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dominiquevernay

La mujer que no podía dormir

La mujer que no podía dormir

El grifo de la cocina goteaba. Y daba igual que los azulejos de la cocina fuesen blancos o amarillos, o que la mujer llevase camisón y no pijama. Solo dos cosas importaban en esta historia: que el grifo gotease, y que la mujer no estuviese sorda.

Sexting

Sexting

Con su nuevo teléfono de esos de llevar a todas partes, Doña Gertrudis se las da de lista. Pero yo sé muy bien lo que me digo y no le hago el menor caso. Esta mañana sin ir más lejos, estábamos en la carnicería -sentadas en el banquito que tan bien nos viene en las horas de más gente-, cuando un ruido de ventosidad de tripa suelta salió de las interioridades del bolso de mi vecina. 

-Es un "guasape" -me explicó como si yo le hubiera pedido que lo hiciera. Ni le contesté a aquello, pero mis ojos fueron a parar, sin querer, hacia la pantallita de su teléfono. Al darse cuenta de ello, Doña Gertrudis se lo arrimó a la pechera como cuando jugamos al tute y esconde sus triunfos.

-Es un guasape de mi Rogelio -me volvió a explicar.Yo seguí con mi cara de no estar de humor, pero algo me debió de notar ya que, en lo que no había sido más que un abrir y cerrar de ojos, me había parecido ver a su Rogelio como Dios le trajo al mundo, o sea, en bolas, para entendernos. 

- Es para mantener la chispa -precisó.

Luego se levantó porque le tocaba.

-Medio de rabo de toro -pidió dándose aires.

Escamas

Escamas

Llueve. La lluvia desconcierta a los veraneantes obligados a cambiar el bañador por el chubasquero. El acuario se presenta como la mejor alternativa a la playa: agua, peces... Somos muchos en haber pensado lo mismo, demasiados, y no me queda más remedio que ajustar mis pasos a los de una mujer joven y su hija, una niña de unos cuatro años.

Al principio del recorrido las tonalidades se asemejan a las del exterior del que precisamente huimos, y la morena al acecho en su cueva, en aguas robadas al Cantábrico, no tiene cara de buenos amigos.

-Mamá, ¿cómo se llama este pez?, parece enfadado.

La madre no contesta y empuja a la pequeña para que siga. Desde que hemos iniciado la visita está hablando por teléfono: "no, yo sola, ya sabes como son ellos", "no estaba de humor, pero por ella...", "bueno, sé lo que me digo...". Lo dice todo con muchas agallas. La morena tampoco parece estar de humor, y da la impresión de saber, ella también, lo que se dice a sí misma.

Me da entonces por pensar en estas expresiones.

-¿Hiciste lo que te pedi?

-No, no estaba de humor.

-¿Cómo es posible que pienses esto?

-¡Déjame en paz, sé muy bien lo que me digo!

Es evidente que disculparse, justificarse, explicarse es una gran perdida de tiempo, cuando se puede echar mano de comodines lingüísticos de este tipo que, además, imponen, sobre todo si se les acompaña de un gesto de fruncido de labios y de meneo de cabeza.

Continuamos la visita en fila india y, entre llamadas y wasaps, la madre "a mí no me lo hará dos veces" asegura que las nutrias son unas asesinas que se comen los patos de los parques, que las medusas no tendrían ni que existir, que "aquí huele mal, pasa rápido" y que "no te acerques tanto, el cristal está sucio".

Me salgo de la fila y vuelvo al inicio del recorrido; cuesta ir a contracorriente. Me río con las gamberradas de las nutrias, me deleito con el baile de las medusas y buceo entre la tortuga y el pez martillo.

A la salida vuelvo a ver a la pequeña y a su madre; salen de la cafetería y entran en la tienda de recuerdos. Delante de un montón de peluches la madre "yo por mi hija haría lo que fuese" se pasma:

-¡Ayyy mira, cielo, qué suaves son! ¿Quieres un Nemito?

Sueños de buhardilla

Sueños de buhardilla

-¡Hola, peque!

-¡Hola!

-¿Qué me cuentas?

-No sé...

-Mamá me dijo que habías pasado dos días en casa de... de tu amiguito Pablo.

-No se llama Pablo, se llama Pedro... siempre te lo digo y siempre te equivocas.

-Sí, vaya memoria la mía... ¿Y qué tal lo pasaste?

-Muy bien, vive en el campo y tiene un perro muy bueno.

-Y para dormir, ¿qué tal?

-Muy bien... solo que me escurría un poco.

-¿Y eso?

-Pues... porque la cama estaba inclinada.

-Qué raro, ¿no?

-No, es normal, Pedro vive en un campo con montañas.

Paseo por el parque

Paseo por el parque

Me prohibe jugar con él.

-¿No ves que es muy raro? -me dice, mientras me pone un collar de perro galáctico, y empiezo a parpadear como el árbol de la plaza Mayor en Navidades.

-¿No ves que es un perro verde? -insiste, mientras tiro de la correa para olfatear al raro.

Su dueña, Matilde la del bajo, saluda a la mía. Es una vieja muy vieja. Se parece a Rufus, el Shar Pei de los del tercero, cuando llegó. ¡Este sí que era raro! Ahora es más normal, se ha vuelto estirado como su ama que no le deja jugar con nadie. Me dejo acariciar por Matilde.

-Qué guapo vas con todas estas luces -me dice amablemente, sacando lo más que puede la cabeza de entre el espinazo. Le contesto meneando el rabo. Mi ama, nada.

Ya es casi de noche y mis destellos de perro galáctico cortacircuitan las primeras sombras del parque. Claro que sé que el nuevo perro de Matilde es raro, que es verde, que no huele ni a macho ni a hembra, que tiene ruedas en vez de patas, y un tubo ancho a modo de cuello, cabeza y correa. Sé también que van diciendo por ahí que Matilde se ha vuelto loca, que desde que murió Dama, la bella Dálmata, no pasea a ningun perro, que pasea una aspiradora.

Empieza a chispear, mi ama me retira el collar navideño para ponerme un chubasquero a cuadros escoceses.

-Deja que te lo abroche bien, no sea que te vayas a acatarrar- bufa mientras me debato-, y volvamos ya, que no nos podemos perder el último episodio de... ¡vaya por Dios!.. ¿cómo se llama esta serie?... ¿no lo recuerdas?... esa que te gusta tanto en la que sale esa perrita tan simpática que...

  Ya no queda nadie en el parque.

Derrumbar muros

Derrumbar muros

Hubo un tiempo en el que los arboles de su finca nunca le parecían lo bastante frondosos, ni sus perros guardianes lo bastante fieros. Pero ahora maldice esta quietud que, como un grillete, va arrastrando por las habitaciones de su fortaleza. Mandar podar los arboles y atar a los perros no ha sido suficiente, hoy pedirá que los talen y los sacrifiquen.

Normas europeas

Normas europeas

Sigue siendo otoño en pleno mes de julio. Yo sigo en casa con el pie escayolado y, por lo que me dijo ayer la Juani, poco me pierdo; el mojabobos se ha encargado de barrer a los veraneantes de la playa, y bajo sus chubasqueros de anteriores peregrinajes compostelanos arrastran su aburrimiento y su malhumor por todas las calles del pueblo.  El único sitio en el que se palpa un ambiente veraniego es en el super de la calle Mayor. Desde que sus cajeras tienen que vestirse con top y braguita -como las jugadoras de balonmano playa- se han triplicado las ventas, y en las colas (de machos en su gran mayoría)  no se notan crispaciones, al menos no las habituales.
-Son normas europeas -me ha dicho la Juani-, seguro que de la Merkel.

 Y echamos una risas pensando en la Angela en top y braguita, y en los demás políticos y grandes de este mundo sin sus corbatas y faldones...  ¡Top y braguitas para todos y a ver cómo se las apañan para guardar sus ases!

(Al marido de la Juani ya no hay que insistirle para que vaya al super, ni siquiera para un paquete de salva-slip... ¡con la verguenza que le daba! En cuanto a su hija, anda siempre acatarrada.)

La vida a sensenta centímetros del suelo

La vida a sensenta centímetros del suelo

Nada es igual cuando te veo desde mi cama. Tu sonrisa me llega un tanto torcida y tu abrazo sofocado. En tu camiseta, esa mancha "que apenas si se notaba" se mofa de unos pelitos de debajo de tu barbilla, que se libraron "por los pelos" de las cuchillas de tu último afeitado. La casa también tiene otra cara. Ya no alcanzo a ver el cuadro que compramos a un artista hoy cotizado, ni el jarrón de cristal de Baccarat -regalo exquisito de boda que se quiso ídem-, ni el reloj de pared de no recuerdo qué siglo. Sin embargo, mis ojos tienen "a mano" todas las baratijas que conservo en estanterías inferiores: una brujita de yeso de un viaje escolar, una piedra en forma de corazón de un paseo por una playa, un velero de plastilina de un día de la madre... Bolitas de borra van deslizándose por el suelo y llegan hasta cada rincón de mi dormitorio, como lo hacen los flecos de conversaciones desde otras partes de la casa. Tumbada a solo sesenta centímetros del suelo vivo de refilón. De repente, desde las estanterías inferiores de mi vida llenas de insignificancias, oigo el latir de un corazón fuerte, el flamear de unas velas al viento, y la alegre llamada de una brujita.-¿Te apuntas? -me dice, y me hace algo de sitio en su escoba.

El aparador del abuelo

El último mueble que quedaba viaja hacia España. Un hermoso aparador de madera de cerezo silvestre y que, como el de Rimbaud, se había ido llenando de "antiguas antiguallas". Tampoco queda una sola alfombra en este suelo de madera que mi madre nunca dejó de nutrir con la mejor cera de abeja, y de abrillantar con jerséis gastados, ¡tanto!, que su lana no hubiese podido ser destejida, puesta en madejas, lavada, desrizada, reovillada y retejida; sin embargo no había final más glorioso para un jersey que pasar a ser trapo para suelos encerados.

Antes de cerrar para siempre la puerta de una vida que ya no es, me percato de unos rayones y de unas manchas en el querido suelo. Son la prueba del gran número de saqueadores de pisos que han pasado por aquí: agentes inmobiliarios, anticuarios con olfato de buitre...

–¡Vamos vamos, frotad, frotad!– nos6 decía mi madre cuando, al volver del colegio, mis dos hermanas y yo gustábamos de patinar en la madera recién encerada. Nos calzábamos entonces los trapos de lana para efectuar extraños bailes, una mezcla de vals, twist, rock y jerk. Hoy mis hermanas no están aquí para bailar conmigo, y recuerdo ahora la enceradora Electrolux que mi madre había comprado cuando ya no le fue posible contar con los alocados bailes de nuestra infancia. Olvidada en un rincón de la despensa, la bella enceradora parece estar esperando a su pareja de baile, como esperaban las solteronas de antaño, tiesas en sus vestidos almidonados en la noche de "la Sainte Catherine"*. Entonces, como si fuera su amable pareja, la levanto delicadamente por sus dos asas, la llevo hasta el salón, desplego su cable como si fuera la alfombra roja para grandes fiestas, y doy a la palanca de arranque.
Empezamos a bailar. En el piso vacío huele de nuevo a trementina, a resina de pino, pero los compases de mi pareja de baile, la bella enceradora, son también los de mi pena. No quiero llorar... en vano. Y sin embargo lo sé: en los suelos encerados de mi madre una gota de agua... c’est mortel.

 

*El 25 de noviembre es una fecha muy especial en Francia, se festeja el día de Santa Catalina. Es una tradición que data del siglo XII: las hijas solteras, mayores de 25 años, idean sombreros de lo más extravagantes para desfilar por la ciudad. Luego, por la noche,  van a los bailes, siempre vistiendo los sombreros para que los hombres puedan ver que estan "disponibles" y que buscan marido. (tradición que se va perdiendo... ¡menos mal! )

Le buffet du pépé

Le buffet du pépé


Le dernier meuble qui restait vient de prendre le chemin de l’Espagne. Un beau buffet en merisier et qui, comme celui de Rimbaud, s’était rempli au fil des ans de "vieilles vieilleries". Plus de tapis non plus, plus rien sur ce sol en bois que notre mère s’est acharnée, sa vie durant, à nourrir de la meilleure cire d’abeille et à faire briller à l’aide de vieux pulls, lorsque leur laine trop usée ne supportait plus d’être détricotée -pour une nouvelle mise en échevaux-,  lavée -pour un défrisage de leurs anciennes mailles-, rebobinée et retricotée; c’était, de toute façon, une fin bien glorieuse pour un pull que de finir patin ou, comme nous le disions, patte pour planchers cirés.

Avant de fermer définitivement la porte sur une vie qui n’est plus, mes yeux repèrent alors sur le plancher chéri de nombreuses taches et rayures, qui témoignent du grand nombre de saccageurs d’appartements qui sont passés par là: agents immobiliers, antiquaires au flair de vautour...

-Allez allez, frottez bien! -nous disait ma mère, quand à notre retour de l’école nous aimions patiner sur le beau bois qu’elle venait de recirer. Mes deux soeurs et moi nous chaussions alors les pattes en laine et effectuions d’étranges pas de danse: valse, twist, rock et jerk à la fois.

Mes soeurs ne sont pas là aujourd’hui pour danser avec moi, mais je me souviens alors de la cireuse Electrolux que ma mère avait achetée, lorsqu’il ne lui fut plus possible de compter sur nos danses folles d’enfants. Oubliée dans un recoin de l’alcôve, la belle cireuse semble attendre son cavalier, comme attendaient le leur les vieilles filles d’avant, toute raides dans leur robe de bal amidonée le soir de la Sainte Catherine. Alors, comme un cavalier avenant, je la prends délicatement par ses deux manettes, la mène jusqu’au beau milieu du salon, déroule son fil électrique comme s’il s’agissait du tapis rouge des grandes fêtes, et appuye sur la pédale de démarrage.

Et la belle cireuse et moi-même commençons à danser. Dans l’appartement vide ça ressent bon la térébenthin, la résine de pin, mais les flonflons du moteur de ma cavalière sont aussi ceux de ma peine. Je retiens mes larmes, mais c’est en vain; et pourtant je le sais: sur les planchers en bois ciré de ma mère, une goutte d’eau c’est mortel.

La bondad y otros dos textos

La magia del microrrelato: poder expresar ideas sin caer en lo moralizante ni en el asqueroso «mea culpa» público (a lo que estamos tan acostumbrados). 

La bondad
Soy lo que se llama una buena persona. No le haría daño a nadie, amo a los animales y cuido de mi entorno. Este invierno, por poner un ejemplo, les puse comida a los herrerillos que veía revolotear por ahí. Con el frío y tantos vendavales como hubo, no tardaron mucho en darse cuenta de la despensa que les tenía montada al abrigo de la lluvia y de cualquier peligro; no tengo gato ni perros en casa, solo marido (buena persona también). Los herrerillos son muy discretos y si pían es para cantarte «un gracias», para mostrarte su agradecimiento, pero sin permitirse nunca poner una patita más allá de los limites que les tienes marcado. Y esta especie de idilio entre nosotros hubiera seguido para siempre si no hubieran llegado los gorriones. Ya sé que ellos también son tan animales y tan necesitados como sus hermosos congéneres azulados pero ¡qué modales, menuda diferencia! Listos como demonios, esas ratitas del cielo se percataron enseguida de la despensa y, si primero se contentaron con las migajas del suelo, a los pocos días ya habían conseguido aprender la técnica «herrerilla» para comer suspendidos de la redecilla en la que les embutía el manjar: una mezcla de pipas y nueces machacadas. Y piaron, sí, ellos también piaron, de agradecimiento primero, luego, para reclamar más y mejor comida e, incluso, para intentar echar a cualquiera que se quedase demasiado tiempo apoyado en la barandilla del balcón ahora llena de cagaditas, de restos de pipas y plumón. Una cosa es ser buena y otra ser tonta. Retiré la redecilla. 

Otro momento mágico: Terminas de escribir y te das cuenta de que no es la primera vez que hablas de esa bondad de mierda. Rebuscas en tus relatos del año anterior o de hace más tiempo, y por fin encuentras el texto. Ahí va pues... otras dos historias sobre la misma horrenda y supuesta bondad. Me inquieta la recurrencia con la que aparece este tema en mis textos... por algo será... digo yo. 

La manifestación
–No me venía muy bien, que si no, yo también hubiese ido –dijo la mujer ensortijada.

La Miseria y Doña Angustias
No se conocían hasta que sus miradas se cruzaron, a pesar de que Doña Angustias tuviera siempre mucho cuidado de que esto no ocurriera. Pero, un momento de descuido lo puede tener cualquiera, sobre todo estando Doña Angustias como estaba, absorta en cerrar la cremallera de su monedero que cada dos por tres se le atascaba. Ahora, de camino a casa, iba hablando sola aunque eso fuese de gente loca.
–Se les da sin más miramientos y, ¡vaya usted a saber en qué se gastan las limosnas! –iba murmurando–. ¿Y cómo nos lo agradecen? Antes, con toda sumisión y zalamería, como siempre fue y como tiene que ser. Pero ahora lo hacen, ¡mirándonos a los ojos!, sí señor, ¡levantando la cabeza y mirándonos a los ojos! Y me pregunto, ¿para qué creerán que se les da?, ¿para que se nos pongan arrogantes y nos cuenten sus vidas? Pues, ¡hasta aquí podríamos llegar! El trato era bien simple pero, en lo que a mí respecta, queda roto. Bastante mal huele la miseria sin que, además, tengamos que mirarla a los ojos.
(Escrito para PMI 2013)

Manteca pura

Manteca pura

Nunca recuerdo que a partir de junio, y de Pajares para abajo, no procede llevar «compango» para fabada, y sí, apilar camisetas de tirantes en la maleta.

Mientras sudo la gota gorda frente a unas fabes «manteca pura», mis nietos se deleitan.

—¿Está rico? —les pregunto.

—Delicioso —contestan los dos a la vez.

El calor me está poniendo de mal humor.

Entre cuchara y cuchara canturrean.

—No se canta mientras se come —les recuerdo.

—Cuando está rico, cantamos —contesta Nic.

Suspiro y aparto mi plato aún medio lleno.

—No puedo más... hace demasiado calor. Mañana, gazpacho —les digo secándome el sudor de la frente.

—¿Por qué no te pones camiseta de mujer si estamos en verano? —me pregunta Hugo—. Una de tirantes que llegue hasta aquí.

Ha dejado la cuchara en el plato, para marcar con la mano el sitio exacto del límite de una camiseta de mujer en su pecho.

Nico le mira.

—No, un poco más abajo.

Durante un rato discuten sobre las dimensiones que debe tener el escote de una camiseta de mujer. Por fin se ponen de acuerdo.

—Sí, tiene que llegar hasta los pezones y taparlos un poco.

Luego siguen comiendo. Canturrean.

El trato (o el nuevo ayudante de Papá Noel)

El trato (o el nuevo ayudante de Papá Noel)

Erase una vez un niño. Hoy se despierta muy pronto. La víspera ha dejado sus zapatos junto a la ventana. Al verle colocarlos con mucho cuidado —en paralelo— su madre no ha dicho nada. Ella nunca dice nada desde que volvieron de aquel otro país. Su hermano mayor, apenas si le ha hecho caso, y su padre le ha recordado que tenía que ser razonable, que todo había cambiado... ¡Cómo si fuera necesario recordárselo! 

            El niño se acerca a la ventana y pega la nariz contra el cristal. El vaho de su respiración va formando una ventanita en la ventana, como una puerta gatera para miradas. De repente, un coche negro brillante se para delante de la puerta de la casa, y el pequeño ve salir a un extraño Papá Noel envuelto en un abrigo negro y brillante también. ¡Cuántas cosas no le gustan de este nuevo país! Pero, por si acaso, el niño vuelve a la cama y cierra los ojos, muy fuerte. La puerta se abre. Unos pasos. La puerta se vuelve a cerrar, y un aire helado, halitosis del invierno, llena la habitación. El niño entreabre los ojos... ¡Es una bici roja tal y como la había pedido!

            En la calle, el hermano mayor se despide del extraño Papá Noel.

            —No te olvides que a partir de ahora trabajas para mí —le dice el viejo barrigudo antes de volver a desaparecer en su trineo blindado. 

 

Cálculos en tazones de leche con cereales

—Desayunaaa...
—Mamá... ¿y si el lunes no existiese?
—Qué cosas tienes... Come, que llegarás tarde...
—Ya, pero... ¿ y si el lunes no existiese?
—Pues el martes sería lunes, el miércoles martes... ¡Y ahora haz el favor de comer, ya está bien de tonterías!
El niño balancea los pies debajo de la silla, a la vez que se anuda y se desanuda los dedos en base a complejos cálculos mentales. 
—Pues sabes... si el lunes no existiese sería una caca, no quedaría ningun día para hacer de domingo —concluye apesadumbrado.

Recreo dominical

Recreo dominical

—Seríamos unos estudiantes y tendríamos un Bugatti.
—Vale... ¡Y fumaríamos y nos emborracharíamos! 
—Ummm... ¿no sé si los que fuman y se emborrachan tienen un Bugatti?

Sombras chinescas-Ombres chinoises

Sombras chinescas-Ombres chinoises

Mis viernes santos
Mi padre era viajante, pero volvía los viernes por la tarde para pasar el fin de semana con nosotros. Esos días mi madre se levantaba más pronto que nunca para dar un repaso a toda la casa, y especialmente a su dormitorio. Quitaba las sábanas que lavaba y dejaba secar al sol, en el tendedero que daba a la calle, como banderas de bienvenida. Luego, al anochecer, cuando ya estábamos los tres reunidos en casa, las recogía y, antes de que las planchase “para quitarles ese poquito de humedad que podrían tener aún”, yo pedía a mi padre que extendiera la más grande en la pared para jugar a sombras chinescas. Las manos de mi padre eran grandes y fuertes, y para mí podían volverse gaviotas, perros rabiosos u… otras cosas que yo no conseguía ver, pero que hacían que mi madre y él se mirasen como cómplices no arrepentidos de no sabía qué falta.

 

Mes vendredis saints
Mon père était représentant de commerce, et tous les vendredis soir il rentrait à la maison pour passer le week-end avec nous. Ces jours-là, ma mère se levait plus tôt que jamais pour un nettoyage de printemps de toute la maison —et de leur chambre en particulier—, et ce, bien que nous ayons été en plein hiver. Elle retirait les draps de leur grand lit pour les laver et les mettre sécher sur les cordes de l’étendage qui donnait sur la rue, comme des drapeaux de bienvenue. Plus tard, à la nuit tombante, quand nous étions tous trois réunis, elle les ramassait et avant qu’elle ne les repasse pour leur enlever «ce petit peu d’humidité que, peut-être, ils conservent encore», je demandais à mon père de déployer le drap de dessus contre le mur pour jouer aux ombres chinoises. Les mains de mon père étaient grandes et fortes, et pour moi elles devenaient mouettes, chien méchant ou... autres choses que je n’arrivais pas à entrevoir, mais que lui et ma mère regardaient comme l’auraient fait deux complices non repentants de je ne savais quelle faute.

Técnicas de iluminación*

Técnicas de iluminación*

Cubriendo una de las dos mesas de la sala de espera del pediatra, los juguetes y cuentos sobados parecen armas de guerra bacteriológica. En la otra, las revistas del corazón dispuestas en forma de abanico muestran sus portadas, como un viejo pavo real sus plumas. Después de medir la nocividad de los dos posibles entretenimientos, el padre del pequeño opta por las revistas; él mismo pasará las páginas con cuidado de no recurrir al truco del dedo mojado. 
—¡Mira qué bonito! —dice el padre al abrir la revista en un anuncio de colchones.
El niño se asoma a la imagen como solo saben hacerlo los niños, mientras los ojos del padre se deleitan, evidenciando la importancia de una buena iluminación para resaltar ciertos detalles.
—¿Qué te parece, amigo? —pregunta el hombre después de unos segundos de concentración mutua—. ¿Te gustaría que Bambi te despertase así por las mañanas?
—Papáaa... Bambi no existe, es de mentira —contesta el pequeño enarcando las cejas—. ¿Pero sabes qué?... Cuando sea mayor y pueda beber cerveza, yo también me haré «tattoos». 
Dominique Vernay

*Un guiño al título del fantástico libro de Eloy Tizón 
Escrito para los "viernes creativos" de Fernando Vicente.
Foto de Eric Morales.

Terrores policromáticos

Terrores policromáticos

No es sorprendente que un vampiro te salte a la yugular. Tampoco es nada del otro mundo que los zombis anden cómo lo hacen ni que los marcianos sean verdes. Pero que él llegue a la cocina arrastrando los pies, y que, por no encontrarse con el café servido en aquella taza suya «de toda la vida», se ponga negro, luego rojo de tanto gritar, esto, sí, asusta de verdad.

En niño, el guijarro y el lunes

En niño, el guijarro y el lunes

-¡Vamos, despierta!...

-¡Vamos, levántate!...

-¡Vamos, vístete!...

-¡Vamos, desayuna, lávate los dientes, ponte el anorak, anda más rápido!...

-¿Y ahora qué?, ¿qué te pasa? Vas a llegar tarde.

La mano del niño acaba de dar con la piedrecita que encontró en la playa, ayer, domingo, mientras paseaba. Ahí está, escondida en el bolsillo de su anorak, tan suave, tan redondita como un caramelo.

-¡Vamos, que la seño te va a reñir!

El niño aprieta con fuerza el guijarro en su mano.

-¡Deja de gritarme!... que si no... si no... -le dice a esta voz que le ladra de continuo y, sacando aquel trocito de domingo cálido en su mano, sigue amenazándola.

-¡Deja de molestarme o... o tiro esta piedrecita para que veas!...

Entonces, el pequeño arroja el tesoro pétreo que vuela de rabia hasta estrellarse demasiado lejos.

-Pues mira que bien -le dice la voz-, te quedaste sin la piedra.

El pecho de niño se llena entonces de una pena que pesa lo que mil guijarros, mientras su mano vuelve a un bolsillo vacío.

El rumiante (Del mito de Dido)

El rumiante (Del mito de Dido)

(... La astuta Dido cortó entonces la piel de un toro en pequeñas tiras y demarcó el lugar sobre el que fundaría la ciudad de Cartago.)

 

EL RUMIANTE

Saltaba a la vista que Siqueo era el soltero más trabajador y menos agraciado de la oficina, y Elsa, la soltera más solterona. Era fácil pensar, pues, que tarde o temprano, Elsa se plantease casarse con el pobre Siqueo, que suspiraba de amor cada vez que la no tan joven oficinista pasaba a menos de cinco metros de su mesa; a más distancia no se daba cuenta de su presencia, aparte de muy miope era algo sordo. «Podré presumir, como cualquier otra mujer, de marido, casa e hijo», pensaba Elsa, «y si bien es verdad que más me valdrá no enseñar fotos de Siqueo ni de su retoño, siempre podré mostrar las de nuestra casa que quiero más grande y más lujosa que todas las de mis compañeras.»

Elsa anunció su compromiso con Siqueo con mucha solemnidad, en el transcurso de un lunch, al que, por cierto, Siqueo no pudo asistir; trabajaba.

–Nos casaremos cuando hayamos podido comprar una casa en el mejor barrio de la ciudad –le había dicho Elsa al enjuto novio.

El hombre no se lo había hecho repetir dos veces. De inmediato, había buscado otro dos empleos, uno de vigilante de noche en unos grandes almacenes y otro de camarero los fines de semana y fiestas de guardar.

A tantas horas de trabajo y tan pocas de sueño, había que añadirles las tristes comidas que Siqueo hacía, sentado en un banco del parque junto a la oficina, nevara o hiciera un sol de asar.

Y como es de suponer otra vez, nuestro enamorado al que todos empezaron a llamar «el rumiante» –por ese masticar de bóvido que tenía, allí solo en su banco, la mirada fija en un bocadillo de pan correoso– adelgazó y adelgazó tanto, que de la piel que le fue sobrando de cada parte de su cuerpo se hubiese podido recortar kilómetros de tiras y, con ellas, circundar el mundo.