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Almas cándidas (u otro "cuento"navideño)

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            Era la primera vez que madre me dejaba entrar en la cocina para otra cosa que no fuera limpiar las lentejas de piedrecitas o moler el café, esto último, cuando el dolor de su hombro derecho se reavivaba por culpa de la humedad y no le permitía "ni santiguarse".

            –Pero me tendrá usted que ayudar –le había dicho.

            –Vale, pero ¿qué quieres preparar?, ¿un dulce?

            –Sí, quiero cocinar un bebé, un bebé como el que fui. ¿Qué necesito?

            –¿Un bebé? ¡Vaya insensatez! De eso hace tanto que ni recuerdo los ingredientes.

            –¡Ande, madre, se lo ruego!

            –Hay que ver, niña, lo terca que puedes llegar a ser. Tal vez fuesen:

-Una cigüeña parisina

-Un repollo

-Una costilla de Adán

-Un certificado de matrimonio (salpimentado de oraciones)

-Polen

-Pistilos

-Un...

            –¿Y las proporciones, madre? –la interrumpí.

            Pero alguien más interrumpía llamando a la puerta y la lista de los ingredientes para bebés quedaría olvidada en el recetario; una lista incompleta, sin proporciones concretas ni consejos sobre cocción.

            Cuando ya mayorcita quise saber algo más sobre cómo cocinar bebés, hacía cinco años que madre había fallecido y, habiendo desistido de encontrar una cigüeña parisina –cuyo aspecto desconocía por completo– opté por mezclar un trozo de repollo con la costilla de un cerdo –que había bautizado Adán y engordado durante meses a tal efecto– con unos gramos de polen y pistilos de flores. Durante más de una hora lo batí todo bien batido y lo puse en el horno de leña junto a una hogaza. El resultado fue penoso: la hogaza se parecía más a un bebé que mi preparado, que no tenía ni forma ni color y apestaba.

            Solo me quedaba pues por probar con el certificado de matrimonio, que conseguí casándome con José, el único varón que quedaba en el pueblo de dos casas en el que vivía y quien, además, era huérfano como yo. José no era mal chico solo que un poco parado; siempre había oído a madre comentar que si se pasaba el día sentado murmurando cosas incoherentes, era por la coz esa que había recibido en la cabeza, cuando aún no hacía más que gatear. El caso es que era muy dócil y nunca se negó a tumbarse boca arriba, junto a mí, pero no demasiado, para no arrugar el certificado de matrimonio que ponía entre los dos y que, llegando el momento, serviría de cuna –suponía yo– para ese bebé que me tenía que llegar del cielo. Noche tras noche nos quedabamos con las manos quietas sobre el embozo y rezábamos en silencio cada uno a nuestra manera hasta dormirnos.

            Pero el tiempo pasaba y empezaba a creer que madre me había mentido cuando, una mañana de primavera, José y yo vimos un hermoso pájaro blanco posarse en el campanario de la iglesia medio en ruina del pueblo.  

            –¡Qué raro, una cigüeña por aquí! –oí exclamar a unos pastores de paso por el pueblo.

            –¿Vendrá de Paris? –les pregunté.

            Se rieron y siguieron su camino, pero algo me dice que sí, que es la cigüeña de la receta. Ha llegado el momento de hilar un poco de lana y de tejer patucos y un nombre para el bebé.

            Ahora miro a José, él mira hacia el pájaro, ha dejado de murmurar cosas y parece feliz. Me acerco a él y le beso; le gusta, a mí también. Entonces, nos tumbamos en la hierba y jugamos como lo hemos visto hacer tantas veces a la Linda y al Pulgoso, y nuestros jadeos y un extraño claqueteo se unen para llenar el silencio del valle. Exhaustos, José recoloca los faldones de su camisa, yo los de mi falda, y nos quedamos tumbados boca arriba mirando hacia el campanario.

            –Clac, clac, clac... nos dice la cigüena como si nos aplaudiera.

            –Pronto nos traerá a nuestro bebé –le digo a José.

16/12/2012 22:10 dominiquevernay #. sin tema

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