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Canibalismo o el grito de los sueños muertos

Canibalismo o el grito de los sueños muertos

—Tomás, ¿cuántas veces tendré que repetirte que no me dejes sueños tirados por el suelo? —le reprochaba Balbina después de treinta años de vida en común. 
Al principio ella se mostró paciente y quiso enseñarle a doblarlos como lo había visto hacer a su madre. 
—Se coge dos del mismo color —le explicó—, y los pones así, uno encima del otro y apuntando hacia un mismo lado. 
—No, así no —protestaba cuando Tomás no conseguía que coincidieran a la perfección—, deja que lo haga yo. ¿Ves?, estiras un poco más éste que ha encogido y algo menos éste otro que está dado de sí, ¿ves qué bien?... Y una vez superpuestos los doblas por la mitad y... ¡hop!, los unes así, uno de los dos comiéndose al otro.
Tomás había intentado sonreírse de la ocurrencia de su mujer, pero la imagen que le vino a la mente fue la de su padre dándole la vuelta a la cabeza de un pulpo recién sacado del agua.
—Mira, chico, como si fuera un calcetín, es el mejor sistema, ven que te enseñe.
—¿Y no le va a doler, papá?
— ¿Acaso lo oyes gritar?

Encuentro en el portal

Encuentro en el portal

—«El saber no ocupa lugar», me dijo Gertrudis esta misma mañana cuando nos cruzamos en el portal. Desde que sabe utilizar el feisbu de su nieta va de listilla. Dice que es como una red que atrapa informaciones de cosas que pasan por el mundo.
—Yo también me entero de cosas —le dije— y no tengo ningún feisbu. 
—¡Seguro? —me contestó con una mueca de aquí alguien se ha tirado un pedo—. ¿Y cómo lo haces?
—«En boca cerrada no entran moscas» —le contesté yo; y seguí mi camino. 
A mí, me basta con abrir la ventana de la cocina que da al patio interior, para oír los jadeos de su Rogelio con la vecina del quinto. ¡Con la de cuerdas de tendederos que hay en ese patio, menuda red tengo yo!

A patchwork

A patchwork

Hoy vino mi tía Marta a comer a casa y me trajo un libro que cuenta la vida de una niña muy especial que se llama Matilda. Mi tía dijo que yo también era una niña especial, pero a mi madre no le gustó y le recordó que lo mejor era ser normal.

—Y si no, mira lo que nos pasó —murmuró.
Tía Marta iba a contestarle algo, pero al verme a su lado hizo como los peces cuando abren la boca y que parece que van a hablar y luego no dicen nada; después dijo que tenía prisa y se fue.
Hace un rato mamá vino a arroparme. Antes de retirar la colcha de la cama —esa tan bonita que tía Marta y ella confeccionaron en un verano hace mucho tiempo— pasó su mano por la tela como si quisiera acariciar al gatito, recolocar los libros de las estanterías y enderezar el cuadro.
—¿Qué pasa, mamá, si una es especial? —le pregunté.
Pero ella no contestó y se puso igual de triste que tía Marta al marcharse. 

(Escrito para los Viernes Creativos de Fernando Vicente, ilustración de Puuung)

En el país del agua

En el país del agua

En el país del agua

            —No, no podemos mirar por la cerradura, eso no estaría bien, ya sabes que mamá nos lo prohíbe —murmura la pequeña. Luego, imitando la voz aflautada de su madre—, y nada de mirar por la cerradura, ya os digo yo cuando podéis salir. Bueno, ella solo me habla a mí —precisa ahora con voz normal—, porque cree que como eres tan pequeña no la puedes oír. ¡Vaya bobada!, ¿no?

            La muñeca no contesta nada, o tal vez sí. Ahora, en la oscuridad y el calor pegajoso de la despensa Lina continua hablando.

            —¿Sabes que iremos a un país donde el agua llega hasta dentro de las casas y sale por un pico de pájaro plateado? Y por eso tenemos que obedecer, para que mamá pueda preparar el viaje con el señor que dijo que la ayudaría. ¿Lo entiendes?

            La muñeca no entiende nada, o tal vez sí. Ahora, en la inmensa soledad de la diminuta despensa Lina acuesta a la muñeca en su cunita de trapos, y se acerca a la puerta para pegar un ojo contra la cerradura.

            —Vale, vale, no te pongas a llorar, voy a mirar y te digo, pero solo un poco. Ya sabes que no puedes llorar ni hacer ruido, que si el señor bueno, que nos ayudará a ir al país del agua, nos descubre, se enfadará mucho y ya no será amigo de mamá. ¿Te das cuenta?

            La muñeca no se da cuenta de nada, o tal vez sí.

            —No puedo ver mucho, sabes, solo veo la ropa de mamá tirada en el suelo. ¿Y sabes otra cosa?... en el país del agua mamá y nosotras, cuando seamos mayores, podremos salir a la calle y sentir el aire por todo nuestro cuerpo. Será divertido, ¿verdad?

            Lina deja de mirar por la cerradura y vuelve a coger en brazos a la muñeca.

            —Anda, mi niñita —dice abrazándola—, no llores, no llores... será divertido, ya verás.

            Entre las pestañas de nylon de la muñeca brillan lágrimas plateadas.

Velada a cinco manos

Salió, sigilosa, a estirar las piernas. El salón se había quedado desierto, pero Matilde trajinaba aún en la cocina. Elisa esperaría un poco más escondida debajo de la mesa, luego subiría a acostarse y se dormiría intentando descifra aquel extraño baile de manos que acaba de presenciar: don Juan, el notario, acariciando los muslos de su madre con la mano izquierda, su padre, pellizcando las posaderas de Matilde ora con una, ora con la otra, y tía Sole retirando a dos manos la derecha de don Abel, el párroco, empeñado en intercambiar atrevidos sobaos por ricos toqueteos.(Escrito para REC)

Mi padre

Mi padre

Mi padre

Como cada sábado voy de la mano de mi padre hasta la biblioteca del pueblo. Situada en el bajo de un edificio del siglo XVI se llega a ella por un portón de madera labrada; pesa mucho y al empujarlo, cuando es verano y que mi padre lleva la camisa remangada, puedo ver cómo se mueve la serpiente que adorna el bíceps de su brazo derecho.

            Una vez dentro nos acercamos a un mostrador, alto y de madera labrada también, hacia el que mi padre murmura unos buenos días que le son respondidos por la señorita Lisa, la bibliotecaria, una mujer bajita, regordeta y afable, apenas visible tras aquel mastodonte de roble macizo. Mientras los dos bisbisean unas cuantas obviedades sobre el tiempo y demás asuntos aburridos de mayores, yo me pongo de puntillas para ver a la señorita Lisa, de repente sofocada, apuntar —con una caligrafía barroca en la que las mayúsculas, elegantes y traviesas, muestran una anatomía de lo más sensual, con sus trazos finos de tinta negra en las subidas y gruesos en las bajadas, como costuras de medias de nylon—, veo, como les decía, a la señorita Lisa apuntar la fecha y la hora de la devolución de los libros, que mi padre ha depositado encima del mostrador.

            Ahora, me quedaría hablaros del olor inconfundible de aquel lugar mágico, una extraña mezcla de olor a papel, a cera de abeja y a incienso. Tendría también que describiros las manos de mi padre acariciando con suavidad los lomos de los libros, sabiamente ordenados por la señorita Lisa que no nos quita ojo, hasta dar con los ejemplares que se llevará a casa.

            Pero eso lo haría si, de verdad, hubiese habido una biblioteca en mi pueblo, si mi padre me hubiese llevado de la mano cada sábado por sus calles, y si en el bíceps de su brazo derecho y en los sueños de una Lisa hubiese dormido una serpiente.

            Sin embargo, lo que sí recuerdo, es que durante muchos años pude ver y oír a mi padre leer en voz alta un extraño libro, siempre el mismo, cuyo título era: « Apprendre l’espagnol en quelques leçons»*. Cada verano íbamos a veranear a España y quería poder defenderse. Lo consiguió y no solo pudo defenderse, sino que también pudo hacerse muchos amigos en este país que fue, antes de ser mi segunda patria, el país de todas mis vacaciones.

            Nota: Mi padre fue un gran gimnasta y un gran entrenador, y tenía unos bíceps marcados por unas venas que se le hinchaban cuando me abrazaba.

*Aprender el español en unas cuantas lecciones

Mon père

         Comme chaque samedi j'accompagne mon père à la bibliothèque municipale, ma main dans la sienne. Située au rez-de-chaussée d'un viel édifice du XVI ème siècle, on y entre par un portail en bois massif, lourd; quand c'est l´été et que mon père a retroussé les manches de sa chemise, je peux voir tressaillir le serpent qui se pavoise sur son biceps droit.

         Une fois à l'intérieur, nous avançons en direction à un haut comptoir vers lequel mon père murmure un « b'jour, mad´zelle», qui lui est répondu par la gentille et petite Melle Lise, à peine visible derrière le mastodonte en chêne massif. Alors qu'ils échangent quelques banalités d'adultes je me mets sur la pointe des pieds pour voir la bibliothécaire , soudain empourprée, écrire —avec une caligraphie barroque aux majuscules élégantes et aux pleins et déliés quelque peu sensuels, comme des coutures de bas noirs en nylon— pour voir, comme je vous le disais, Melle Lise écrire la date et l'heure du retour des livres que mon père a posés sur le comptoir.

         Maintenant il me resterait à vous parler de la bonne odeur de cire d'abeille, d'encre et de papier qui parfume ce temple, à vous décrire les mains de mon père caressant le dos des livres sagement rangés par Melle Lise —qui ne le perd pas des yeux— pour en choisir un ou deux à emporter. Mais ça je le ferais si, pour de vrai, il y avait eu une bibliothèque dans ma petite ville, si tous les samedis mon père et moi nous avions marché main dans la main dans ses rues, et si sur son biceps droit et dans les rêves d'une Lise s'y était caché un serpent endormi.

         Cependant, ce dont je me souviens c'est de mon père lisant, à voix haute très souvent, un livre, toujours le même: «Apprendre l' espagnol en quelques leçons». Chaque été nous allions passer nos vacances sur la Costa Brava, en Espagne, et mon père voulait pouvoir se défendre. Non seulement il y arriva, mais il se fit de nombreux amis dans ce pays qui fut, avant d´être ma seconde patrie, le pays de toutes mes vacances.

         Mon père a été un grand gymnaste, un grand entraîneur, et lorqu'il me prenait dans ses bras les veines de ses biceps se réveillaient.  

Simagrées

Simagrées

À part un gars que l’on appelait Négus, à cause de sa peau basanée qui lui donnait un aspect d’ étanger malgré ses origines bien chazelloises, les autres étrangers, les vrais, c’étaient les gens de la campagne, ceux qui vivaient hors du périmètre compris entre les panneaux d’entrée et de sortie de la ville. Et pendant des années, mes soeurs et moi-même, des fillettes «de la ville», vîmes comme un mauvais tour joué par le destin que de naître tant soit peu en avant ou en arrière des dits panneaux.

            Toutes les semaines à l’heure de la grand-messe, ces paysans  arrivaient «en ville» les joues rouges, le bord des oreilles vermeil et gercé, empruntés dans leurs vêtements du dimanche. Le fond de l’église semblait leur être réservé et ma mère insistait pour que nous arrivions à l’heure, mes soeurs et moi, pour monter aux premiers rangs d’où semblait s’élever les oraisons les plus senties. Du fond n’arrivait qu’un bourdonnement de Pater Noster, d’ Ave Maria et de Credo In Unum Deum qui se traînait sur les dalles froides de l’église jusqu’à l’autel, et pendant longtemps nous ne mîmes pas en doute la logique de ma mère:

            —Comment voulez-vous que Dieu nous entende et nous exauce si nous ne prenons pas la peine de lui parler clair et haut?

            Elle savait très bien comment nous convaincre et pendant quelques années le ciel dut se remplir de nos «Gloria In Excelsis Deo» chantés à plein poumons.

            Mais la logique des mères s’effiloche au fur et à mesure qu’elles doivent rallonger les jupes et les pantalons de leurs enfants, et il en fut de même pour celle de la nôtre.

            Mis à part «nous», le Négus, et les paysans, il y avait aussi les ouvriers des usines de chapeaux —qui fonctionnaient à plein rendement à cette époque— mais leur place à eux dans l’église n’ était pas aussi définie. Certains même n’en avaient pas pas, n’en voulaient pas, mais ça c’était un péché mortel. Mes soeurs et moi enviions les premiers, ceux qui osaient même monter aux tribunes pour tout voir de haut. Nous aurions aimé pouvoir changer de rang, de perspective, nous éloigner un peu de notre mère et des deux vitraux que nous avions en permanance sous les yeux: la décapitation du pauvre Saint Jean-Bâptiste et la Vierge en pleurs au pied de la croix; ces deux scènes ne nous provoquaient plus aucun émoi, quelques bâillements seulement. Mais il nous fallut attendre d’avoir au moins douze ans pour être capables d’ élaborer d’astucieuses techniques afin de justifier un retard, troquer nos belles robes du dimanche pour celles du lundi sans amidon ni volants, sortir avant la bénediction finale et nous asseoir où bon nous semblait. Ce fut d’abord à mon ainée de deux ans, puis à moi, puis à la petite Padou de ruser pour pouvoir nous positionner à notre gré dans l’ église. Chacune, tour à tour, nous le fîmes, mais à partir de ce moment-là, le récit de ce que chacune découvrit ne peut être raconté qu’à partir du «je».

            Jamais je ne reçus de fessées car j’ai toujours été une enfant trop peureuse pour contredire les grands; dit d’une autre façon, j’ai toujours été une enfant sage. Ce que je recevais par contre en guise de gifles cuisantes c’étaient ces remarques soulignées d’un sourire crispé et accompagnées d’un ébouriffement de cheveux: «allons, arrête de faire ton intéressante!», ou encore, «allez, ça suffit, arrête tes simagrées!». Je ne sais pas excatement à quel âge on n’a plus le droit de faire voir à la dame ou aux invités ce que l’on est capable de faire, mais ce qui est sûr c’est que la première fois que tu es prié de rester assise, de te taire et d’écouter les grands la douleur est cuisante. Si j’avais eu à expliquer l’expression «faire son intéressante» je n’aurais pas trop su comment m’ y prendre, puisque j’associais le mot «intéressant» aux bons livres, aux bonnes choses en général. Mais à sept ou huit ans il est bien évident qu’ entrer dans l’ étrange jeu des grands est une question de survie, que l’on en comprenne les règles ou non. Quant au mot «simagrées» c’est du fond de l’église un dimanche à la grand-messe que m’en fut révélé le sens exact.

            De l’ autel irradiaient l’or et l’argent des chasubles et des burettes, du calice et de la patène sur les chapeaux colorés des élégantes des premiers rangs; puis les couleurs allaient en s’estompant en même temps que l’amplitude des signes de croix, des génuflexions, des coups de Mea Culpa sur les poitrines. Depuis quelques temps déjà je me sentais plus à l’aise dans la pénombre, loin des rangs que j’avais occupés jusqu’ alors, et j’avais appris la discrétion des paysans aussi bien dans mes gestes que dans mes Gloire à Dieu —le français était entré dans les églises— que je me contentais de marmonner. Si Dieu, comme on nous le répétait sans cesse, arrivait même à lire dans les coeurs, il n’était sûrement pas nécessaire de vouloir en faire plus, de faire tant de...de... je cherchais le mot qui me vint alors à l’esprit dans toute son ampleur: de simagrées, de simagrées non seulement permises mais obligatoires et orchestrées. Du fond de l’église j’eus alors envie de crier mais arrêtez donc toutes vos simagrées, êtes-vous sûrs qu’elles sont nécessaires et plaisent à Dieu? Tout cela m’inquiéta beaucoup, surtout apès avoir cherché le mot «simagrée» dans le dictionnaire: « Comédie pour attirer l’attention ou tromper; ex: Simagrées ridicules.» J’avais refermé le livre prise d’angoisse: une foi vacillante ne ferait-elle pas partie de la liste des péchés mortels?... et cela juste à une époque où à la liste des péchés véniels c’était ajouté celle des pensées troublantes.

            Deux dimanches plus tard  au moment de la poignée de main dans la paix du Christ, je fus agréablement surprise de voir que deux places plus loin, sur le même banc que le mien, se trouvait Blandine, une fille de la campagne qui était dans la même classe que moi, mais avec laquelle je ne parlais partiquement jamais; les filles de la ville ignoraient celles de la campagne et vice versa.  Cependant, j’ étais inexplicablement contente et fière de pouvoir lui serrer la main, de lui montrer que moi aussi j’étais au fond et, en plus, loin de ma mère comme une grande. Après avoir serré la première main qui s’offrit à moi, une paluche large et rêche comme une bêche rouillée, je me penchai en avant pour saisir celle de Blandine. Quand elle me vit elle retira la main, comme si j’ avais été une lépreuse de Ben-Hur, comme si elle n’appréciait pas la générosité et la grandeur de mon geste et, sans sourciler ni même me regarder, se tourna pour tendre la main de l’autre côté.

            Je rougis de honte et de colère et profitai de la montée des fidèles vers l’autel pendant la communion pour sortir de l’église et rentrer à la maison. Le dimanche suivant  je regagnai ma place aux premiers rangs, bien qu’il me fut impossible de redonner à ma foi son amplitude d’avant, et passai le sermon à rêvasser face à l’athlétique Saint Jean-Bâptiste.

            Dans la cour de récréation Blandine et moi nous nous cherchions du regard pour nous toiser.  

Desmesura

Desmesura

 

Bernarda había sido siempre muy exagerada: no le dolía la cabeza, le estallaba, no le molestaba el estómago, le ardía, no tenía pupas en la boca, tenía llagas... Aquella noche era la cuarta vez que Martirio acudía al lado de la vieja para satisfacer una más de sus exigencias.
— Pásame la bacinilla—mandó—, llevo un siglo llamándote y la vejiga a punto de reventar. 
Las palabras salían a cuajarones de su boca desdentada. 
—Luego, dame unas gotas de láudano y aguarda a mi vera. 
Martirio no tenía sueño, se moría de sueño. Martirio no solo no quería a su madre sino que la odiaba, y sabía de sobra que ocho gotas hubiesen sido suficientes.
(Texto escrito para los Viernes creativo de Fernando Vicente, fotografía de Josephine Cardin)

 

Extracto de un relato de «No te quites la costra que te quedará marca»

Extracto de un relato de «No te quites la costra que te quedará marca»

«No muy lejos de la casa vimos los primeros caracoles brillantes bajo el orvallo pertinaz. Laura y yo nos entretuvimos en recoger algunos. Mientras yo automatizaba al máximo el movimiento de captura del animal, Laura preparaba (con sus dedos índice y pulgar) una pinza quirúrgica antes de proceder a la elección del molusco. Luego acercaba la pinza a la víctima y, después de tenerla bien sujeta, la observaba con mirada científica. El pobre bicho parecía debatirse durante unos segundos entre vértigo y pudor; de haber tenido pies y manos, hubiera jurado que aquellos caracoles pataleaban en busca de apoyo firme y daban manotazos al aire en un intento desesperado por asir lo que fuera y tapar, de esa guisa, su desnudez.» Extracto de «No te quites la costra que te quedará marca» 

(Venta en Amazon.es en su versión electrónica, y en la web «El sastre de los libros» en su versión papel.)

El pensador de Rodin

El pensador de Rodin

Empezaba a notar cierto cansancio y, al igual que yo, la mayoría de los visitantes del parque de la naturaleza de Cabárceno. Eran las tres de la tarde. Merenderos y cafeterías habían sido tomados al asalto, pero había traído lo necesario —bocadillo y fruta— para no tener que meterme de lleno en aquel follón y disfrutar en paz de mi tentempié casero. Entré pues en uno de los recintos que se encontraba en mi camino. No había nadie y tampoco parecía haber mucho ambiente detrás de la gran cristalera de la que colgaba un cartel: «gorilas occidentales». Me senté en el bordillo en el que se asentaba dicha cristalera, y justo cuando me preparaba a dar un primer mordisco a mi piscolabis, noté que alguien me observaba desde el otro lado. Era un gorila macho, un «espalda plateada» realmente hermoso. Se acercó a mí y se sentó justo enfrente de donde me encontraba. Durante unos minutos, siguió con interés cada uno de los movimientos que hacía para llevarme el bocadillo a la boca, beber de la cantimplora y limpiarme la pechera de unas cuantas migas. Su mirada era tan inteligente que ya no sabía de qué lado del cristal estaba yo; tal vez estuviera escrito «mujer europea» en el reverso del cartel. Empezó a incomodarme la intensidad de aquella mirada en la que veía reflejadas mis propias preguntas y, como buena humana que soy, opté por la burla haciéndole mi mejor mueca simiesca. Al momento, me pareció ver tristeza en su ojos color miel y, con repentinas prisas, me levanté para recogerlo todo e ir a perderme entre mis demás ruidosos congéneres. Entonces, él también se puso en pie y fue a posar su enorme mano contra el cristal. Imité su gesto y no podría decir cuánto tiempo permanecimos así, sin cristal de por medio, las palmas de nuestras manos unidas así como nuestras miradas, fuertemente unidas por las cadenas de nuestros ADN. 
—Mira esta señora —murmuró una niña a la que no había oído llegar— está llorando.

En un mismo saco

Procuraba no perder sujetándole las nalgas.
—¡Vamos!... que como perdamos te voy a patear el culo como nunca.
Entonces, Antonio —el Cebo para todos— intentaba saltar lo más lejos que los kilos y aquel maloliente saco le permitían. Cada vez que conseguía hacerlo mejor, la fuerza de las manos de su compañero en su trasero iba disminuyendo, pero, al poco volvían los abucheos del público y los manoseos en sus nalgas de manteca. Sin embargo, Antonio no iba a llorar, nunca más lo haría; solo le bastaba pensar en la navaja escondida en los vestuarios, entre los pliegues de su toalla. (Escrito para REC)

Raíces flotantes

Había vuelto después de treinta largos años en el exilio, pero no pudo abrazar a la gente que fue a recibirla, ni bailar en las fiestas que habían preparado en su honor. Pero eso se lo perdonaron; ¿qué se podía esperar de alguien que solo volvía con la mitad de lo que había sido? Otra cosa muy distinta fue que no llorase de emoción y permaneciera serena con los ojos fijos en no sabían qué otra realidad. 
—Que vuelva por donde ha venido —dijeron todos.

Mujer decorativa de apartamento

Mujer decorativa de apartamento

Uno de los inconvenientes del cultivo en raíz flotante, como pasa en todos los modos de cultivo, es que la mujer debe mantenerse en constante cuidado y, por lo tanto, se recomienda que todo el manejo sea automatizado, ya que si llegara a faltarle oxigenación al agua, la mujer entraría en estado de estrés y podría morir. (Fotografía de Gregory Crewdson.)

Auténticos

Auténticos

Auténticos
Cuando te citan a las ocho de la mañana para pasar la ITV te cagas en todo, pero luego te alegras de haber salido de la cama a tiempo para encontrarte con los auténticos madrugadores. En los paseos y caminos acondicionados para los deportes aeróbicos —que serpentean entre humos surrealistas y pestilentes— caminan en grupo o en solitario sin medidores de pulsaciones ni ropa deportiva high intensity. Van con lo primero que han pillado —las últimas Nike Running del 45 de un nieto mimado que ya no las quiere, unas mallas de hace cuatro años de cuando una pesaba diez kilos menos... —y andan, como alumnos aplicados, en las luces de una mañana borrosa. Los observo. De repente, en una curva del carril bici aparece otra deportista; lleva un abrigo de paño gris con cuello de piel sintética negra, unas medias de nailon color carne y unos zapatos de medio tacón recién lustrados. Sujeta el bolso como si lo llevará a pasear, como si antes de ir a misa o al ambulatorio a por unas recetas hubiese decidido sacarlo a «hacer un pis». Entonces me doy cuenta de que mi comparación es una mierda de comparación: lo que de verdad lleva la mujer en la mano es la Antorcha Olímpica.

Operación bikini


Lidia se acaba de despertar, saca una pierna de debajo de las sábanas, la estira y se mira el pie desde el ojo derecho; el izquierdo lo deja cerrado. Con la punta del dedo gordo juega a seguir los contornos del cuadro que está en la pared frente a la cama, luego, los del espejo, los de la ventana... De repente, abre unos ojos de «no me lo puedo creer»y se incorpora. El susto que se acaba de llevar rebota hasta el otro lado de la cama donde Andrés sigue soñando; es el inconveniente de los colchones de muelles y de la vida en común. 
—¿Qué pasa? —pregunta Andrés que emerge de debajo de las mantas.
—Creo que tengo celulitis —lloriquea Lidia. Se ha vuelto a tumbar con la pierna izquierda estirada; la mueve ahora compulsivamente como si le hubiera entrado el baile de San Vito. 
—¡Joder, Lidia, me has asustado!... Y por esta chorrada de...
—¿Chorrada?, ¿chorrada?... pero, ¡miramiramira!, y dime si es chorrada lo que digo. ¿Ves esta onda que hace mi muslo cuando lo muevo?... ¡Miramiramira! —se lamenta Lidia sin dejar de hacer temblar sus carnes. 
—Está bien —suspira Andrés levantándose; se pone las gafas y se acerca al otro lado de la cama, el de ella. 
—¿Ves?... es como si aquí se me descolgara un poco de piel cuando muevo la pierna. 
—La verdad es que...
—¡No me digas que no lo ves! Y mira ahora lo que pasa si me pellizco... ¿Lo ves? ¿Ves cómo me sale unos hoyuelos? —se empecina Lidia que a fuerza de pellizcarse el muslo, en su parte interior un poco por encima de la rodilla, lo tiene colorado.
—Bueno, sí, tal vez —termina cediendo Andrés. 
—Lo dices por decir, pero no te lo estás tomando en serio —se queja Lidia dejándose caer de nuevo en la cama.
Andrés también se ha vuelto a acostar y empieza a acariciarle las piernas, muy suavemente, en un movimiento cada vez más ascendente.
—¿Quién es la más preciosa?... Tú. ¿Quién tiene las piernas de gacela más suaves?... Tú. ¿Quién tiene los hoyuelos más ricos del mundo... Tú. ¿Y quién se va a comer estos ricos hoyuelos ahora mismo?...
—Ahora mismo, lo que vas a hacer es levantarte y pasar por el super antes de irte a trabajar —dice Lidia ya más tranquila y totalmente ajena a los arrumacos de Andrés—. Mira, te voy a hacer una lista con las cosas que necesito para ponerme a dieta antes de que aquello vaya a más, sobre todo ahora que se acerca la primavera. Es a base de verduras y creo que se puede perder cinco kilos en una semana; lo leí en Vogue. ¿Andrés?, ¿me estás escuchando?... ¿dónde te has metido?
Andrés, que se ha rendido, ya está en la ducha, y Lidia, que acaba de entrar en el cuarto de baño para poder seguir con la conversación, tiene que levantar la voz por encima del ruido del agua contra la puerta acristalada.
—¿Me has oído? Necesitaré un kilo de zanahorias, otro de alcachofas, un manojo de apios, otro de acelgas... Di, ¿me estás escuchando?...
Andrés tiene los ojos cerrados y sigue pensando en las largas piernas de Lidia, en esos hoyuelos que no ha conseguido ver pero que estaría muy dispuesto a allanar a lametazos; mientras tanto, deja que el agua lo refresque. 
—Andrés, no me estás escuchando y...
—Claro que te escucho —le dice abriendo la puerta de la ducha—, zanahorias, alcachofas, apios, acelgas, nabos, chirimoyas pero... con una condición— y cogiéndola por las muñecas, la atrae hacia él y le hace sitio en la ducha. 
—Nabos y chirimoyas no... —protesta ella blandamente—. La camiseta, deja por lo menos que me quite la camiseta... —vuelve a protestar sin ganas.

Por carta

Por carta

Mi madre está a cien con lo de la fiesta de esta noche. Está cocinando desde ayer y cada vez que paso por la cocina me repite lo feliz que está, que están —mi padre y ella— por tener, «¡gracias a Dios!», a sus dos hijos tan bien colocados. Luego se ríe y me precisa que lo de colocados no tiene nada que ver, «¡gracias a Dios!» con lo otro que ya nos sabemos todos. Esto último lo dice bajando la voz porque, según ella, su chiste es de muy mal gusto, y toca madera porque «lo peor de lo peor debe de ser ver a uno de tus hijos caer en la droga».

Acabo de sacar las oposiciones a cartero y eso es lo que mis padres quieren celebrar esta noche, y lo que hace la diferencia entre otros colocados y yo, entre caer y no caer. Sin embargo, esta noche me puse a pensar en el número de cartas que llegaré a repartir —desde ahora hasta cuando me jubile— y me acojoné, y entonces me sentí caer como si, de repente, me hubiese metido en vena todas aquellas palabras que nunca serían mías, pero que me tocaría cargar en mi motoreta de cartero, hiciera sol o nevase. 
    

Esta noche estará mi hermano también, el otro bien colocado de la familia. Ya me envió un wasap para felicitarme, y el muy cabrón supo muy bien dónde darme: « tal vez te hagan un precio especial por ser de la casa, cuando mandes tus manuscritos a editoriales.» El muy gilipollas no sabrá jamás el gran favor que me hizo al recordarme que lo peor de lo peor sería terminar como él. Esta noche no oiré sus malos chistes porque no estaré en la fiesta. Tengo que irme. Lo siento por mis viejos, pero se lo explicaré, sí, intentaré hacerlo... por carta.

Las buenas costumbres

Las buenas costumbres

Nunca sabrás, pequeño, si no lo relato ahora, por qué un buen día te dejó de gustar el zumo de naranja; podría haber sido, como lo fue para otros, un rechazo a las coles de Bruselas, a la música clásica o al padre nuestro que estás en los cielos... Y para que eso no ocurra, para que sepas que a ti no te pasa nada malo, que estás en tu derecho de preferir el zumo de melón al de naranja, apuntaré en una libretita lo que hoy, en esta mañana de domingo perezoso, me acabas de explicar de manera tan preci-concisa.  Has entrado en la cocina con una energía festiva, no así tu flequillo que después de una noche de ajetreo entre sábanas y mantas está a media asta. Me ves, me sonríes, nos abrazamos; ya no te puedo coger en brazos.

—Eres casi tan alto como yo —te digo, mientras con la mano te retiro el pelo de los ojos. Repito el gesto varias veces; son caricias justificadas, cada vez lo tendrán que ser más—. Ya tienes el desayuno preparado como a ti te gusta.

Miras hacia la mesa: un vaso de leche, otro de zumo de naranja y dos o tres tipos de galletas, todas con algo de chocolate. 

— ¿¡Un zumo de naranja!? —me lanzas apartándote de mí. El movimiento ha sido brusco, tu mirada se ha crispado y tu flequillo parece haber recuperado su fijación de Fructis. 

—Creía que te encantaba.

—No, no es eso... es que entre semana siempre lo tomo, entonces me va a parecer que es lunes y que... y que os tenéis que marchar ya.

Gemelos

Gemelos

—Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio pero...
—Pero llegará el águila y...
—¡Sh, Guillermo!, deja que yo termine de contar la historia, y métete en la cama de una vez; ¡mira tu hermano lo tapadito que está!
Con las dos manos agarradas al embozo de la sábana blanca, Jorge parece estar parapetado detrás de una tapia encalada. No le gusta ese cuento, le da miedo. Además, sabe que cuando la habitación se quede a oscuras, su hermano, mayor que él por un par de minutos, querrá jugar a ser águila, y él, una vez más, será el niño a punto de caer. Siempre él. (Foto de Mate Bence)

Ablación: cosa que no incumbe.

Ablación: cosa que no incumbe.

Cuando Aminata volvió a clase después del verano, siempre encontraba un pretexto para no jugar con nosotras. Se quedaba sentada en cuclillas, al pie del tilo que aromatizaba nuestros recreos; parecía estar buscando algo en el suelo.

  —Un, dos, tres, ¿qué miras?, cuatro, cinco, ¿se te ha caído algo?... seis, siete... —le preguntábamos, cuando al jugar al escondite, una de nosotras tenía que permanecer junto a ella, de cara al tilo, mientras las demás desaparecían.

—No, nada.
Sabíamos que Aminata había viajado a su país de origen con los suyos, pero su contestación al "¿qué tal tu viaje?" de todas las profesoras y compañeras no pasó de ser nunca un tímido "bien". 
Un día, con esa malicia incipiente de doceañera, abandoné por un momento mi comba para espiar las conversaciones de las maestras. Es entonces cuando oí asociada al nombre de mi compañera una palabra que no conocía: ablación. 
Al llegar a casa encontré a mi madre en la cocina, pelando unas patatas. Me acerqué a ella para darle un beso y, de paso, preguntarle por el significado de la misteriosa palabra.
Su mano se detuvo por unos segundos, el ruido del pelador contra la patata cesó.
—Son cosas que ocurren en otros países pero que a nosotros no nos incumben –me contestó después de un ligero carraspeo. 
—¿Incumben?, ¿qué quiere decir? —insistí yo.
—Importan, que no nos importan y ¡basta ya de preguntas! En cinco minutos te llamo para comer.
El ruido del pelador contra la fina piel volvió a lijar el silencio de la cocina.
(Texto de mi libro "No te quites la costra"; ligeramente modificado para Los Viernes Creativos de Fernando Vicente. Ilustración de Cristina Troufa)

Penacho de diente de león (Aigrettes de pissenlit)

Penacho de diente de león (Aigrettes de pissenlit)

PENACHO DE DIENTE DE LEÓN
—Mamá, ¿a que una chica que enseña las tetas es una puta? —pregunta la pequeña, mientras su madre le enjabona la espalda. 
Es viernes; en vez de ducha rápida, deja que su hija juegue un rato en la bañera. 
—¡Por supuesto que no!... ¿De dónde sacas tal estupidez?
—Me lo dijo Sofía.
—¿Sofía, la de tu clase?
—Sí, lo dice su padre.
—Eso dice el padre de Sofía? —repite la madre sin poder mantener un tono neutro de conversación intranscendente.
—A ella no, se lo dice a su hermana mayor cuando sale por la noche. Yo cuando salga...
—Cuando tú salgas —interrumpe la mujer—, supongo que querrás ponerte guapa, como la hermana de Sofía... Seguro que su papá no quiso decir que... 
—¡Sí, sí!... dijo que las chicas que enseñan las tetas son todas unas putas —insiste la niña, a la vez que sopla sobre la espuma de la esponja que se dispersa en el aire del baño; le recuerda el otoño, el campo y el penacho plumoso del diente de león. 
—¡Pues muy mal dicho! —contesta la madre mientras agita una toalla como si fuese la bandera a cuadros en una carrera—. ¿Recuerdas el vestido rojo que me puse este verano para la boda de tu tío...? 
—¿El que no le gusta a papá? 
—¡Sí que le gusta! ¿Quién te dijo que no le gustaba?... ¡Y sal del agua ya! 
La niña se hace la remolona y hunde a una de sus muñecas en la espuma —la Barbie playa— para ver flotar la hermosa melena rubia.
La mujer insiste:
—¡Sal inmediatamente, basta de juegos!... y el hecho de que tu padre prefiera que lleve un chal sobre el vestido rojo no quiere decir que no le guste. Y cuando nos vamos a Ibiza, di, sabes muy bien que mamá hace topless, que no se pone lo de arriba y que no pasa nada... 
La madre sigue hablando, hablando... tejiendo, con palabras del derecho y palabras del revés, una cota de malla bien prieta para su pequeña

AIGRETTES DE PISSENLIT
—Maman, une fille qui fait voir ses nichons c’est bien une pute? —demande la petite, alors que sa mère lui savonne le dos.
C’est vendredi; au lieu d’une douche rapide, elle laisse la fillette jouer un moment dans la baignoire.
—Bien-sûr que non!... D’où sors-tu une telle bêtise?
—C’est Sophie qui me l’a dit.
—Sophie?... La Sophie de ta classe?
—Oui, c’est son père qui le dit.
—Son père lui dit ça? —répète la mère sans pouvoir maintenir un ton neutre de conversation anodine.
—Non, pas à elle, mais à sa grande soeur quand elle sort le soir. Moi, quand je sortirai...
—Quand tu sortiras —interrompt la mère—, je suppose que tu voudras te faire belle, comme la soeur de Sophie, et je suis sûre que le papa de Sophie n’a pas voulu dire que... 
—Si, si!... il a dit que les filles qui montrent leurs nichons sont toutes des putes —insiste la gamine tout en jouant à souffler sur la mousse de l’éponge qui se disperse dans l’air de la salle de bain; ça lui rappelle l’automne, la campagne et les aigrettes de pissenlit.
—Et bien c’est moche ce qu’il dit! —répond la mère, puis elle agite une serviette de bain comme si c’était un drapeau à damier de fin de course—. Tu te souviens de la robe rouge que j’ai mis pour le mariage de ton oncle...?
—Celui que papa n’aime pas?
—Mais bien-sûr qu’il l’aime!... Qui t’a dit qu’il ne l’aimait pas?... Et puis allez, arrête de dire des bêtises et sors de l’eau!
La petite fait la sourde oreille et plonge une de ses poupées —la Barbie-plage— dans la mousse, pour voir flotter la belle chevelure blonde.
La femme insiste:
—Sors immédiatement, assez joué comme ça!... et le fait que ton père préfère que je porte un châle sur la robe rouge, ça ne veut pas dire qu’il ne l’aime pas. Et quand nous partons à Ibiza hein, tu sais très bien que maman fait du topless, qu’elle enlève le haut de son bikini sans auncun problème...
Et la mère continue à parler, à parler... et à tricoter, avec des mots à l’endroit et des mots à l’envers, une cotte de maille bien serrée pour son enfant.