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La «tablet»

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            La tablet

 

            —Los Reyes Magos saben perfectamente lo que mejor les conviene a los niños, y por favor, muéstrate un poco más agradecida. Piensa en todos esos niños que...

            Antes de que mamá pueda seguir con una de sus frases preferidas, hago como que me han entrado unas terribles ganas de hacer pis. Esto lo hace  mi hermano mayor. Tiene diez años, y cuando ve que la cosa se pone fea empieza a dar saltitos y dice que no se puede aguantar. Es un buen truco para dejar a alguien con la palabra en la boca. Me sé muchas frases como esta de «dejar a alguien con la palabra en la boca»,  porque al abuelo, que nos cuida cuando mamá y papá trabajan, le gustan mucho. A él, por ejemplo, «no le cabe nada en la cabeza». Esta mañana, cuando me puse a llorar delante del árbol de navidad, lo dijo varias veces.

 —No me cabe en la cabeza que puedas estar llorando delante de tantos regalos.

            Y mamá insistiendo en el buen juicio de los Reyes que no me trajeron una tablet si ya tengo la de Daniel. No conozco ese juicio del que habla mamá, pero sí sé que a algunas personas les salen unas muelas muy atrás en la boca, y que se llaman muelas del juicio; a mi padre se las tuvieron que quitar, y ahora dice mi madre que se nota que tiene menos juicio. Luego se ríen. Debe de ser un chiste pero, sea lo que sea, el juicio de los Reyes no debe de ser muy bueno.

            Daniel es un abusón. Dice que soy una mocosa. Nunca me dejar nada, y menos aún su tablet, porque se dice así, tablet, y no tableta, que las tabletas son de chocolate. Pues la tablet iba a ser para los dos, pero luego... ¡que si quieres arroz, Catalina!... esto también lo dice mi abuelo cuando no le hacemos caso.

            Pues lloraba porque la Navidad no es tan bonita como dicen. No pienso leer ninguno de los libros que me han traído los Reyes, ni ir al parque con esos patines, ni poner buena cara cuando lleguen mis tíos, primos... para comer todos juntos.

            Y cuando vuelva al cole, y que nos pida la seño que le contemos qué tal nuestras Navidades le diré que muy mal y...

            Y María sigue unos minutos más encerrada en el baño, enfadada contra el mundo entero que no parece querer entender que si en su carta había pedido una «tablet» es que quería una «tablet».

            Unos días más tarde, tal y como lo había supuesto María, lo primero que hizo la seño al entrar en clase fue preguntarles por las Navidades.

            —No, todos a la vez no, por favor. Ya sé que tenéis un montón de cosas interesantísimas que contar, pero de uno en uno. Empezaremos por Lucía. ¿Qué tal tus Navidades?

            Poco a poco los alumnos se van callando y miran a Lucía. De la emoción no puede mandar a sus pies que se queden quietos; se balancean a gran velocidad debajo de la silla.

            —Los Reyes me trajeron muchas cosas: una Barbie, unos patines, un puzle de...

            —Bien, Lucía, pero háblanos también de qué otra cosa, que no sea un regalo, pudiste hacer o ver o compartir durante las vacaciones. ¿Qué otra cosa te gustó a parte de los regalos?

            Lucía mira a la seño con ojos de jugar a no parpadear. Ha dejado de mover los pies y levanta los hombros como cuando no sabe qué contestar a una pregunta difícil.

            Mientras todos van nombrando los muchos regalos que recibieron, María repasa en su cabeza lo que piensa decir cuando le toque. Dirá que los Reyes no le trajeron lo que había pedido, y eso que se había portado muy bien durante todo el año.  En esto está cavilado cuando le toca el turno a Irene. Irene es nueva en el colegio. Cuando tiene que hablar se pone muy colorada y lo hace muy bajito como si tuviera miedo de despertar a alguien.

            —A mí lo que más me gustó fue tener a mi papá en casa.

            Ahora es como si toda la clase estuviera jugando a no parpadear. ¿Pero qué dices, Irene? Que los padres estén en casa es lo normal, no es un regalo, no cuenta... Todo esto y mucho más le están diciendo los veinte pares de ojos que la miran muy fijamente.

            —Mi papá ya no tiene trabajo aquí. Ha tenido que irse a trabajar muy lejos, y le veo muy poco —explica, cabizbaja.

            —Es muy bonito lo que nos cuentas, Irene, y me alegro de que tú nos hayas hablado de otra cosa que no sea de regalos que se pueden comprar en cualquier tienda —dice la seño moviendo la cabeza de arriba abajo—. ¿No os parece que el regalo de Irene es fantástico?

            Los alumnos se miran entre ellos y se van oyendo unos síes, primero bajitos y luego más fuertes.

            —¿Y tú, María?... Creo que no nos has dicho nada aún.

            María se pone de pie y duda unos segundos antes de contestar. No quiere mentir, «antes se atrapa al mentiroso que al cojo», se lo recuerda siempre el abuelo cuando ella le dice que no tiene deberes que hacer. Pero sabe también, ahora, que tendrá que hablar de lo bien que lo pasó con su familia, con su padre que cada noche le puede contar un cuento, con sus primos, incluso con su hermano que es un pesado que no le presta nunca nada.

            —Yo tuve regalos, pero no el que me había pedido, y me enfadé mucho. Luego se me pasó el enfado, porque yo también, como Irene, pude estar con toda mi familia, incluso con la abuela Sole que vive lejos y que solo veo «de Pascuas a Ramos»... así dice mi abuelo cuando la gente no se puede ver a menudo.

 

 

 

 

 

 

07/01/2018 16:31 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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