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El samurai

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Ya son las dos. El pequeño, que hoy hace de locomotora, aparece por la puerta del colegio como saliendo de un túnel y se para unos segundos deslumbrado por el sol. Luego, reemprende la marcha empujado por los demás vagones. De repente, la locomotora descarrila y se separa del resto del tren; el pequeño ha visto a su madre y corre a su encuentro. 

Ella se agacha y le recibe con los brazos abiertos.

–¿Qué tal cariño? ¿Lo pasaste bien en el cole?

El niño se pierde menos tiempo de lo habitual en el abrazo maternal y poniendo medio puchero le enseña la rodilla derecha.

–Mira, me caí pero no lloré.

–¡Pero qué mayor es mi chico!... ¡Y te pusieron tirita y todo!, seguro que fue una pupa muy gorda.

–No se dice «pupa» se dice «herida» –contesta el niño a la vez que echa miradas a su alrededor– mira, mira ahí está la seño, me soplo la herida y me puso la tirita y no lloré.

–Así me gusta...

–¿Y sabes qué? –interrumpe el hijo– hoy la seño lleva una diadema rosa.

–Sí, está muy guapa.

–Ya... Creo que un poquito más que tú.

La madre no contesta nada y calibra a la rival con la mirada antes de salir del patio con su hijo de la mano.

Por la noche la tirita se ha caído y el niño juguetea con la costrita que se ha formado.

–No te rasques.

–¿Por qué?, ¿por qué puedo morir?

–¡Exagerado!, porque volverás a sangrar y habrá que volver a poner una tirita.

La contestación de su madre le trae el recuerdo del soplo de la seño en su herida, un soplo con olor a chicle de fresa o de melón, justo los sabores que a él le gustan. Su seño huele tan bien como una tienda de golosinas y además lleva diadema rosa.

Al día siguiente su madre parece empeñada en acicalarse más que nunca; hasta se ha puesto un prendedor de mariposa.

El niño se impacienta.

–¿Te gusta mi nuevo prendedor?

El niño arruga la nariz.

–¡Jo mamá, que llegamos tarde!

 

Ahora, mientras espera a que los demás terminen la ficha del cuatro, su mano vuelve a tropezar sobre la postilla y, ahí están otra vez: la recomendación de su madre y el olor a fresa, a melón, a seño.

El niño cierra los ojos, aprieta los dientes y arranca la tapa de su herida con un valor de samurai y, evitando mirar la gotita de sangre que le ha parecido ver, se acerca a «su» seño con un gesto de dolor.

–Es que se ha arrancado sola y me duele mucho –le dice el pequeño.

16/06/2011 14:53 dominiquevernay Enlace permanente. sin tema

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dominiquevernay

gravatar.comAutor: Cristina

Qué precoz el crío! Besos

Fecha: 18/07/2011 23:07.


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