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dominiquevernay

AVISO IMPORTANTE

AVISO IMPORTANTE

El 14 de marzo, la puerta de acceso al patio interior permanecerá abierta desde las 10 de la mañana hasta las 20h del mismo día. Se ruega a todos los propietarios e inquilinos pasen a recoger lo que se les haya caído. Se recuerda que lo que no haya sido recuperado a tiempo será llevado al contenedor de los sueños imposibles, para su posterior incineración.

(Inspirado en la foto de JeeYoung Lee y escrito para "Viernes Creativo", una iniciativa de Fernando Vicente)

La suavidad de los diminutivos y la dureza del adverbio

La suavidad de los diminutivos y la dureza del adverbio

Hay un secreto que solo comparto con mis nietos: me tiño el pelo. Les encanta amenazarme con que se lo van a decir a "todo el mundo" y yo les ruego que no lo hagan.
-¡No, por fa no! -les suplico-. No quiero que la gente se entere.
-Pero... ¿por qué, Memedó? Se ve perfectamente que eres mayorcita, tienes arruguitas en el cuello.

Cyanistes caeruleus ( el herrerillo común)

Cyanistes caeruleus ( el herrerillo común)

Para que el herrerillo amigo mío se pose en la terraza aun estando yo, adopto posturas de tendedero, cara de geranio y peinado de escoba, pero, ni con esas. A mi herrerillo no le engaña nadie, distingue perfectamente los seres inanimados de los otros... mientras que mí me resulta cada vez más complicado.

Sabiduría o cómo atrapar la llama

Sabiduría o cómo atrapar la llama

Mi hermano sabía muchas cosas que yo desconocía. Decía que si dejabas de respirar, mientras pellizcabas la punta de la llama de una cerilla, no notabas ningún dolor. Con las ortigas pasaba lo mismo, si mantenías la respiración podías tocarlas. Le miraba, fascinada. Practiqué mucho y con los años conseguí hacerlo. Ahora utilizo este método para poder leer las noticias de acá y de acullá.

Como el mundo en un charco, una historia en la página de un diario

Como el mundo en un charco, una historia en la página de un diario

Domingo 2 de febrero 2014

Hoy es un día muy aburrido. No hemos podido salir a la calle por el viento y la alarma roja. No estoy castigada, pero parece que sí. Estoy encerrada en la salita en casa del abuelo Juan, pero mamá y papá dicen que no es por nada malo que haya hecho, que luego me lo explicarán, que confíe en ellos. No entiendo nada. Los oigo cuchichear a través de la puerta e ir de un lado para otro. Mientras, me aburro como una ostra. A mí me gustan las ostras; mamá dice que es un poco raro que a una niña tan pequeña les gusten esos bichos... Las ostras son como mocos blandos.

            De vez en cuando papá entra en la salita con cara muy seria y me repite que no me preocupe, que no pasa nada, que no es culpa mía y que lo va a solucionar. No sé de qué me habla. Yo no estoy preocupada. Es normal que los cristales se rompan con el viento y que el abuelo se haya cortado; siempre quiere que le pongamos junto al ventanal del salón para ver el mar y los barcos que entran en la ría. Tendrán que llamar al ventanalero para que lo arregle. Es normal también que Silvia se haya caído del susto por el disparo. ¡Jopelines!... ¡Vaya ruido! Como mil, no, como cien mil globos de cumpleaños explotando a la vez. Pero no sé por qué me han tenido que sacar a toda prisa del salón. Yo quería ver cómo le curaban las heridas al abuelo.

            El abuelo nunca llora, pero nunca se ríe tampoco. Yo le hubiera cantado «cura, cura...», y seguro que no habrían tenido de ponerle esas cosas que escuecen tanto ni tiritas... A mí me gustan las tiritas rosas, son tiritas de princesas. Ayer Adrián llegó al colegio con una tirita de Spiderman en la rodilla, es un quejica y nunca quiere jugar al pilla pilla. Es tonto.

            Seguro que Silvia ya está bien y que está preparando su maleta para marcharse. Quiero despedirme de ella, pero mamá me ha dicho que la chica –mi madre siempre la llama así– no quiere despedirse de nadie, que es una ingrata. No sé lo que quiere decir esta palabra tan rara, pero estoy segura de que ser ingrata es algo feo, como ser mentirosa o ladrona. Pero Silvia no es así. El abuelo no está tan triste desde que Silvia lo cuida, ni tan enfadado con sus piernas que ya no quieren funcionar. Pero si Silvia se va... A mamá seguro que le va a encantar. El otro día, le dijo a papá por lo bajini que Silvia era una puta... bufff... ¡vaya palabrota! Seguro que si la digo yo, me castiga una semana sin chuches, y eso es un castigo tan malo como el susto que me llevé al disparar sin querer con la pistola de Silvia. Yo solo quería ver cómo funcionaba. Mamá y papá parecían muy contentos de haberla encontrado escondida en la habitación de Silvia, sobre todo mamá que le dijo entonces al abuelo –con esa risa tan rara que le sale cuando se ríe torcido– que a ver si de una vez por todas echaba a esta colombiana de casa... «Colombiana» debe de ser como «ingrata» o «puta». Pero el abuelo no contestó nada. Bueno... sí, murmuró algo y se puso tan triste como después del accidente cuando le dijeron que la abuela María había muerto, con la misma cara que la del hombrecito de la señal de trafico que hay cerca del instituto, cuando se vuelve de la playa de San Juan. Papá me pregunta siempre que cómo quiero que esté: «¿contento o triste?»... Yo digo: «contento», y, entonces, papá frena; pero a veces acelera para que se le ponga la cara triste y hacerme de rabiar. Me lo paso bien con papá. Con mamá también, pero un poco menos.

            Cuando se me pasó el susto por el disparo, corrí hacia Silvia para ver si, de verdad, la había matado sin querer. Entones papá gritó: «noooo... » muy, muy fuerte, con la boca y los ojos como el lobo de Caperucita Roja cuando se va a comer a la abuela, y me cogió en brazos para sacarme del salón. Y ahora no sé lo que hacen y me aburro... Me aburro, me aburro, ME ABURRO, ME ABURRO... MEA EL BURRO... ¡Qué gracioso! Le voy a contar este chiste al abuelo para que se ría un poco. Pero más tarde, porque ahora no me van a abrir; me ha dicho mamá que si me quedo muy quieta un rato más me comprará la mochila Hello Kitty que está en Arlequín. Voy a ver si veo algo por el ojo de la cerradura. Ahora vuelvo.

            Nada.

            Me parece que les oigo arrastrar una cosa pesada por el suelo. No sé por qué tanto misterio. Parece que estamos en Reyes y que papá y mamá esconden regalos en el salón sin que yo los vea. Dicen que aunque ya no crea en ellos –por culpa de mi amiga Irene que es una cotilla y que se quiere hacer la mayor– ellos seguirán haciendo como cuando era pequeña. La seño nos dijo que a eso, que es un poco como mentir, se le puede llamar «fingir»...

            Acaba de salir mamá de la habitación para decirme que falta muy poco para que volvamos a casa. ¡Menos mal porque tengo aún deberes que hacer para mañana! ¿Y sabes qué?... Estoy muy contenta porque va a venir el abuelo con nosotros, hasta que el ventanalero arregle el cristal del salón y que mi madre le encuentre otra cuidadora. Dice mamá que Silvia se ha ido para siempre, y volvió a decir que era una ingrata, que quería robar TODO el dinero del abuelo. Me lo dijo varias veces, muy despacio, como cuando la seño nos dice que leamos silabeando. A mí me gusta mucho este ejercicio. Luego mamá me hizo prometer que no hablaría nunca de la pistola. «No era más que una pistola de juguete y el disparo, uno de mentira, solo ruido», me dijo.

            Pues vale.

Así, sin más...

Así, sin más...

Ser arco iris y poder surfear... Así, sin más, porque es martes.

El pequeño "All Blacks"

Es lunes. Sin embargo no es un lunes cualquiera para Hugo. Se ha despertado más pronto que nunca, para comprobar que durante la noche nadie le ha robado su recien comprado equipo de rugbyman. Hoy, primer día de entrenamiento. Durante el fin de semana se ha puesto varias veces el protector de dientes y la chichonera, para mirarse al espejo y ensayar caras de "All Blacks". Ahora, mientras desayuna, no puede parar de canturrear.
-¡Cállate! -le lanza Nico para quien este lunes no es ni más ni menos que un apestoso lunes.
Hugo no le ha oido o, si lo ha hecho, no parece dispuesto a que alguien le amargue la fiesta.
-¡Y si no puedes callar, canta y habla en tu cabeza! -le grita Nico.
 

Charla en Luanco

Charla en Luanco

Presentación de "no te quites la costra que te quedará marca" con un público de lujo y una organizadora y presentadora de lujo también. 

Así fue su mensaje de bienvenida:

"Para los que aún no lo habéis leído, tengo que deciros que es realmente bueno, sus relatos sorprenden por cercanos, recogen experiencias y situaciones que todos hemos vivido alguna vez…. Pero, esa cercanía no debe engañarnos pues están pensados para sacudirnos.

Sus relatos recogen dichos, sentencias y situaciones que la autora, y también los lectores, hemos vivido de niños con nuestras madres, padres, tías, abuelas. Ella las coge y las golpea contra nuestra cabeza para obligarnos a verlas desde otro ángulo, desde el suyo, sin duda más interesante, te hacen sonreír o te encogen el corazón, sin lugar a dudas, lo que no te dejan es indiferente.

Su libro es como la caja de bombones de Forrest Gump, como la vida, nunca sabes que te va a tocar….todos son distintos…..y sin embargo todos saben a bechamel.

 

Este es un libro para leer y también para regalar, a los que les guste leer y a los simplemente les guste vivir, pues con seguridad vamos a acertar."

María Belén López Suárez

Cinco de enero

(Seis de la mañana)
Suena el teléfono. Es mi madre. 
–¡Felicidades hija!... Tal vez sea un poco pronto pero temía que se me pasase. ¡Sesenta y uno años ya! ¡Hay que ver! Aún recuerdo lo mal que lo pasé en el parto. ¡Un día entero para salir, y de nalgas!…¡Y que fea eras al nacer!… Bueno, pues que pases un feliz día y... ya verás cuando tengas mi edad, eso sí que es duro. Pero te dejo que tengo mucho que hacer. Te esperamos esta noche para cenar, algo muy sencillo, tu padre y nosotras dos, nadie más. 
–Vale, hasta esta noche, gracias por llamar, y recuerda que las fiestas sorpresas no me van.
Esta última cosa mi madre no la ha oído. Tiene "l'oreille fine mais selective". Ya ha colgado. Sabe que si sigue hablando se le va a escapar lo de la fiesta sorpresa que cada año se empeña en prepararme, después de prometerme que no lo hará. Hace mucho ya que decidí seguirle el juego, y si hubo un tiempo en el que todo eso –de que nací de culo, de que era fea, y de que envejecer es la leche de malo– me producía bastante desazón, creo que si mi madre cambiara ahora una sola coma de su precioso monólogo-cumpleañero me sentaría muy mal... ¿Qué motivo tendría entonces para justificar estas tremendas ganas de llorar que me están entrando?
Ahora vistazo rápido en el espejo para confirmar las virtudes del botox y del retinol, y asegurarme de que el paso del sesenta al sesenta y uno no ha tenido efectos instantáneos, tipo: "¿pero qué coño me ha pasado esta noche?” No. Todo normal. "Sólo las arrugas confieren a la mujer su carácter y su personalidad". ¡Y una mierda! Una frase tan patética como una sonrisa de labios siliconados y tan inútil como un chaleco salvavidas agujereado. 
Ya estoy lista.
Llueve. Sentada al volante de mi Smart me dejo atrapar en el atasco, y como siempre tengo la sensación de encontrarme en la fila de los tontos. Miro a uno de los coches con los que juego a “tonto el que llegue el último” y veo a un pequeño sentado en su asiento espacial. Observa lo que le rodea con mucha serenidad. Parece estar de vuelta de todo, inmune al tremendo jaleo que le rodea. Me pregunto entonces si no sería cosa de mandar a analizar los nuevos productos de alimentación infantil; tanta apatía me parece sospechosa. Pero al cabo de un rato de “te veo, no te veo” el pequeño extraterrestre parece aterrizar, gira la cabeza y me mira. Le sonrío… Nada. Le vuelvo a sonreír... Nada. Le saco la lengua y… ¡Sorpresa! Su cara se ilumina en una sonrisa de luna creciente que deja al descubierto seis dientecitos como seis velitas. Solo pusiste las decenas, amigo, pero por lo menos te acordaste de que hoy es mi cumple.
Mientras sigo en la fila de los tontos, mi hermoso bebé-pastel de cumpleaños desaparece en la de los listos. De todas formas... ¡gracias!
 

Trois de mes textes en français dans Lectures d'Ailleurs p.115

Trois de mes textes en français dans Lectures d'Ailleurs p.115

http://www.calameo.com/read/002617799923ce05082dc

El ciempiés

El ciempiés

Con trece años ya había jurado varias veces que no se casaría. Era mi mejor amiga y nos sentábamos juntas en clase. Aquel día la profesora nos habló de los acentos y de la palabra "cien", que, por juntarse con la palabra "pies", se veía liberada de su sílaba tónica mientras que el golpe de voz recaía sobre su compañera. Entonces mi amiga me cuchicheó al oído:
–¿Ves lo que les pasa a los que se casan?
Hace poco, el destino nos sentó de nuevo juntas en la sala de espera de un aeropuerto; ella iba acompañada y sólo pudimos intercambiar unas palabras, pero supe al instante que no había cumplido su promesa: al alejarse los dos reconocí al ciempiés.

Infarto de bloguero

Murió. El forense dice que fue por un fallo de su contador de visitas.

Roquilles de la mi suegra

(Pol teléfono)
–¿A ver! 
–¿Maruja?
–Mismamente.
–Soy la Paqui del cuarto. Mira que te digo... Que te llamaba pa ver si nun te da más pasarme la receta de las rosquilles esas tan ricas que facía la tu suegra... que en paz descanse.
–Pos no sé por dónde andará...
–¿La tu suegra?
–No, la receta, que la mi suegra bien sé yo por donde debe de andar. Deja ver que la busque y te la escribo. Déjote luego el papel n'el buzón.
–¿N'el buzón? ¡No seas boba! !Pa qué vas a escribir nada? Llámote de tarde y dásmela de palabra.
–¡Calla, ho!... ¿Yes tonta?... ¡Menuda gracia me haría que el llambión ese de Obama, su muyer y sus dos nenus empezaran a desayunar tolas mañanes rosquilles de la mi suegra!

Adiós amargura

–¿Te gusta la cerveza? –me preguntó Hugo.
–No mucho, pero no sé qué más pedir y tengo mucha sed –le contesté.
–Un día probé un poco de espumilla de cerveza del vaso de papá, y a mí tampoco me gustó. Pero es que soy muy pequeño aún –dijo con aire de entendido.
–No creo que eso dependa de la edad. ¡Mírame!, yo soy...
–Sí sí, depende de la edad –me interrumpió–, vas creciendo y te va gustando, te va gustando, y a los quince años ya no te parece tan asquerosa.
 

Las espinas de las palabras

–¡No te comas las palabras! –le repetían.

             No hacía caso, las devoraba todas sin excepción. Pero con los años se fue volviendo aprensivo y unas molestias en la tráquea empezaron a obsesionarle. Supuestos expertos le recomendaron entonces batidos de minúsculas para facilitar la deglución, además de un régimen bajo en "eles", siendo estas –junto a las oclusivas "tes"– las responsables de los peores atragantamientos.           

            El hombre demostró tener gran fuerza de voluntad; se acomodó a vivir sin Lápiz, sin Libro... sin Libertad.

            –Será hasta que se ponga bien –le dijeron al pobre iluso.

Roxina y yo

Roxina y yo

–El fin de semana pasado estuve en Viena en casa de una amiga y, salvo por una tontería de nada, lo pasamos muy bien. A mí no me gusta llegar a casa de nadie con las manos vacías; como a Cova le gustan mucho los peluches le llevé una vaca, recuerdo de los Picos de Europa. Le encantó. En el avión no tuve problemas aunque el animal fuera de tamaño casi natural; si algunos pueden viajar con ensaimadas era evidente que yo también podría hacerlo con mi vaca. Y así fue. Pero los problemas empezaron en el metro.

Con las nuevas reglas impuestas a los usuarios del metro de Viena, me las vi y me las deseé para saber en qué vagón subirme con Roxina –así la había bautizado–. Una vez sentada en el que me había parecido ser nuestro vagón: "pasajeros con animales", noté cierta hostilidad por parte de mis compañeros de viaje, por aquella manera que tenía Roxina de acomodarse contra mi regazo y por ese pasar mío constante e inconsciente de mano en su piel afelpa. Tanto es así que, a la primera parada que hubo, las dos fuimos expulsadas de dicho apartado, apedreadas por miradas y comentarios de fácil interpretación, aunque ninguna de las dos supiéramos hablar alemán. De nuevo en el andén, esperé a que llegase otro tren de la línea que nos llevaría a casa de Cova, con la esperanza de encontrar, sin demasiada dificultad, el vagón especial para "enamorados tocones y besucones", y que quedase suficiente sitio para las dos. Cuando creía estar de suerte y antes de que Roxina hubiese podido poner una pezuña en dicho vagón, todos interrumpieron sus morreos para señalar las ubres del animal, al descubierto, evidentemente. Entendí, pues, que aquel tampoco era nuestro sitio, y me dirigí al vagón de cola, el de las "desnudeces". Para ser admitida Roxina no tuvo problema –con unas ubres tan hermosas, ¿quién iba a fijarse en unos cuernos?–; en cuanto a mí, tuve que desvertirme del todo, cosa que no me hubiera importado demasiado de no haber sido por las corrientes de aire... De Viena traje un buen catarro. La próxima vez que vaya, escogeré otro tipo de regalo para Cova... Tal vez una caja de bombones.

–De chocolate blanco.

–Perdón, ¿qué me decía?

–De chocolate blanco.

–Sí, sí, tiene usted razón, mejor que sea blanco. 

El globo

El pequeño se restriega los ojos con los puños manchados de papilla. Tiene más sueño que hambre, pero no le sirve de nada apretar los labios al ver la cuchara acercarse a su boca. 
–Una más para la abuela –insiste su madre.
De repente, el niño deja de gimotear, se tensa en la trona y clava la mirada en la de su madre.
–No –le dice entre perdigones de papilla. 
El eco de este primer "no" rebota en el silencio de la cocina como un enorme globo de colores, y tras él el pequeño se va.
 

Con tonillo

A la Paqui le ha dado por ser solidaria. Antes se limitaba a pedir dinero para coronas cuando fallecía un vecino o para las fiestas de su pueblo que, como dice mi hijo, está tan a tomar pol culo que nadie sabe si existe. A parte de hablar muy mal, él sabe mucho de timo.
–¡Vete tú a saber qué coño hace con el dinero! Mejor me lo das a mí. 
Es como lo de las flores. ¿Por qué comprar crisantemos para una vecina que –en paz descanse– siempre se comportó como un cardo?
Así es que esta mañana en el ascensor, cuando la Paqui me ha dicho que si le daba dinero para la ASLT(Asociación Salvemos la Lombriz de Tierra), le he contestado que con lo que yo cobraba de pensión solo me daba para la asociación mía.
–¿Y qué asociación es si se puede saber? –me ha preguntado con tonillo. 
–La del "y a mí qué me cuentas" –le he contestado con tonillo también.
Aún no habíamos llegado a la calle, pero ha dado al botón parada de emergencia. 
–No puedo estar ni un segundo más con alguien que tiene una conciencia de sábana bajera ajustable –ha balbuceado con cara de auténtico dolor, como si le estuviera entrando de repente un camión de piedras en la vesícula. 
Ya estaba en las escaleras y no era cosa de perseguirla para que me explicase lo de la sábana. Así es que al llegar a casa he apuntado la frasecilla en una libreta para que no se me fuese a olvidar y he subrayado la palabra "bajera"... solo esta. "Ajustable" me parece buena cosa, aunque tampoco estoy muy segura. Lo que sí es cierto es que si la Paqui hubiese comparado la conciencia mía con una sábana encimera, no habría sonado tan feo.
A ver si encuentro a alguien que me pueda ayudar a aclarar todo eso de la conciencia y de la sábana bajera ajustable, porque ya bastante puñeteras son las dos si se las quiere tener bien planchaditas, sin que, además, te quiten el sueño.

Al día siguiente:

Mi cuñada –que sabe mucho– está segura de que la Paqui quiso decir lo siguiente: que las gomas de mi conciencia deben de estar tan dadas de sí como las de una sábana bajera ajustable después de años de uso. Hummm...tal vez sea eso... tal vez...

La comedora de penas

La comedora de penas

               Había comprado una caja para guardar penas. Hasta entonces las había tenido diseminadas en cajones, entre las páginas de cualquier libro... Aquel día me encontraba sentada en mi habitación intentando ordenarlas por tamaños y colores. Algunas crujían como hojas secas, otras eran tan grandes que las tenía que doblar para que pudieran caber. La caja estaba casi llena, y me preguntaba si no sería mejor deshacerme de todas o, por lo menos, de las repetidas. ¿Quemarlas? ¿Cambiarlas con alguien por otras que no tuviera? Pero andar con penas ajenas tiene su peligro. Indecisa, decidí tomarme un descanso. Hacía sol, salí a la calle.

             Al volver a casa oí un ruido extraño que venía de la habitación, era un ruido mitad ronquido, mitad ahogo. De puntillas me dirigí hasta la habitación donde me quede petrificada. Incluso en la fealdad más extrema existe armonía, pero la de aquella mujer, sentada en mi sillón con la caja de penas vacías en las rodillas, bramaba.

            Parecía estar descansado o apagada o muerta después de una hartura. Hilos de baba caían de las comisuras de su boca –semejante a la entrada de una madriguera en un secarral– hasta su cuarta barbilla. En un día caluroso como aquel, daba sofoco verla con esa especie de bufanda carnosa cayendo en cascada desde el mentón hasta el pecho. Debido a un extraño tic, el ojo derecho parecía estar hablando en morse a su oreja –derecha también– mientras el izquierdo parpadeaba, como una luz rosa de neón de burdel, sobre la punta de una nariz fofa, que se había ido a husmear en aquellos regueros de babilla de bilis de digestiones pesadas.

            Antes de que consiguiera reaccionar, la monstrua se empezó a remover en el sillón y me sonrió; una sonrisa verde que hizo que se llenara la habitación de olor a putrefacción. Entonces, me fije en que le quedaba aún dos o tres penas mías en las rodillas, pero antes de que pudiera hacer nada para impedírselo, las agarró con fuerza –pues eran escuridizas– y las engulló. Los hilos de babas se hicieron más caudalosos, su pecho se hundió, su papada se hinchó más y más y el resto de su cuerpo se retorció hasta extremos insospechables.

            Cerré los ojos unos segundos. Cuando los abrí de nuevo ya no había nadie en el sillón, solo una caja de penas vacía; la cogí, me fui al salón, encendí la chimenea y la quemé.

Lunes por la mañana-Lundi matin

Hoy, con las prisas, me he puesto el calcetín izquierdo del revés. De camino hacia el el trabajo, noto el roce de su costura interior –ahora exterior– contra mi dedo gordo; me duele. Me siento en un banco junto a la oficina, para descalzarme y darle la vuelta al calcetín. Demasiado tarde: tengo una bombilla-led en el juanete y no dispongo de tiritas. Una señora se sienta a mi lado y me mira de reojo.

            –Pena de pie griego –me dice.

            No estoy de humor ni sé exactamente de qué me está hablando. No le contesto. No quiero saber nada de nacionalismos ni de deuda externa. Le doy la vuelta al calcetín, me calzo y me voy muy digno intentando disimular mi cojera.

Lundi matin

Aujourd´hui j’étais pressé et j’ai mis ma chaussette gauche à l’envers. De chez moi au boulot, je sens le frottement de sa couture intérieure –maintenant extérieure– contre mon gros doigt de pied; j’ai mal. Je m’assieds sur un banc pour la remettre à l’endroit avant d’entrer au bureau. Trop tard: une ampoule à led illumine déjà mon oignon, et je n’ai pas de pansement Urgo sous la main. Une dame s’assied à mes côtés et me regarde de travers.

–Quel gâchis de pied grec! –qu’elle me dit.

Je ne suis pas d’humeur et ne sais pas exactement où elle veut en venir. Je ne réponds pas; j’ai pas envie d’entendre parler de nationalismes ni de dette externe. Je remets ma chaussette du bon côté et, souliers aux pieds, repars très digne en essayant de ne pas boiter.