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¿Cómo cortarse las uñas de los dedos de los pies a partir de los cincuenta.

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           Los dedos de los pies son unos seres muy extraños. Sí, han leído bien, son unos "seres extraños" y, por eso mismo, cortarles las uñas equivale a lo que vimos hacer a los indios con las cabelleras en muchas películas del oeste. Un acto brutal, desde luego, sobre todo si se tiene en cuenta que durante los primeros meses de nuestra vida son nuestros amigos más íntimos con los que pasamos horas jugueteando; ni el mejor de los sonajero ni el muñeco de trapo más suave podría competir con unos deditos de pies tiernos y cosquillosos.  

            Sin embargo, el corte de uñas no será la única tortura a la que se les someterá. Vendrá el primer par de zapatos en los que se les querrá embutir, luego los calcetines de lana gruesa que les picarán, los de fibra sintética que les harán sudar y los de goma floja que se tendrán que comer, sin hablar del zapato de tacón de aguja o de punta fina que intentará despiadadamente acabar con ellos. Sin embargo, los dedos de los pies son como los buenos soldados: saben esperan en fila a que llegue la hora de la revancha: la hora del corte de uñas.

            Si a los jóvenes rebeldes se les antoja peinados extravagantes con crestas y demás obras arquitectónicas, a los dedos de los pies les salen, por rebeldía también, unas uñas con formas y rarezas horripilantes; sean pues muy precavidos cuando, después de mirar en varios cajones, encuentren su cortaúñas  –el único que corta bien y que nunca está donde tendría que estar– se sienten e inicien la poda.

            Tener buena luz será otro punto esencial para que ningún trozo de dedo –o dedo entero– falte al recuento de después, por lo que les recomendaría actuar solo en días de sol y junto a un ventanal de cristales relucientes. Lo más probable es que la distancia, desde la que van a tener que trabajar, sea justamente la que sus ojos no conseguirán controlar ni con gafas de ver de cerca ni con gafas de ver de lejos; por lo tanto, prescindan de ellas y arruguen los ojos lo más que puedan.

            Sean cuales sean sus costumbres de aseo personal, les sugeriría que pusiesen los pies en remojo, unos cuantos minutos en una palangana de agua tibia antes de la batalla; resulta ser una manera eficaz de reblandecer, en otra palabra, de debilitar al enemigo ya que, no lo olviden, estamos en guerra.

            Ahora sí, ha llegado el momento de levantar la pierna derecha –si han decidido empezar por las uñas de los dedos del pie derecho– dejando la rodilla ligeramente doblada para evitar todo chasqueo de menisco, y de apoyar el pie en un taburete que habrán colocado a tal efecto frente a ustedes. Asegúrense de la estabilidad del taburete, no siendo que por ser el suelo de parqué barnizado, una de las patas se escurra y pierdan ustedes también las suyas (patas). Luego, expulsando todo el aire de los pulmones, aprieten los músculos del abdomen y estiren los brazos y manos hacia el pie que habrán secado previamente. El otro puede quedar unos minutos más en remojo en la palangana. Si después de unos cuantos estiramientos no consiguen alcanzar el objetivo, renuncien y pidan hora al podólogo; una hernia discal o inguinal supondría un tanto insuperable a favor de los dedos de los pies.

            Una vez atrapado el primer dedo –parece lógico empezar por el más gordo aunque sobre este asunto no existen aún reglas concretas– procuren agarrarlo fuerte por el pescuezo, su parte más estrecha llamada también "cintura" en ciertos tratados; ponga especial cuidado en los dedos más rebeldes, los amotinados, que subidos en la chepa de sus compañeros entorpecen la labor de manera considerable; no den ningún corte sin haber reducido a los amotinados antes –suelen ser varios en un mismo pie– inmovilizándoles con un poco de cinta adhesiva en los casos más extremos. Coloquen por fin la victima escogida entre los dos filos de su cortaúñas y, con un pulso firme, trónchenla.

            Permitan que insista en un punto ya señalado: no se dejen impresionar por las uñas encarnadas, atróficas, frágiles, débiles, quebradizas, desdobladas en capas... todas estas deformidades no son más que tácticas de disuasión. 

            Cuando terminen con las uñas de los cinco primeros dedos, cambien de pie y recuerden que, al haber permanecido en el agua tibia más tiempo, las cinco restantes ofrecerán menos resistencia a la hora de la poda, por lo que se aconseja una fuerza de ataque más leve, evitando así que su cizalla tome por uña lo que es carne.

            Aunque las leyes actuales sobre riesgos laborales no hablen del "corte de uñas de los dedos de los pies", es de lo más recomendable la utilización de gafas de protección para que ningún astilla de uña pueda clavarse en la córnea durante la lucha.

            Y para terminar y poner algo de humanidad en aquel brutal e inevitable sacrificio ungueal, les rogaría que hablasen amistosamente con sus dedos de los pies mientras los ponen a remojo, mientras los secan y les van cortando la cabellera; estos fueron sus primeros interlocutores y, aunque se hayan convertidos en seres extrañamente feos  – pregúntense, ¿a dónde iríamos a parar sin ellos? 

18/01/2013 11:12 dominiquevernay #. sin tema

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gravatar.comAutor: Máximo

Dominique:

Nos gustaría poder dar noticia de No te quites la costra... en Documenta Minima

¿Podría facilitarnos un ejemplar en edición digital?



Fecha: 19/01/2013 19:53.


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