Blogia

dominiquevernay

La pelea

Safe Creative #1107289761871

—Vale, lo que tu digas, suspiró Raúl.

Se quedaron callados. Ese tipo de conversaciones laberínticas era nuevo para él y le dejaban agotado. Aquel ≪vale, lo que tu digas≫ era más una manera de poder descansar y recargar pilas para un segundo asalto, que el despliegue de la bandera blanca.  

Luego, se acercó a la ventana, puso la frente contra el cristal. Hacía frío. En la acera de enfrente, unas niñas jugaban a la comba (cada una con la suya) bajo la mirada burlona de un grupo de niños de su misma edad. Una de las niñas, la más delgadita, una ≪ricitos de oro≫ con diadema rosa, estaba escuchando a uno de los chavales y, para eso, había ralentizado el movimiento de la comba; dibujaba ahora círculos a cámara lenta. De repente, la pequeña soltó los dos extremos de la cuerda a la vez, para hacer un corte de mangas a su interlocutor con la misma cara de inocencia con la que hubiera hecho la señal de la cruz. 

Raúl se quedó unos segundos con los ojos clavados en la cuerda, convertida ahora en serpiente a los pies de la niña. Luego, se giro hacia su compañera tumbada en el sofá, la mirada fija en la pantalla del televisor. Dos mujeres se lanzaban insultos:

—Eres una sinvergüenza y lo que me tengas que decir, dímelo a la cara —chillaba una con los ojos fuera de las órbitas.

—A tí no te debo ninguna explicación, eres una zorra que me quitaste a mi hombre —se desgañitaba la otra, con una mueca de desprecio moldeada en silicona.

Raúl se giró de nuevo hacía la ventana e intentó recordar desde cuándo aquellas discusiones en forma de escalera de caracol habían empezado a hacerse más habituales entre ambos; no lo consiguió.

En la calle, niños y niñas jugaban ahora al escondite.

—Me apetece ir a dar una vuelta, ¿te vienes conmigo? —le propuso él.

  

Colada

Safe Creative #1107269747017

Los lunes toca lavar la ropa de color, y los martes, como hoy, la ropa blanca. Con las prisas se me olvidó asegurarme de que no quedara nada en los bolsillos: pañuelos de papel, céntimos, pelotillas lanudas... y algo debió de desteñir. Toda la ropa tiene ahora un aspecto grisáceo, lamentable.

            Busco la prenda culpable del desastre y la encuentro; es un pañuelo de organdí, el único que conservo de los que mi madre había mandado bordar con mis iniciales cuando hice la comunión. Siempre lo llevo en el bolso junto a un pastillero con lo necesario para una migraña repentina o una mala digestión. Ahora recuerdo que el día anterior, cuando Jaime me dijo que lo nuestro no tenía futuro, me puse a llorar y, al abrir el bolso –único refugio posible en aquel momento– vi el pañuelo bordado y lo saque par enjugarme las lágrimas.

            Abro el ordenador y tecleo: «solucionar manchas en la ropa». Se despliegan mil enlaces. En el primero puedo leer: «Lista de trucos caseros para quitar manchas en la ropa». La lista de los posibles agentes causantes de desgracias textiles es larga y aparece por orden alfabético. Busco en la T pero, a parte de las palabras témpera, tinta china y tinte para el pelo, no está la que busco. Sigo mirando en otros enlaces pero en ninguno viene.

            Apago el ordenador, suspiro. Tal vez no venga porque, como en el caso de la mancha de mora, sobra recordar que la de tristeza también, con otra se quita.

Tolón, tolón, tolón, tolón

Tolón, tolón, tolón, tolón
Safe Creative #1107259739770

–Hola peque, ¿qué tal?

Al otro lado del teléfono

–Bien.

–Y... ¿qué me cuentas?

–Tenemos una vaca en casa.

–¿Una vaca?

–Sí

–¿Cómo es?

–Mediana.

–¿Cómo de mediana?

–Como el museo Reina Sofía.

–..........

– Y además, con patas de palillos y de plastilina.

–¡Qué bonita! ¿Da leche?

–¡No, no puede, es de mentira!

Rebelión

Safe Creative #1107239730377

No es la primera vez que tengo que irme a dormir al salón. A los bostezos de mis tacones de lentejuelas, hay que añadir las ruidosas sesiones de estiramientos de mis playeros, las quejas a voces de mis mocasines, las carcajadas a mandíbula partida de mis babuchas y los eternos lamentos de mis viejas zapatillas. 

Así no hay quien descanse y, además, tengo miedo. Almidoné los puños de las camisas de mi marido, y volví a sacar del desván de las vergüenzas, un cinturón de cocodrilo y un cuello de zorro pero, ni con esas.

En la estantería de los zapatos todo va de mal en peor y no tendré más remedio que comprarme un par de botas altas de cuero negro, de esas que se venden con fusta y que marcan el paso. 

 

 


Rompiendo muros

Rompiendo muros
Safe Creative #1107179693640

Hugo –¿A que soy tu mejor amigo?

Nico –No, no puede ser.

Hugo –¿Por qué?

Nico –Porque somos hermanos.

Hugo –Pero nosotros podemos ser las dos cosas ¿a que sí?

Nico -Bufff... pero eso es muy difícil.

Hugo -Ya, pero menos que, que... romper este muro.

Nico –¡Hombre claro!...

Miradas

Safe Creative #1107169690543

Le ha despertado. Con la mirada enmarañada aún de telarañas de sueño, el pequeño mira a su abuela que se inclina hacia él para desatarle de la sillita de seguridad del coche.

            –¡Pero qué complicado se ha vuelto todo!... Que si ata, que si desata. Pobre espalda mía, ¡menos mal que ya llegan tus papás!

            Sam está acostumbrado a las largas parrafadas de su abuela y sonríe al reconocer la palabra "papás"; la repite.

            –Sí, eso es, papá y mamá están a punto de llegar. Enseguida aterrizará su avión y los veremos llegar –le explica la abuela antes de ponerle en el suelo y cogerle de la mano para dirigirse del aparcamiento a la terminal del aeropuerto.

            "Avión", otra palabra que el niño ha reconocido. Levanta la cabeza, mira hacia arriba en busca del cielo; esta es su otra manera de repetir las palabras.

            Frente a un panel informativo la mujer se da cuenta de que, una vez más, ha llegado demasiado pronto. Es una de sus manías: apurarse para quitar de delante cualquier cosa que tenga que hacer, por mínima que sea. Pero luego pasa lo que pasa y medio disculpándose dice:  

–¡Pues ahora a esperar!

Como en señal de conformidad, Sam vuelve a colocarse el chupete en la boca, luego empieza a investigar lo que tiene más a mano.  

El pequeño juega ahora a alejarse unos pasos de su abuela para volver corriendo hacia ella. Sentada frente a la puerta de llegada catorce –la que corresponde a la del vuelo de su hija y yerno– le llama en cuanto se separa de ella de más de diez pasos y lo recibe con los brazos abiertos en cuanto regresa para esconder la carita entre los pliegues de su falda. No hay reglas escritas para este juego que repiten una y otra vez, solo miradas cómplices.

De repente, la puerta de llegada numero catorce se abre sobre la primera pasajera. Es una mujer joven; se queda quieta en medio del paso para realizar un barrido visual de ciento ochenta grados. Ya los ha visto.

–¡Chiquitín mío! –lanza mientras se acerca a su hijo y, agachándose, le tiende los brazos.

            La abuela se ha levantado. Sam parece salir de entre los pliegues de la falda plisada como una paloma del fular de un mago.

–¡Mira quien ha llegado!, es mamá...

            El chupete cuelga ahora del prendedor Pocoyo y el niño observa a la recién llegada con mirada de viajero intergaláctico; unos segundos, demasiado tiempo.

         –¿Es que no me reconoces? –dice la madre con cara compungida.

         –¡Claro que te reconoce! –y empujando el pequeño hacia su hija– ¿verdad que quieres mucho a mamá?

            Demasiado tarde. La puerta se vuelve a abrir sobre un hombre joven cargado con dos maletas. Ve a su hijo expectante frente a la mirada de regla de medir de su mujer.

            El hombre pone una rodilla en el suelo, abre los brazos y lanza un sonoro:

            –Hola Sam, ¿quién es mi campeón?

            Sam corre hacia su padre. La madre baja los brazos, se endereza y se acerca a la abuela con mirada de galimatías.

            –No dejó de preguntar por ti ni un solo día –le susurra esta última mientras le da un beso de bienvenida.

Podredumbre

Podredumbre
Safe Creative #1106169479622

Las dos mujeres se empeñaban en estirar y sacar sabor a una tarde más.

–De qué estábamos hablando –preguntó una de ellas después de un corto silencio.

Ocurría a menudo que las conversaciones quedaban suspendidas, como moscas en verano, en el aire de los suspiros y bostezos de ambas, y que necesitaban de un empujoncito para no caer como cometas en un día sin viento.

–De Marga –contestó la otra tirando de la cuerda de la cometa.

–¡Ah sí!... Pues como te iba diciendo creo que se la vio varias veces en la plaza con los jóvenes del 11 o del 15 M ese.

Las dos se miraron con un gesto de cuarto y mitad de alivio por no tener que cambiar de tema, y de lo mismo de entendimiento.

–¿Qué se creerá?, ¿qué no sabemos a lo que va? ¡Con la pensión que le ha quedado del pobre Julián, ya puede ir por ahí y hacerse la «ecografista» o cómo se diga!

–¡Qué razón tienes!, si contará lo que yo me sé.

–¡Ya te digo!... Y lo que yo me sé también.

–¡Si fuéramos malas!...

 El hilo de la cometa no da más de sí. Se levantan.

–Te dejo pero no me acompañes, ya me conozco el camino.

–Tranquila, que tengo que ir a la cocina para cambiar el frutero de sitio; en esta época del año el sol me da de lleno en la mesa y si me descuido se me pudre la fruta.

El samurai

Safe Creative #1106169479578

Ya son las dos. El pequeño, que hoy hace de locomotora, aparece por la puerta del colegio como saliendo de un túnel y se para unos segundos deslumbrado por el sol. Luego, reemprende la marcha empujado por los demás vagones. De repente, la locomotora descarrila y se separa del resto del tren; el pequeño ha visto a su madre y corre a su encuentro. 

Ella se agacha y le recibe con los brazos abiertos.

–¿Qué tal cariño? ¿Lo pasaste bien en el cole?

El niño se pierde menos tiempo de lo habitual en el abrazo maternal y poniendo medio puchero le enseña la rodilla derecha.

–Mira, me caí pero no lloré.

–¡Pero qué mayor es mi chico!... ¡Y te pusieron tirita y todo!, seguro que fue una pupa muy gorda.

–No se dice «pupa» se dice «herida» –contesta el niño a la vez que echa miradas a su alrededor– mira, mira ahí está la seño, me soplo la herida y me puso la tirita y no lloré.

–Así me gusta...

–¿Y sabes qué? –interrumpe el hijo– hoy la seño lleva una diadema rosa.

–Sí, está muy guapa.

–Ya... Creo que un poquito más que tú.

La madre no contesta nada y calibra a la rival con la mirada antes de salir del patio con su hijo de la mano.

Por la noche la tirita se ha caído y el niño juguetea con la costrita que se ha formado.

–No te rasques.

–¿Por qué?, ¿por qué puedo morir?

–¡Exagerado!, porque volverás a sangrar y habrá que volver a poner una tirita.

La contestación de su madre le trae el recuerdo del soplo de la seño en su herida, un soplo con olor a chicle de fresa o de melón, justo los sabores que a él le gustan. Su seño huele tan bien como una tienda de golosinas y además lleva diadema rosa.

Al día siguiente su madre parece empeñada en acicalarse más que nunca; hasta se ha puesto un prendedor de mariposa.

El niño se impacienta.

–¿Te gusta mi nuevo prendedor?

El niño arruga la nariz.

–¡Jo mamá, que llegamos tarde!

 

Ahora, mientras espera a que los demás terminen la ficha del cuatro, su mano vuelve a tropezar sobre la postilla y, ahí están otra vez: la recomendación de su madre y el olor a fresa, a melón, a seño.

El niño cierra los ojos, aprieta los dientes y arranca la tapa de su herida con un valor de samurai y, evitando mirar la gotita de sangre que le ha parecido ver, se acerca a «su» seño con un gesto de dolor.

–Es que se ha arrancado sola y me duele mucho –le dice el pequeño.

¿Y por qué no?

Safe Creative #1106119440986

Las pesadillas no existen. (Nicolás)

Los monstruos no pueden correr.(Hugo)

Los cinco sentidos: el oído, la vista, el tacto, el olfato y el aliento. (Nicolás)

Cuando yo sea mayor y tu pequeña, ya verás... (Hugo)

 

 

Una voz de niño invade la plaza, me saca del sueño.

-Soñé con la Casa de las Mariposas, ¿y tú?

-Con nada tan bonito.

-Pues si quieres, te regalo mi sueño. 

Con cuentagotas ( Pole Dancing desde otra perspectiva)

Con cuentagotas ( Pole Dancing desde otra perspectiva)
Safe Creative #1105279311709

Nueve de la mañana. Don Anselmo se disponía a cruzar el umbral del edificio en el que tenía la notaría, cuando un rayo de sol, el mismo de todos los días en esa época del año, le hizo un guiño desde la placa de latón que llevaba sus cuatro ilustres apellidos. Pero el hombre no estaba de humor para poéticas observaciones y aquel guiño solo le permitió fijarse en lo ennegrecida que estaba la placa.

¡Me cago en los porteros de ahora!, pensó Don Anselmo, cuando me lo encuentre se va acordar.

 

Al llegar frente a los veinticinco escalones que le llevaban de la calle a su despacho, estuvo tentado de coger el ascensor; un solo segundo de tentación que bastó para que los latidos de su corazón empezasen a tamborilear en su pecho, como en un día de tamborrada en Calanda. Aquella fobia a los espacios cerrados era su talón de Aquiles, pero era un secreto entre él y su fobia.  

 

Empezó a subir las escaleras con la sensación de que a cada día que pasaba, la altura entre escalón y escalón era mayor y que a cada año que cumplía, se añadía, como por arte de magia, un peldaño más a los veinticinco iniciales.

¡Qué magia ni qué niño muerto!, lo que pasa, es que me estoy haciendo viejo, cavilaba Don Anselmo mientras recordaba entonces lo distinta que era su vida de ahora de la de antes, sobre todo desde que Adela, su esposa, había vuelto de su cura de rejuvenecimiento con nuevos bríos; era él, ahora, el que no estaba a la altura.

–Dame tiempo mujer, dame tiempo, que ya verás cómo lo consigo –le suplicaba cuando retozaba con una Adela que empezaba a dar serias muestras de impaciencia y amenazaba con volver a su habitación. Eso último ocurría cada vez más a menudo y el ruido de la puerta, al cerrarse tras una Adela insatisfecha, era un «pum» semejante al del pisotón rabioso infligido por Don Anselmo a cada peldaño impar de la maldita escalera. En los pares, tenía que reprimir su rabia y pisar más suave para reponerse y poder llegar vivo arriba. A sus años, hasta la rabia tenía que salir con cuentagotas.

 

Aquel día al entrar en la notaría y como cada día desde hacía más de veinte años, Rosario le recibió con su –Buenos días Don Anselmo– tan falto de brillo como el latón de la placa de entrada; ni una palabra más, ni una menos, para acompañar a una sonrisa de puerta entreabierta con cadena y retenedor.

 

Hacía mucho tiempo ya que el notario no se esforzaba por ser amable con esa mujer, que no tenía más sex-appeal que el paragüero de su despacho y, si en algún momento sentía una pizca de remordimiento, se preguntaba ¿acaso soy amable con el paragüero?... ¿no?... ¡pues entonces!

 

Nada más entrar, echo de menos el tecleo de los ordenadores de sus becarias y pensó que la puntualidad y la juventud debían de estar reñidos.

–Cuando mis becarias hayan llegado, hágales pasar a mi despacho –ordenó Don Anselmo– que hoy habrá que revisar muchos asuntos.

Luego, empujó la puerta acristalada de su despacho que pesaba más que un muerto y, antes de que se cerrara del todo, Rosario, con la mirada fija en los zapatos de él –unos magníficos zapatos hechos a medida–, le recordó como dirigiéndose a ellos:

–Creo que el señor notario se ha olvidado de que Estela y Mirta ya acabaron las prácticas. Estamos esperando a otras dos jóvenes pero no llegarán hasta mañana.

Lo de mirarle los zapatos era una cosa que Rosario hacía a menudo y que exasperaba a Don Anselmo; había llegado a preguntarle si quería que le diera el nombre del artesano que se los hacía, a lo que ella había respondido ruborizándose:

–Oh no, lo siento Don Anselmo, son cosas mías.

 

¡Cuantos contratiempos en una misma mañana! Don Anselmo no pudo impedir que se le activará ese tic que tanto disgustaba a Adela y que procuraba neutralizar en su presencia. Era un tic de fastidio, que consistía en un chasquido de lengua sincronizado con un estiramiento de comisura de labios.

¡Un día entero con aquella mujer tan rara!… me tiene harto con esa manía suya de mirarme los zapatos como si tuviera uno de cada color o hubiese pisado una mierda por el camino o yo qué sé, pensó el hombre decidido a encerrase en su despacho y no permitir que Rosario entrara.

Ya sabía que al darle la orden de que nadie le molestara, Rosario se haría la ofendida, pero le era igual; ¡bastante con que tenía que colocar su sillón de orejas mirando hacia la pared, para no tener que verla a través del cristal de la puerta!

–¿Cómo se te ocurrió poner una puerta acristalada de entrada de bar en un despacho de maderas nobles! –le había recriminado su mujer al pasar un día por la notaría.

Don Anselmo había farfullado algo sobre decoración de vanguardia que no la convencieron, pero la cosa era salir del paso como fuera si quería mantener en secreto lo de su claustrofobia.

Luego, con el paso del tiempo, se fue alegrando cada vez más del cambio de puerta de madera a puerta acristalada. Las becarias que se sucedían en la notaría eran todas muy jóvenes y verlas moverse de acá para allá, verlas contoneándose para poder abrir la puerta cuando entraban en su despacho cargadas con carpetas y demás, era un espectáculo que le alegraba la vista y le cosquilleaba la entrepierna. De cosquilleo en cosquilleo tenía la esperanza de que, como en el caso de las pilas recargables, podría llegar a casa motivado y listo para los retos que le lanzaba la nueva Adela. Eso sí, había que reconocer que Don Anselmo era todo un señor y, para más discreción, había hecho instalar un espejo en la pared frente a la puerta, para poder observar a sus empleadas desde la butaca girada; además, lo del espejo añadía a esas maniobras de aperturas y cierres de puerta un matiz más travieso. 

Pero aquel día, no había espectáculo y, sentado en su sillón de orejas de cara a la pared, se sintió como cuando, de pequeño y por razones que a él siempre le parecían injustificadas, había tenido que someterse a un castigo de ese tipo. Pero esa vez no era Don Macario, su profesor de ciencias, ni Don Prudencio, el párroco que le acusaba de beber vino de misa a escondidas, los que se lo habían impuesto; no, ahora eran mujeres, siempre mujeres las que le hacían la vida imposible desde que se habían creído esa patraña de que eran iguales a los hombres en todo. Furioso, empezó entonces a cavilar sobre lo que él les haría a todas esas engreídas si tuviera la ocasión y, a juzgar por la fuerza del cosquilleo que le volvió a despertar la entrepierna, debieron de ser cosas terribles.

¡Ah no!, está vez no voy a desaprovechar la ocasión y dejarlo para más tarde con Adela, se regocijó el notario y, poniéndose manos a la obra, se olvidó por completo de la puerta acristalada, del espejo, de Rosario que podía irrumpir en su despacho en el momento más inoportuno, de que era ya muy viejo y de que todas las mujeres eran unas inútiles.

 Cuando al reabrir los ojos después de su momento de gloria, descubrió a Rosario mirándole en el espejo y ofreciéndole amablemente sus servicios, Don Anselmo, más indignado que abochornado, no pudo levantarse de su asiento hasta bien entrada la tarde y tanto pensó y se dijo, que al pobre sillón se le pusieron las orejas gachas. El hombre –que no el sillón–, juró no volver a fiarse nunca de nadie y menos aún de los paragüeros.

Pero de eso hace ya más de un año y en un año algunas cosas pueden cambiar.

          Entre Adela y el hombre todo ha ido a peor.

          Entre las becarias y el notario todo sigue tan acrobático.

          Entre Rosario y Don Anselmo las miradas y los silencios parecen haber adquirido cierto matiz prometedor o, por lo menos, eso es lo que a él le gusta pensar. Los «buenos días Don Anselmo» de su secretaria le parecen centellar en sonrisas de puerta derribada.

 Por eso, Don Anselmo sigue atento las idas y venidas de Rosario, no sea que un día se vuelva a mostrar tan dispuesta y que, por segunda vez, lo pille desprevenido, se vuelva a mostrar ingrato y que, como un cretino, no lo sepa aprovechar.   

 

PD: Si esta historia hubiese sido contada desde el punto de vista de las becarias, no os habríais vistos obligados a leer cuatro largos folios. Así hubiese quedado:

«El Don Anselmo ese es un viejo, verde y capullo, y su secretaria una pobre desgraciada que daría lo que fuese para pegarse un buen revolcón con él, suponiendo, claro está, que supiera de qué va eso del revolcón.»

Pole dancing ( baile en barra)

Pole dancing ( baile en barra)
Safe Creative #1105199255411

Llevaba años trabajando en la notaría de Don Anselmo y ya estaba acostumbrada a sus cambios de humor.

Don Anselmo era viejo, al igual que su despacho situado en el primer piso de un inmueble venido a menos, eso sí, con blasón y con placa de latón de medio metro de ancho para sus cuatro ilustres apellidos.

El hombre presumía de no coger nunca el ascensor para subir los veinticinco escalones que había desde la calle hasta la notaría y nos invitaba a seguir su ejemplo para mantenernos en forma, a lo que las dos jóvenes de turno en prácticas, o sea, trabajando gratis, solían sacar chiste.

            ––¡Cómo no sea para mantener la forma de su tripa!...

El caso es que siendo la escalera de madera, el ruido que hacía al subir le delataba y daba tiempo a las chistosas a apagar sus Facebook para hacer que hacían y a mí, a enterarme de si llegaba de buen humor o no.

Si venía contento subía los escalones despacio (por la gordura) pero con pisadas regulares: pum, pum, pum… Si estaba de malas, entonces cojeaba y se podía oír una pisada fuerte, otra suave como cualquier cojo lo haría. Yo tenía una teoría para explicar aquella cojera intermitente: el mal humor se lo traía de casa como un chicle o mejor dicho, si me permiten la expresión, como una mierda pegada a la suela de su zapato, pero nunca debajo del mismo; a eso último nunca le pude encontrar explicación alguna.

¿Qué sería lo que le ponía de mal humor tan temprano? … Por lo que decían las chicas que, al igual que yo tenían que aguantar sus malos modales, era que venía «mal servido» de casa; tal vez fuera cierto, pero yo de esas cosas no entiendo.

Luego, había otros indicios bien claros para que nos preparásemos para lo peor. Una vez sentado a su mesa, nos mandaba traer las carpetas de los asuntos más pesados (a asunto pesado, carpeta pesada) y ponía su sillón de orejas de cara a la pared para poder vernos entrar, cargadas como mulas, desde el espejo que tenía colocado a tal efecto.

No cabía duda de que disfrutaba del espectáculo; teníamos que hacer auténticas piruetas para abrir la puerta de cristal de su despacho, que tenía una barra vertical de acero de arriba abajo a modo de tirador. Vacilábamos ante aquella puerta, con una pila de carpetas en una mano y un café hirviendo en la otra, antes de empujarla con una rodilla, un codo, la frente o con las tres cosas a la vez. Cuanto más joven era la becaria, más corta la falda y más arriesgada la técnica (¡las aprendices llegaban a utilizar hasta el trasero!... yo no, que con dos hernias lumbares no me podía arriesgar a tanto), más emocionado se ponía Don Anselmo y eso, no lo digo por decir, lo digo por los golpecitos que iba dando sobre el brazo del sillón con el anillo de oro y diamantes de su anular amorcillado; cuanto más joven la chica y más corta la falda más se aceleraban los golpecitos.

Lo que hacíamos eran auténticas acrobacias de baile en barra para que no se nos cayera nada y, si de esa nueva modalidad de baile sabía algo, era porque las chicas me habían contado que era como una gimnasia exótica o erótica… bueno no sé, no recuerdo bien la palabra pero seguro que era una de esas raras.

Un lunes a primera hora, me encontraba sola en la notaría cuando vi llegar a Don Anselmo con un cojear del pie derecho que no presagiaba nada bueno; la plasta que traía de casa debía de ser de campeonato, me tenía que ir calentando para el baile en barra con carpetas y café.

Sin embargo, en vez de eso, me preguntó por «sus nuevas becarias», como le gustaba llamarlas y pareció disgustarse aún más cuando le recordé que no empezarían a trabajar hasta el día siguiente.

––¡Puede retirarse y que no me moleste nadie! ––añadió sin siquiera mirarme.

Molesta, me volví a mi sitio cuando, al poco, me pareció oír como unos quejidos viniendo de su despacho. Preocupada por si le hubiese pasado algo, entré sin llamar por la puerta esa del demonio. Sentado en su sillón girado, con la cabeza ligeramente inclinada hacía delante y una especie de tembleque en la mano derecha, parecía estar sufriendo un ataque. Al oírme entrar, levantó la cabeza y, por el espejo, pude ver su cara pasar del éxtasis al horror al tropezar su mirada con la mía.

 Por lo menos no está muerto, pensé y, desde la puerta, le dije en tono muy servicial:

––¿Le ayudo?

            Lo único coherente que pude entender, a parte de una grosería que preferiría no tener que repetir aquí, es que me fuera y que nunca hubiera sospechado eso de mí.

Desde ese día me mira de forma diferente; ¿por qué será?

La encantadora de serpientes

La encantadora de serpientes

Presentación del libro Relatos de Mujeres 2010

Presentación del libro Relatos de Mujeres 2010

Cuando la luna se enamoró de un nenúfar

Cuando la luna se enamoró de un nenúfar
Safe Creative #1105029114994

La luna se ha caído del cielo.

Nadie lo sabe.

En su lugar,

otra luna,

gorda, estúpida,

Envuelve la noche.

 

 

La luna se ha caído del cielo, 

solo yo lo sé. 

La vi saltar al agua

junto al nenúfar

que,

ahora,

la cubre.

 

La luna se ha caído del cielo.

La quise salvar,

pero no supe.

Grito de jacanda,

esperma de muerte.

Mil pedazos de luna 

salpican la noche.

 

Odio licuado

Odio licuado
Safe Creative #1105019104950

(relato presentado a "Relatos en Cadena" de cadena Ser)

Papá solía morirse dos veces al día de risa, mi madre tres e incluso cuatro veces, mi hermana y yo nunca menos de cinco y mis dos abuelas que vivían con nosotros, por lo menos diez cada una.

Al principio, antes de quedarnos hacinados en unos cincuenta metros cuadrados, nos moríamos con más moderación; el odio que nos unía era sólido, en estado puro, sin aquella pátina de mezquindad y rencor que, poco a poco y como dos gotas de aceite suavizan el chirrido de los goznes, hizo de él un odio licuado que vomitábamos en chorros de risa malvada.   

Volteretas

Volteretas
Safe Creative #1104128958942

¡Qué diferentes son las fotos de bodas de ayer de las de hoy!, constata Adela a diario frente al escaparate de un estudio fotográfico contiguo a su oficina. 

Mientras las novias no reparan en manchar de verdín sus vestidos ≪palabra de honor≫ ni en infligir tremendas mojaduras a sus enaguas a orillas de playas de arena blanca, ellos parecen querer escaparse de sus marcos; descalzos y con los pantalones subidos, saltan, trepan, dan volteretas y, todo eso, sin dejar de sonreír. 

¡Auténticos atletas!, eso es lo que son, sigue pensando Adela ahora sentada en su mesa de trabajo; nada que ver con los novios de ayer, encerrados en aquellos marcos de madera oscura, con miradas grapadas a cejas hirsutas y de pie detrás de recatadas novias. Con una mano firme en sus hombros, parecen cosquillearles los cogotes con la terrible sentencia insuflada desde la cerda dura de sus mostachos:

–Tú, de aquí, ya no te mueves en la vida.

Pero los tiempos han cambiado. Adela se quiere casar y tener una de esas preciosas fotos de bodas acrobáticas en la cabecera de la cama; para eso, tiene que darse prisa. 

Nadie lo sabe aún, ni el propio interesado, pero sí, es cierto, tiene novio y esta tarde se van a ver por segunda vez. 

A la siete y cuarto llega al lugar acordado, una cafetería del centro. Hace fresco pero el chico se ha sentado en la terraza y la espera disfrutando de una cerveza. Le observa a lo lejos y vuelve a comprobar que tiene cara de bondadoso; no se parece, ni por asomo, a aquellos novios de mirada severa. 

Pero algo en lo que no había reparado en su primera cita le llama la atención: no le recordaba tan gordo. ¿Tal vez llevase una camiseta menos apretada cuando, hace dos días, tía Conchi se lo había presentado? Esto explicaría también que sea tan caluroso y que se siente en una terraza a estas alturas del año, sigue cavilando Adela que ya presiente problemas de orden doméstico; a ella le gusta el embozo de la cama bien subido, pero claro, si él es tan... Pero basta, cada problema a su debido tiempo, razona la joven y ahora, lo que requiere toda su atención es ese principio de tripa cervecera asomando por ahí. 

–Hola –dice Adela algo contrariada.

–Hola –contesta él sonriente–. ¿Tomas algo?

–Sí, un agua mineral por favor, estoy intentando mantener la línea –contesta con voz de niña resabiada.

–Eso está muy bien, aunque no lo necesitas –responde el chico–, yo también debería...

–Sí –replica ella antes de que termine la frase–, ten en cuenta que para que las fotos de boda salgan bonitas, el novio, sobre todo el novio, tiene que estar muy en forma –asegura mientras recalca su afirmación bajando la vista hacia el incipiente michelín.   

Pero el joven ya se ha levantado y, ante el asombro de Adela, realiza un triple salto mortal de lo más artístico, antes de escapar de su lado para siempre. 

Un poco de agua se ha derramado del vaso de Adela hasta su falda.

—No se preocupe señorita, es agua, se secará –le dice el camarero al verla tan compungida, sola en su marco, a orillas de un atardecer de agua mineral embotellada.  


El argumento

El argumento
Safe Creative #1104048887735

El niño llega corriendo al salón; en una mano lleva un rotulador azul sin tapa y en la otra un folio ligeramente arrugado. 

  —¡Mamá, papá!, he hecho un dibujo muy bonito —dice levantando el folio en alto.

—A ver, a ver... —le responden a la vez mientras dejan de mirar por un rato las noticias del día en la tele.

—¿Y qué representa?

El pequeño se ha quedado sorprendido, arquea la ceja derecha y al gesticular para intentar explicarse mejor se mancha la cara de rotulador.

—Pues, pues... es un camino y aquí un señor.

Observa ahora a sus padres que se esfuerzan en ver el hombre, el camino.

—Es un camino larguísimo —puntualiza el niño siguiendo con la punta del rotulador otra línea ascendente como queriendo darles otra pista— por lo menos llega hasta el cielo, pero, pero... el señor no tiene prisa y si se cansa se sienta un rato en la hierba... Esto es hierba, ¿a que sí?

—Ya —dice el padre— pero, ¿qué más has querido dibujar a parte del camino y del señor que va tan lejos?

El niño suspira, un suspiro profundo. Se rinde ante el hecho de que sus padres siguen sin entender nada, se impacienta, les tiene que dar otra pista, la definitiva.

—Pues, pues, ¿es que no lo veis? Es... ¡la esperanza!

Lo ha dicho abriendo los ojos de par en par en señal de evidencia y sus padres no pueden retener la risa. 

El pequeño se pone a llorar.

—¿Pero por qué lloras?, tu dibujo es precioso —dice la madre simulando ya total seriedad— ahora sí, se ve perfectamente lo que has querido representar.

  —Es que, es que... os estáis riendo de mi dibujo —contesta a duras penas entre hipos.

—Por supuesto que no, ahora verás...

La madre se levanta y pega el dibujo en el sitio más visible de la casa. Un largo camino, el hombre sin prisa, la esperanza y, ahora, la sonrisa de un niño en brazos de su madre. 

En la tele siguen pasando imágenes de noticias que llegan confusas, tan confusas como garabatos y, por un segundo, captan la mirada del niño que arquea la ceja derecha.

La fuerza de los Bakugan

La fuerza de los Bakugan
Safe Creative #1103178748503

Bakungan: "transformers". En las Navidades 2010 se agotaron las existencias de este juego en muchos comercios.

 

 La fuerza de los Bakugan

 El niño juguetea con una bola de color rojo en una mano; con la otra intenta pescar unos Kellogg’s de su tazón de leche. Su hermano, ocho años mayor que él, ha puesto la tele a pesar de que se lo tienen prohibido. 

 Las imágenes de un terremoto seguido de un tsunami en Japón, han captado su atención y, aunque la llegada de la madre a la cocina interrumpe la retransmisión, el pequeño se ha quedado con la cuchara en el aire, mientras su hermano le asegura que ya se puede despedir de los Bakugan que aún le quedaba por conseguir, que son japoneses y que lo más seguro es que no quede una sola fábrica en pie. 

La madre ruega a los dos que terminen rápido su desayuno si no quieren llegar tarde a clase y pide a su hijo mayor que deje de asustar a su hermano.

El pequeño ya no les presta la menor atención; ha dejado la cuchara encima de la mesa y busca en su bola Bakugan, la tecla que permite que se transforme en Dragón Apollonir.  

Después de activar varias veces el dispositivo transformador de bola a dragón, se muestra aliviado al ver la fuerza con la que su Dragón Apollonir reaparece a cada intento y, con cara de entendido, asegura a su hermano que nada puede con la fuerza de un Bakugan, ni siquiera un terremoto. 

El mayor ya ha terminado su desayuno y se va de la cocina dándole una colleja. 

El pequeño protesta y se frota la cabeza con una mano, mientras, con la otra, juguetea con la bola de color rojo.           


Premio literario (Castellón de la Plana)

Hoy en mi blog quiero compartir una buena noticia: me han concedido el tercer premio por "Encantadora de Serpientes" en el certamen literario "Concurso de Relatos de Mujeres 2010" (Castellón de la Plana)

La publicación del libro con los tres relatos ganadores será en mayo próximo durante la Feria del Libro de Castellón.

Transcripción de las breves palabras pronunciadas durante la entrega:

"Ante todo quiero darles las gracias por este premio. Escribir es como zambullirse en un mar de palabras, como el buceador que se sumerge en apena y recibir este premio es poder contar ahora con una botella de aire para seguir avanzando con más seguridad, sin prisa. 

        Me gustaría compartir este premio con las protagonistas de la historia "Encantadora de Serpientes": con Manuela, una trabajadora, que no se limita a desempeñar su oficio lo mejor que sabe sino que, además, lo hace con cariño; con Martina, una joven inmigrante que tiene que adaptarse a otro país, a otro idioma y vencer todos los prejuicios; con la joven inspectora que va más allá en su búsqueda de la verdad, más allá de lo que se podría considerar como suficiente; con la madre de Amparo, testigo mudo de lo que le ocurre a su hija y con Amparo, víctima silenciosa, que solo puede escapar enroscándose en su mundo de locura. 

         Pero en este relato están también el novio de Amparo, su padre y aquel otro agente de policía que asegura que “en aquella casa no pasaba nada”.

        Siguiendo con la imagen del buceador, el mundo en el que se sumerge está hecho de silencios, solo puede oír su propia respiración mientras avanza, y aunque miles de criaturas pasen a su lado, a penas si las ve y puede tener la sensación de que “allí no pasa nada”. Sin embargo, una vez  sepa mirar ¡cuántas cosas podrá descubrir a su alrededor! 

         En este día de la mujer, tal vez sea esta la idea que me gustaría compartir: aprendamos a mirar, a escuchar, aunque para eso tengamos que olvidarnos por un momento de nuestra propia respiración y mostrémonos más atentos a gestos, miradas, detalles que tal vez nos lleven a preguntar un día a otra Amparo, que qué le pasa... Si su respuesta es : “no pasa nada” intentemos oír más allá de estas tres palabras, ya que, en todos las casas pasan cosas y, ¡ojalá! un día lleguen a ser todas buenas.

        Una vez más todo mi agradecimiento."

 

Relato:

                          

 

LA ENCANTADORA DE SERPIENTES

 

LA AUTOPSIA REVELA RESTOS DE CIANURO POTÁSICO EN EL CUERPO DE LA JOVEN ESLAVA. LA ASISTENTA, PRINCIPAL SOSPECHOSA.

 

—¿Es que no dejarán de hablar de todo este asunto de una vez? —se preguntó Amparo al ver en el periódico que seguían hablando de la muerte de su vecina de puerta, una extranjera de unos treinta años, encontrada días atrás sin vida en el suelo de su cuarto de baño. Desde aquel descubrimiento habían llamado a la puerta de Amparo un sin fin de gente (policías, periodistas, vecinos) y a todos les había dicho lo mismo:

— Sí, una terrible desgracia. 

—Sí, algo más que de vista. 

—Sí, las dos la misma asistenta. 

—Sí, una casualidad como otra cualquiera. 

—No, nada más. 

Las frases de Amparo, siempre contestaciones, solían ser como el eco de lo último oído. Sin embargo, ahora estaba decidida a no coger más el teléfono ni a abrir la puerta a nadie, salvo, claro está, que fuera la policía; pero ya habían estado dos agentes en su casa y era poco probable que fueran a volver. Al acompañarlos a la salida y estando ya ellos en el descansillo, había oído al mayor murmurar a su ayudante, una mujer joven con aspecto de primera de la clase.

—Nada, aquí no pasa nada.

Aquel comentario no había gustado a Amparo, que cerró la puerta con dos vueltas de llave antes de que los agentes hubiesen entrado en el ascensor.

—¿Qué se habrán creído?, aquí pasa lo que en todas las casas decentes ni más ni menos —dijo Amparo en voz alta, mientras volvía al salón por aquel largo pasillo en forma de L. El sonido de su voz dio, por un momento, algo de consistencia al vacío que la desagradable observación del agente había dejado. 

 

De haber sido algo más amables, tal vez Amparo les hubiese dado algunos detalles más sobre Martina, la eslava envenenada. El primer encuentro de aquellas dos mujeres remontaba a unos meses atrás. Había sido en el ascensor. Después de haber comprobado que iban al mismo piso, la recién llegada había preguntado a Amparo si sabría de alguien de confianza, para que viniera a limpiar su piso dos veces por semana. Con la pregunta aún suspendida en el aire, al igual que el ascensor entre el segundo y tercer piso, Amparo supo que aquella mujer era una encantadora de serpientes y que ella sería su cobra; el acento eslavo y la voz cálida de la joven la habían sacado de un largo letargo.

—Dos veces por semana… sí, tal vez Manuela.

—¿Manuela?

—Sí, Manuela, la señora que viene a mi casa —le contestó Amparo, aturdida aún por el sonido de una voz dirigiéndose directamente a ella y por la intensidad de la mirada azul buscando la suya. Luego, se ruborizó e, instintivamente, se encogió sobre sí misma antes de pegar los omóplatos contra una de las esquinas del ascensor, la más alejada de su vecina, como la cobra volviendo a la oscuridad de su cesto.

—Sería estupendo si pudiera venir también a la mía —le dijo la mujer mientras empujaba la puerta; ya habían llegado al quinto.

—Me llamo Martina. Si no le importa, ¿podría darle mi teléfono a Manuela para que me llame si le interesa el trabajo? Los dos pisos frente a frente, sería muy práctico para ella, ¿no cree usted? 

—Muy práctico, sí —contestó Amparo a la vez que cogía una tarjeta de visita que Martina acababa de sacar de su bolso.

—Te lo agradezco —dijo la eslava pasando a tutear a Amparo, quien quiso ver en ello una muestra de simpatía, más que una manera de simplificar la conjugación de los verbos.

Los gestos de Martina eran decididos y precisos, y antes de que su vecina hubiera encontrado las llaves para poder entrar, ella ya se había despedido con una gran sonrisa, había abierto, luego cerrado su puerta y tirado sus zapatos de tacón altísimos en medio del recibidor; dos golpes secos después del estrépito de la puerta. 

—Después se quejará la del cuarto de que tiene grietas —pensó Amparo que seguía de pie en medio del “Bienvenido” del felpudo de su piso, hurgando en su bolso gris; al comprar este, ya le había parecido excesivamente grande, sobre todo teniendo en cuenta esa forma peculiar suya de llevar los bolsos, con el brazo ligeramente separado del resto del cuerpo y sujetándolo como quien lleva de paseo a alguien de la mano. Cuando por fin pudo entrar, se fue de puntillas hasta su dormitorio y volvió a colocar en el armario cada prenda de su atuendo dominical antes de ponerse el de estar en casa: unas zapatillas de felpa azul de tira ancha (que le obligaban a llevar los dedos de los pies tensos y desplegados en forma de abanico para no perderlas) y una batita sin mangas de flores malva. 

Era la hora de su serie favorita. Encendió el televisor y se sentó en la butaca que había sido de su madre hasta hacía poco; la de su padre llevaba más años vacía y solo se acercaba a ella para cambiar, de manera rutinaria, los tres tapetes de ganchillo que protegían la tapicería de terciopelo beis a la altura de la nuca y de los antebrazos. Era una de las tareas que no entraba en el cometido de Manuela y cuando Amparo lo hacía, se quedaba a una distancia superior a la que suele representar el largo de un bastón, por temor a sentir, otra vez, el de su padre contra su pierna. Así le había pedido él durante muchos años, un vaso de agua, la medicina o lo que se le antojaba: un golpecito con el taco de goma pegajosa de su bastón, pegajosa como su mirada sobre la piel tan blanca de su hija. 

Al día siguiente del encuentro en el ascensor era lunes y esperó ansiosa la llegada de Manuela quien aceptó, encantada, aquella oferta de trabajo por parte de Martina.

—Un verdadero chollo —dijo Manuela que no tendría ni que quitarse el delantal para pasar de un piso a otro.

Amparo se alegró de que así fuera. Con las idas y venidas de su asistenta, iba dibujando meridianos, pasadizos, atajos entre aquellos dos mundos: el suyo y el de Martina. Esa sensación fue en aumento a medida que Manuela, muy ingenuamente, le fue revelando detalles de la vida de su joven vecina. Indiscreciones involuntarias que, sumadas a muchos momentos de guardia detrás de la mirilla, habían permitido a Amparo obtener un mapa detallado de la vida de su vecina a la que se sentía cada vez más unida.

Las dos mujeres se encontraban rara vez cara a cara pero, cuando ocurría, Martina nunca dejaba de mostrarse amable con esta vecina que le había permitido hacer tan buen fichaje (Manuela era una perla); entonces, cualquier cosa que la joven le pudiera decir —¡me alegro de verte tan bien!, ¡abrígate, hace frío!— era interpretada por Amparo, como muestra inequívoca de la gran amistad que existía entre la joven extranjera y ella. Ya nada era igual. Vivía al ritmo de las idas y venidas de Manuela de un piso a otro, y de las de Martina, cuyos taconeos y portazos habían sustituido al tictac del reloj de pared del salón. Entonces, sin apenas darse cuenta, Amparo fue reduciendo aquella distancia prudencial que había sabido mantener entre ella y el mundo, entre ella y la butaca de su padre mientras cambiaba los tapetes. 

Fue su primer error.

         Luego, llegó aquel lunes. Madrid había amanecido bajo una densa capa de nieve y Manuela avisó a Amparo que llegaría algo más tarde; con la nieve la ciudad se había convertido en un auténtico caos. Nada más colgar, Amparo sintió unas verdaderas ganas de salir a la calle a pisar nieve como cuando era pequeña.

—¿Pero qué me pasa?, esto es una idea descabellada —murmuró entre dientes—, solo faltaría ahora que resbalase y me rompiera una pierna. 

Apartó con cuidado una de las cortinas de la ventana, la más próxima a la butaca paterna; era la única cuyas persianas se mantenían abiertas de par en par, la ventana desde la que durante más de veinte largos años su padre había querido que ella, de pie y a una distancia menor que la de su bastón, estuviera montando guardia para contarle la vida de allí afuera. Desde la muerte de su padre no se había vuelto a acercar a la ventana y mucho menos a mirar por ella, pero aquel día quiso volver a hacerlo.  

Fue su segundo error.  

En la calle unos niños jugaban a tirarse bolas de nieve pero apenas se fijó en ellos.

—Con Martina tan cerca, podría romperme una pierna, incluso las dos, seguro que podría contar con ella —dijo convencida.

El sonido de su propia voz hizo que se sobresaltara y que se reavivaran unos recuerdos que creía casi olvidados. Su padre, de nuevo detrás de ella en la butaca.

  —¿Y ahora qué? —le decía mientras el taco de goma pegajosa de su bastón se posaba a unos centímetros por encima del borde de su falda.

—Unos chicos de reparto que traen una caja para el bar de al lado —contestaba dócilmente Amparo atrapada en el triángulo formado por el bastón, la ventana y la mirada de su padre.

—Borrachos, no hay más que borrachos —gruñía él—. No sé si te conté aquella vez que nos trajeron a comisaría unos sinvergüenzas que…

Sí, claro que conocía la historia, esa y todas las demás ya que, cualquier cosa que pudiera ver Amparo desde la ventana era, para su padre, una prueba más de la maldad del ser humano y un buen motivo para recordar cada uno de los episodios que habían marcado su vida profesional de supuesto guardián de los valores. 

—Aunque sepas la historia, te la volveré a contar —insistía el ex comisario, mientras Amparo intentaba apartar la punta del bastón de su muslo, sin atreverse nunca a hacer frente a su progenitor. Recordaba ahora su cara contra el cristal, el frío tacto del cristal contra sus mejillas encendidas.

—Sí, te la volveré a contar ya que no eres más que una ingenua. Si no fuera por mí, ¿a dónde habrías ido a parar con aquel atolondrado pretendiente tuyo de tres al cuarto? —terminaba preguntándole a cada momento.

—Deja a la niña en paz con el bastón y con tus historias —se atrevía a suplicar a veces Aurora, la madre de Amparo. Pero lo iba diciendo cada vez más bajo, hasta que un día calló. 

Sin embargo, en aquella mañana soleada y fría de diciembre, Amparo no quería que nada fuera a perturbar aquella especie de paz interior. Respiró hondo y sonrió al reparar entonces en aquellos chavales de la calle con las caras coloradas por el frío y la emoción. Luego, la luz cegadora del sol invernal sobre la nieve obligó a Amparo a entrecerrar los ojos por unos segundos y, como si el aire gélido de la mañana hubiese entrado de golpe en el salón, su cuerpo se tensó antes de caer para atrás, encogido en el sillón de su padre. Jadeante, Amparo se llevó las manos a los ojos, sus manos como dos apósitos de calor sobre un extraño mal enquistado. Intentó ponerse de pie otra vez pero no pudo. Como a cámara lenta, volvía a ver, una y otra vez, a Martina y a Manuela saliendo juntas del portal, hablando, riendo… hablando, riendo… Pero, ¿de qué hablaban?, ¿por qué salían juntas del edificio si Manuela acababa de avisarla de que llegaría más tarde?

A medida que aquellas preguntas le envenenaban el alma, Amparo se fue haciendo más y más pequeña en el fondo de la butaca, como la cobra en su cesto. 

Las cobras no matan por matar, lo hacen para alimentarse. Amparo tenía que alimentar aquel rencor, única herencia paterna. Recordó entonces aquel pretendiente quien, según su padre, solo buscaba algo de diversión a costa de ella.

—Te lo dije, no te encariñes, que a la primera de cambio te dejará; pero siempre me tendrás a mí —le aseguró su padre cuando, efectivamente, el chico dejó de llamarla.

Y ahora era Martina la que le había hecho creer otra vez en algo hermoso, pero comprobaba una vez más que su padre tenía razón, que siempre la había tenido: el mundo era una verdadera cloaca y solo aquí, en esta casa con él, estaba a salvo. 

Amparo fue al armario de la habitación de sus padres donde todo se encontraba aún, tal y como era antes de su muerte. Cogió el bastón de su padre y, sentada en la cama, empezó a acariciarse suavemente la pantorrilla con la punta de goma pegajosa. Cuando Manuela llegó, encontró a su “señorita” de pie en medio del pasillo. Inmóvil, apoyada en el bastón de su padre, Amparo la miró fríamente y cuando la asistenta le preguntó si pasaba algo, ella contestó sin repetir, por primera vez en muchos años, lo último dicho por su interlocutor.

—¿Qué va a pasar?, ¿tendría que pasar algo?

Su voz sonaba extrañamente grave, segura, firme. Manuela se ruborizó como sintiéndose culpable de no saber qué falta y, sin mediar palabra, empezó con su labor.

 

                       Todo eso podía haberles contado Amparo a aquellos policías pero no lo hizo. Tampoco quiso Manuela contarle a Amparo el motivo de aquella salida secreta con Martina: iba a ser el cumpleaños de Amparo, querían comprarle algo juntas. De habérselo dicho, aquella misma noche de la nevada, Martina no hubiera bebido aquel caldito bien caliente —para entonar el cuerpo— y la joven eslava no hubiese muerto. ¡Cuántas palabras calladas que pesaron mil veces más que palabras dichas! Con la muerte de Martina, Amparo nunca recibiría el regalo y, cuando dos meses más tarde volvió aquella oficial de policía, con aspecto de primera de la clase, a llamar a su puerta, a penas si ésta la reconoció. Su memoria para las caras era legendaria entre todos sus compañeros y su desconcierto fue grande al no conseguir adivinar lo que hacía que aquella mujer, que tenía ante ella, era y a la vez no era, la persona a la que quería interrogar. Ni un cambio de peinado ni unos kilos de más o de menos ni unas cuantas operaciones de cirugía estética hubieran bastado para despistarla de aquella manera. 

—¿Amparo López Fuertes? —preguntó la oficial cautelosa.

—Sí —se limitó a contestar Amparo quien no tenía ninguna duda sobre la identidad de aquella joven.

—Oficial Fernández —dijo a la vez que le enseñaba su placa de identificación.

—Ya. ¿Qué quiere? —inquirió Amparo manteniendo la puerta entreabierta. 

—Como ya le dije por teléfono, quería hablar con usted de otra muerte por envenenamiento ocurrida hace años; la víctima se llamaba Armando Suárez Gil y creo que...

—¡Sígame! —la interrumpió Amparo abriendo ya la puerta de par en par. 

Su voz sonó fuerte, como si en vez de salir de su boca lo hubiera hecho desde una cueva.  La agente se sorprendió. Tampoco reconocía aquella voz y la invadió cierta sensación de inquietud. Antes de obedecer a lo que le había parecido más una orden que una invitación, se aseguró, por segunda vez desde que la mujer le había abierto la puerta, de que tanto su revólver como su teléfono se encontraban en sus sitios respectivos. En silencio, detrás de Amparo dejó que el oscuro pasillo la engullera. Varias puertas se encontraban a lo largo de aquella especie de columna vertebral quebrada, pero todas cerradas; eso aumentó la sensación de la joven policía de haber sido tragada por una enorme criatura hambrienta que, con suerte, la escupiría allí al fondo donde se vislumbraba algo de luz. Al llegar al salón sintió verdadero alivio al ver el sol. Se fijó entonces en que la voz de Amparo, así como su aspecto general y su mirada, habían vuelto a ser lo que ella recordaba de la primera entrevista. Pero eso no bastó para tranquilizarla. Sentándose en la silla que le había señalado, recordó también la reacción algo exagerada de la mujer cuando, en su primer encuentro,  el comisario había hecho ademán de acomodarse en una de las butacas.

—No, en esta butaca no —le había dicho visiblemente contrariada y asustada—, era de mi padre y nunca nadie la utiliza, siéntese mejor en esta otra. 

Sin embargo, en esa segunda visita, la oficial Fernández pudo comprobar de inmediato que Amparo les había mentido; en el cojín del asiento se podía observar claramente el hueco dejado por el peso de un cuerpo.

—Espero no haber interrumpido nada, ¿tal vez tenía usted visita? —añadió la investigadora señalando ahora un bastón apoyado en uno de los brazos de la butaca paterna.

—¿Se refiere a este bastón? —contestó Amparo algo sorprendida, como si ella también lo acabara de descubrir— la verdad es que no sé qué hace aquí —y, sonriendo añadió:

—Como podrá ver no lo necesito aún, pero déjeme tocar madera —y, con una risa nerviosa de niña atreviéndose a decir una palabrota, se dio dos golpecitos en la cabeza con los nudillos.  

—Sí, bueno, a lo que venía… —dijo la agente después de un ligero carraspeo, me gustaría que me hablara de aquel joven.

—Por cierto —interrumpió Amparo o quien quiera que fuese la mujer que otra vez parecía haberse deslizado bajo su piel —íbamos a tomar café… ¿si quiere acompañarnos? 

—¿Íbamos? ¿A quién más se refiere? ¿Espera usted a alguien? —preguntó Fernández echando una mirada suspicaz a su alrededor.

—No, por supuesto que no, ¿qué le hace pensar esto? —contestó Amparo con muestras de sincera sorpresa y de repentina suavidad.

La detective se disculpó.

— Creía haberla oído hablar en primera persona del plural, perdóneme, estoy algo cansada y creo que un café me vendrá muy bien. Luego, si no le importa, hablaremos del joven cuya muerte por envenenamiento, muy similar a la de su vecina, nunca fue esclarecida —dijo algo atropelladamente por miedo a que la mujer la interrumpiera otra vez—; dos cosas llamaron mi atención: primero, creo que fue su padre, comisario jefe de la época quien, con cierta prisa, dio por cerrado el caso relegándolo al archivo de asuntos no resueltos y, segundo, tengo entendido también que aquel muchacho era novio suyo desde hacía unos meses, lo que me hace más difícil entender aún, el poco interés que su padre pareció haber mostrado. 

Esta vez Amparo no la interrumpió, no le hizo falta. Su mirada se había tornado tan fría, tan despiadada a medida que la inspectora iba hablando, que esta última había bajado de tono de voz hasta llegar al susurro. 

Amparo se dirigió entonces hacia la butaca de su padre y cogiendo el bastón se apoyó en él para encaminarse hacia la puerta. Cuando desapareció por el pasillo su aspecto era el de un ser muy mayor y su respiración entrecortada venía a morir a los pies del policía.

—No tardaré, bien caliente para entonar el cuerpo… ¿lo quiere con leche y azúcar o solo? Su voz firme y grave retumbó por todo el pasillo.

—Solo —respondió la joven alzando la voz y poniéndose de pie ahora que Amparo se afanaba en la cocina al otro extremo del piso.

—Mejor me vendría una cerveza bien fría que un café para entonar el cuerpo —murmuró la agente Fernández pasándose la mano por la frente. 

Entonar el cuerpo

Repitió mentalmente y varias veces, la expresión que le recordaba a su abuela; cada vez que iba a verla, esta le proponía algo calentito para entonar el cuerpo fuera la estación que fuera. Recordó también que esa misma frase había empleado Amparo en su primer interrogatorio, cuando supo que Martina había sido envenenada al ingerir una bebida a última hora de la tarde. Los dos policías habían pensado de inmediato en el cianuro potásico mezclado en un Martini u otra bebida alcohólica, pero la que había dado en el clavo era Amparo (los análisis posteriores le darían la razón).

—Seguro que se lo echaron en un caldito —había sentenciado la mujer inusualmente charlatana —con el frío que hacía, lo más probable es que quisiera entonar el cuerpo y, ya ve… no somos nadie.

Y por esa insignificante frase, la oficial Fernández se encontraba de nuevo en la casa donde según su jefe no pasaba nada. 

Desde un primer momento, la joven agente había intuido que algo se les había escapado y, al repasar por su cuenta casos de envenenamiento, había dado con una carpeta, como poco, muy interesante. Una frase, una intuición y un caso sin esclarecer firmado por el padre de Amparo, componían las tres únicas piezas de un rompecabezas seguramente más complicado de lo que podría haberse pensado en un principio.

Sin darse cuenta, se había acercado a una repisa cubre-radiador que se encontraba algo escondida detrás de la puerta. Encima de ella y junto a un jarrón con unas cuantas flores de plástico se encontraba una foto en su marco de plata ennegrecida; con cuidado la cogió y, al ser miope, levantó ligeramente sus gafas para poder mirarla mejor. Ahí estaba el padre de Amparo sentado en su butaca, ese ex comisario del que había oído hablar y que por primera vez veía en foto. Sin embargo, esa mirada le resultaba muy familiar y dos segundos le bastaron para dar con el parecido: era la mirada de aquella Amparo esquiva, distante, dura, era la mirada de la que le había abierto la puerta y que, en este preciso momento, le estaba preparando un café. También reconoció el bastón. 

—Si esto fuera ficción ya estaría resuelto el caso pensó con cierta ironía. 

Pero esto era real y lo de los muertos reencarnados muy de películas americanas con finales abiertos, como se decía ahora. Los casos en los que había participado hasta el momento eran, en su mayoría, historias donde los celos mezclados con alcohol u otras sustancias similares, servían de “detonante” de gran parte de las conductas homicidas. Además, era muy poco probable que a sus jefes les fuera a gustar un final abierto, querían a alguien entre rejas y punto.

  Pero un estruendo viniendo de la cocina la interrumpió en sus divagaciones e hizo que soltara de golpe el marco que aún sostenía entre sus dedos. El cristal del portarretratos se rompió en varios trozos pero, desde el suelo y fragmentada, la mirada del padre de Amparo seguía retándola. Corriendo, se dirigió entonces hacía la cocina desde donde le llegaban ahora jirones de una conversación. Ya no le quedaba ninguna duda, había otra persona con Amparo en el piso; en este mismo momento estaba hablando con ella y no era precisamente una voz amistosa.

La escena que entonces presenció de pie en el umbral de la puerta de la cocina y cuya intensidad nunca conseguiría plasmar en los muchos informes posteriores que intentaría redactar, iba a durar dos o tres minutos pero, para ella, sería como si el tiempo se hubiera detenido.

De rodillas en el suelo y en medio de trozos de porcelana rota, Amparo lloriqueaba. Con desesperación parecía querer recuperar, en un frasco que sujetaba en su mano derecha, unas gotitas de un líquido que, por su densidad y su color, formaba como una islita en medio de un charco de café. 

La joven agente se quedó inmóvil sin atreverse siquiera a respirar. Amparo estaba sola, sin embargo, ella tenía la certeza de que aquel hombre o quien quiera que fuese, seguía aquí en la cocina. Amparo se levantó, pero lo hizo muy despacio como desenroscándose y, agitando el frasco vacío, se dirigió a un interlocutor invisible con la misma voz grave y firme que se acababa de oír desde el salón hacía apenas unos segundos.

—Si es que vas a volver a hacerlo ¡hazlo bien!, eres una niña estúpida y testaruda, siempre metiéndote en problemas y yo detrás de ti, teniendo que arreglarlo todo. Si no haces callar a esa metomentodo todo se sabrá: lo de Armando, lo de Martina y ya nadie te podrá salvar. 

Luego se calló, se acercó al bastón, lo cogió del suelo y empezó a golpear suavemente, después con más fuerza sus propias piernas a la altura de las rodillas; gemía a cada golpe que se daba hasta que, poco a poco, se fue tranquilizando. 

Fernández sabía que no podía intervenir y tuvo que reprimirse para no gritar “¡basta!” y arrancarle el bastón de las manos. Pero Amparo ya lo estaba dejando en el suelo así como el frasco vacío encima de la mesa de la cocina para, a continuación, sentarse muy erguida en una de las sillas que se encontraba justo frente a la puerta, desde donde la oficial observaba la escena. La mujer siguió sin prestarle la menor atención; su mirada pasaba sobre ella como si se hubiese transformado en un ser invisible y la joven detective se sintió como una intrusa, como un error en aquella cocina. 

Incómoda, Fernández miró hacia la ventana de la cocina, una ventana rectangular de una sola hoja. Sus visillos de manzanas y peras, bordadas tal vez por Amparo, disimulaban un patio de luces interior con sus tendederos de cuerdas y poleas de ventana a ventana, como arterias de un complejo sistema circulatorio. Balanceándose sobre la primera cuerda pudo distinguir también siete pares de medias cortas de nailon, de esas que ahogan las rodillas y embuten las pantorrillas. Era lunes, dedujo entonces que sería la muda de la semana pasada, catorce medias todas cogidas desde su puntera y separadas las unas de las otras por diez centímetros medidos con regla. No eran más que nuevas divagaciones de detective que no la llevaban a nada, pero le permitían mantener contacto con el mundo real o, por lo menos, con el mundo en el que ella estaba acostumbrada a moverse; un mundo donde las semanas tienen siete días y los visillos de cocina adornos de manzanas y peras. 

Fernández volvió la mirada en dirección a Amparo quien, a contraluz, no era más que una silueta, una sombra sobre fondo luminoso que, poco a poco, inició un extraño balanceo similar al movimiento de las medias en la cuerda. 

De repente, la joven detective intuyó que en la cocina acababa de aparecer una tercera persona. Deslizándose bajo la piel de Amparo, aquella nueva presencia empezó a hablar con un tono de voz donde, como en un perfume, las notas de cabeza, primera impresión que se evapora al poco, eran la resignación y el cansancio, y las notas de corazón, el verdadero perfume, el que perdura, el cariño y la sabiduría. 

—¡Deja a la niña en paz!, nosotros la metimos en problemas. Tú le diste las ideas, yo el veneno, ella no hizo nada. 

Y, girando la cabeza en otra dirección añadió:

—Hija, no te preocupes, no hiciste nada malo, yo te conseguiré más veneno para los Armandos, las Martinas y para todos los que pretenden destrozar las vidas de las niñas buenas con falsas promesas. Ven aquí, que cure las heridas de tus pobres piernas.

  Entonces Amparo se acurrucó bajo la mesa de la cocina, su espalda pegada contra la pared como la cobra metiéndose otra vez en su cesto. En aquel momento, sí pareció descubrir la presencia de la joven policía, pero sus ojos estaban inexpresivos. Para ella empezaba un largo letargo. 

En el suelo, yacía el bastón, como un resto de piel de cobra tras la muda.  

                                                                             Dominique Vernay Juillet                                                                                                                         

 

           


De D. para F. - De F. para D.

De D. para F. - De F. para D.
Safe Creative #1010307723990

F. era un pintor de primera pero no le gustaba que ella se lo dijera:

–No, no soy ningún artista pero me gusta aprender de los que sí lo fueron de verdad. 

 Por eso, a la vuelta de cada exposición F. solía enfrascarse en la reproducción de una de las obras que más le había impresionado. 

Uno de los cuadros que a D. le gustaba particularmente y que F. había copiado con auténtica maestría, era el de una mujer sentada de espaldas; colocado en la pared frente a su cama, era lo primero que D. veía cada nuevo día al abrir los ojos. Se sabía ya de memoria esa nuca de piel muy blanca, el pelo recogido en un moño del que escapaba unos mechones, la blusa de tela de algodón grueso, el frutero de loza blanca encima de una mesa, y la pared de un color indefinido que servía de fondo a la escena; una escena donde, aparentemente, no pasa nada… inmovilidad total, cierta languidez en la postura de la mujer y una extensa paleta de tonos grises para un momento de profunda soledad y de silencio.

Muchas mañanas, tumbada en la penumbra de su dormitorio, D. se preguntaba, una y otra vez, cómo sería la cara de la mujer del lienzo. Pero un día, estando aún al borde de la estrecha línea que separa el estar despierta del estar dormida, D recordó con una intensidad inusual uno de los sueños que habían animado su noche.

En el sueño D. terminaba de arreglarse para salir, cuando había visto cómo la mujer del cuadro se daba la vuelta para decirle con voz cansina:

–Abre la ventana de par en par, que pueda oler la primavera.

Recordaba ahora con toda nitidez esa cara que tantas veces había intentando imaginar y le molestaba que en su sueño, no fuera ni tan guapa, ni tan expresiva como a ella le gustaba creer. A lo largo de todo el día aquel rostro corriente la fue siguiendo y, al llegar la noche, se sentó frente al ordenador dispuesta a encontrar algún dato sobre la mujer que había servido de modelo a Hammershoi, el autor del cuadro. Comprobó entonces que su nombre aparecía entre las noticias del día:

Gran hallazgo: un cuadro hasta ahora desconocido del pintor danés Hammershoi, encontrado en un antiguo almacén. 

 Intrigada D. amplió la noticia: 

 Por primera vez Ida Ilsted, la esposa del pintor, la mujer que siempre hizo de modelo en sus cuadros, sale de frente y…

En un lateral de la pantalla se podía contemplar el cuadro hallado.

D. interrumpió de inmediato su lectura y quedó perpleja frente al retrato de la mujer; Ida era idéntica a la mujer de su sueño: los mismos ojos, la misma boca, nariz, frente...

 –Es increíble –repetía D. una y otra vez–, increíble.

Intentando admitir lo incomprensible D. se fue tranquilizando, pero volvió entonces a sentir la misma decepción que al despertar de su sueño: una cara demasiado anodina para una nuca tan sugerente.

D. contó a F. lo que había pasado, su asombro pero también su desencanto. 

--Es asombroso, sí, pero no entiendo tu decepción; los rasgos de su cara no pasan de ser detalles demasiado anodinos para un cuadro tan fascinante –le dijo F. 

 Ahora, cada mañana al abrir los ojos, D. contempla a Ida sentada de espaldas y se pregunta una y otra vez: 

–¿En qué piensas Ida?

Y se levanta a abrirle la ventana.