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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2014.

Manteca pura

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Nunca recuerdo que a partir de junio, y de Pajares para abajo, no procede llevar «compango» para fabada, y sí, apilar camisetas de tirantes en la maleta.

Mientras sudo la gota gorda frente a unas fabes «manteca pura», mis nietos se deleitan.

—¿Está rico? —les pregunto.

—Delicioso —contestan los dos a la vez.

El calor me está poniendo de mal humor.

Entre cuchara y cuchara canturrean.

—No se canta mientras se come —les recuerdo.

—Cuando está rico, cantamos —contesta Nic.

Suspiro y aparto mi plato aún medio lleno.

—No puedo más... hace demasiado calor. Mañana, gazpacho —les digo secándome el sudor de la frente.

—¿Por qué no te pones camiseta de mujer si estamos en verano? —me pregunta Hugo—. Una de tirantes que llegue hasta aquí.

Ha dejado la cuchara en el plato, para marcar con la mano el sitio exacto del límite de una camiseta de mujer en su pecho.

Nico le mira.

—No, un poco más abajo.

Durante un rato discuten sobre las dimensiones que debe tener el escote de una camiseta de mujer. Por fin se ponen de acuerdo.

—Sí, tiene que llegar hasta los pezones y taparlos un poco.

Luego siguen comiendo. Canturrean.

12/06/2014 07:25 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

La bondad y otros dos textos

La magia del microrrelato: poder expresar ideas sin caer en lo moralizante ni en el asqueroso «mea culpa» público (a lo que estamos tan acostumbrados). 

La bondad
Soy lo que se llama una buena persona. No le haría daño a nadie, amo a los animales y cuido de mi entorno. Este invierno, por poner un ejemplo, les puse comida a los herrerillos que veía revolotear por ahí. Con el frío y tantos vendavales como hubo, no tardaron mucho en darse cuenta de la despensa que les tenía montada al abrigo de la lluvia y de cualquier peligro; no tengo gato ni perros en casa, solo marido (buena persona también). Los herrerillos son muy discretos y si pían es para cantarte «un gracias», para mostrarte su agradecimiento, pero sin permitirse nunca poner una patita más allá de los limites que les tienes marcado. Y esta especie de idilio entre nosotros hubiera seguido para siempre si no hubieran llegado los gorriones. Ya sé que ellos también son tan animales y tan necesitados como sus hermosos congéneres azulados pero ¡qué modales, menuda diferencia! Listos como demonios, esas ratitas del cielo se percataron enseguida de la despensa y, si primero se contentaron con las migajas del suelo, a los pocos días ya habían conseguido aprender la técnica «herrerilla» para comer suspendidos de la redecilla en la que les embutía el manjar: una mezcla de pipas y nueces machacadas. Y piaron, sí, ellos también piaron, de agradecimiento primero, luego, para reclamar más y mejor comida e, incluso, para intentar echar a cualquiera que se quedase demasiado tiempo apoyado en la barandilla del balcón ahora llena de cagaditas, de restos de pipas y plumón. Una cosa es ser buena y otra ser tonta. Retiré la redecilla. 

Otro momento mágico: Terminas de escribir y te das cuenta de que no es la primera vez que hablas de esa bondad de mierda. Rebuscas en tus relatos del año anterior o de hace más tiempo, y por fin encuentras el texto. Ahí va pues... otras dos historias sobre la misma horrenda y supuesta bondad. Me inquieta la recurrencia con la que aparece este tema en mis textos... por algo será... digo yo. 

La manifestación
–No me venía muy bien, que si no, yo también hubiese ido –dijo la mujer ensortijada.

La Miseria y Doña Angustias
No se conocían hasta que sus miradas se cruzaron, a pesar de que Doña Angustias tuviera siempre mucho cuidado de que esto no ocurriera. Pero, un momento de descuido lo puede tener cualquiera, sobre todo estando Doña Angustias como estaba, absorta en cerrar la cremallera de su monedero que cada dos por tres se le atascaba. Ahora, de camino a casa, iba hablando sola aunque eso fuese de gente loca.
–Se les da sin más miramientos y, ¡vaya usted a saber en qué se gastan las limosnas! –iba murmurando–. ¿Y cómo nos lo agradecen? Antes, con toda sumisión y zalamería, como siempre fue y como tiene que ser. Pero ahora lo hacen, ¡mirándonos a los ojos!, sí señor, ¡levantando la cabeza y mirándonos a los ojos! Y me pregunto, ¿para qué creerán que se les da?, ¿para que se nos pongan arrogantes y nos cuenten sus vidas? Pues, ¡hasta aquí podríamos llegar! El trato era bien simple pero, en lo que a mí respecta, queda roto. Bastante mal huele la miseria sin que, además, tengamos que mirarla a los ojos.
(Escrito para PMI 2013)

19/06/2014 15:51 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Le buffet du pépé

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Le dernier meuble qui restait vient de prendre le chemin de l’Espagne. Un beau buffet en merisier et qui, comme celui de Rimbaud, s’était rempli au fil des ans de "vieilles vieilleries". Plus de tapis non plus, plus rien sur ce sol en bois que notre mère s’est acharnée, sa vie durant, à nourrir de la meilleure cire d’abeille et à faire briller à l’aide de vieux pulls, lorsque leur laine trop usée ne supportait plus d’être détricotée -pour une nouvelle mise en échevaux-,  lavée -pour un défrisage de leurs anciennes mailles-, rebobinée et retricotée; c’était, de toute façon, une fin bien glorieuse pour un pull que de finir patin ou, comme nous le disions, patte pour planchers cirés.

Avant de fermer définitivement la porte sur une vie qui n’est plus, mes yeux repèrent alors sur le plancher chéri de nombreuses taches et rayures, qui témoignent du grand nombre de saccageurs d’appartements qui sont passés par là: agents immobiliers, antiquaires au flair de vautour...

-Allez allez, frottez bien! -nous disait ma mère, quand à notre retour de l’école nous aimions patiner sur le beau bois qu’elle venait de recirer. Mes deux soeurs et moi nous chaussions alors les pattes en laine et effectuions d’étranges pas de danse: valse, twist, rock et jerk à la fois.

Mes soeurs ne sont pas là aujourd’hui pour danser avec moi, mais je me souviens alors de la cireuse Electrolux que ma mère avait achetée, lorsqu’il ne lui fut plus possible de compter sur nos danses folles d’enfants. Oubliée dans un recoin de l’alcôve, la belle cireuse semble attendre son cavalier, comme attendaient le leur les vieilles filles d’avant, toute raides dans leur robe de bal amidonée le soir de la Sainte Catherine. Alors, comme un cavalier avenant, je la prends délicatement par ses deux manettes, la mène jusqu’au beau milieu du salon, déroule son fil électrique comme s’il s’agissait du tapis rouge des grandes fêtes, et appuye sur la pédale de démarrage.

Et la belle cireuse et moi-même commençons à danser. Dans l’appartement vide ça ressent bon la térébenthin, la résine de pin, mais les flonflons du moteur de ma cavalière sont aussi ceux de ma peine. Je retiens mes larmes, mais c’est en vain; et pourtant je le sais: sur les planchers en bois ciré de ma mère, une goutte d’eau c’est mortel.

30/06/2014 10:11 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.


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