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Réquiem

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La verja del cementerio se cierra tras los últimos vivos. Caras de circunstancia, pasos medidos en unidad de longitud de pena, y murmullos, mientras se alejan del camposanto.

            Sin embargo, llegando a la primera curva del camino, los gestos compungidos se van borrando y los cuerpos encorvados bajo el peso del duelo se enderezan. Para ellos, la función del Día de Todos los Santos ha terminado. Suspiran de alivio.

            Asimismo los muertos que han quedado tras las verjas; empieza el jolgorio.

            –¿Habéis visto cuánto han llorado los míos?  –exclama Don Eufrasio, el del panteón con columnas dóricas.

            –No me parece que haya sido para tanto. Los míos sí que se les veía apenados, pero una pena con clase –replica Doña Margarita, de la familia de los Rebollo de la Torre.

            –¿Y qué me decís de la cantidad de flores que me han traído? –dice Doña Gertrudis la del sepulcro con losa de granito porriño–. Creo que este año he ganado, así es que, ¡a ver esas apuestas!

            –¡Ni hablar!, acuérdese, Señora Gertrudis del Sepulcro, que quedamos en que las flores de plástico no iban a contar –dice uno del columbario.

            –¡Cómo que no iban a contar! ¡Muerto de hambre! –lanza Don Eufrasio fuera de sí.

            –¡Lo que yo te diga!, ¡gordo mórbido! –le contesta el indignado del columbario–. Los de fuera nos han sabido tapar con muchas flores pero, ¡mirad, mirad bien, todas de plástico! Así es que olvídense de las apuestas y guarden para mejor ocasión sus oros – los que los tengan– que yo me guardaré las dos o tres falanges que me quedan. Recuerden que en ningún sitio se entra gratis.

            Un silencio de muerte se abate sobre el cementerio. Ya no tienen ganas de más jolgorio.

            De repente se oye una voz. Es la de Pepe el redero. Por una vez en su vida de fallecido, no es el objeto de todas las burlas de sus compañeros, por ser el único en no haber recibido ni visitas ni flores en un día tan señalado. En realidad nunca las recibe, de los del otro lado nadie le recuerda.

            –Pues he ganado yo –dice tímidamente el hombre.

            –¿Tú? –exclaman todos al unísono–. ¡Tú que descansas en tierra mala y tienes por familiares y amigos a lagartijas y cuervos?

            –Sí, ya lo sé, es extraño, pero acaba de abrirse una malva entre los hierbajos que cubren mi tumba.

            En el cementerio el silencio ha vuelto y, aunque el invierno no tarde en llegar, huele a primavera.  

13/11/2011 00:51 dominiquevernay Enlace permanente. sin tema

Comentarios » Ir a formulario

dominiquevernay

Autor: Berta

Me ha encantado!!Desde luego, Doña Gertrudis se merece una novela..besote!

Fecha: 21/11/2011 14:26.


Autor: Dominique

¡Gracias Berta!... ahora me pillas con Facundo que me trae de cabeza, pero no cabe duda que aquella mujer se merece un monumento!

Fecha: 21/11/2011 14:36.


gravatar.comAutor: Coque

Genial, genial. Me ha encantado el tono familiar de los muertos y su vida alegre con ese de matiz de pesadez de los vivos.
el final sorprende. Felicidades

Fecha: 26/11/2011 18:46.


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