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Ablación: cosa que no incumbe.

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Cuando Aminata volvió a clase después del verano, siempre encontraba un pretexto para no jugar con nosotras. Se quedaba sentada en cuclillas, al pie del tilo que aromatizaba nuestros recreos; parecía estar buscando algo en el suelo.

  —Un, dos, tres, ¿qué miras?, cuatro, cinco, ¿se te ha caído algo?... seis, siete... —le preguntábamos, cuando al jugar al escondite, una de nosotras tenía que permanecer junto a ella, de cara al tilo, mientras las demás desaparecían.

—No, nada.
Sabíamos que Aminata había viajado a su país de origen con los suyos, pero su contestación al "¿qué tal tu viaje?" de todas las profesoras y compañeras no pasó de ser nunca un tímido "bien". 
Un día, con esa malicia incipiente de doceañera, abandoné por un momento mi comba para espiar las conversaciones de las maestras. Es entonces cuando oí asociada al nombre de mi compañera una palabra que no conocía: ablación. 
Al llegar a casa encontré a mi madre en la cocina, pelando unas patatas. Me acerqué a ella para darle un beso y, de paso, preguntarle por el significado de la misteriosa palabra.
Su mano se detuvo por unos segundos, el ruido del pelador contra la patata cesó.
—Son cosas que ocurren en otros países pero que a nosotros no nos incumben –me contestó después de un ligero carraspeo. 
—¿Incumben?, ¿qué quiere decir? —insistí yo.
—Importan, que no nos importan y ¡basta ya de preguntas! En cinco minutos te llamo para comer.
El ruido del pelador contra la fina piel volvió a lijar el silencio de la cocina.
(Texto de mi libro "No te quites la costra"; ligeramente modificado para Los Viernes Creativos de Fernando Vicente. Ilustración de Cristina Troufa)

07/02/2015 09:28 dominiquevernay #. sin tema

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