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El aparador del abuelo

El último mueble que quedaba viaja hacia España. Un hermoso aparador de madera de cerezo silvestre y que, como el de Rimbaud, se había ido llenando de "antiguas antiguallas". Tampoco queda una sola alfombra en este suelo de madera que mi madre nunca dejó de nutrir con la mejor cera de abeja, y de abrillantar con jerséis gastados, ¡tanto!, que su lana no hubiese podido ser destejida, puesta en madejas, lavada, desrizada, reovillada y retejida; sin embargo no había final más glorioso para un jersey que pasar a ser trapo para suelos encerados.

Antes de cerrar para siempre la puerta de una vida que ya no es, me percato de unos rayones y de unas manchas en el querido suelo. Son la prueba del gran número de saqueadores de pisos que han pasado por aquí: agentes inmobiliarios, anticuarios con olfato de buitre...

–¡Vamos vamos, frotad, frotad!– nos6 decía mi madre cuando, al volver del colegio, mis dos hermanas y yo gustábamos de patinar en la madera recién encerada. Nos calzábamos entonces los trapos de lana para efectuar extraños bailes, una mezcla de vals, twist, rock y jerk. Hoy mis hermanas no están aquí para bailar conmigo, y recuerdo ahora la enceradora Electrolux que mi madre había comprado cuando ya no le fue posible contar con los alocados bailes de nuestra infancia. Olvidada en un rincón de la despensa, la bella enceradora parece estar esperando a su pareja de baile, como esperaban las solteronas de antaño, tiesas en sus vestidos almidonados en la noche de "la Sainte Catherine"*. Entonces, como si fuera su amable pareja, la levanto delicadamente por sus dos asas, la llevo hasta el salón, desplego su cable como si fuera la alfombra roja para grandes fiestas, y doy a la palanca de arranque.
Empezamos a bailar. En el piso vacío huele de nuevo a trementina, a resina de pino, pero los compases de mi pareja de baile, la bella enceradora, son también los de mi pena. No quiero llorar... en vano. Y sin embargo lo sé: en los suelos encerados de mi madre una gota de agua... c’est mortel.

 

*El 25 de noviembre es una fecha muy especial en Francia, se festeja el día de Santa Catalina. Es una tradición que data del siglo XII: las hijas solteras, mayores de 25 años, idean sombreros de lo más extravagantes para desfilar por la ciudad. Luego, por la noche,  van a los bailes, siempre vistiendo los sombreros para que los hombres puedan ver que estan "disponibles" y que buscan marido. (tradición que se va perdiendo... ¡menos mal! )

02/07/2014 11:55 dominiquevernay #. sin tema

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