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Canibalismo o el grito de los sueños muertos

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—Tomás, ¿cuántas veces tendré que repetirte que no me dejes sueños tirados por el suelo? —le reprochaba Balbina después de treinta años de vida en común. 
Al principio ella se mostró paciente y quiso enseñarle a doblarlos como lo había visto hacer a su madre. 
—Se coge dos del mismo color —le explicó—, y los pones así, uno encima del otro y apuntando hacia un mismo lado. 
—No, así no —protestaba cuando Tomás no conseguía que coincidieran a la perfección—, deja que lo haga yo. ¿Ves?, estiras un poco más éste que ha encogido y algo menos éste otro que está dado de sí, ¿ves qué bien?... Y una vez superpuestos los doblas por la mitad y... ¡hop!, los unes así, uno de los dos comiéndose al otro.
Tomás había intentado sonreírse de la ocurrencia de su mujer, pero la imagen que le vino a la mente fue la de su padre dándole la vuelta a la cabeza de un pulpo recién sacado del agua.
—Mira, chico, como si fuera un calcetín, es el mejor sistema, ven que te enseñe.
—¿Y no le va a doler, papá?
— ¿Acaso lo oyes gritar?

15/07/2015 09:25 dominiquevernay #. sin tema

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