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¡Muchas gracias Armando!

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Aquel verano del 1957,  mis padres decidieron comprar un coche y venirse de vacaciones a España,  haciendo caso omiso de las terribles historias que aún se contaban sobre lo que ocurría al otro lado de la frontera. Hicimos el viaje de noche y al alba llegábamos a La Junquera. Allí un guardia civil en una garita de madera y bajo la luz de una pobre bombilla nos miró perplejo (ocho personas más el cargamento para un mes) para, finalmente, dejarnos pasar.

Calella: primera parada, desayuno y gasolina. Unos kilómetros después, mi padre echaba en falta la carpeta con toda la documentación y el dinero para nuestro periplo. Sólo cabía una explicación: nos la habían robado y no volveríamos a verla. Quedaba olvidarnos de Castelldefels cuya playa se quedaría en nuestra imaginación, regresar lo antes posible a la frontera y cruzar los dedos para que aquel guardia nos reconociera y nos dejará volver al lugar del que mi padre juraba, entre suspiros y maldiciones, que no saldría nunca más. De repente, en aquella carretera solitaria y en sentido contrario, un hombre en bicicleta interrumpía nuestra vuelta fúnebre con evidentes muestras de alegría al ver nuestro coche… en su mano llevaba una carpeta.

--¡Su carpeta! ¡su carpeta!… íbamos oyéndole gritar mientras mi padre frenaba y paraba el coche.

--Olvidado, ublié en la gasolinera, explicaba el hombre ya de pie junto a mi padre que tardó unos segundos en reaccionar; cuando lo hizo, nos pareció oirle hablar por primera vez el castellano.

--Gracias Señor, muchas gracias.

--De nada, le contestó el hombre.

--¿Cómo se llama usted?

-- Armando, para servirle…  ¿y usted?

--Louis.

En medio de aquella carretera esas frases sonaron muy distinto a cómo las habíamos oído durante todo el invierno desde la habitación de mi padre.

--Ahora que nadie me molesté, aún me queda mucho por practicar si quiero poder apañármelas este verano… no he pasado de la primera lección, la de las presentaciones.

Esas mismas frases frías del invierno, ahora cargadas de emoción, agradecimiento y sorpresa eran auténticas.

Armando nunca supo que, a cada golpe de pedal que había dado para lanzarse a nuestro encuentro, no sólo había hecho girar las ruedas de su bicicleta…  la de mi destino también habían girado pero eso, yo, aún, no lo sabía.

 

14/02/2010 16:24 dominiquevernay Enlace permanente. sin tema

Comentarios » Ir a formulario

Autor: Miguel

eso yo aún no lo sabía ... estoy deseando saber de esos giros de tu destino

Fecha: 14/02/2010 17:15.


gravatar.comAutor: cristina

Qué bonito y entrañable. Yo también quiero más detalles.

Fecha: 21/02/2010 16:00.


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