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Esperando a Mario

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   —¡Qué guapa te has puesto, Renata!

            Renata no contesta. Está de espaldas a la puerta, asomada a un espejo —que sujeta en la mano derecha— como si fuese a una ventana.

            —¡Renata!, ¿me oyes? Soy Ramón, tu terapeuta.

            —Sí, ya te he oído entrar, pero ahora mismo no podré atenderte.

            —¿Tienes un nueva actividad de la que yo no haya sido informado? —dice Ramón algo contrariado.

            —No, no tengo nada que hacer aparte de esperar a que llegue Mario.

            —¿Mario?... ¿Pero qué tontería estás diciendo? ¿No querrás quedarte aquí toda la vida? —la amenaza Ramón a la vez que la coge por los hombros y la sacude como quien sacude una hucha en busca de un «clin clin» esperanzador.

            —No, no me voy a quedar, hoy mismo me iré con Mario, ¡mira, mira, está subiendo las escaleras! —le dice Renata acercándole el espejo.

            Ramón suspira, lo aparta y lo deja encima de la cama. Luego saca de su bolsillo la llave maestra de todas las ventanas del edificio, y abre de par en par la de la habitación de Renata.

            —Ves, Renata, esto es la calle y por más que miro no veo a Mario. Tu hermano ya no está, no vendrá nunca a buscarte, y si no te empeñas en confundir los espejos con las ventanas tal vez un día puedas salir de aquí y....

            Renata se tapa los oídos. Luego, se abalanza sobre Ramón que cae, que cae, que cae...

            La joven vuelve a cerrar la ventana, se sienta en la cama y se asoma de nuevo al espejo.

            —Cuánto tardas —murmura. 

(Escrito para Viernes Creativo de Fernando Vicente, foto de Bill Domonkos)

 

18/10/2015 11:54 dominiquevernay #. sin tema

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