Blogia

dominiquevernay

De vecina a vecina (desde el tú)

De vecina a vecina (desde el tú)
Safe Creative #1209212375541

Me cogiste desprevenida, parada frente a la puerta de casa, en plena república independiente de mi felpudo. Si buscabas el momento oportuno para acorralarme, ese era efectivamente. Al ver el tamaño de mi bolso con su sinfín de compartimentos interiores, calculaste que me sería imposible dar con las llaves, abrir la puerta y desaparecer en menos de dos o tres largos minutos, lo que te daría tiempo a decirme que eras feliz, sí, plenamente feliz, con tus hijas bien casadas y tu marido que te trataba como a una reina.

Eso era lo que querías que constara en acta y decidiste enviarle la primicia a mi cogote. Con la rodilla izquierda ligeramente levantada en plan mesita de apoyo para bolsos grandes y la mano derecha hurgando en los abismos de aquel antro con asas, debiste de sacarme cierto parecido a un sacamuelas en plena labor y, por si mi cogote no hubiese captado la buena nueva, me la volviste a lanzar con la fuerza de un vendaval en los pelillos de mi nuca. Luego, te callaste a la espera de una gran respuesta a tan grata revelación. Para disimular tu impaciencia, algo añadiste sobre el tiempo o lo fuerte que venía la gripe. Te extrañaste de mi clara muestra de falta de interés y te sentiste molesta por ese hurgar mío cada vez más frenético, tal vez buscando ahora esas palabras que deseabas oír.

Aunque te cueste creerlo, si me hubieras dicho se ha muerto mi perro o cualquier otra desgracia, no habrías tenido que repetirme la noticia dos veces, a la primera habrías contado con mi apoyo. Pero aquella demostración tuya de repentina felicidad era obscena y habías conseguido lo mismo que si hubieras salido desnuda a mi encuentro.

Cuando recibiste mi me alegro, debió de sonarte más a ¿y a mi qué? que a una muestra de empatía hacia tu estado de solemne felicidad. Entonces, sin añadir más palabras, reemprendiste tu taconeo en dirección a tu piso.

La humillación y la rabia que sentiste en ese momento te impidieron percibir mi desesperado intento por manifestar algo más de entusiasmo ante aquella revelación tuya... intento, por cierto, que tú misma te encargaste de parar en seco al cegarme con tu halo de autosatisfacción, desestabilizándome en mi posición de ave zancuda.

Sacaste tu llave a la primera y, antes de desaparecer tras la puerta de tu palacio, miraste hacia mí. Al ver el contenido del maldito bolso repartido en plena república bananera de mi felpudo, me regalaste una sonrisa malvada de reina madre.

De churros y de meninas

Safe Creative #1209192366812

Soy camarera y no me quejo. Es un oficio que me gusta, sobre todo desde que trabajo en uno de los cafés de mejor reputación de la ciudad. Fue, hace años, lugar de encuentro de intelectuales, por lo menos es lo que me han contado y lo que explica lo de las fotografías mohosas cubriendo las paredes del local.

            No creo que siga habiendo intelectuales por aquí ni que haya visto uno en persona en mi vida. Además, no sé si son gente como nosotros, porque en la mayoría de las fotos se les ve sentados, así es que de cintura para abajo no me pregunten. Oí hablar, eso sí, de coeficiente intelectual, porque en el colegio, de pequeña, me hicieron pasar un test para saber cómo lo tenía; no recuerdo bien el resultado pero digamos que no fue del agrado de mis padres. ¡Menuda bronca la que me cayó!... Ya no les había hecho mucha gracia que no fuera ni tan alta ni tan delgada ni tan rubia como mi prima Rosalía, pero lo del CI bajo –que así es cómo se dice– fue la gota que colmó el vaso, cuando en realidad es una cosa que ni se ve ni debe de tener más importancia que la vesícula, que si la tienes vives y si te la quitan también.

            Como les decía antes, no creo que vengan ya intelectuales al café, pero sí gente rara; mi jefe los llama ratas porque ocupan mesas durante horas y no consumen casi nada. A mí no me caen ni bien ni mal. No suelen causar problemas y dejan propinas, pequeñas, eso sí.

            Hay uno, delgadito con ojos de búho, que no para de observar y apuntar cosas en una libretita. Me dijo que era columnista; supongo que por eso parece siempre tan cansado, debe de trabajar en la construcción por las mañanas y eso sí que es un oficio duro. A veces, cuando paso a su lado para servir otra mesa, me hace una señal para que me acerque y me pregunta entonces si me parece bien tal cosa que ha salido en el periódico o en la tele, que le gustaría conocer mi opinión de persona de a pié. No sé cómo se ha enterado de que no tengo ni carné ni coche y no entiendo que tendrá que ver lo que pienso de que tal político haya dimitido de su puesto –por poner un ejemplo– con que me desplace a pié o en metro. Perdonen que les diga, pero a eso lo llamo yo mezclar los churros con las meninas.

             Volviendo a lo que les decía, a mí me da mucha vergüenza que me pregunte, porque no tengo ni idea de lo que me está hablando y me parece estar de nuevo frente al hombre trajeado aquel del test de CI en el colegio –solo que el de ahora no lleva traje y va siempre de negro, seguro que se le ha muerto alguien hace poco.

            Pero, desde hace unos días, me he dado cuenta de que cuando él y los otros raros se van, dejan en las mesas miguitas de todo aquello que van hablando o apuntando en sus libretas; palabras que deben de desechar por repetidas o defectuosas, como hacen en algunas tiendas outlet –outlet es una palabra inglesa que querer decir agujereado– o de palabras que se les resisten. He empezado a guardar todo aquello en una cajita y una vez en casa ensarto las miguitas a manera de pulsera. ¡Ya verán!, aunque me quedan todas un poco anchas, un día me atreveré a lucir una y el columnista ese se va a quedar de piedra... lo que, dicho sea de paso, sería lo suyo.

Off

Off

Esta mañana, como cada mañana, me he desperezado con media hora de lectura –Hablemos de langostas de David Foster Wallace– luego me he levantado con idea de escribir un rato. Me he quedado varios minutos frente al ordenador sin poder mover una sola neurona. Tal vez sea ese uno de los efectos que pueden producir los trabajos del increíble Wallace, te las bloquea.

            –Has probado a apagarte –me ha sugerido mi ordenador.

            He seguido su consejo –que de eso sabe mucho– y por eso me encuentro ahora escuchando una tertulia televisiva, mejor dicho viéndola o las dos cosas a la vez o ninguna, y si quiere Dios que no haya pillado ningún troyano –que en este caso no me queda más remedio que invocar al cielo–  en unos minutos me encenderé de nuevo y a ver lo que pasa. 

Hablemos en serio

Hablemos en serio

      Regla número uno: «Escribir cada día, tengas algo que decir o no.» Y no sería problema ninguno, si no me hubiese planteado desde un primer momento no escribir nunca sobre cosas que no hayan ocurrido de verdad, porque, ¿quién no está un poco harto de tener que imaginar tantos mundos imposibles?

            Pasamos nuestra infancia imaginando cómo serían los auténticos Reyes Magos y el Ratoncito Pérez con su bolsa de dientes al hombro. Luego, cómo sería el infierno al que iríamos a parar por haber dicho una palabrota o pensado en cosas indecentes; también tuvimos que imaginar cómo serían esas indecencias –aunque esto último, hay que reconocerlo, resultaba ameno–. En clase tampoco nos librábamos de imaginar cosas, como por ejemplo que comprábamos diez caramelos y que le regalábamos tres a un amigo... ¡vaya despilfarro!

            Y podría seguir con una lista interminable de cosas que tuvimos y que tenemos que imaginarnos: un mundo mejor con los malos encerrados y los buenos unidos y felices... Francamente, es agotador.

            Así es que cuando dije en el relato anterior que me había cruzado con Dios en zapatillas en las escaleras de casa, pues es que fue así y no hace falta que el lector haga esfuerzo mental alguno para visualizar la escena: un señor que se llama Dios, unas escaleras de granito rosa Porriño, unas zapatillas de borreguillo...  vamos, nada del otro mundo. Y si a eso alguien me contesta que a quien él ha visto es al Espíritu Santo en camisón, pues le daré la enhorabuena y le diré que no se lo piense dos veces y abra un blog para contarlo. La gente está harta de tener que imaginar cosas, lo que quiere de verdad es una pequeña dosis de realidades diarias, de mundos tangibles y lo entiendo. 

Demacre

Demacre

Esta mañana me encontré con Dios en las escaleras de casa. Iba en zapatillas y pijama y no contestó cuando le dije hola. Creo que se le ha ido el hijo y ahora le toca a él hacerlo todo.

Le chêne endormi

Le chêne endormi
Safe Creative #1209092313848

«A grand-peine il sortit ses grands pieds de son trou 

Et partit sans se retourner ni peu ni prou.» Georges Brassens                                   

 

              Plus ça allait, plus j’avais du mal à remonter à la surface après quelques heures de sommeil, parce que quand je m’endormais, je m’enfonçais, d’autres s’envolent, chacun son truc. Avant, je franchissais d’un bond la seule frontière qui n’apparaît sur aucun GPS, celle qui sépare les rêves de la réalité ou tout du moins de la mienne.

            Les derniers temps par contre, il me fallait emprunter un espèce d’escalier en colimaçon qui n’en finissait pas de tourner et je regrettais le bon vieux temps où je n’avais rien d’autre à faire qu’à ouvrir un oeil, puis l’autre –jamais les deux à la fois, par précaution– pour pouvoir remonter a la surface!

            Hier, cependant, ça n’a rien été de tout ça. Quand j’ai entrouvert les yeux je me suis retrouvée dans une immense forêt et j’ai eu comme une sensation de déjà vu. Mais j’ai eu peur et j’aurai donner cher pour mettre la main, pardon, le pied sur mon escalier en colimaçon, même si le prendre me donnait mal au coeur et qu’en arrivant à la cuisine je pouvais à peine avaler un café. 

            –Tu ne manges rien? -–s’inquiétait à chaque fois mon père.

            –Non.

            Je ne lui en disais jamais plus, parce qu’on habite un petit studio de plain-pied tout minable, au rez-de-chaussée d’un immeuble et d’un quartier minables aussi et mon histoire d’escalier en colimaçon l’aurait fait sourciller, quoique... allez imaginer comment il faisait, lui, pour remonter!... et ça, quand il y arrivait, ce qui était de moins en moins souvent.

            C’était une forêt peuplée d’arbres centenaires –vu la grosseur des troncs– et d’animaux sauvages –vu tous les yeux qui brillaient dans l’obscurité–. Heureusement que je savais déjà qu’il fallait être prudent et ne pas confondre tout ce qui brille avec des étoiles filantes et c’est moi alors qui ai filé en pleine nuit me cognant contre les arbres, me déchirant aux ronces... J’aurais pu me terrer dans un coin et attendre que le jour se lève pour y voir un peu plus clair dans cette broussaille de sentiers sans issue, de fausses promesses et de compromis insensés qui ne me mèneraient jamais nul part, qui me faisaient couler, mais j’ai préféré prendre mes jambes à mon cou et chercher... mais quoi au juste?

            Au bout d’un moment je n’en pouvais plus et j’ai dû m’arrêter pour reprendre mon souffle. Les premières lueurs du jour taguaient le ciel de rouge et de violet et c’est alors que j’ai découvert le géant à terre, le chêne gisant. Je me suis approché de lui et j’ai vu, au beau milieu de ses douze mètres de long, une espèce de siège taillé à la hache, un creux, un vide. Je m’y suis assise un long moment. J’ai comblé son entaille béante de mes propres entailles, j’ai bu de sa sève et lui de mon sang, dans sa blessure j’ai soigné les miennes et... nous nous sommes endormis.

            Quand mon père est entré dans ma chambre pour me secouer et me dire que j’allais arriver en retard au boulot et que ce n’était pas le moment, j’ai ouvert les deux yeux à la fois, j’ai sauté du lit et suis allée me préparer un petit-déjeuner –avec deux tartines– tout en fredonnant... il n’avait jamais vu l’ombre d’un bûcheron, ce grand chêne fier sur son tronc.

            –Et ben dis donc, t’as faim aujourd’hui!

            –Oui.

            –Et t’es contente!

            –Oui.

            Je ne lui en ai pas dit plus et j’ai pris soin de ne pas lui montrer mes mains en les cachant sous un pull aux manches trop longues ni mes pieds, en les cachant aussi dans des pantoufles bien larges. Je sais que c’est idiot et qu’il faudra bien qu’il le sache un jour ou l’autre: mes mains, mes pieds bourgeonnent, je bourgeonne toute et je vais devoir partir, le quitter, ne pas sombrer avec lui... Je ne lui ai encore rien dit. Bientôt.

(Texte inspiré de la photo prise par Pascale Restout et d’une chanson de Brassens)

Pelos y arrugas

Pelos y arrugas
Safe Creative #1208252168854

 

Con los años me estoy volviendo más descarada, pero me ha dicho mi terapeuta que es normal, que no me preocupe, que es liberador no tener pelos en la lengua. Ya ve, eso de los pelos en la lengua lo había oído decir, pero no me había parado a pensar que si con la edad se van perdiendo, será que se nace con la lengua peluda. Lo mismo que pasa con las arrugas de los sharpeis que se les van quitando según crecen. Eso lo sé por la vecina del quinto, bueno... por su perro. Apenas si nos saludábamos –ella y yo, el perro ni me miraba– pero el otro día en el ascensor –y por el problema mío del descaro debido a la edad– le dije que en su caso no se cumplía el dicho de que los amos terminan pareciéndose a sus perros o al revés. Me miró con cara de sharpei arrugado, mientras que su Chuchi me gruñó con cara de sharpei estirado.

–¡Pues vaya tontería! –me contestó.

Para mí que ella también pasa de los sesenta por lo de los pelos en la lengua; no parece tener muchos.

–De tontería nada –insistí yo que no me iba a dejar ganar en desfachatez–. Mientras a él se le van quitando las arrugas, a usted le salen y cada vez más profundas. ¿No será que se las está pasando? ¡Cosas más extrañas se han visto! Sin ir más lejos, ¿sabía usted que se nace con la lengua peluda y que luego...?

¡La muy grosera no me dejó terminar y no vean la que se montó!

Eso del descaro me está complicando la vida y voy a tener que buscar una clínica de implante de pelos para lenguas. Si alguien de ustedes sabe de una buena, no dejen de avisarme.

Parida de senador

Safe Creative #1208232160939

 

            A la hija de la Paqui siempre se le dio muy bien eso de estudiar. Cuando se graduó de sicología, me ofreció sus servicios para quitarme esa tristeza de hija no deseada que llevaba arrastrando desde toda la vida. Y cuando por la crisis tuve que dejar nuestras sesiones –como las llamaba ella– seguí con mi tristeza a cuestas, yo solita, hasta hace unos días que me dijo la Paqui, que habían dicho en la tele, que para que una se quede preñada tiene que ser que quiera.

            –¡Ya puedes dejar de andar por ahí con esta cara de pena! ¡Olvídate del cuento ese de hija no deseada!

            Desde entonces me paso el día pegada a la tele para saber algo más, y creo que hay algo de follón. Pero... ¡que piensen como quieran!, que a mí nadie me va a quitar este poquitín de alegría que tengo de saberme hija de mujer golfa.

En los estantes de tu cerebro

En los estantes de tu cerebro
Safe Creative #1208062076974

Para la coliflor y el melón,

con todo mi cariño.                                 

 

Me gusta el ronroneo de mi frigorífico. Es como un gato enorme que me acompaña en mis noches de insomnio. También es cierto que cada frigorífico tiene su lenguaje; el de mi abuela, por ejemplo, cloqueaba, hasta que un día le dio por graznar–al frigorífico– y, a los pocos días de eso, murió –mi abuela–.  El sonido del de Olaf era agudo, como el canto de los grillos para llamar a las hembras. La verdad, me desagradaba. Olaf era el tío con él que salía. Nos habíamos conocido en Carnaval, un veintiuno de febrero; él iba de elefante y yo de burra. Al cruzarnos en el pasillo de los lavabos había barritado y yo rebuznado y dos horas más tarde –después de comernos media pizza Margarita– nos encontrábamos follando como locos, de pie en la cocina junto a su grillo gigante.

            El canto de los grillos es monótono. El sexo con Olaf tenía también algo de monótono e intuía que esa relación no me llevaría a nada del otro mundo.

            Una de las noches que pasé en su casa –y unos minutos antes de saber que iba a ser la última– me levanté a por una cerveza. Olaf dormía. Me dirigí hacía la cocina guiada por el cri cri cri del frigorífico. Al acercarme a este último, aminoré el paso y me puse de puntillas tal y como lo hacía de pequeña en el campo, para poder atrapar un grillo y meterlo en un frasco de cristal. El frigorífico –al igual que los grillos enmudecían al oír las vibraciones de la tierra bajo mis pies– dejo de cantar y dudé unos instantes antes de decidirme a abrir la puerta. Nunca me había servido directamente de la nevera de Olaf, él siempre había evitado que lo hiciera. Desde el principio, me había parecido ver en Olaf a un tipo que sabía lo que quería, que tenía las ideas muy claras y ahora iba a comprobar que no estaba equivocada. Mientras yo me preguntaba a dónde nos iba a llevar todo aquello –fiesta, pizza, sexo o sexo, pizza, fiesta– estaba claro que él ya tenía la respuesta: a nada.

            Los frigoríficos son como las replicas de los cerebros de sus dueños y, por eso, a nadie que no sea muy de confianza se le hace pasar a la cocina. Pasaremos al salón, estaremos mejor, se suele decir a los invitados, dejándoles solos unos segundos más tarde –a riesgo de que se lleven el cenicero de plata o el abrecartas de oro y marfil– para ir a por unas cervezas a la cocina. ¡Todo con tal de que nadie pueda ver el interior de la nevera de uno!

            La de Olaf me recordó al cementerio de mi pueblo en su parte norte, la de los nichos. El primer estante estaba ocupado por un montón de fiambreras, cada una con su etiqueta, con el nombre del fiambre, la fecha de compra y la de caducidad. En el segundo se encontraban todos los derivados de la leche, con los yogures ordenados por sabores. En el tercero, una coliflor envuelta en metros y metros de plástico transparente intentaba, en vano, darle conversación a un melón, él también momificado.

¡Qué orden, limpieza y control!, pero... ¡qué tristeza también de frigorífico!, ¡qué aburrimiento! ¿Qué hacía yo con un tío así? ¿Dónde estaban aquellos trocitos de queso mohoso, de lechuga arrugada, de limones resecos que daban color, olor y vida a mi frigorífico y a los ajenos –muy pocos– en los que me había conseguido meter? ¿En qué estante del cerebro helado de Olaf estaba yo? Pronto lo iba a saber.

            Al agacharme para romper la fila impecable de las Heineken, no pude resistirme a abrir el cajón de los congelados. Ahí, muerta de frío y asfixiada, se encontraba una mitad de pizza Margarita con su adhesivo en el que se podía leer muy claramente: Margarita–fecha de compra–veintiuno de febrero–. De la fecha de caducidad mejor no hablar, más que caducada, aquella pobre media Margarita revenida se había vuelto tóxica. Un miedo repentino e irracional me obligó a soltar la cerveza. Me faltaba el aire. Hubiese querido gritar, pero no lo conseguía, como si metros y metros de plástico transparente me tapasen la boca. Cerré de golpe la puerta del frigorífico que empezó entonces a cloquear luego a graznar.

            En la habitación Olaf me reclamaba:

            –Margarita, ¿qué andas buscando por ahí?, ¿qué es todo este ruido?

            No le contesté y me largué –en pijama y descalza– para siempre.               

Mimetismo

Mimetismo
Safe Creative #1207302044070

 

Murió en la poltrona y nadie se enteró. Se había convertido en un tipo de brazos cortos, orejas grandes y piernas arqueadas, así es que no fue de extrañar que su mujer tardase unos días en darse cuenta de que había fallecido en aquella butaca estilo Luis XV.

Sentada en la poltrona vacía, la mujer se preguntaba qué le habría pasado al hombre –al que había amado con pasión muchos años atrás– para que, ahora, no sintiera ni lo más mínimo su ausencia. Suspiró. Luego dejó que su cuerpo se amoldase a la poltrona.

– Realmente cómoda –murmuró mientras notaba cómo se le iban acortando los brazos, agrandando las orejas y arqueando las piernas.

Lencería fina

Safe Creative #1207302044094

La voz un poco ronca y una barba de dos o tres días, así es el hombre que vive en el cajón de mi ropa interior. Mientras que sigo al pie de la letra todas las recomendaciones de lavado que vienen en las etiquetas de cada prenda allí guardadas, él se permite oler, acariciar, arrugar y desgarrar sedas y encajes. Hoy, el hombre que duerme a mi lado en la cama me mira, asombrado, recoser la tira de un tanga negro.

         –¡Joder! –me dice

         –¡No es mío! –le miento

         –¡No sabía que supieras coser! 

          

Método de concienciación de eficacia comprobada

Método de concienciación de eficacia comprobada
Safe Creative #1206141806863

 –Por lo que más quieras lávate bien esas manos antes de acostarte.

            Hugo se sube al taburete que le han puesto para que pueda llegar al grifo. Se acerca lo más posible al espejo, arruga la nariz dejando al descubierto sus dientes de gazapo, congela la mueca y observa; parece otear a un enemigo. Ahora, coge un cepillo de dientes, el más largo.

            –¿Pero a qué juegas? –le regaña su madre.

            –Pues a matar a los bichos que tenemos en la boca. Cuando terminamos de comer, empiezan a mordisquear las cositas que quedan entre los dientes y luego, como son tan tragones, quieren más... Entonces, nos comen los dientes.

La mujer del cuarto

La mujer del cuarto
Safe Creative #1206081777926

             La del tercero no parece saber cocinar otra cosa que pollo rebozado, piensa Matilde. 

            Y por eso, la mujer tiende ahora la ropa con mucho cuidado y no "a la trágala" como lo hace su nuera cuando la quiere ayudar.

            Las sábanas, en las cuerdas más alejadas de la fachada para que no cojan olor a frito, luego, las faldas, blusas y medias de contención y, por último, las prendas interiores tendidas del revés, con pinzas suaves de las que tienen un poco de goma donde pellizcan. Son más caras pero merece la pena.

El parque en invierno

Cuando regrese su padre, la pequeña –al igual que su madre– estará pendiente de los pasos del hombre en la escalera. Si cojea –como si el mal humor lo trajese pegado a la suela de uno de sus zapatos– una pisada fuerte, otra suave, sabrá que está de malas y, rápidamente, terminará de vestir a Sofía.

         –¡Estate tranquila!, tengo que ponerte el abriguito –le dirá con voz persuasiva.

 Fuerte, suave, fuerte, suave...

         –Sí, lleva a Sofía al parque –murmurará su madre.

         Cuando regresé su padre, una puerta se abrirá, mientras otra, la de la despensa, se cerrará tras la niña y su muñeca.

Texto seleccionado y publicado

Texto seleccionado y publicado
Safe Creative #1102038411458

 

De carne y hueso 

Llevo unos días hablando con el busto de mi marido. Lo trajo él mismo, debajo del brazo, de sus clases de modelaje de barro. El parecido es sorprendente y creo que me estoy encariñando con ese doble.

—En cuanto seque, lo llevaré a cocer —sentencia mi marido al vernos tan unidos.

No dejaré que lo haga. El busto está cogiendo un aspecto cada vez más saludable, al contrario que mi marido; inmóvil en una esquina del salón, se está agrietando y nos lanza miradas de cuencas vacías. Tengo que llevarle a cocer. 

Dominique Vernay Juillet

Primavera de microrrelatos indignados (tercera jornada)

Primavera de microrrelatos indignados (tercera jornada)
Safe Creative #1205021572294

Dientes de león

 

“Dice la leyenda que soplando sobre esa constelación de levísimas semillas blancas,

y al tiempo que vuelan dispersándose, si pensamos un deseo se cumple” Fernando Valls

El sol se desliza hacia el horizonte. El niño suelta mi mano para ir a coger un diente de león cuyo pompón de semillas brilla en la luz del atardecer. Acerca el pompón a sus labios y sopla. Mira los diminutos paracaídas dispersarse en todas las direcciones. Frunce el ceño.

 

–Sabes lo que he pedido?

 

–No. ¿Me lo puedes contar?

 

Duda unos instantes.

 

­­ –Sí. No morirme.

 

–Es un buen deseo –le digo.

 

Luego se agacha de nuevo y coge otro diente de león cargado de semillas.

 

–Voy a pedir otro deseo–me explica.

 

–No creo que se pueda pedir dos.

 

–Sí sí, se puede, me lo dijo Antonio que es mayor que yo, tiene siete años.

 

–Vale, entonces adelante.

 

El pequeño inspira, sopla y observa las semillas revolotear a su alrededor.

 

–Este deseo es un secreto –murmura mientras me vuelve a coger la mano. Seguimos con nuestro paseo. Andamos en silencio hasta que se para de nuevo, levanta la cara para mirarme a los ojos.

 

–Mejor te lo digo... Que mi papá encuentre un trabajo –me lanza, como si su deseo secreto pesara demasiado– pero no lo puede saber porque le quiero dar una sorpresa.