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Tiempos de crisis

Eran tiempos de crisis. No era cosa de despilfarrar las dietas de viaje que cobraba, y por eso iba a faltar –por primera vez en su ya larga vida de representante comercial– a la promesa que se había hecho de no pasar una sola noche en esos hoteles de márgenes de autopistas. Envueltos en olor a salsa barbacoa de restaurantes nacidos a la par, eran todos iguales: barracones por mucho que se les quisiera disfrazar. Sin embargo, había que reconocerlo, eran más baratos que cualquier pensión de mala muerte y, además, limpios.

            Así es que sobre las 19h del día en el que, insisto, por primera vez Nel iba a pernoctar en uno de esos moteles de nombres imposibles, sintió algo de aprehensión al teclear –en una pantallita colocada justo por encima del picaporte de la puerta de la habitación 320– el número de seis cifras que le había sido asignado. Después de varios intentos frustrados una lucecita verde parpadeó. El hombre entró.

            Sin soltar la maleta, echó un vistazo a la habitación, dudando aún si largarse o no. Luego, se acercó a la cama, dio unos golpecitos al colchón, unos golpecitos tipo puntapiés de entendidos en neumáticos. El colchón le pareció firme, como a él le gustaba. Dejó la maleta en el suelo y se sentó en el borde de la cama.

            Siguió mirando la habitación con cierto recelo. El linóleo del piso le llamó la atención. De color ocre, hacía juego con las cortinas y la colcha, pero dos caminos desgastados chirriaban en aquella sintética uniformidad. Uno iba del lado derecho de la cama hasta el cuarto de baño, y el otro, de la cama hacia el televisor; si una vez la habitación había contado con un mando a distancia, era evidente que alguien se lo había llevado.  

             Otros caminos le vinieron entonces a la mente: los que trazaban los lobos del zoo al que solía ir con sus hijos cuando eran pequeños.

             El recuerdo de aquellos paseos disparó entonces una sonrisa que se encasquilló al instante, antes de poder alcanzar los labios de Nel.

            De manera inconsciente el hombre había estado buscando un tercer camino en el linóleo, el que le llevaría hacia la salida, pero no lo había.

06/04/2013 10:49 dominiquevernay #. sin tema

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gravatar.comAutor: Javier Ximens

Relato para reflexionar, esos lobos prisioneros a las miradas, ese sentirse de algún modo en cuesta abajo del comerciante. Ese entra por primera vez en un lugar que otros han desgastado. Es como ir por primera vez a un comedor social.

Fecha: 08/04/2013 00:11.


gravatar.comAutor: Dominique

Gracias Javier por pasarte por aquí... Sí, esos caminos en los que nadie tendria que perderse nunca.

Fecha: 08/04/2013 23:57.


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