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dominiquevernay

Mientras todos duermen (segunda parte)

Cuando se levantó mi marido me encontró planchando en la cocina.

–¿Planchando tan pronto? –se extrañó.

–Termino en un segundo y me voy pa la cama –le contesté en un bostezo.

–¿A la cama? ¿A dormir a estas horas?

–Sí, a partir de ahora siempre tendrá que ser así –le contesté en un largo pshhh de plancha.

Entonces me vi obligada en contarle lo sucedido.

Sobre las tres de la mañana, cuando, como ya sabéis, me levanto para mear. (Me dijeron que lo de "aliviar la vejiga" resultaba algo cursi y que no se podía emplear si, como yo, se aspiraba a estar un día junto a Carver y Bukowski en Wikipedia). Me acerqué a mi ordenador y, cosa extraña, Facebook no dormía. La línea gris de su encefalograma normalmente plano a esas horas indicaba una actividad de horas punta y, enseguida, me asuste al leer que no se trataba de avisos de Spotify ni de reseñas de nuevos libros –como, por ejemplo, esas sobre "No te quites la costra que te quedará marca" que desfilan más que la cabra Manteca el día del Pilar, sobre todo ahora que lo van a sacar en papel– ni nada sobre "sobres" ni Papas... Lo que ahora se iba desplegando bajo mis ojos era mil veces más impactante, horripilante... Entonces, recordé que justo antes de irme a la cama el día anterior había aceptado la instalación de la última versión de Facebook, ya que me gusta ir siempre a la última. Antes de leer si se trataba de un simple lavado de cara o de algo más serio, di a "aceptar" sin saber que a partir de este gesto mi vida iba a cambiar para siempre; podría seguir las actividad de mis contactos, de día y de noches: sus actividades físicas e intelectuales de día, y sus actividades oníricas en cuanto se durmiesen. ¡Pero qué tremendos sois, amigos míos en Facebook!... ¡Y qué tremenda debía de ser yo también en mi versión nocturna!

Al dormir de día, supongo que mi vida onírica pasará un poco más inadvertida entre avisos de Spotify y demás chorradas diurnas, porque, creedme, lo que pude entrever de vuestros subconscientes es material explosivo. ¡Buenas noches!

 

 


Mientras todos duermen (primera parte)

Me gusta levantarme un momento sobre las tres de la mañana para, obviando cierta necesidad de orden fisiológico, acercarme al ordenador y oír la respiración sosegada de mi Facebook. Me siento y observo: ni un solo ronquido, ni un solo parpadeo en los doscientos cuarenta y seis ojos de mi Facebook, ni un solo "spotifier" con ganas de más... Entonces siento que estoy completamente sola y, últimamente, me vuelvo a la cama con una sensación extraña, como cuando de pequeña me sentía obligada a permanecer despierta hasta que volviesen mis padres del cine o de una reunión con amigos, si no quería que les pasase nada malo. Es por esto mismo por lo que me resisto a dormir ahora, pero me pregunto si a mis años no resulta un poco grotesco seguir intentando salvar a alguien o a algo... aunque este algo no sea más que mi trocito de mundo. Además, mañana voy a estar rota.
(basado en hechos reales, escrito a las tres de la mañana, hoy estoy rota)

La papisa


Esta noche soñé que había sido nombrada papisa y cuando se lo conté a mi marido no levantó la vista del libro en el que estaba enfrascado. Me extrañó porque normalmente siempre presta atención a mis sueños. 
–Esta noche soñé que te engañaba.
–¿Con quién? –me pregunta enseguida.
–Esta noche soñé que comíamos en el restaurante ese tan caro de Ferran Adrià.
–¿Y cuánto nos costaba?
Pero con lo de la papisa ni mu... lo de la papisa, ¡ni en sueños! ¡Qué pena!... solo sería cosa de acortar las casullas.

Devoradores nocturnos de bizcochos

A las cuatro de la mañana me desperté pensando en el trozo de bizcocho que me había quedado del día anterior y tuve que bajar a la cocina a por él. Medio dormida lo fui engullendo a lo bestia y me pregunté si era mi estómago o mi cerebro el responsable de esta "fartura" absurda y compulsiva.

Hoy, leyendo las noticias, no sé por qué pero me he vuelto a preguntar lo mismo: ¿serán sus estómagos o sus cerebros los que les impulsan a querer siempre más?


Canción muda de cuna

Canción muda de cuna

–Lleva horas durmiendo en su cunita como un ángel, pero Candela está insoportable.

Candela ha oído la última frase de su madre a la abuela. La pequeña deja de corretear como si se hubiese topado con una verja electrificada. Ahora, se dirige hacia la habitación del ángel, acerca el escabel azul que hay junto a la cuna y se asoma. Con mucho cuidado roza la mano de su hermanito, luego su moflete, luego decide llegar un poco más arriba, justo ahí donde no se puede tocar nunca jamás; un hueco mullido y suave como una badana que tamborilea una canción que la niña desconoce.

El parte

-Parece que graniza.
-Parece.
-Mira a ver lo que dicen en la tele.
-Que hace sol.
-¡Ah bueno!... menos mal.

Entre sesos y riñones

-Quería cuarto y mitad de imaginación pero veo que ya no le queda.
-¿Imaginación?... ¡Siempre la tenemos y bien buena!... Ahora mismo voy a por ella.
Al minuto el casquero vuelve con una imaginación fresca y tierna colgando de un gancho.
-No podemos tenerlas fuera, a la vista -me explica- enseguida se ponen perplejas.

Unos días más tarde

 

Esta mañana volví a la casquería a por un trozo de cordura. 
–No me queda y no creo que la vaya a tener.
–Necesitaba unos gramos nada más, para dar algo de sustancia a un caldo; la ibérica va muy bien pa’ eso.
–Ni ibérica ni de fuera... Ya no la hay por ningun lado.
Me quedé pensativa, cavilando sobre qué podría llevar que no fuera cordura pero que se le pareciera, cuando la "faltosa" de detrás de mí en la cola saltó:
–¡A ver si te decides de una vez, que las demás tenemos prisa!
Se ve que hablaba por todas, porque todas menearon la cabeza en plan "pero que razón tienes, ¿qué se habrá creído esta con su cordura?".
Como me daba la vuelta para responder a la impertinente, vi que llevaba los rulos puestos y le dije con tonillo:
–¡Qué guapa vas... ni que fuera sábado!
–Ya, es que en unos días me jubilo y van a venir los de la tele a hacerme una gran "interviu" –me contestó hinchando su papada de gallina clueca.
Todas quedamos en silencio salvo el casquero:
–La despiden, querrá decir.
–No, me jubilo, jubilación voluntaria – recalcó la faltosa.
Estábamos perplejos... lo que me llevó a pensar en la imaginación que, para sustancia, podría servir igual de bien que la cordura.
–Lo siento... ni imaginación me queda –me dijo el casquero.

Vuelo nocturno

Vuelo nocturno

A Remedios le gusta la sala de las mariposas. Siempre las deja revolotear un rato mientras barre el suelo y limpia las vitrinas de huellas de dedos. Antes de pasar a la sala de los coleópteros, las mira volver a sus alfileres y espetarse sin una sola queja. Son las dos de la madrugada, Remedios cierra las vitrinas, suspira... aún le queda mucho por hacer.

Justicia Roberval

Justicia Roberval

Ilustración - Ilustración del Antiguo grabado de la balanza Roberval aislado en un fondo blanco. Industrial enciclopedia E.-O. Lami - 1875. 

Justicia Roberval

Aunque fuera del año catapún, la balanza de mi abuela era, según ella, el Stradivarius de las balanzas. La había tenido durante años en su tienda de ultramarinos en el pueblo y, cada vez que intuía en la mirada de sus clientes una sombra de duda sobre unos gramos de menos –que para los gramos de más no había nunca ni sombra ni luz– les recordaba, con aires de suficiencia que le despeinaban los pelitos del bigote, que su balanza era:

–¡Una Roberval!

Efectivamente, la balanza de mi abuela no era una cualquiera. Pesar un kilo de patatas con una Roberval no tenía nada que ver con hacerlo con una balanza made in V.U.S*; ennoblecía y revestía la medición de tal solemnidad que, aunque nadie más que mi abuela supiera a qué venía eso de comparar violines con balanzas de platillos, hubiese sido una grosería y un sinsentido seguir dudando de su precisión.

            Está claro que yo no soy una Roberval. No quiero decir con eso que yo sea una cualquiera, pero sí, que nada de lo que pueda decir tiene peso y, por si acaso no me creen, se lo voy a demostrar.

            Pongamos que les diga que robar un huevo es igual a robar un buey. Se reirán de mí y me llamarán loca. Sin embargo, revistamos ahora esa aparente memez del huevo y del rey... perdón, del buey, con la solemnidad del veredicto pronunciado por un hombre con toga o por otro con sotana. Entonces, seguro que se dejaran de guasa y no les cabrá la menor duda de que el dicho francés «qui vole un oeuf vole un boeuf*» es una gran verdad, algo tan evidente como que uno es igual a uno. ¡Ya ven!

 * VSA: Vaya Usted a Saber

*Qui vole un oeuf vole un boeuf: quien roba un huevo roba un buey

Seudónimo: Lucifer

Seudónimo: Lucifer

Decidí venderle mi alma al diablo porque no me gusta guardar cosas que no sirven. Supongo que me llegaría de fábrica con un acabado perfecto y que solo fue a los diez años de vida cuando empezó a darme guerra... sí, diez años, lo que tarda cualquier electrodoméstico en estropearse. Pero lo malo de mi alma es que no se volvió inservible a la primera, no, fue muy poco a poco.

Primero, le salieron bolas en las partes más expuestas, igual que las de los jersey a la altura del pecho o de la tripa, según. Luego, llegaron los rotos de grandes caídas y los zurcidos correspondientes cada vez más toscos. Cuando después de un tropezón mío en aguas fecales quise lavarla, no encontré en su interior la etiqueta con las recomendaciones de limpieza y secado y, al no saber exactamente de qué estaban hechas las almas, decidí arriesgarme dando a la tecla del programa "almas muy sucias" ; el resultado fue desastroso, mi alma había encogido de tal manera que no me abrigaba en invierno y me estorbaba en verano. Y así fue como la deje olvidada en el fondo de un armario, hasta hace unos días cuando, en plena limpieza primaveral, volví a encontrármela. Las polillas habían dado buena cuenta de ella y no quedaba más que migajas de alma que junté como se hace con las de pan en las cenas aburridas. Conseguí una bola de color grisáceo y olor a caducado, pero no importaba y decidí venderla al diablo. En épocas de exceso de desalmados se pagan fortunas por cualquier cosa que tenga un ligero parecido con un alma y el diablo lo sabe. En cuanto la puse a la venta, Lucifer apareció.

Las moscas

Las moscas

Al principio no nos dimos cuenta y cuando lo hicimos fue demasiado tarde.

¿Cómo cortarse las uñas de los dedos de los pies a partir de los cincuenta.

¿Cómo cortarse las uñas de los dedos de los pies a partir de los cincuenta.

           Los dedos de los pies son unos seres muy extraños. Sí, han leído bien, son unos "seres extraños" y, por eso mismo, cortarles las uñas equivale a lo que vimos hacer a los indios con las cabelleras en muchas películas del oeste. Un acto brutal, desde luego, sobre todo si se tiene en cuenta que durante los primeros meses de nuestra vida son nuestros amigos más íntimos con los que pasamos horas jugueteando; ni el mejor de los sonajero ni el muñeco de trapo más suave podría competir con unos deditos de pies tiernos y cosquillosos.  

            Sin embargo, el corte de uñas no será la única tortura a la que se les someterá. Vendrá el primer par de zapatos en los que se les querrá embutir, luego los calcetines de lana gruesa que les picarán, los de fibra sintética que les harán sudar y los de goma floja que se tendrán que comer, sin hablar del zapato de tacón de aguja o de punta fina que intentará despiadadamente acabar con ellos. Sin embargo, los dedos de los pies son como los buenos soldados: saben esperan en fila a que llegue la hora de la revancha: la hora del corte de uñas.

            Si a los jóvenes rebeldes se les antoja peinados extravagantes con crestas y demás obras arquitectónicas, a los dedos de los pies les salen, por rebeldía también, unas uñas con formas y rarezas horripilantes; sean pues muy precavidos cuando, después de mirar en varios cajones, encuentren su cortaúñas  –el único que corta bien y que nunca está donde tendría que estar– se sienten e inicien la poda.

            Tener buena luz será otro punto esencial para que ningún trozo de dedo –o dedo entero– falte al recuento de después, por lo que les recomendaría actuar solo en días de sol y junto a un ventanal de cristales relucientes. Lo más probable es que la distancia, desde la que van a tener que trabajar, sea justamente la que sus ojos no conseguirán controlar ni con gafas de ver de cerca ni con gafas de ver de lejos; por lo tanto, prescindan de ellas y arruguen los ojos lo más que puedan.

            Sean cuales sean sus costumbres de aseo personal, les sugeriría que pusiesen los pies en remojo, unos cuantos minutos en una palangana de agua tibia antes de la batalla; resulta ser una manera eficaz de reblandecer, en otra palabra, de debilitar al enemigo ya que, no lo olviden, estamos en guerra.

            Ahora sí, ha llegado el momento de levantar la pierna derecha –si han decidido empezar por las uñas de los dedos del pie derecho– dejando la rodilla ligeramente doblada para evitar todo chasqueo de menisco, y de apoyar el pie en un taburete que habrán colocado a tal efecto frente a ustedes. Asegúrense de la estabilidad del taburete, no siendo que por ser el suelo de parqué barnizado, una de las patas se escurra y pierdan ustedes también las suyas (patas). Luego, expulsando todo el aire de los pulmones, aprieten los músculos del abdomen y estiren los brazos y manos hacia el pie que habrán secado previamente. El otro puede quedar unos minutos más en remojo en la palangana. Si después de unos cuantos estiramientos no consiguen alcanzar el objetivo, renuncien y pidan hora al podólogo; una hernia discal o inguinal supondría un tanto insuperable a favor de los dedos de los pies.

            Una vez atrapado el primer dedo –parece lógico empezar por el más gordo aunque sobre este asunto no existen aún reglas concretas– procuren agarrarlo fuerte por el pescuezo, su parte más estrecha llamada también "cintura" en ciertos tratados; ponga especial cuidado en los dedos más rebeldes, los amotinados, que subidos en la chepa de sus compañeros entorpecen la labor de manera considerable; no den ningún corte sin haber reducido a los amotinados antes –suelen ser varios en un mismo pie– inmovilizándoles con un poco de cinta adhesiva en los casos más extremos. Coloquen por fin la victima escogida entre los dos filos de su cortaúñas y, con un pulso firme, trónchenla.

            Permitan que insista en un punto ya señalado: no se dejen impresionar por las uñas encarnadas, atróficas, frágiles, débiles, quebradizas, desdobladas en capas... todas estas deformidades no son más que tácticas de disuasión. 

            Cuando terminen con las uñas de los cinco primeros dedos, cambien de pie y recuerden que, al haber permanecido en el agua tibia más tiempo, las cinco restantes ofrecerán menos resistencia a la hora de la poda, por lo que se aconseja una fuerza de ataque más leve, evitando así que su cizalla tome por uña lo que es carne.

            Aunque las leyes actuales sobre riesgos laborales no hablen del "corte de uñas de los dedos de los pies", es de lo más recomendable la utilización de gafas de protección para que ningún astilla de uña pueda clavarse en la córnea durante la lucha.

            Y para terminar y poner algo de humanidad en aquel brutal e inevitable sacrificio ungueal, les rogaría que hablasen amistosamente con sus dedos de los pies mientras los ponen a remojo, mientras los secan y les van cortando la cabellera; estos fueron sus primeros interlocutores y, aunque se hayan convertidos en seres extrañamente feos  – pregúntense, ¿a dónde iríamos a parar sin ellos? 

Cumplir años

Cinco de enero 2013

Al desplegar todas vuestras felicitaciones en mi página Facebook, pensé –con una pizca de orgullo– ¡mi madre!, tengo por lo menos diez metros de comentarios.

            Entonces, me vino a la mente la observación de una señora que acababa de perder a su madre y quien, entre lágrimas, exclamó al ver llegar los coches de los asistentes al entierro:

            –¡Virgen Santa! ¡La fila de coches llega hasta el prao del Antón... y eso ye por lo menos un kilómetro!

            Pues eso... En este cinco de enero del 2013, Facebook es para mí como aquella única calle asfaltada de pueblo en la que uno puede medir en metros el cariño de su gente. 

Los tres cerditos en el planeta de los Skylanders

Los tres cerditos en el planeta de los Skylanders

Todo con tal de prolongar el día.

–¡Otro cuento más por fa!

Se me ha agotado el repertorio y los amenazo con volver a la historia de los tres cerditos. Nic no protesta, aunque sea un cuento para pequeños. Hugo está entusiasmado.

–¡Vale, vale!... Yo hago de cerdito pequeño y tú, Nic, de cerdito mayor y de lobo –le dice a su hermano–. Y Memedó hace de cerdito mediano y de cuentista.

Ha dado en el clavo; sin querer me ha definido: mediana y cuentista.

En nuestra versión el lobo se hace amigo de los tres cerditos, y todos se quedan a vivir juntos y para siempre en la casa de ladrillo. Hugo me pregunta entonces por qué no podemos vivir todos juntos también: hermanos, padres, abuelos, tíos, primos...

–Porque... porque no cabríamos en una sola casa, somos muchos –le contesto mientras le doy el besito de la noche.

–Ya... pero ¿y si construimos una casa de ladrillo tan grande como un planeta de Skylanders?

–Pues...

Me quedo silenciosa unos segundos imaginando ese planeta tan hermoso como aterrador.

–Eso es imposible, en el Portal del Poder no cabríamos todos –señala Nico con una seguridad que no da lugar a dudas.

–Ya –contestamos al unísono Hugo y yo.

Après la fête

Je n' sais pas comment je vais pouvoir faire partir ces taches de vin sur la nappe blanche des grandes tablées. Toutes les années c'est la même chose alors qu'il suffirait de ne servir que du blanc.

            –Avec la viande il faut du rouge.

            Mais qui c'est qui a décrété ça? Un con qui ne s'était sûrement jamais retrouvé –seul après la fête– face à une nappe toute mouchetée. C'est pas dans mon habitude de dire des gros mots, mais alors que je frotte une par une les taches avec un peu d'eau de Javel, j'ai tout à coup envie d'en dire beaucoup. Dans ma tête y'a comme quelqu'un qui crie:

            – Putain de merde mais c'est trop con tout ça!... Une nappe toute verolée et ça, parce que quelqu'un a dit que le vin rouge accompagnait mieux les viandes. Et même si c'était vrai, ça rime à quoi tout ça? Ça rime à quoi une nappe toute fanée sur une table maintenant trop grande?... Ça ne rime à rien et en plus, la javel ça fait pleurer.

Oblongo

 

OBLONGO

  El choque fue brutal y reventé. En más de una ocasión, harto de verme ignorado, hubiese dado lo que fuera para que eso ocurriera pero, ahora que había pasado de verdad, me daba cuenta de que las cosas no iban a cambiar y que, con o sin mí, todo seguiría igual. A mí no me quería nadie.

Estaba hecho un amasijo y me quedaba poco tiempo para hacer el balance final de mi pobre existencia, cuando oí sollozar a mi lado:

            —No quiero morir, no quiero morir.

            A mí nunca me habían gustado los desbordamientos y menos ahora que necesitaba algo de paz.

            —A nadie le gusta morir, pero si no le importa…

            —Lloraré todo lo que me da la gana —gimió la plañidera (con aquella voz chillona era evidente que pertenecía al género femenino); ¿además quién es usted?

            —Cierto, no hemos sido presentados, pero ni falta que hace  —le contesté con tosquedad.

Podría haber sido más amable en ese momento, pero se me iban las fuerzas a cada segundo que pasaba y, además, ¿qué me podía aportar la compañía de aquella gran protagonista de los ambulatorios?, ¿la listilla de cálculos insoportables?... Si hacía falta estar inflamado o destrozado para que la gente se acordarse de uno, prefería seguir ignorado. Así es que intenté apartarme de la moribunda y seguí con mis pensamientos.

Recordaba las primeras ecografías con la emoción de todos, viendo o simulando ver, el corazón, la cabeza, los pulmones, los miembros…          

            —¡Mira mira¡, ¡qué naricita!, ¡qué piececito!

            —¿Y esto?

            —Los deditos.

            —¡Qué maravilla!

            —¡Y yo qué? ¿Es que no me ven? ¿No existo? —les chillaba desde mi posición inmejorable entre el páncreas, el diafragma y el riñón izquierdo. Pero ellos no me hacían caso.

            —¿Tendrá los ojos azules? —se preguntaban, atolondrados, mientras yo soñaba con que una vez, una sola vez dijeran:

            —Y el bazillo, ¿se puede ver?, ¿lo tendrá robusto?, ¿será digno de la gran función que le ha sido encomendada?

            Pero eso nunca ocurrió y ahora que la ambulancia nos llevaba a toda velocidad hacia el hospital, sabía con certeza que mi sueño, y el de todos los bazos del mundo, nunca se cumpliría.

            —Tiene un corazón resistente, se salvará —decía el médico a su acompañante.

            —Pero parece que tiene el bazo hecho papilla… y no sé si la vesícula…

            —No pasa nada, se extirpan y ya está.

            Entonces, no quise escuchar más y, deslizándome hacía el riñon, busqué el calor de aquella bilis de vesícula moribunda que, por cierto, llevaba ya unos segundos demasiado callada.

Almas cándidas (u otro "cuento"navideño)

Almas cándidas (u otro "cuento"navideño)

            Era la primera vez que madre me dejaba entrar en la cocina para otra cosa que no fuera limpiar las lentejas de piedrecitas o moler el café, esto último, cuando el dolor de su hombro derecho se reavivaba por culpa de la humedad y no le permitía "ni santiguarse".

            –Pero me tendrá usted que ayudar –le había dicho.

            –Vale, pero ¿qué quieres preparar?, ¿un dulce?

            –Sí, quiero cocinar un bebé, un bebé como el que fui. ¿Qué necesito?

            –¿Un bebé? ¡Vaya insensatez! De eso hace tanto que ni recuerdo los ingredientes.

            –¡Ande, madre, se lo ruego!

            –Hay que ver, niña, lo terca que puedes llegar a ser. Tal vez fuesen:

-Una cigüeña parisina

-Un repollo

-Una costilla de Adán

-Un certificado de matrimonio (salpimentado de oraciones)

-Polen

-Pistilos

-Un...

            –¿Y las proporciones, madre? –la interrumpí.

            Pero alguien más interrumpía llamando a la puerta y la lista de los ingredientes para bebés quedaría olvidada en el recetario; una lista incompleta, sin proporciones concretas ni consejos sobre cocción.

            Cuando ya mayorcita quise saber algo más sobre cómo cocinar bebés, hacía cinco años que madre había fallecido y, habiendo desistido de encontrar una cigüeña parisina –cuyo aspecto desconocía por completo– opté por mezclar un trozo de repollo con la costilla de un cerdo –que había bautizado Adán y engordado durante meses a tal efecto– con unos gramos de polen y pistilos de flores. Durante más de una hora lo batí todo bien batido y lo puse en el horno de leña junto a una hogaza. El resultado fue penoso: la hogaza se parecía más a un bebé que mi preparado, que no tenía ni forma ni color y apestaba.

            Solo me quedaba pues por probar con el certificado de matrimonio, que conseguí casándome con José, el único varón que quedaba en el pueblo de dos casas en el que vivía y quien, además, era huérfano como yo. José no era mal chico solo que un poco parado; siempre había oído a madre comentar que si se pasaba el día sentado murmurando cosas incoherentes, era por la coz esa que había recibido en la cabeza, cuando aún no hacía más que gatear. El caso es que era muy dócil y nunca se negó a tumbarse boca arriba, junto a mí, pero no demasiado, para no arrugar el certificado de matrimonio que ponía entre los dos y que, llegando el momento, serviría de cuna –suponía yo– para ese bebé que me tenía que llegar del cielo. Noche tras noche nos quedabamos con las manos quietas sobre el embozo y rezábamos en silencio cada uno a nuestra manera hasta dormirnos.

            Pero el tiempo pasaba y empezaba a creer que madre me había mentido cuando, una mañana de primavera, José y yo vimos un hermoso pájaro blanco posarse en el campanario de la iglesia medio en ruina del pueblo.  

            –¡Qué raro, una cigüeña por aquí! –oí exclamar a unos pastores de paso por el pueblo.

            –¿Vendrá de Paris? –les pregunté.

            Se rieron y siguieron su camino, pero algo me dice que sí, que es la cigüeña de la receta. Ha llegado el momento de hilar un poco de lana y de tejer patucos y un nombre para el bebé.

            Ahora miro a José, él mira hacia el pájaro, ha dejado de murmurar cosas y parece feliz. Me acerco a él y le beso; le gusta, a mí también. Entonces, nos tumbamos en la hierba y jugamos como lo hemos visto hacer tantas veces a la Linda y al Pulgoso, y nuestros jadeos y un extraño claqueteo se unen para llenar el silencio del valle. Exhaustos, José recoloca los faldones de su camisa, yo los de mi falda, y nos quedamos tumbados boca arriba mirando hacia el campanario.

            –Clac, clac, clac... nos dice la cigüena como si nos aplaudiera.

            –Pronto nos traerá a nuestro bebé –le digo a José.

Pour elles... et pour eux.

Pour elles... et pour eux.

Elles se marrent comme des gamines ou peut-être qu’elles pleurent en douce, difficile de savoir ce qui se cache dans leurs yeux voilés de cataractes qui n’en finissent pas de mûrir, comme elles disent. À côté du lit de Maminette –ma grand-mère, Mamie Henriette d’où Maminette– on est quatre: deux résidentes de longue date et deux visites, Geneviève –qui ne se souvient pas d’un hiver aussi froid que celui de 53, l’année de son quatrième gosse– et moi. La Geneviève vient tous les jours à l’hôpital; on a coupé les deux jambes à son Marius et il ne pourra plus rentrer chez eux. Elle hoche la tête, ça a l’air de lui faire de la peine, mais elle soupire et dit que ma foi c’est plutôt drôle et que si on les lui avait coupées avant, il n’aurait pas tant couru les femmes.

            –Ça lui a fait les pieds –ajoute Maminette qui ne bouge plus que la moitié gauche de son corps. Le sens de l’humour doit être à droite... comme quoi on se fait facilement de fausses idées.

            Une petite vieille rabougrie passe devant la porte de la chambre. Elle est accrochée aux guidons de son marcheur alu haut de gamme et ne jette même pas un coup d’oeil de notre côté. Elle est sur le point de doubler un autre marathonien. J’entends une infirmière qui, au volant du charriot des goûters, les gronde gentiment.

            –Tututu! –qu’elle fait–. On joue au lièvre et à la tortue dans le couloir?

            Je jette un coup d’oeil pour voir qui va gagner, j’ai jamais trop cru aux histoire de M Lafontaine: j’ vois pas de lièvre, deux tortues seulement, la tête dans leur carapace en laine des Pyrénées. J’ vois pas non plus de ligne de départ ni d’arrivée.

            Je retourne au chevet de Maminette qui a demandé à Geneviève de l’aider à pomper son thé du coin droit de ses lèvres tremblantes. Y’a une rigole qui se forme de l’autre côté et la serviette de Maminette ne suffit plus à éviter que la moitié du thé ne mouille le rabat du drap, juste là où est imprimé en grosses lettres bleues le nom de l’hôpital.

            –C’est pour qu’on se fasse plus vite à l’idée que l’on n’est plus chez soi– dit-elle souvent, alors que de sa main fripée elle lisse conscienseusement le rabat. Mais maintenant il est mouillé ce foutu rabat et je crois bien que derrière les paupières vénitiennes de Maminette s’accrochent quelques larmes qui n’ont même plus la force de couler.

            –Faudra que tu m’apportes une grande bavette, je leur donne bien assez de travail comme ça –me glisse-t-elle en douce, tout comme elle me glisse le  plateau du goûter qui ne lui dit plus rien.

            La Geneviève et Maminette sont de vieilles amies. A elles seules elles font presque deux siècles. De vraies gothiques qui en savent trop pour se laisser aller. La Geneviève lui apprend alors, pour lui changer les idées, le décès du père Grodaillon, un sale type qui a passé sa vie à tabasser sa femme quand il était soûl et qui lui a fait huit gosses.  

            –Et maintenant la Marise elle se retrouve seule, pas un de ses huit gosses ne viendrait la voir!... c’est pourtant pas elle qui les tabassait nom de nom!

            De nouveaux hochements de tête; les tas de mots qui leur viennent à l’esprit ne suffisent plus, peut-être parce qu’usés eux aussi.

            Et c’est alors que Mlle Marielle entre dans la chambre. Mlle Marielle est en visite elle aussi. Sa mère vient d’avoir cent ans; recroquevillée dans son lit, la centenaire est redevenue fétus et semble chercher dans les replis des draps le cordon ombilical d’un ailleurs. Sa fille, une septuagénaire qui n’a jamais été comme les autres –ni aussi ni pas assez– nous regarde en silence quelques secondes. Elle ressemble à une grosse poupée en chiffon quelque peu boursoufflée, aux joues luisantes et douces. Elle fronce les sourcils, grommelle et s’approche du lit de Maminette.

            –Voulez–vous que je vous fasse venir un prêtre Mme Henriette?

            Elle a parlé doucement d’une voix nasarde et traînante, et à chaque syllabe son visage est passé de l’amusement, à l’étonnement et à la réflexion la plus profonde.

            –Non merci –répond Maminette à peine surprise.

            –Je vois, je vois –réfléchit à voix haute Mlle Marielle –vous préféreriez un petit oiseau.

            Cette fois c’est moi qui hoche la tête.

Sospechoso

Sospechoso

    –A la cola, como todo el mundo –me dijo la empleada.

            –¡Pero si estamos solos! –le hice observar–, solos, usted y yo.

            –Ya veo... –me contestó la mujer meneando la cabeza.

            –¿Qué ve?

            –Que es usted uno de esos...

            Pero acaba de entrar una señora en la oficina.

            –¿El último por favor? –preguntó amablemente.

            – ¡Yooo...! –le grité fuera de mí–, ¿quién va a ser si no?

            La recién llegada se sobresaltó, dio unos pasos atrás como para evitar un posible contagio, luego asintió a sus propias divagaciones mentales y dirigiéndose a la empleada cuchicheó:

             –Ya veo... es uno de esos.

Aires

Aires


Texto presentado a concurso.