Blogia

dominiquevernay

Babas

Babas
Safe Creative #1004085936611

—No entiendo por qué me está mirando.

Jaime se dio la vuelta sin disimulo para ver quién era el que se atrevía a incomodar a su nueva amiga.

—¡Anda! si es el tío de la entrevista… no te preocupes, es a mí a quien mira; la verdad, ¿no sé lo que está celebrando? Pero ya te cuento luego, de momento, a lo nuestro, que tengo un hambre… ¿Qué vas a tomar?

Era mi segunda cita con Jaime y las cosas iban por buen camino. Me había invitado a  un restaurante de moda y, al llegar a los postres, vi que el chico que tanto nos había mirado en un principio se levantaba; me fijé en él mientras se dirigía hacia la puerta y pude comprobar que era alto, desgarbado y que andaba con los pies muy juntos, como siguiendo una invisible raya que lo separase de un precipicio.

—Por cierto, dije entonces a Jaime, cuéntame lo de este chico.

—Poco hay que contar —me contestó un Jaime suficiente que no conocía aún— era aspirante para un puesto en mi empresa y lo rechacé.

—¿Por?

—En realidad por un detalle de nada pero, que a mi entender, resulta muy revelador de un carácter: se pasó toda la entrevista jugueteando con un botón de su camisa.

Era claro que para Jaime aquella conversación sobre el candidato rechazado estaba zanjada y se dispuso a engullir su trozo de tarta de merengue.

—Sí, es verdad, hay detalles que dicen mucho del carácter de una persona y uno, es su manera de comer —espeté con gesto de asco.

Luego, le ofrecí mi servilleta y me levanté.

—¡Límpiate!, que tienes la cara llena de merengue.

Llegando ya a la puerta oí a Jaime protestar desde la mesa:

—Pero ¿qué mosca te ha picado?,  vuelve… —la frase quedo en suspenso, Jaime se estaba ahogando en babas blancas de merengue o, tal vez, en las suyas propias de trepa rabioso.

Entonces, volví hacia él y agachándome para ponerme a su altura le silabeé esta frase:

—Re-cha-za-do, ca-brón. 

 

Nota:

Durante mucho tiempo me fijé en todos aquellos desgarbados que iban jugueteando con un botón al hablar y que andaban con los pies muy juntos, como siguiendo una invisible raya que los separase de un precipicio... y me casé con uno.

 

 

Un asco rico

Un asco rico
Safe Creative #1003105724337

 «Un asco rico»: definición del sabor de un limón por Nicolás (dos años)

Flor solía desplazarse en taxi pero, desde que los taxistas habían escogido ser peces de acuario para evitar el ataque de posibles depredadores, había cambiado de medio de locomoción. Odiaba cualquier barrera que se interpusiera  entre ella y los olores de verdad, esos que no tenían nada que ver con los ambientadores, ni con las velas de esencias nacidas del petróleo; le gustaba el olor a  humanidad  que definía con estas palabras: «un asco rico». Así que empezó a viajar en metro y, cuando aquella mañana entró en el vagón que la llevaría a su trabajo, lo hizo como quien se prepara para una inmersión en apnea; inspiró lo más que pudo y se zambulló. Sabía que después de romper la barrera olfativa de todos los desodorantes, after shaves y demás perfumes detrás de los que se refugiaban todos aquellos congéneres suyos, llegaría a la esencia  misma de lo que hace que somos lo que somos, a la esencia misma de nuestros sentimientos. Llegado a este punto, convertida en un ser de profundidades abisales ya no podría contar con nada que no fuera su olfato.

Pero no le asustaba el reto, estando convencida, como lo estaba, de que las emociones huelen. Muchas veces, siendo pequeña, había jugado a definir los aromas y, mientras su amiga Merche los definía con colores, ella lo hacía con sentimientos; no era raro oír decir a Merche en el recreo:

—Huele a azul —a lo que Flor respondía,

—Vale, si tú lo dices… pero a mí me huele a tristeza.

No cabía ni un alfiler en el vagón a esas horas de la mañana y le fue algo difícil moverse a su antojo, siguiendo rastros de alegría, de esperanza, de frustración… sentimientos que además de impregnar sus pituitarias de aromas de lo más variado, pintaban muecas, apagaban miradas o dibujaban portes de conquistadores o de vencidos. De repente, una fragancia la retuvo y la llevó a colocarse junto a un hombre alto que parecía estar mirando un punto invisible por encima de un mar de cabezas. Con la disculpa de la falta de espacio, se pegó lo más que pudo al cuerpo del hombre de espaldas a ella, y aspiró intensamente su aroma que la atrapó de inmediato, llevándola muy lejos de aquel vagón, en una unión perfecta de dos cuerpos.

Pero, las puertas del vagón se abrían ya de par en par, dejando escapar aquel torrente de fragancias hacia otros mundos y Flor, muy a su pesar, tuvo que dar por interruptus aquel orgasmo olfativo.

 

 

 

 

Horizons de cour intérieure

Horizons de cour intérieure
Safe Creative #1002245614744

C’est fait, on a changé d’appartement! Lui, il s’en foutait, mais moi j’en avais marre de ces horizons de cour intérieure courcircuités de cordes à linge. Les jours de gros lavages, pas même la peine d’essayer d’entrevoir un petit bout de ciel de notre deuxième étage; au-dessus de nos têtes, ça faisait comme une grosse toile d’araignée avec plein de trucs piégés à l’intérieur: des slips, des draps… j’crois même que parfois y’ en avait qui mettaient leurs sales idées pendre aux fenêtres.

Mais tout ça c’est fini. On vient de s’installer dans un quatre pièces tellement ensoleillé, que quand on y entre, pas de charentaises, mais de bonnes lunettes de soleil à carreaux. Quatre pièces sous les toits avec quatre énormes vélux. Je passe des heures étendue sur mon lit, les yeux perdus dans mon bout de ciel et je me sens un peu comme à la mer.

Ce matin pourtant, Maurice et moi on s’est engueulés. Quand le réveil a sonné j’ai ouvert un oeil, et puis l’autre… j’ fais toujours ça dans le même ordre: d’abord le droit et puis le gauche, c’est un peu idiot mais ça m’aide à passer d’un côté à l’autre plus facilement. Une fois du côté où les gens se lèvent tôt pour aller travailler, mes yeux sont tombés sur mon bout de ciel encadré; aux lueurs de l’aube, il était comme un de ces tableaux trop beaux pour être avec les autres et qu’on laisse tout seuls sur un grand mur avec juste une lumière en plein dedans. J’ai murmuré:

—Comme il est beau mon bout de ciel rien qu’à moi.

Maurice qui ouvre toujours les deux yeux en même temps a dit pour m’énerver:

—C’est jamais le même morceau… ton bout, demain, c’est la voisine qui l’aura.

Alors j’ai eu envie de les tuer, lui et la voisine et je me suis mise à pleurer.

—Tu vas quand même pas pleurer parce que la terre tourne! —il a dit pour essayer de me consoler.

Mais moi j’ai pas voulu de ses caresses. Pendant un moment j’ai senti comme un vertige et j’ai regretté mes horizons de cour intérieure et mon bout de ciel en toile d’araignée.

Maurice s’est levé, il a ouvert le vélux, s’est mis sur la pointe des pieds et il m’a dit gentiment:

—Tu m’en prêtes quand même un morceau de ton bout de ciel?

Il était tout nu avec son sexe de bonne humeur, alors ça m’a fait rire.

—Et c’est où qu’on fera sécher le linge? —a-t-il pensé à voix haute.

Pas malin mon Maurice! Et ça m’a fait repleurer et regretter les cordes à linge de ma cour intérieure, artères encombrées d’impossibles horizons.

 


Inicio

Inicio
Safe Creative #1002235607084

         Relato ganador (ex aequo) del certamen Conectad@ en la Red, Día Internet 2007

 http://www.asturiastelecentros.com/index.asp?MP=43&MS=0&TR=C&IDR=1607

       

        Había encontrado trabajo en una casa de la urbanización más lujosa de la ciudad. Era lunes. Temía los lunes por todo lo que eso implicaba: un fregadero a rebosar de platos sucios, unos baños en los que habría que aspirar, borrar todo indicio de cuerpos peludos y un dormitorio, sólo comparable con la planta “mujer” de un gran almacén al final del primer día de rebajas.

        Al entrar en la habitación de los señores suspiré. Era peor de lo que me esperaba, y eso que Don Jaime estaba fuera de viaje de negocios. Recogí del suelo la primera cosa con la que tropecé: un zapato de tacón altísimo y, al levantar la cabeza, me fijé en el parpadeo de una señal naranja en la parte inferior del ordenador de la señora. Por descuido lo habrá dejado encendido, pensé. Intrigada, me acerqué a la pantalla y vi que a su derecha, en un  recuadro, se podía leer:

Carlos dice: “hola cariño, te necesito, contéstame ¿estás ahí?...

        Nunca antes me había atrevido a tocar la más minima cosa de un ordenador, salvo, claro está, cuando se trataba de quitarle el polvo. Pero ahora, sola frente a aquel parpadeo naranja, noté, al revés de la necesidad de apartarme como siente uno frente a la llegada de una ambulancia y su parafernalia, la de implicarme y de actuar. Con el ratón en la mano, y tal como lo había visto hacer a otros muchas veces, llevé la flecha hacia el recuadro y pinché… había acertado y el folio virtual se desplegó con la pregunta.

¿Estás ahí? repitiéndose una y otra vez con un sin fin de signos exclamativos y emoticones.

        Buscando las letras en el teclado con la misma aplicación que antes pelos en la bañera, contesté que no estaba la señora y que yo era la asistenta; no hubo respuesta, el ordenador quedó mudo.

        Entonces, seguí con mi trabajo: recoger una prenda tras otra asegurándome de poner lo sucio en lo sucio, y lo limpio en el armario; sólo sabía de un método para hacerlo bien que consistía en mirar y, en caso de duda, oler. A eso se veía reducido gran parte de mis mañanas de los lunes: separar la porquería de lo limpio, atisbar cualquier cerco, marca, mancha, rayón o resto amarillento, negruzco, grasiento en ropas, sábanas, toallas, puertas, estanterías, frascos de perfumes destapados, cromados de griferías de diseño y mármoles de Carrara… y todo, por un sueldo de miseria.

         A las tres y cinco nos encontramos, la señora y yo, en el hall de entrada:

--Ya me iba, dije mientras ella lanzaba una rápida mirada al reloj, asegurándose así de mi cumplimiento con el horario acordado antes de concederme un breve saludo.

 --Por cierto, añadí sacando ya el bono-bus de mi bolso, en el ordenador, un tal Carlos la andaba llamando. Le quise contestar pero…

—¿Pero cómo te atreves? se escandalizó la señora, como te atreves a husmear en lo más privado...

 —Tiene usted razón señora, dije, interrumpiendo a mi señora adúltera, a mí también me encantaría poder dejar de husmear en las cosas más intimas de su vida… pero se ve que en eso consiste mi trabajo. Por otra parte, creo que mañana mismo, y antes de la vuelta del señor de ese viaje tan oportuno, deberíamos hablar de los 50 euros de aumento que usted me prometió hace ya seis meses.

         Y sin más dilaciones salí a la calle. Me sentía fuerte. Había sabido utilizar un ratón, pinchar y dar a Ok… ya no sería nunca la misma.

 

Carnaval

Carnaval
Safe Creative #1002165531596

 

Sin necesidad de disfraz, la infancia pasa jugando a ser otros; pero nunca resulta grotesco.

 

                                                                                  Pintas

Su casa era la mejor del pueblo: dos balcones con vistas a la calle Mayor.

--Un sitio inmejorable, repetía Don Anselmo, cada vez que podía ser espectador de palco real en cabalgatas, procesiones, y manifestaciones carnavalescas de todo tipo: políticas, religiosas, sociales, culturales…

Ese día, Don Anselmo sabía que era una fecha importante y consultó una guía que le habían dado en el casino.

--Antonieta, prepárate que hoy es Martes de Carnaval y a las ocho tenemos desfile de carrozas.

Últimamente, Antonieta se despistaba un poco con las fechas, las horas y las cosas en general pero, a las ocho menos cuarto estaban listos y abrieron de par en par los dos balcones, cada uno el suyo, Doña Antonieta era demasiado gruesa como para que se las arreglaran con uno solo.

El aire helador que entró en el comedor no les pilló desprevenidos. Se habían abrigado como para resistir a dos horas de frío polar. Don Anselmo había optado, siempre bajo la supervisión de su señora, por sacar de su funda con olor a naftalina el abrigo de las grandes ocasiones, el más caliente, un abrigo de cheviot ligeramente entallado y con trabilla en la espalda. Luego, una bufanda más informal de rayas rojas y amarillas le tapada lo poco que aún se le veía de la cara, una vez colocado el gorro de orejeras peruano, marrón y con dibujos de llamas, que su nieto le había traído de un viaje por aquellas tierras. Debajo del abrigo sobresalían las perneras de su pijama de franela de rombos y en los pies, los Nike de suela de aire con los que daba sus largos paseos de jubilado, le permitirían aguantar las dos horas de pie.

Ella, había optado por lucir de manera excepcional su abrigo de visón que le llegaba hasta los pies. Con el despiste de las horas seguía con los rulos puestos; con un viejo fular de florecitas verdes a modo de casco, evitando así las corrientes de aire entre rulo y rulo,  la cabeza de Doña Antonieta tenía el aspecto de un capullo de gusano de seda gigante. 

Al igual que les ocurría cada vez que llegaban con media hora de antelación a sus citas en el ambulatorio, empezaron a impacientarse.

-- Ya no existe la puntualidad hoy en día.

--Así va el mundo… asentía Doña Antonieta.

Poco a poco la calle se iba llenando de gente disfrazada.

--¡Pero qué grotescos van todos! comentó Don Anselmo.

--Y que lo digas... ¡cada año más grotescos! recalcó Doña Antonieta.

             

 

¡Muchas gracias Armando!

¡Muchas gracias Armando!
Safe Creative #1002145517893

Aquel verano del 1957,  mis padres decidieron comprar un coche y venirse de vacaciones a España,  haciendo caso omiso de las terribles historias que aún se contaban sobre lo que ocurría al otro lado de la frontera. Hicimos el viaje de noche y al alba llegábamos a La Junquera. Allí un guardia civil en una garita de madera y bajo la luz de una pobre bombilla nos miró perplejo (ocho personas más el cargamento para un mes) para, finalmente, dejarnos pasar.

Calella: primera parada, desayuno y gasolina. Unos kilómetros después, mi padre echaba en falta la carpeta con toda la documentación y el dinero para nuestro periplo. Sólo cabía una explicación: nos la habían robado y no volveríamos a verla. Quedaba olvidarnos de Castelldefels cuya playa se quedaría en nuestra imaginación, regresar lo antes posible a la frontera y cruzar los dedos para que aquel guardia nos reconociera y nos dejará volver al lugar del que mi padre juraba, entre suspiros y maldiciones, que no saldría nunca más. De repente, en aquella carretera solitaria y en sentido contrario, un hombre en bicicleta interrumpía nuestra vuelta fúnebre con evidentes muestras de alegría al ver nuestro coche… en su mano llevaba una carpeta.

--¡Su carpeta! ¡su carpeta!… íbamos oyéndole gritar mientras mi padre frenaba y paraba el coche.

--Olvidado, ublié en la gasolinera, explicaba el hombre ya de pie junto a mi padre que tardó unos segundos en reaccionar; cuando lo hizo, nos pareció oirle hablar por primera vez el castellano.

--Gracias Señor, muchas gracias.

--De nada, le contestó el hombre.

--¿Cómo se llama usted?

-- Armando, para servirle…  ¿y usted?

--Louis.

En medio de aquella carretera esas frases sonaron muy distinto a cómo las habíamos oído durante todo el invierno desde la habitación de mi padre.

--Ahora que nadie me molesté, aún me queda mucho por practicar si quiero poder apañármelas este verano… no he pasado de la primera lección, la de las presentaciones.

Esas mismas frases frías del invierno, ahora cargadas de emoción, agradecimiento y sorpresa eran auténticas.

Armando nunca supo que, a cada golpe de pedal que había dado para lanzarse a nuestro encuentro, no sólo había hecho girar las ruedas de su bicicleta…  la de mi destino también habían girado pero eso, yo, aún, no lo sabía.

 

Cuestión de detalles

Cuestión de detalles
Safe Creative #1002105498583

Qui voit la mère voit la fille” ( dicho francés)

 Con pocas palabras pero con voz firme Héctor dijo:

--No, no quiero.

Aquella respuesta cayó como una ducha de agua helada sobre todos los invitados allí presentes, una ducha helada sobre moños laqueados, cuellos almidonados, caras empolvadas.

Después de unos segundos de denso silencio llegaron los murmullos, los carraspeos, las miradas inquietas de gallináceas, hasta que el desmayo de la novia  y el ataque frontal de la  madre de ésta hacia Héctor, volvieron a enderezar moños, cuellos y papadas. Cogiendo al novio  por la corbata, la mujer parecía querer arrancarle el “sí” y, de paso, matarle un poco.

--¿Por qué? gritaba una y otra vez.

Aparte del hecho de que Héctor estuviese ocupado en seguir respirando, lo que hubiera podido decir sobre el porqué de su “no” era aún demasiado confuso par él; lo único que sabía con certeza era que tenía que huir de todo aquello lo antes posible. En cuanto pudo liberarse de la presión de su atacante, balbuceó un atropellado “perdón” hacia la novia que, poco a poco, recobraba el sentido. Reprimiendo entonces unas terribles ganas de correr, optó por dar media vuelta con la cabeza bien alta y, a zancadas mesuradas, fue hacia el portón central abierto de par en par. Esta vez,  los acordes del órgano fueron sustituidos por insultos que, a cada paso que daba, le lanzaban a media voz los invitados de la derecha, los de la novia:

--¡Sinvergüenza!

-- ¡Hijo de puta!

--¡Maricón!

--¡Mosquita muerta!

--¿Quién es la otra?

--¡Cabrón!

 Los detalles, fijarse en los detalles para no perder la compostura, eso era lo que Héctor trataba de hacer. Entonces se concentró en la alfombra roja, sorprendido de lo mullida que era y de  no haberse percatado de ello antes.

Aquel día, era la tercera vez que Héctor se fijaba en menudencias. La primera había sido por la mañana cuando, por una casualidad de puertas mal cerradas, había irrumpido en la habitación equivocada. Ayudada por su madre, Marta se estaba vistiendo de novia y, al oírle entrar, las dos mujeres se dieron la vuelta; al descubrir que era Héctor, le gritaron, con un rictus mitad espanto mitad rabia, que se fuera, que eso de ver a la novia vestida de blanco antes de la boda podía traer terribles consecuencias. 

El joven salió de la habitación lo más rápido que pudo pero, no lo bastante como para no reconocer en el rostro de su novia, el mismo rictus que el que su futura suegra llevaba casi siempre colgado de sus facciones de amargada. Eso había sido el primer detalle del día y ahora, camino de su casa, se extrañaba de no haberse percatado antes del fugaz pero terrorífico parecido.

Luego, en su prisa por salir de la habitación Héctor, o el destino de nuevo, había hecho que la puerta quedase entreabierta y que oyera una frase, una simple frase que su novia había deslizado como en un suspiro  mientras él se alejaba por el pasillo:

-¡Cómo me oprime este vestido!

Ése había sido el tercer detalle que Héctor había advertido y ahora, sentado en su casa,  intentaba no pensar en nada. Cerró los ojos, pero no lo hizo lo bastante rápido como para no darse cuenta de que una de las numerosas fotos enmarcadas que tenía en la pared, todas de Marta y él sonriendo ante un mismo objetivo, estaba torcida. Se levantó para ir a enderezarla con un ligero toque en su esquina inferior derecha; la marca que había dejado en la pared indicaba que llevaba tiempo torcida. A Héctor le chocó no haberse fijado en ese cuarto detalle antes.                                                  

  

 

Viajes punto y aparte

Viajes punto y aparte
Safe Creative #1002085476922

(Publicado en el País Semanal del 31-08-2008)

--¿Qué tal las vacaciones?... ¿a dónde fuisteis?

--Aún no lo sé, la agencia nos da las fotos mañana… ya te diré.

Silencio perplejo al otro lado del teléfono… ¿diálogo de besugos? ¿cruce de líneas? ¿estrés postvacacional?

-- No sé de qué te extrañas maja… ya te dije que la agencia que habíamos contratado era fantástica aunque, eso sí, muy cara. Pero lo pagas a gusto porque no tienes que ocuparte de nada… fíjate lo que te digo, de nada, ni siquiera tienes que salir de casa. Pero creo que lo pasamos muy bien y que en las fotos se nos ve muy contentos. ¿Y vosotros qué tal?...

Figuras geométricas

Figuras geométricas
Safe Creative #1002075471517

Figuras geométricas

 

Palabras caídas al azar,

desmigajadas

en la barra de un bar de mierda cualquiera.

Luz de neón mortecina.

El hombre de pie en la barra

no la ve entrar, ni sentarse

allí, tan ridículamente recta… o tal vez sí…

Nada cuadra.

 

Detrás del ventanal

de aquel lugar,

entre las sombras

de una instantánea de Hopper,

tú, yo, o cualquier mirón                                                                                                        

a la espera.

 

¡Acción!

 

Ahora sí, el hombre se gira,

repara en ella.

La mujer de espaldas  se le ofrece:

largo cuello,

pechos firmes,

hermoso culo.

Luz de otros tiempos

en un sexto sin ascensor.

La lame toda,

sabe a Julia.

Ella susurra: sigue, sigue.

 

¡Corten!

 

Luz de neón mortecina.

Entre las sombras de una instantánea de Hopper

nadie vio ni oyó nada,

ni tú, ni yo, ni el mirón ese cualquiera…

Ni la respiración entrecortada de ella,

ni las aletas tensas de su nariz,

ni aquella mariposa atrapada en su sien.

 

Imagen fija.

 

Ella apura su copa de coñac.

Luego, su mano hacía el cenicero, hacia la puerta… se va.

El hombre de espaldas,

absorto, no ve su marcha… o tal vez sí…

Dibuja figuras geométricas 

con migajas de un pincho que acaba de tomar.

De pie, en la barra de un bar de mierda cualquiera.

                                                                        Dominique 08/02/09

 

 

¡Touché!

¡Touché!
Safe Creative #1002075471524

  Anochecía. Se levantó de su mesa de trabajo y a juzgar por el silencio que le rodeaba supusó que, una vez  más, se había debido de quedar solo en la sede de la editorial desde donde ejercía su trabajo de crítico literario. De pequeño ya se "enfrascaba " en lo que leía, así era como decía su madre, y con 50 años seguía igual. Con gestos mesurados ordenó su mesa. Cuando se disponía a ponerse el abrigo, un joven irrumpió en su despacho envuelto en el aire frío de aquella tarde invernal.

–¡Por fin le pillo! –lanzó con descaro.

El crítico recibió la frase como el guante que reta al duelo y, bajando la mano derecha que la sorpresa había congelado hacia el perchero, volvió hasta su mesa para atrincherarse antes de rogarle que se presentara.

–Bonito despacho.

–Confortable, diría yo.

–Ya veo, el gran crítico nunca descansa; yo digo “bonito” y usted dice “confortable”… Y si le dijera: “ es usted un hijo de puta”, ¿le parecería adecuado?

–Sigo sin saber quién es usted y me voy a ver obligado a llamar al…

–No, no será necesario –le interrumpió el joven–. No soy peligroso –añadió en un tono de voz desprovisto ahora de toda carga ofensiva; luego, se sentó en la silla que se encontraba delante de la mesa y murmuró con la cabeza entre las manos:

–De nosotros dos usted es el peligroso, por su culpa, soy autor muerto.

–No hace falta ya que me diga su nombre –contestó entonces el crítico acercándose a una de las estanterías para coger un libro.

Era una novela extensa; el hombre la sostuvo un rato en silencio con las palmas de las manos pegadas a las tapas, como queriendo volver a empaparse de todo el contenido de la obra con aquel contacto satinado. Luego, la dejó de nuevo encima de la mesa y siguió hablando.

–Es usted igual que cada uno de sus personajes, por eso he sabido quién era usted ¡tan exagerado, vehemente! Ahí reside su problema, cautivado por su propio personaje le resulta difícil no terminar aburriendo.

–Pero, ¿con qué derecho?…

Esa vez fue el crítico el que le interrumpió.

–Es mi trabajo y creo ser honesto con lo que hago. Además, me otorga usted un poder que no poseo; ninguna mala crítica puede hacer que un libro sea malo, ni una buena que un libro sea bueno. Usted sabe escribir, lo ha demostrado, pero no sabe sobre qué escribir.

–Ya que lo sabe todo, ¿por qué no me lo dice usted?

–Si lo supiera, no sería crítico literario sería escritor pero, si le sirve de algo, ahí tiene lo que dijo el padre de Carver a su hijo:

Escribe sobre cosas que sepas*Ahora, si me permite, tengo que irme. Tengo coche, ¿quiere que le acerque hasta su casa?

 

*Raymond Carver (25 de mayo de 1938 — 2 de agosto de 1988),