurona. Tal vez sea ese uno de los efectos que pueden producir los trabajos del increíble Wallace, te las bloquea.

            –Has probado a apagarte –me ha sugerido mi ordenador.

            He seguido su consejo –que de eso sabe mucho– y por eso me encuentro ahora escuchando una tertulia televisiva, mejor dicho viéndola o las dos cosas a la vez o ninguna, y si quiere Dios que no haya pillado ningún troyano –que en este caso no me queda más remedio que invocar al cielo–  en unos minutos me encenderé de nuevo y a ver lo que pasa. 

17/09/2012 10:26 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

De churros y de meninas

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Soy camarera y no me quejo. Es un oficio que me gusta, sobre todo desde que trabajo en uno de los cafés de mejor reputación de la ciudad. Fue, hace años, lugar de encuentro de intelectuales, por lo menos es lo que me han contado y lo que explica lo de las fotografías mohosas cubriendo las paredes del local.

            No creo que siga habiendo intelectuales por aquí ni que haya visto uno en persona en mi vida. Además, no sé si son gente como nosotros, porque en la mayoría de las fotos se les ve sentados, así es que de cintura para abajo no me pregunten. Oí hablar, eso sí, de coeficiente intelectual, porque en el colegio, de pequeña, me hicieron pasar un test para saber cómo lo tenía; no recuerdo bien el resultado pero digamos que no fue del agrado de mis padres. ¡Menuda bronca la que me cayó!... Ya no les había hecho mucha gracia que no fuera ni tan alta ni tan delgada ni tan rubia como mi prima Rosalía, pero lo del CI bajo –que así es cómo se dice– fue la gota que colmó el vaso, cuando en realidad es una cosa que ni se ve ni debe de tener más importancia que la vesícula, que si la tienes vives y si te la quitan también.

            Como les decía antes, no creo que vengan ya intelectuales al café, pero sí gente rara; mi jefe los llama ratas porque ocupan mesas durante horas y no consumen casi nada. A mí no me caen ni bien ni mal. No suelen causar problemas y dejan propinas, pequeñas, eso sí.

            Hay uno, delgadito con ojos de búho, que no para de observar y apuntar cosas en una libretita. Me dijo que era columnista; supongo que por eso parece siempre tan cansado, debe de trabajar en la construcción por las mañanas y eso sí que es un oficio duro. A veces, cuando paso a su lado para servir otra mesa, me hace una señal para que me acerque y me pregunta entonces si me parece bien tal cosa que ha salido en el periódico o en la tele, que le gustaría conocer mi opinión de persona de a pié. No sé cómo se ha enterado de que no tengo ni carné ni coche y no entiendo que tendrá que ver lo que pienso de que tal político haya dimitido de su puesto –por poner un ejemplo– con que me desplace a pié o en metro. Perdonen que les diga, pero a eso lo llamo yo mezclar los churros con las meninas.

             Volviendo a lo que les decía, a mí me da mucha vergüenza que me pregunte, porque no tengo ni idea de lo que me está hablando y me parece estar de nuevo frente al hombre trajeado aquel del test de CI en el colegio –solo que el de ahora no lleva traje y va siempre de negro, seguro que se le ha muerto alguien hace poco.

            Pero, desde hace unos días, me he dado cuenta de que cuando él y los otros raros se van, dejan en las mesas miguitas de todo aquello que van hablando o apuntando en sus libretas; palabras que deben de desechar por repetidas o defectuosas, como hacen en algunas tiendas outlet –outlet es una palabra inglesa que querer decir agujereado– o de palabras que se les resisten. He empezado a guardar todo aquello en una cajita y una vez en casa ensarto las miguitas a manera de pulsera. ¡Ya verán!, aunque me quedan todas un poco anchas, un día me atreveré a lucir una y el columnista ese se va a quedar de piedra... lo que, dicho sea de paso, sería lo suyo.

19/09/2012 11:45 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

De vecina a vecina (desde el tú)

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Me cogiste desprevenida, parada frente a la puerta de casa, en plena república independiente de mi felpudo. Si buscabas el momento oportuno para acorralarme, ese era efectivamente. Al ver el tamaño de mi bolso con su sinfín de compartimentos interiores, calculaste que me sería imposible dar con las llaves, abrir la puerta y desaparecer en menos de dos o tres largos minutos, lo que te daría tiempo a decirme que eras feliz, sí, plenamente feliz, con tus hijas bien casadas y tu marido que te trataba como a una reina.

Eso era lo que querías que constara en acta y decidiste enviarle la primicia a mi cogote. Con la rodilla izquierda ligeramente levantada en plan mesita de apoyo para bolsos grandes y la mano derecha hurgando en los abismos de aquel antro con asas, debiste de sacarme cierto parecido a un sacamuelas en plena labor y, por si mi cogote no hubiese captado la buena nueva, me la volviste a lanzar con la fuerza de un vendaval en los pelillos de mi nuca. Luego, te callaste a la espera de una gran respuesta a tan grata revelación. Para disimular tu impaciencia, algo añadiste sobre el tiempo o lo fuerte que venía la gripe. Te extrañaste de mi clara muestra de falta de interés y te sentiste molesta por ese hurgar mío cada vez más frenético, tal vez buscando ahora esas palabras que deseabas oír.

Aunque te cueste creerlo, si me hubieras dicho se ha muerto mi perro o cualquier otra desgracia, no habrías tenido que repetirme la noticia dos veces, a la primera habrías contado con mi apoyo. Pero aquella demostración tuya de repentina felicidad era obscena y habías conseguido lo mismo que si hubieras salido desnuda a mi encuentro.

Cuando recibiste mi me alegro, debió de sonarte más a ¿y a mi qué? que a una muestra de empatía hacia tu estado de solemne felicidad. Entonces, sin añadir más palabras, reemprendiste tu taconeo en dirección a tu piso.

La humillación y la rabia que sentiste en ese momento te impidieron percibir mi desesperado intento por manifestar algo más de entusiasmo ante aquella revelación tuya... intento, por cierto, que tú misma te encargaste de parar en seco al cegarme con tu halo de autosatisfacción, desestabilizándome en mi posición de ave zancuda.

Sacaste tu llave a la primera y, antes de desaparecer tras la puerta de tu palacio, miraste hacia mí. Al ver el contenido del maldito bolso repartido en plena república bananera de mi felpudo, me regalaste una sonrisa malvada de reina madre.

21/09/2012 10:08 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.


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