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dominiquevernay

Mi imaginación

Mi imaginación

Mi imaginación es como una vieja con el pelo peinado de peluquería, impecable por delante y con la marca de la almohada por atrás. Mira impaciente a que avance la cola en la caja del super de su barrio, su viejo monedero de céntimos en una mano y, en la otra, el de escay bueno, el de los euros.Tal vez la deje a remojo unas cuantas horas y la ponga a secar colgada por la hermosa melena que nunca tuvo, de la rama de un árbol que nunca existió.
(Escrito en domingo para los Viernes Creativos de Fernando Vicente, foto de Mike Dempsey)

Formas

Formas

Al poco de la muerte de mis padres, mi hermana y yo decidimos vender el piso; vagar por aquellos noventa metros cuadrados huérfanos era demasiado doloroso, como para no querer deshacerse de él lo antes posible. Sentadas a la mesa del comedor, solo nos quedaba escoger lo que cada una conservaría del mobiliario.
Enseguida nos pusimos de acuerdo —mi hermana y yo tenemos gustos muy diferentes—, ella se llevaría la mesa de castaño macizo (a la que estábamos sentadas); yo prefiero los muebles ligeros que no tienen la pretensión de durar más que yo. 
—Pero, si no te importa, déjame el hule. 
Mi hermana me miró sorprendida y se rió.
—¿Este hule tan horrible? —preguntó a la vez que pasaba la mano unas cuantas veces sobre sus dibujos caleidoscópicos—; además está agrietado.
Me disponía a recordarle que aquí sobre este hule habíamos hecho los deberes durante años, a la vez que jugábamos a encontrar formas entre tanta geometría; que primero habían sido flores, luego, cuando de la multiplicación pasamos a la división, corazones, luego, labios, y que un día, mientras nos adentrábamos en el mundo de las raíces cuadradas, una de las dos había visto algo que solo se podía nombrar en voz baja; todo esto me hubiese gustado recordarle a mi hermana, pero ya se había puesto de pie y se iba. (Escrito para los Viernes Creativos de Fernando Vicente)

Ruinas

Ruinas

RUINAS

—¿Abuelo, te estamos esperando, ¿por qué no vienes?

—No, no puedo acompañaros, tengo mucho que hacer aún.

—Pero, abuelo, qué tienes que hacer? Recuerda, hoy estamos a veintinueve de enero y cumples años; vamos a celebrarlo todos juntos.

—No, tengo que encontrarla primero, ella me está esperando y cuando la encuentre iremos juntos.

—Abuelo, ¿y si ahora vienes conmigo y luego te ayudo a buscarla?

El abuelo mira con sorpresa a su nieto que ya ha aprendido la táctica de sus mayores para con él; «es mejor seguirle la corriente», le han dicho.

—No, hijo, tú no puedes ayudarme, nadie más que yo la puede encontrar entre tanto desorden —murmura, antes de dejarse caer de nuevo en su sillón, con la mirada fija en el suelo impoluto de la habitación trecientos veinte.

( Escrito para los Viernes Creativos de Fernando Vicente, fotografía de Arthur Tress)

Salvación numérica

Las besa con suma conciencia para no equivocarse, dos veces en cada mejilla. Luego, ocho pasos para ir hasta el baño, diez pasadas de cepillo en los dientes de arriba, y otros diez abajo, para un pis, dos descargas de cisterna...

—¿Qué haces que tardas tanto? 
—Ya voy, pero no hables tan alto que despiertas a las niñas.
—Ven aquí, más cerca, estás helada.
Ahora cuenta sus besos y caricias con suma conciencia, pero no lo puede evitar, pierde la cuenta.
—¿Te ha gustado? 
—Sí —contesta, mientras empieza a parpadear en la oscuridad para intentar vencer la angustia.(Escrito para REC)

A mano

A mano

En nuestra casa, cosa perdida, cosa que aparece al poco encima del piano. Es un piano que debió de brotar en medio del salón, porque nadie recuerda de dónde salió, ni siquiera la abuela, y eso que es tan vieja como la casa. Estorba (el piano) cuando hay que abrir la mesa grande, pero a nadie se le ocurrió nunca deshacerse del puñetero armatoste porque, ¿dónde si no íbamos a recuperar lo perdido?... Esta mañana, sin ir más lejos, no vean lo contento que se ha puesto mi padre; acababa de perder una mano por ponerla en el fuego por no sé quién, y va mi madre y le dice que si ha mirado bien encima del piano; y efectivamente, ahí estaba, tan fresca, tan guapísima, ¡tanto!, que mi hermana Puri -que se ha apuntado a un taller de arte floral- ya se la había apropiado «para realzar la belleza de mi composición», dijo. A mí, personalmente, lo único que me molesta del piano ese son sus teclas bailonas, que suelen moverse sin ton ni son justo cuando me siento a ver la tele.(Escrito para Viernes Creativo de Fernando Vicente, foto de B.Burton)

Likes

Likes

—Memedó, ¿por qué no tienes nuevas historias sobre nosotros en Facebook?
—Porque ya sois mayores y...
—¿Y ya no somos ocurrentes?...
Me río con ganas y le achucho.
—Claro que seguís siendo ocurrentes, simpáticos, divertidos...
A cada adjetivo que añado, añado también unas cuantas cosquillas.
Pero Hugo no se queda conforme, no le basta ya un beso para curar una herida, ni unos cuantos mimos para quedar seguro de que les quiero igual que antes, igual que cuando contaba cosas suyas en internet.
—Mira, Hugo, lo que pasa es que ahora empezáis a ver las cosas como las ven los mayores y...
—¿Y eso es malo?
—Claro que no, al contrario, es bueno, pero...
—Pero si lo contases, ¿a que no tendrías tantos "likes"?...

Somníferos

Somníferos

Vuelven a dejarlos debajo de sus camas en un hueco de la pared. Cada día los cuentan y añaden dos.
—Seis más y será suficiente —dice la mujer, mientras deja la bata en una silla y se acuesta. 
Él ya está tumbado, la cabeza ladeada hacia la puerta. Ahora, y durante siete horas, solo les hace falta fingir que duermen, luego, fingirán vivir. 
—¿Te acuerdas? —murmura él después del paso de la enfermera de noche—, ¿te acuerdas de cuando vivíamos en aquel semisótano?... Solo veíamos las piernas de los que pasaban delante de la ventana. Di, ¿te acuerdas?

Esperando a Mario

Esperando a Mario

   —¡Qué guapa te has puesto, Renata!

            Renata no contesta. Está de espaldas a la puerta, asomada a un espejo —que sujeta en la mano derecha— como si fuese a una ventana.

            —¡Renata!, ¿me oyes? Soy Ramón, tu terapeuta.

            —Sí, ya te he oído entrar, pero ahora mismo no podré atenderte.

            —¿Tienes un nueva actividad de la que yo no haya sido informado? —dice Ramón algo contrariado.

            —No, no tengo nada que hacer aparte de esperar a que llegue Mario.

            —¿Mario?... ¿Pero qué tontería estás diciendo? ¿No querrás quedarte aquí toda la vida? —la amenaza Ramón a la vez que la coge por los hombros y la sacude como quien sacude una hucha en busca de un «clin clin» esperanzador.

            —No, no me voy a quedar, hoy mismo me iré con Mario, ¡mira, mira, está subiendo las escaleras! —le dice Renata acercándole el espejo.

            Ramón suspira, lo aparta y lo deja encima de la cama. Luego saca de su bolsillo la llave maestra de todas las ventanas del edificio, y abre de par en par la de la habitación de Renata.

            —Ves, Renata, esto es la calle y por más que miro no veo a Mario. Tu hermano ya no está, no vendrá nunca a buscarte, y si no te empeñas en confundir los espejos con las ventanas tal vez un día puedas salir de aquí y....

            Renata se tapa los oídos. Luego, se abalanza sobre Ramón que cae, que cae, que cae...

            La joven vuelve a cerrar la ventana, se sienta en la cama y se asoma de nuevo al espejo.

            —Cuánto tardas —murmura. 

(Escrito para Viernes Creativo de Fernando Vicente, foto de Bill Domonkos)

 

Del 65

Del 65

—¿Y cómo es que nunca cambiaron el bombín? —pregunta.

Estamos solos, afuera en el jardín. Tiene los puños apretados en los bolsillos y la vista fija en una curva de la carretera. Repite la pregunta.

—No sé si lo hicieron o no —le contesto—, puedo comprobarlo, guardo todas las facturas, pero no creo que ahora sirva de... 

Me interrumpe con una carcajada o, tal vez, con un llanto.

—Cierto —dice— tú y tus putas manías: conservarlo todo, no tirar nada..., y vas y le regalas una Derbi podrida a un chaval de dieciséis años, a tu nieto, a mi hijo.

Ahora llora a carcajadas.

(Escrito para REC)

Con olor a fresa

Con olor a fresa

—El puñetero ojo de la cerradura otra vez taponado con chicle, ¡como coja al sinvergüenza! —dice Mauricio, el conserje.

—Siento molestarle —musita Adelaida.

—No es ninguna molestia, pero aún así, cuando lo atrape... —recalca el hombre que ya se incorpora, saca un trapo del bolsillo de su peto y lo hace una bola que se va pasando de una mano a otra, como un verdadero mecánico de taller de motos. Adelaida se deja atrapar unos segundos en ese vaivén de bíceps, luego le invita, como cada vez, a una copita de coñac; lo tiene ahí, bien guardado, junto a unos cuantos chicles de fresa.

(Escrito para REC)

Mala señal

Mala señal

 Cuando por la mala señal, que casi siempre había en casa, el vecino del cuarto venía a echar una mano a mi madre para resintonizarlo todo, ella nos mandaba ir a nuestro cuarto para que no molestásemos a “ese señor tan amable”, cuya ayuda le venía “como anillo al dedo”.

(Escrito para Viernes Creativo de Fernando Vicente y fotografía de Elena Helfretch)

Abolladura

«¡Cuánta fuerza y qué poca puntería!», dice con una mueca simulando desdén. El chico no contesta y sigue tirando piedras hacia el poste «prohibido bañarse» clavado en la otra orilla del río. «Y no me esperes mañana, ni mañana ni ningún otro día», añade Alicia mientras se levanta y se sacude hierbajos del vestido y de la melena. El chico permanece callado. No la mira marcharse. En la senda de vuelta al pueblo Alicia camina de prisa. De repente, en el silencio acolchado de la tarde de verano, el golpe seco de una piedra contra un poste. Nadie lo ha oído.

(Texto con el que llegué a finalista de REC)

Adelaida

Adelaida

Nunca nadie había podido entrar en su «santuario», así llamaba él a la habitación más espaciosa de la casa, pero también, es cierto, la más oscura y fría. A la muerte de su mujer, lamentable contratiempo que le mantuvo ocupado más de dos días, decidió contratar a una doncella que hiciera lo que su abnegada Agnes había sabido hacer con tanta discreción durante treinta años. Antes de dar con la sustituta ideal tuvo que despedir a varias: unas por vagas, otras por descaradas, pero cuando por primera vez abrió la puerta a Adelaida supo que no tendría que buscar más. Tenía una mirada de halcón, una mirada tan penetrante como la de la pieza más hermosa de su colección de animales disecados. A partir de entonces dejó la puerta de su santuario abierta, y cada tarde al anochecer pedía a Adelaida que le ayudase en sus menesteres de taxidermista. Adelaida se sentaba a su lado y le iba pasando tijeras, pinzas u ojos, según él se lo iba pidiendo. El hombre no se distraía ni un segundo, salvo para mirarla chupetear los ojos blandos para peces. (Escrito para los Viernes Creativos de Fernando Vicente, fotografía de Albert Shommer)

Orgánico

Orgánico

Al abrir el contenedor, se dio cuenta de que estaba empezando a olvidar el nombre de las cosas. Al atardecer, justo antes de que vinieran a darle la pastilla de los sueños en blanco, y después de liberarse de las ataduras de la otra, de la roja que le tenía postrado gran parte del día, le gustaba levantar la tapa de aquel contenedor y hurgar en él un rato, nombrando una a una cada persona y cosa que de allí sacaba. 

 —Adela, fresa, mar... 

Las palabras quedaban prendidas unos segundos de sus labios bembones, luego iban a morir en las comisuras de su boca, convertidas en una pasta blanca y reseca. (Escrito para REC)

 

Bienvenido a casa, hermano

Bienvenido a casa, hermano

El bate ,«¡Eso bate!», se le resbalaba de las manos pringosas de boñiga de vaca. Después de haberlo dejado en su sitio, se acercó a la repisa de los trofeos, despacio; sus andares de cojo en el viejo suelo de madera podían delatar su presencia en el dormitorio.«¡Eso copa, copa de Scott!», se exclamó de nuevo salpicándolo todo de perdigones. «¡Eso mear, mear en la copa!», repitió compulsivamente mientras se desabrochaba la bragueta del peto. Abajo, Brenda se afanaba en la cocina, solo faltaba una hora para la llegada de «su»Scott y el pudding sin hacer, y Ben que no le traía los huevos del corral, y ella que se preguntaba, ¿dónde se habrá metido ese cretino? (Escrito para REC)

Canfranc en Asturias

Vuelvo de Canfranc siguiendo la prosa de Rosario Raro, que ha conseguido en todo momento un equilibrio perfecto entre ficción y realidad. La novela «engancha», es cierto, pero sobre todo conmueve, porque puestos con mucha maestría a lo largo de todo el libro, están esos datos reales de una época que Rosario nos quiere contar de otra manera, poniendo nombres y caras a hombres y mujeres que no podían quedar en el olvido. Al cerrar el libro me prometo viajar a Canfranc, y como dice Jana en un momento de la novela, «solo una palabra más y por eso elijo la mejor: gracias, Rosario».

A la manera de Gerhard Ritcher

A la manera de Gerhard Ritcher

Llevo varias horas sentada al ordenador, estoy cansada. 
—Voy a pasear, ¿me acompañas? —le propongo a F.
Le miro mientras da los últimos toques a una marina. Pespuntea de blanco el borde de una ola; el pincel firme en su mano capaz de hacer y deshacer tempestades. Le envidio. De repente, barre de una sola pasada de espátula el cuadro aún fresco y se aleja del caballete para mirar el resultado de lo que, para mí, ha sido un arrebato de insensatez. Inmóvil, con la espátula en la mano ligeramente alzada y los ojos entreabiertos, observa el lienzo; parece un espadachín calculando el sitio exacto para una última estocada.
—¿Por qué lo has hecho?
—¿El qué? 
—Pues, emborronarlo todo después de tantas horas de trabajo. Está todo borroso, desenfocado. 
Apenas si me escucha. Se acerca de nuevo al caballete, deja la espátula y aplica nuevas pinceladas precisas sobre lo que se dispone a «recomponer», me explica, «y a descomponer de nuevo», y esto hasta dar con una idea, un sentimiento.
Suspiro. Pasearé sola.
Ya fuera, y sin proponérmelo, he llegado hasta la Peñona. Observo el mar. Al cabo de unos minutos el viento que sopla racheado me obliga a entrecerrar los ojos y a agarrarme a la barandilla del mirador. El viento, como la espátula en la mano de F. Descomponer, recomponer, sentir.

(Óleo sobre lienzo de F.C)

El perro verde

El perro verde

Esta mañana en el portal me cruce con el vecino del octavo. Es nuevo. No se sabe nada de él. 
—Es más raro que un perro verde —comenta doña Gertrudis cada vez que puede, o sea, un día sí y al otro también. 
No gusta en mi edificio que llegue gente nueva. 
— ¿A que no invitas a cualquiera a tu mesa? —pregunta mi vecina cuando le digo que no parece mala persona—, pues eso, ¿o acaso te gustan los perros verdes?
No siempre la sigo en sus razonamientos.
A mí, en principio, no me gustan los perros, así es que no creo que me molestase mucho que apareciera uno verde por el parque. A los normales, a los marrones, porque así los veo todos, me cuesta entenderlos.
—¡Es la alegría de la casa, no hay un solo día que no se despierte de buen humor!—me decía ayer un señor que se pasa los días en el parque con su chucho.
Intenté visualizar al perro levantándose sonriente de su cesto y quitándose el batín antes de meterse en la ducha, pero no lo conseguí. Era un perro corriente: movía el rabo, metía el hocico en cada porquería que encontraba, ladraba al pasar junto a otro perro y le olía el trasero.
—¡Cómo saluda a sus amiguitos! —se emocionaba el hombre. 
Visto así, no se puede negar que fuese educado, ¡y mucho!
Pero volviendo al perro verde del octavo, sí que se parece algo al can del parque, porque saludar, lo que se dice saludar, nunca deja de hacerlo.
—¿Y tú llamas saludar a enarcar una ceja? —me preguntó doña Gertrudis que empezaba a pensar que aquel olor a «pis» de la escalera, algo tendría que ver con la llegada del perro verde a nuestra comunidad.
No siempre la sigo en sus razonamientos.

Banalidades

Esta mañana, de banalidades en banalidades (me encanta esta palabra, es como un eructo después de un buen trago de gaseosa) Doña Gertrudis me comentó que, a menudo, tenía que pararles los pies a hombres que querían propasarse con ella.
—Yo, que recuerde, nunca —le dije.
—Será que no tienes lo que hay que tener —me contestó.
No sé lo que quiso decir.