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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2013.

Toast & Sex

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Con el automatismo de un robot y el garbo de una vieja zapatilla me dirigí hacia la cocina. Fui por todo el pasillo con los ojos cerrados; en realidad podía haber ido por toda la casa a ciegas, me la sabía de memoria al igual que me sabía nuestras vidas, la de mi novio y la mía. 
Enchufé la cafetera y coloqué mi taza debajo del pitorro. Luego, esperé. Al poco, me sorprendió oír la voz de un locutor de radio en vez del cacareo habitual del aparato, y vi cómo se me llenaba la taza de un chorro de noticias de recuelo que, por supuesto, me negué a tomar. 
Aunque estaba resignada a prescindir de mi dosis de cafeína, no iba a renunciar a mi tostada de cada mañana, así es que di al "on" de la tostadora. Lo hice con cierta aprehensión, ya que, después de lo de la cafetera, me pareció ver en el brillo-acero de aquel pequeño electrodoméstico cierto aire de salvajismo. No me equivocaba: después de cantarme un fragmento de no sé qué ópera se tragó mi rebanada. 
Al llegar mi novio a la cocina, me encontró en plena negociación con el exprimidor, pero no nos hizo caso; se fue al armario de la aspiradora, la sacó, la enchufó y colocó una taza junto a la salida del tubo rígido.
–¿Te preparó uno? –me preguntó con cierto brillo-acero en la mirada.
–Bueno –le contesté entre perpleja y maravillada.
–¿Y cómo lo prefieres? –preguntó de nuevo acercándose a mí.
–Extra-fuerte –susurré.

10/05/2013 10:26 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Aires

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Aires (adaptación del texto del mismo nombre:"Aires" http://dominiquevernay.blogia.com/2012/100801-aires.php) (octubre 2012)

 

 

Y aquellos nuevos Pinochos fueron engullidos por el tiburón

       Privada de contraventanas, cristales y puertas, la Casa Grande se parecía a una enorme criatura marina boqueando, y los viejos del pueblo eran ahora los encargados de custodiarla. Para eso habían cambiado el itinerario de sus paseos, y no perdían la esperanza de que pronto llegaría un príncipe para redorar su blasón.

       Sin embargo, aquel otoño, lo que ellos habían tomado por posibles aires de prosperidad no eran otros que aires pregoneros de un invierno duro por venir. Como todos los días, al pasar delante de la Casa Grande, habían agudizado el oído y, al igual que indios cuando el avance del ferrocarril, interpretado cada vibración del suelo por si algo hubiese pasado sin ellos saberlo.

       Entonces, de entre las muchas grietas de la fachada principal vieron salir virutas de humo. No pudiendo confiar plenamente en sus ojos de octogenarios, se acercaron un poco más a la verja cuando, de entre las malezas, salieron unos cuantos hombrecitos de cara tiznada, unos Pinochos que la criatura marina, molesta por el humo, parecía haber lanzado al aire de un estornudo descomunal. Los niños miraban ahora entre asustados y divertidos al grupo de viejos atónitos que, poco a poco, iban atando cabos, unos cabos que no eran precisamente los de la vela mayor del galeón de la prosperidad.

       Aquellos niños harapientos no podían ser otros que hijos de pobres Gepetos y, aunque las dos ninfas y el Apolo del edén perdido parecían más felices –con los muñones y los cuellos rebanados escondidos bajo las prendas de una colada– eso no era para nada lo que habían estado esperado tanto tiempo. El gran pez había escupido a unos andrajosos, el pueblo también tendría que encontrar la manera de hacerlo. 

 

Esta es mi aportación  en la II Primavera de Microrrelatos Indignados
organizada por :
Miguel Torija La colina naranja
Rosana Alonso Explorando en Lilliput
15/05/2013 23:26 dominiquevernay #. sin tema Hay 4 comentarios.

Baile de manos

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El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda, pero acariciaba los muslos de mi madre con la derecha. Mi padre, que las repartía con la que fuera, prefería la izquierda a la hora de pellizcar a Matilde, la doncella. Tía Sole alisaba los pliegues de su larga falda gris alternando la una con la otra, y a Don Abel, el párroco, nunca se las veía, ocupadas, las dos, con las pastas que tía Sole le tenía reservadas.  

Escondido debajo de la mesa, con los codos clavados en la alfombra y las dos manos sujetándome la barbilla, yo observaba muy quieto aquel extraño baile de manos

24/05/2013 09:55 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

El nadador

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Mi hermano era de un equipo de natación y yo su más entusiasta seguidora; no me perdía ninguna de las competiciones en las que participaba. Sin embargo, él era júnior, y a mí, los que de verdad me interesaban eran los absolutos, los nadadores de 18 años en adelante. Me encantaba ver a aquellos atletas tensar sus cuerpos como arcos gigantes antes de tirarse al agua, y disfrutaba de cada segundo de la prueba. Cuando se paraban los cronómetros y como sucede en el instante previo a la vida, el ganador que emergía rompía el agua en mil pedazos y lanzaba un grito mudo al aire. Entonces me sobresaltaba.

31/05/2013 18:25 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.


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