Susto (Dibujo de Halloween)
¡Solo para mayores de 4 años!
¡Gente miedosa abstenerse!
Hugo Campo Martín
¡Solo para mayores de 4 años!
¡Gente miedosa abstenerse!
Hugo Campo Martín
Cuento de Halloween
Por Nicolás Campo Martín
Érase una vez…
Una araña que vivía en el mundo, pero nadie lo sabía. Solo el diablo, que la quería matar con el tridente. Era Halloween y la araña salió a asustar a los niños...
Finalmente…
La araña se encontró cara a cara con el diablo, sacó su tridente pero no lo consiguió, antes de tiempo la araña le picó y le mató.
Volvemos a casa después de una tarde de juego en un terreno contiguo a la urbanización.
Es un sitio en el que uno se puede encontrar aún con ovejas pastando entre encinas y retama, pero también con tablones, ladrillos, alambres, trozos de tubería... ¡Valiosos tesoros para la construcción de una nave en la que surcar los mares del Sur!
A mi lado, en la luz inconfundible de un atardecer de Castilla, los dos piratas que me acaban de rescatar –a mí, la princesa– de miles de enemigos, están agotados y van arrastrando los pies por el camino polvoriento de vuelta a casa, en el que siguen afanándose las hormigas.
De repente, Nic se agacha para observar más de cerca la entrada de uno de los hormigueros, mientras Hugo huele, escéptico, un pedo de lobo. Por encima de esas dos cabecitas noto que revolotean unas preguntas y temo que mis conocimientos sobre hormigas y setas no estén a la altura.
–Abuela, ¿tú crees en Dios? –me pregunta Nic sin levantar siquiera la cabeza, mientras hurga con un palito en la entrada del hormiguero.
–Bufff... ¡Vaya preguntita! –le contesto– si existe, nadie le ha visto.
–¡Pues claro! –clama Hugo poniéndose de pie y encogiéndose de hombros– es como los pedos de lobo.
Nico me mira y me giña un ojo. Le contesto con otro guiño. Estamos de acuerdo. Dejaremos para más adelante esta conversación, para cuando Hugo sea mayor.
Suspiro aliviada, las hormigas también al vernos reemprender nuestro camino.
Verano 2011
Estoy harta. Ya llevo más de una semana con ese miembro peludo a cuestas y estética a parte, solo me ha traído problemas.
Mi novio dice que hasta que no recupere mi verdadero brazo no saldrá conmigo, que le da mucho corte y, aunque no lo quiera reconocer, creo que está celoso.
En el trabajo, murmuran a mis espaldas y tengo miedo de que me echen por acosadora, y eso que tengo mucho cuidado con sujetarme la mano pilosa en cuanto pasamos, ella y yo, demasiado cerca de Vanesa, la sexy de la oficina.
Luego llega la noche y ni siquiera puedo dormir en paz ya que –y perdónenme la expresión– tengo que vérmelas con un miembro pajillero a más no poder; tanto es así que termino atándolo a la mesita de noche. Si por mí fuera, lo denunciaría, pero me temo que la policía no entienda la gravedad de la situación.
Así es que ayer puse un anuncio en el periódico de –se busca brazo de mujer, urge– y ya me ha llamado alguien. Me contó que había encontrado una oreja macho en un parque y que al ver mi anuncio pensó que podría interesarme.
–Siempre será mejor que, a la hora del trueque, pueda usted recurrir al truco del dos por uno: un brazo y una oreja de hombre por una brazo de mujer –me dijo al preguntarle yo, en qué me podía interesar aquella oreja.
Quizá tenga razón. Y aquí estoy, con un brazo peludo y una oreja –tal vez sorda– en una cajita junto a mí. Además, no sé lo que me está pasando, noto unas tremendas ganas de ir a por un lienzo y de pintar unos girasoles.
En mi edificio todos los dormitorios están orientados hacia el oeste, lo que los convierte en auténticos hornos desde mayo hasta bien entrado octubre.
Por eso me encuentro hoy, a las tres de la mañana, en la terracita que da a un patio interior, intentando conciliar el sueño en una cama improvisada, al igual que lo están haciendo la mayoría de los demás vecinos.
Lo más molesto no son los ronquidos del de debajo, ni cualquier otro ruido propio de dormitorios, amplificado en el patio, verdadera caja de resonancia. No, lo que resulta molesto de verdad, es el hecho de ver cómo se te derrite un pie, una mano o una pierna entera, sin poder hacer nada para impedir que se te vaya colando por el desagüe de la terraza, para ir a parar al patio diez pisos más abajo.
Porque, aunque en mi edificio todos seamos de lo más educado y honrado, recuperar lo que es de cada uno de entre el amasijo de miembros amontonados –tras su resolidificación de madrugada– no resulta siempre fácil.
El otro día sin ir más lejos, llegué la última al reparto y me tuve que llevar el único brazo derecho que quedaba, mucho más largo y peludo que el que uso normalmente. En la oficina me miran mal. A ver si pillo al despistado –o pervertido– que anda por ahí presumiendo de brazo bonito.
Doña Gertrudis copiaba sus peinados de revistas viejas y se las veía y deseaba para poder lucir aquellas ondas y rizos de antaño.
Los sábados se ponía los rulos, mientras su marido veía la tele. Aquel sábado, el hombre estaba riéndose a carcajadas con los Hermanos Marx.
No entiendo como estas bobadas pueden hacerte tanta gracia.
Es humor absurdo, no hay nada que entender respondió él.
Será que lo absurdo no me va concluyó ella muy digna, con sus treinta rulos, como treinta pinchos morunos clavados en la cabeza.
¡A comer! dijo Ato desde la cocina.
¡Jo! protestó Nico.
¡Joooope! lloriqueó Hugo.
¡No nos hagáis repetir las cosas dos veces! amenacé.
Es que estábamos jugando muy bien a vaqueros contestó Hugo en un tono de ruegoquejarrabia. Además, aún no hemos...
Seguiréis después. Y ahora, ¡a lavaros las manos! ¡Vamos!...
Vaaale suspiró Nico abrumado ante tanta incomprensión adulta.
Y mirando a su hermanito añadió con voz persuasiva:
No te preocupes, luego terminamos el capítulo.
Verano 2011
El apartamento que habíamos alquilado estaba muy bien, salvo la cama supuestamente grande que Nic y Hugo debían compartir.
La única solución que se nos ocurrió, si queríamos poder dormir en relativa paz, era abrir el sofá cama del saloncito, pero eso sí, después de convencer a nuestros dos cabezotas de que dormir en un salón era como irse de acampada, de que eran unos Robinsones valientes a punto de vivir una gran aventura...
Y tan bien debimos de hacerlo que, mientras intentábamos forrar las esquinas oxidadas del armazón metálico del sofá cama, y buscábamos cojines para posibles caídas a medianoche, Nic se acercó a su hermano pequeño aún dubitativo sobre el asunto de la cama y le dijo, con la misma voz persuasiva que habíamos empleado unos minutos antes:
–¡Ya verás qué bien!... Si nos caemos, nos rasparemos un poco, pero luego, aterrizaremos en lo blandito.
Verano 2011
"Relleno folios por no vaciar el cargador delante del primero que se me presente... dadme tinta, un asesino anda suelto." ¿A qué esperáis?, ¿es que no me habéis oído? Necesito más munición y de buen calibre, tinta de la más densa y negra, palabras precisas, limpias, certeras. Pero, ¿qué me traéis aquí?, ¿palabras de fogueo?, ¿ inertes? ¿Acaso queréis mi muerte? ¡Traedme lo último en palabras vivas de gran alcance! ¿Estáis hartos de todo esto? ¡Cobardes que os llamáis tolerantes! ¡Desapareced de mi vista! ¡Seguid con vuestras palabras de juguete, de tiro al plato! Son de goma, me asustan y asquean. ¡Dejadme!... Siempre me quedarán palabras en la recámara, solo es cuestión de desenfundar el primero. (Relato presentado a Relatos en Cadena de la Ser)
—Este gordo ocupa mucho lugar, así es que, ¡fuera! Y estas muñecas también: ¡fuera la coja, la manca y la calva!
La niña sabe que Lupita, su cuidadora, tiene razón, no serviría de nada protestar.
—En la nueva casa, solo lo bonito y útil —había dicho su madre en tono cortante de hilo de bisturí, separando lo gangrenado de lo sano.
Llega el día. La niña echa una última mirada al contenedor donde se acumula todo lo desechado. Un pie calzado con zapatilla de cuadros sobresale de la tapa vencida. La niña reconoce la zapatilla; es la de la abuela.(Relato presentado a Relatos en Cadena de la Ser)
Ayer se nos olvidó bajar la persiana y no hay caminos de línea discontinua para echar a andar. Nos despertamos a la vez, tanta luz nos ciega, tanta anchura de autopista nos asusta.
-Buenos días -te digo mientras me abrocho el cinturón de seguridad.
-Buenos días -me dices mientras te pones el casco.
Con vista a presentar una compilación de sesenta relatos a un certamen, me he visto obligada a retirar dichos relatos de este blog. Siento que algunos meses anteriores al mes de abril 2011 hayan quedado muy "podados" :-)
Sea cual sea el resultado del certamen, las ramas cortadas volverán a aparecer de una manera o de otra. Un saludo para todos
Hoy te despertaste tú primero y ya te estás alejando por uno de los caminos de línea discontinua que dibuja el sol a través de las rendijas de la persiana.
Buenos días te digo.
Pero ya estás lejos, no me oyes o no te oigo. Escojo el mismo itinerario que el tuyo, corro para alcanzarte. Casi te puedo tocar el hombro cuando una nube apaga los caminos.
La luz que entra por las rendijas de la persiana va dibujando caminos de línea discontinua en la pared. Escojo uno y empiezo a andar.
-Buenos días me dices.
Tú optaste por seguir otro itinerario y tengo que levantar la cabeza para verte.
Hoy tampoco conseguiremos abrazarnos, pero podremos echarle la culpa al azar y al paralelismo
No sabía nada, y me empeñaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado (Stanisław Lem, Solaris). Vivía en un estado de angustia permanente y todo a mi alrededor, desde los detalles más insignificantes, se tornaban presagios de grandes males. ¿Cómo había empezado todo?... Yo no lo podía recordar pues remontaba al momento mismo de mi concepción, cuando mi madre sintió cómo una corriente eléctrica le recorría todo el cuerpo:
–Ya estoy preñada, dalo por hecho, será niña y de mayor solterona.
Mi pobre padre, con las piernas aún flojas por la corriente propia del momento, se permitió sugerirle que, lo que ella tomaba por premonición, no fuera tal vez más que la reacción normal de su organismo al placer.
–No sé de lo que me hablas –le contestó malhumorada recolocando los faldones de su camisón de franela, pero tú vete preparando, no tendrás un heredero varón, será niña, feúcha y se llamará Emma.
Criada entre misales por parte de la rama materna y libros de esoterismo por parte de la paterna, mi madre, niña mimada de familia acomodada, no careció de nada salvo de sentido común y, como de tal palo tal astilla…
–¡Qué rara eres Emma! Siempre buscándole tres pies al gato. Las cosas son como son, muchas, inexplicables, otras, imprevisibles, injustas, irremediables… Pero, ¡a vivir que son dos días! –me aconsejaban constantemente las pocas personas que aún me frecuentaban.
–Pero es que no os dais cuenta de que…
–No, la que no se da cuenta de nada eres tú. ¿Dónde está tu sentido común?
A esa pregunta no había podido responder nada. Si desde que tenía uso de razón utilizaba cinco sentidos, ¿de dónde salía aquel sexto sentido del que me hablaban?
Tenía que averiguarlo y hacerme con él de la manera que fuera.
Como habían tenido que pasar sesenta años para que tuviera noticias del sentido común, supuse que sería algo muy íntimo, situado en uno de esos lugares del cuerpo de los que las personas decentes no hablan. Tenía que actuar con la mayor discreción.
Don Rodolfo, vecino rico del quinto, viajaba a menudo a Paris de donde traía unas revistas. Una vez leídas, se las dejaba al portero y, por su manera de esconderlas cuando alguien le interrumpía en su lectura, deduje que podría tratarse de cosas íntimas. Decidí hacerme con una al menor descuido del hombre; y así hice.
Cuando llegue a casa el corazón me latía con fuerza; era el primer hurto de mi vida, estaba muy excitada. Me quité el abrigo, me puse los anteojos de ver de cerca y me senté a la mesa donde había dejado la revista.
Muy manoseada, se había abierto sola en una de las paginas cuyas esquinas marchitas indicaban frecuentes lecturas. Eran fotos de mujeres posando semi desnudas: unas de pie, otras sentadas en posturas muy incómodas, otras tumbadas sobre falsas alfombras persas o sofás de terciopelo. Sus lánguidos cuerpos de textura de masa de pan, de muñecas de trapo suave, parecían necesitar de los elásticos de los ligueros, del almidón de las enaguas y de las ballenas de los corsés, para poder mantenerse en aquellas poses de auténticas gimnastas.
Sentí que me ruborizaba, pero tenía que mirarlas detenidamente si quería dar con el sentido común de una de ellas o con un trocito por lo menos. Seguí con el dedo índice el contorno de sus manos, de sus ojos, de sus labios, orejas… no quería que se me escapara ningún detalle. Eran todas muy guapas y parecían sonreírme, pero escogí a una de ellas, a la más traviesa, para dejar que mi dedo llegase hasta los recuadros de piel que quedaban libres, entre los bordes de sus medias y el encaje de los elásticos de su liguero. Debí de hacerle cosquillas.
De repente, sentí como una corriente eléctrica me recorría todo el cuerpo. No podía ser más que una señal, la señal inequívoca de que, para mí, había terminado el tiempo de los milagros crueles y que empezaba el del sentido común.
-¡Jo!... ¿Y por qué yo no puedo ir a clases de cataclismo?
Se levantó de la cama de un salto y, con los ojos aún cerrados, entró en la ducha. Se colocó de espaldas a la puerta acristalada y al espejo mural y, sin esperar a que el agua saliera templada, sus manos pasaron del enjabonado al aclarado, luego, al secado, con el mismo automatismo con el que lo hacen los rodillos en un túnel de lavado. De nuevo en la habitación, colocó la ropa que se pondría en el respaldo de una silla: una camiseta negra, unos gayumbos a rayas grises y blancas, un vaquero y unos calcetines negros también.
Sin embargo, antes de vestirse, se acercó al radiador de su dormitorio para coger una venda. La víspera, la había lavado a mano y tendido, ya que de las dos que tenía esa era la más suave, y no iba a poner la lavadora cada noche solo para una cosa.
Después de haberla vuelto a enrollar con cuidado, levantó ligeramente los brazos y, como si de una nueva piel se tratara, envolvió sus pechos con la venda hasta borrarlos. Eran unos pechos grandes, pero marchitos, que contrastaban sobremanera en un cuerpo tan musculoso, esculpido a base de horas de gimnasio.
Procedió al vendaje de sus senos con cuidado y en silencio, lo que daba a la escena dos enfoques muy diferentes. Por un lado, recordaba la parsimonia del mozo de espadas vistiendo al torero y, por el otro, la seriedad del embalsamador en pleno proceso de momificación.
Cuando hubo comprobado que podía respirar sin demasiada dificultad (contaba con que la venda iría aflojándose un poco a lo largo del día), se vistió y se dirigió hacía el baño para mirarse al espejo... ahora sí, podía hacerlo, se reconocía y, dentro de unos meses, después de la operación, seguro que todo sería más sencillo. Ese pensamiento hizo que María se sonriera en el espejo, que sonriera a Iván –así es cómo se llamaría en cuestión de nada–.
Volvió hacia el dormitorio a por su cazadora. No le daba tiempo a hacer la cama que, con su voluminoso edredón rojo medio salido de la funda, le hizo pensar en una mujer recién parida, por fin liberada de la placenta.
– ¡Qué cosas se me ocurren! –pensó mientras se dirigía hasta la cocina para tomar un vaso de leche con su dosis diaria de testosterona.
En alguna parte de la casa sonaba su móvil, pero no se molestó en buscarlo. Llevaba unos meses lejos de los suyos, aún era demasiado pronto para que entendieran.
12/08/11
Hace poco he visto a Iván. A pesar del dolor que le suponía todavía realizar el menor movimiento, me quiso enseñar las dos cicatrices que, como dos enormes sonrisas, luce su tórax.
¡Hasta siempre María! ¡Bienvenido Iván!
No recuerdo cómo habían llegado a mis manos aquellas dos invitaciones para la representación de Don Giovanni de Mozart. Lo que sí recuerdo perfectamente, es que era la primera vez que Luis y yo íbamos a asistir a una ópera en directo, sentados en un sitio inmejorable desde el que se dominaba el foso de la orquesta.
Llegamos puntuales y por sentirnos algo fuera de ambiente, permanecimos en silencio, atentos a hebras de conversaciones que nos llegaban entre carraspeos, salutaciones y risitas.
–A ver qué tal esta soprano –murmuraba dubitativa mi vecina de butaca a su acompañante, mientras, justo detrás, otro asistente levantaba la voz, lo suficiente para que buena parte de los allí presentes supiéramos que, el año anterior, había tenido la suerte de disfrutar de un Don Giovanni inigualable en la Ópera de Viena y que....
Pero ya hacían su entrada los músicos. Era una orquesta joven y el color negro de sus trajes revistió su entrada de la solemnidad esperada. Sin embargo, desde nuestro balcón preferencial, unos cuantos detalles iban cambiando esa primera sensación de solemnidad por otras que, como buenos provincianos acomplejados que éramos, achacamos enseguida a que eso no era ni Milán, ni Barcelona.
–¿Has visto el chico del violín a la derecha? lleva unos playeros... y esta otra, la de la flauta con tanto escote... se le ve el tirante blanco del sujetador.
–Ya, y menos mal que los playeros son negros. Pero, ¿te has fijado en el pelirrojo? no sé si se está concentrando o se ha dormido, parece que está de resaca.
Mientras los músicos iban afinando sus instrumentos, nosotros íbamos afilando nuestro escepticismo en cuanto a la calidad de lo que habíamos venido a ver; ya no éramos sólo unos perfectos ignorantes –en cuanto a opera y a muchas otras cosas más– éramos también unos perfectos gilipollas.
A la derecha del foso nos fijamos en un músico en especial; con cara de despistado parecía haberse equivocado de sitio. Desgarbado, tenía un aspecto de flauta pero, cosa curiosa, lo suyo era la percusión. Durante toda la ópera, estaríamos pendientes de la minuciosidad casi tierna con la que cuidaba del parche de su timbal – llegando a utilizar un atomizador para humidificarlo– para conseguir la nota perfecta.
La representación empezaba y, al estar tan cerca de la escena, me di cuenta en seguida de que iba a tener serios problemas de cervicales si quería alcanzar a ver la traducción al castellano del texto de la obra, proyectada a unos seis metros del suelo, justo por encima del bando con ondas de la cortina del escenario. Le eché una mirada a Luis quien, al igual que yo, había renunciado a leer y, sorprendentemente, a quejarse. A la señal de la batuta del director de orquesta, habían empezado a sonar las primeras notas y, durante los siguientes ciento cincuenta minutos, creo poder asegurar que fuimos un poco menos gilipollas, un poco mejores personas.
En el coche de vuelta a casa permanecimos en silencio, un silencio libre de absurdos complejos, un silencio apacible. Cenamos lo primero que encontramos en el frigorífico, poca cosa, como cuando el «qué cenar» no era más que una cuestión secundaria en nuestras vida, y nos fuimos a la cama tarareando los últimos compases de Don Giovanni; tal vez fue gracias a eso que durante unas horas más seguimos siendo un poco menos gilipollas y mejores amantes.
Para él me hice timbal, y, para mí, él se hizo músico. Acercó su oído a mis labios para oírme vibrar, me acarició con la palma de su mano para tensar mi piel, me humedeció para afinar todo mi cuerpo, y me acompañó hasta conseguir la nota perfecta sin falta de partitura.
Sur le bord de mes larmes
je me suis assise.
Sur l’aute rive
je t’ai vu choisir un galet,
le plus lisse,
le plus doux,
et,
sur ma peine,
jouer à faire
des ricochets.
Al borde del llanto
me quedé sentada.
Desde la otra orilla
te vi coger un guijarro,
el más plano,
el más liso,
y con él,
al hacer ranas
en mi pena
jugaste.
Era una buena excusa para seguir vivo, lo sabía, pero no recordaba dónde la había puesto. Sin embargo, aquel día al abrir los ojos, supo que la necesitaría para encontrar la fuerza de levantarse; un café bien cargado y la perspectiva de un buen partido con los amigos por la noche no iba a ser suficiente.
Buscó por todo la casa como quien busca un par de calcetines: en los cajones, en el cesto de la ropa sucia, debajo de la cama...
Cuando por fin dio con la excusa perdida metida entre los cojines del sofá, la atrapó con el ansia del náufrago, olvidándose de que todas ellas son tan escurridizas como pastillas de jabón. Por la ventana abierta se fue la excusa y él tras ella.