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De vecina a vecina (desde el tú)

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Me cogiste desprevenida, parada frente a la puerta de casa, en plena república independiente de mi felpudo. Si buscabas el momento oportuno para acorralarme, ese era efectivamente. Al ver el tamaño de mi bolso con su sinfín de compartimentos interiores, calculaste que me sería imposible dar con las llaves, abrir la puerta y desaparecer en menos de dos o tres largos minutos, lo que te daría tiempo a decirme que eras feliz, sí, plenamente feliz, con tus hijas bien casadas y tu marido que te trataba como a una reina.

Eso era lo que querías que constara en acta y decidiste enviarle la primicia a mi cogote. Con la rodilla izquierda ligeramente levantada en plan mesita de apoyo para bolsos grandes y la mano derecha hurgando en los abismos de aquel antro con asas, debiste de sacarme cierto parecido a un sacamuelas en plena labor y, por si mi cogote no hubiese captado la buena nueva, me la volviste a lanzar con la fuerza de un vendaval en los pelillos de mi nuca. Luego, te callaste a la espera de una gran respuesta a tan grata revelación. Para disimular tu impaciencia, algo añadiste sobre el tiempo o lo fuerte que venía la gripe. Te extrañaste de mi clara muestra de falta de interés y te sentiste molesta por ese hurgar mío cada vez más frenético, tal vez buscando ahora esas palabras que deseabas oír.

Aunque te cueste creerlo, si me hubieras dicho se ha muerto mi perro o cualquier otra desgracia, no habrías tenido que repetirme la noticia dos veces, a la primera habrías contado con mi apoyo. Pero aquella demostración tuya de repentina felicidad era obscena y habías conseguido lo mismo que si hubieras salido desnuda a mi encuentro.

Cuando recibiste mi me alegro, debió de sonarte más a ¿y a mi qué? que a una muestra de empatía hacia tu estado de solemne felicidad. Entonces, sin añadir más palabras, reemprendiste tu taconeo en dirección a tu piso.

La humillación y la rabia que sentiste en ese momento te impidieron percibir mi desesperado intento por manifestar algo más de entusiasmo ante aquella revelación tuya... intento, por cierto, que tú misma te encargaste de parar en seco al cegarme con tu halo de autosatisfacción, desestabilizándome en mi posición de ave zancuda.

Sacaste tu llave a la primera y, antes de desaparecer tras la puerta de tu palacio, miraste hacia mí. Al ver el contenido del maldito bolso repartido en plena república bananera de mi felpudo, me regalaste una sonrisa malvada de reina madre.

21/09/2012 10:08 dominiquevernay #. sin tema

Comentarios » Ir a formulario

Autor: Gloria

Eso me pasa a mí también con los bolsos grandes. ¡Divertido!

Fecha: 21/09/2012 10:10.


Autor: Dominique

En realidad más que de llaves perdidas en el fondo de bolsos grandes va de palabras imposibles, perdidas en en el fondo de no sé qué abismos... gracias por comentar.

Fecha: 21/09/2012 10:32.


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