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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2017.

Una mañana cualquiera

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Abre los ojos. Por el velux de su dormitorio, cuya persiana nunca cierra del todo, entra una tímida luz de amanecer. Una nube pasa en su trozo de cielo, y la mujer recuerda que hoy tendrá que ir a hablar con la profesora de su hijo.

—Tengo que hablar urgentemente con usted —le dijo—, pero ahora no puedo, tendrá que ser mañana a primera hora.
Pasan dos gaviotas. Se persiguen gritando. Dos histéricas. Sí, lo reconoce, su hijo es trasto pero es buen chico y no será para tanto. Tal vez con otra profesora...
La estela de un avión deja un profundo surco en su parcela celeste. Hace un año, un año justo que él se fue y que les dejó a los dos.
—Es muy buen chico —le dirá a la profesora—, solo que echa mucho de menos a su padre.
El velux de su dormitorio, cuya persiana abre del todo ahora, es la pizarra en la que cada mañana escribe el borrador de su día a día.

19/02/2017 16:35 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Mientras todos duermen

Mientras todos duermen

Me gusta levantarme un momento sobre las tres de la mañana para, obviando cierta necesidad de orden fisiológico, acercarme al ordenador y oír la respiración sosegada de mi Facebook. Me siento y observo: ni un solo ronquido, ni un solo parpadeo en los doscientos cuarenta y seis ojos de mi Facebook. Entonces siento que estoy completamente sola y, últimamente, me vuelvo a la cama con una sensación extraña, como cuando de pequeña me sentía obligada a permanecer despierta hasta que volviesen mis padres del cine o de una reunión con amigos si no quería que les pasase nada malo. Por esto mismo me resisto a dormir ahora, pero me pregunto si a mis años no resulta un poco grotesco seguir intentando salvar a alguien o a algo, aunque este algo no sea más que mi trocito de mundo. Además, mañana voy a estar rota.

19/02/2017 15:32 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Nudo ahorcado

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—¿Cómo hará cuando me case, madre?...

Y ella se reía y me contestaba que eso sería cuando los cerdos volasen, que me dejase de tonterías y me diera prisa en traerle la bacinilla y luego el desayuno a la cama. Obedecía porque sabía que las madres tienen razón y hubiese seguido obedeciendo de no verles cruzar la carretera a solo unos metros de mí. 
—Cierto, madre, los cerdos no pueden volar, pero se les pueden atar y tirar de ellos bien fuerte —le dije mientras le pasaba un cordel al cuello e iba apretando.

(foto de Pedro Luis Raota)

19/02/2017 15:34 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Amores a fondo perdido

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«El armario donde acababa de encerrar a su muñeca» tenía doble fondo, pero la niña lo ignoraba. Lloraría tiempo su pérdida, sin que nadie le revelase nunca la gran historia de amor entre la pepona y un osito de peluche. Luego, en el doble fondo del cajón de su mesita de noche fueron desaparecieron sus sueños. Sin embargo, hoy en el autobús, el hombre que lleva meses mirándola sin atreverse a más se ha acercado a ella para entregarle una notita. Le gusta el hombre y se apresura a guardar el papel en el fondo del bolsillo de su gabardina, pero por el forro descosido se desliza la nota.

  Foto de Rosa Martinez.

19/02/2017 15:40 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Reseña de Alena Collar desde su bitácora

Una novela de mujeres grises. Dominique Vernay : “¿Y ahora qué, Emma?”

Ayer por la noche terminé de leer ¿ Y ahora qué, Emma?, de Dominique Vernay  Juillet, una novela publicada por Editorial Unaria a finales del 2015. Dominique es una escritora francesa, que reside en Asturias,  anteriormente publicó la novela, No te quites la costra, que te quedará marca. Esta es pues, su segunda novela.

 

En ella Vernay nos cuenta la historia de Emma y de los personajes que la rodean cuando decide dejar su casa y a su marido, y marcharse de ella.

Hay en la novela una atmósfera desde el inicio de tono gris, de vidas sin ilusión, de lo pequeño hecho rutina. Es esa vida gris la que en el fondo hace a la protagonista irse; no hay un desencadenante concreto, no hay un hecho relevante: solamente la pregunta como un aviso, como un martilleo, que se hace : “ ¿eres feliz?”…

Y no. No lo es. Y se marcha. Y aparece en un barrio, el Gaviotal, en el que personajes tan desamparados como ella entrecruzan sus vidas grises, sus pequeñas miserias, sus delitos menores, sus pequeños infiernos. Todo ello contado con una sobriedad elegante, a  través de diálogos que podríamos escuchar cada día en nuestro entorno. Hay una criatura que gana dinero con sexo en internet, una mujer entrada en años que nunca ha viajado pero que guarda cientos de postales como si lo hubiera hecho, una madre-la de Emma- pesada, pelma, ignorante, aprovechada, casi analfabeta, un  marido inofensivo pero que no se entera de nada, casi hasta el final, un par de chulos puta que andan traficando y puteando por el barrio…

Vernay nos cuenta una historia que podría sucederle a muchas mujeres, una novela verosímil, en las que los personajes viven, se tienen de pie, tienen vida propia, una novela que no necesita adornarse para narrar, con un realismo sin imposturas y un final abierto  y muy curioso y coherente. Una novela  de mujeres grises; esas que también existen:  nos las cruzamos por la escalera, las saludamos en el mercado, no son activas, brillantes, decididas; no. Y sin embargo su historia merece la pena contarse.

Me ha recordado, no sé si por asociación de algunas escenas, a Tango sin Memoria, de Elena Casero,  incluso en la atmósfera de la novela a algunas páginas de Nada, de Laforet– esa entrada en la casa nueva y las sensaciones de Emma-.  Y me ha gustado. Creo que es una muy digna novela que mantiene siempre el interés y que merece ser leída.

 

19/02/2017 15:42 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Las manos de mi madre tenían ojos

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—No veo bien si me pongo guantes de goma para fregar.
Y yo la miraba hacer con una mezcla de asco, por lo que en aquel primer balde flotaba —unos cuantos fideos, una hebra de filete, migas reblandecidas...— y de admiración, por lo reluciente que salían después platos, cubiertos, ollas... del segundo balde, el del aclarado. Cuando éramos muchos para comer, había que cambiar el agua de los dos baldes una o dos veces y, para eso, tener una reserva de agua caliente en espera en la cocina de carbón.  
Hasta hacía poco, fregar los cacharros había sido una de las tareas de mi abuela que vivía con nosotros, pero cuando empezamos a encontrar pegotes de restos de comida entre los dientes de los tenedores, mi madre pensó que era mejor que la abuela hiciera otras cosas; esta se puso triste y decía que éramos unos remilgados, que por una cosita de nada había que ver cómo nos poníamos. 
—Puedes secar lo que voy lavando —le propuso mi madre.
—Vale, vale... tú mandas —contestó la abuela. 
Pero al poco sus manos se volvieron tontas, como si no tuviesen dedos, y se le iba escapando las cosas.
Entonces la labor de secar me fue encomendada, mientras la abuela, sentada cerca del fregadero para observarnos mejor, refunfuñaba. 
—Como si yo no fuese capaz de fregar unos cacharros...
—Abuela, por favor, no seas cabezota —suspiraba mi madre mientras con el dorso de la mano se rascaba la nariz—. ¿Por qué siempre pica la nariz cuando se tiene las manos ocupadas? (Foto de Arno Rafael)

19/02/2017 16:01 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Sidol, el mejor limpiametales

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Me levanté con ganas de sacar brillo a algunas de las cosas que heredé de mis padres, más bien de mi madre, ya que en casa de mi progenitor nunca hubo tinteros de cristal y latón, ni regadera de cobre, ni palita de plata para servir los postres. Contaba él que, en su familia, habían inventado el plato de postre más cómodo y barato que podía darse: bastaba rebañar el plato liso hasta dejarlo tan limpio como la patena y darle la vuelta; su base daba de sobra para servirse un trozo de queso, de membrillo o un poco de flan con nata. Cuando de vez en cuando aún lo hacía, era más para molestar a mi madre que ponía entonces cara de «Dios mío, ¿qué habré yo hecho al Señor para que me haya caído esta cruz?». Pero a lo que iba. Cuando mi madre empezó a amargarnos las reuniones familiares preguntándonos en voz alta, lo que hasta cierta edad se pregunta uno para sus adentros, «quién de vosotros querrá este mueble cuando ya no esté?... ¿a quién le puede interesar esta cómoda?, ¿este cenicero de plata?... fui yo quien, por zanjar un tema ciertamente desagradable, o por codicia o por cierto gusto por lo que brilla, me hice con casi todos los metales del clan. Lo que sí tengo que añadir en mi defensa —porque hay días en los que me siento como culpable de algo indefinido—, es que antes de hacerme con todo aquello tuve que prometer que lo conservaría siempre reluciente, nunca olvidado y cubierto de cardenillo en un trastero; no sé si mis hermanos fueron menos codiciosos que yo, o si solo más prácticos, pero el caso es que declinaron la oferta de mi madre, y de ahí a que hoy me encuentre en la terraza de casa, entretenida en la tediosa tarea de devolver el resplandor a esos objetos de formas y recovecos imposibles (y de valor más sentimental que otra cosa, dicho sea de paso). Más de una vez me ha apetecido decir a la persona, que de vez en cuando viene a echarme una mano para las limpiezas a fondo de cambios estacionales, «por favor, hoy toca sacar brillo a la plata», pero nunca he conseguido terminar la frase sin atragantarme, sonrojarme y optar por otra tarea más... no sé cómo decirlo, una tarea de casa de gente más normalita: barrer, planchar... Está claro que ver la serie, Downton Abbey, aunque solo sea unos pocos capítulos, tiene sus consecuencias. La empiezas a ver porque te dicen que la serie está muy bien ambientada, que es una manera de conocer un poco mejor aquella época en la que los de abajo sabían sacar brillo a la plata de los de arriba con tanto arte, y poco a poco te dejas seducir por la bondad de aquella familia de aristócratas, tan humanos y tan considerados, todos ellos, hacia una tropa de domésticos no siempre merecedores de tantas atenciones. Entonces, cuando a punto estás de echarte a llorar por la muerte de la hija del marqués, y de mandar a alguien que le saque brillo a «tu» tintero y «tu» palita de servir tartas, es hora de que vuelva a correr un poco de sentido común por tus neuronas y recuerdes que el brillo te lo tendrás que sacar tú si es que tanto te gusta, y que no conviene mezclarlo todo, explotadores y explotados o, como a la hora de contar las guerras, simplificarlas hasta el punto de meter a todos en el mismo bando. Claro, yo no sé con qué derecho escribo cosas así... nunca fui corresponsal de guerra ni pude contar con amigos embajadores con los que poder ir a emborracharme en los puticlubs en el Líbano... debe de ser por el Sidol.


19/02/2017 16:08 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La caja

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Texto ganador del tercer concurso de microrrelatos 2016 organizado por Amnistía Internacional Madrid. El tema: el derecho de todo hombre a una vivienda digna.

 La caja

Veinte metros cuadrados para cinco no daban para ese espacio al que cada uno de nosotros creía tener derecho, y fue en un mega bazar chino en el que mi madre encontró la solución: «caja-espacio propio por dos euros».

Desarmada para facilitar el transporte de la tienda a casa, montamos la caja entre todos y decidimos colocarla en medio de lo que nos empeñábamos en llamar «salón». Por las mañanas de ocho a diez permanecía vacía y abierta para su aireación, pero luego podíamos meternos en ella, por turnos, para disfrutar de una o dos horas de privacidad. A mí me gustaba pedirme la caja de diez a doce, antes de que pasara mi hermano mayor que siempre la dejaba con algún que otro kleenex sucio, de mi madre que la llenaba de sueños imposibles, de mi tía que impregnaba sus paredes de olor a colonia Nenuco —la preferida del hijo que nunca había tenido—, y de mi abuela que la moteaba de miguitas de pan, «para los pájaros», decía. Yo me limitaba a llenarla de palabras que recogía después en un cuaderno por si un día...

El único que no la quiso usar, al principio, fue mi padre, y cuando lo hizo decidí marcharme de casa. 

—Le abrí un ventanuco —nos dijo desde su oquedad—, para poder ver la tele.

 

TRADUCTION EN FRANÇAIS

Le carton

Vingt mètres carrés pour cinq personnes ne suffisent même pas à imaginer ce petit espace bien à soi auquel chacun pense avoir droit, et ça a été dans un méga bazar chinois que ma mère a trouvé la solution: «caisse-espace privé pour deux euros». 

 Démonté, pour faciliter son transport du magasin à la «maison», le carton a de suite été remonté au beau milieu de ce que nous insistions à appeler «salon». Le matin il restait vide et ouvert pour en faciliter l'aération, mais ensuite nous pouvions nous y enfermer à tour de rôle et profiter ainsi d'un moment d'intimité. Moi j’aimais bien y entrer le premier, de dix heures à midi, avant le passage de mon frère qui y laissait toujours traîner quelques kleenex sales, de ma mère qui le remplissait de rêves impossibles, de ma tante qui l'imprégnait d'une odeur à eau de cologne d'enfant —celle de ce fils qu'elle n'avait jamais eu—, de ma grand-mère qui le mouchetait de miettes de pain «pour les oiseaux» qu'elle disait. Moi je me limitais à le remplir de mots que je ramassais et enfermais ensuite dans un cahier pour si jamais un jour...

Le seul qui n'a pas voulu l'utiliser, au début, ça a été mon père, et quand il l'a fait j'ai décidé de partir.

—J'y ai ouvert comme un petit vasistas —nous a-t-il dit depuis son gouffre— pour pouvoir regarder la télé.

 (Texte gagant du troisième concours de nouvelles courtes 2016 organisé par Amnistie Internationale Madrid et ayant pour thème: le droit de tout homme à un logement décent.)

19/02/2017 16:17 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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