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dominiquevernay

De vuelta al cole


–Ahora, cada uno de vosotros va contar lo que más le ha gustado de sus vacaciones.
–Empieza tú –dice la maestra.
–Pues...–dice el niño– que mi abuela ya está en una residencia y que, entonces, pudimos quedarnos en su casa. 
(*Relato ganador del certamen "Cuidemos de nuestros mayores"... No, me equivoco... Relato ganador del certamen "Hablemos claro")

*Es mentira

Pantomima

 

Apenas si me ha dado tiempo a pronunciar el título de la peli que Nic acaba de mimarnos*, cuando Hugo salta del sofá y empuja a su hermano para cogerle el sitio en medio del salón.
–Me toca a mí, me toca a mí... –canturrea.
Ya in situ, se calla, se retuerce los dedos, frunce el ceño...
–No vale ponerte en medio si antes no has pensado un título de verdad, y además, que no sea siempre la misma peli –protesta su hermano que se las sabe todas; por algo ha sido tan buen instructor.
–¡Sí que me sé uno!... Y no va a ser Star Wars... Va a ser... Va a ser...
Se le ilumina la cara, se queda quieto y dice muy serio:
–Se abre el tendón y...
Y empieza a mimar una escena, que mucho se parece a una lucha con espada láser.
–No vale, no vale... –se enfada Nico–, otra vez es Star Wars y además no se dice tendón, se dice telón... ¿A que sí?... 
–Sí, Nic tiene razón –digo intentando retener la risa, el tendón es...
–Ya sé lo que es un tendón –me corta Hugo mientras se deja caer al suelo y se agarra los dos tendones, uno en cada mano–. ¿O es que te creías que no lo sabía?
  
*Mimar: "Representar algo mediante gestos" (RAE)

Tubérculos

Cuando te oigas hablar con una patata, déjalo todo y vete a dar una vuelta. Seguro que te habrás topado con una patata bio, y es muy probable que solo sepa hablar inglés y no admita que se la pele sin el instrumental adecuado. Yo no sé decir más que "fuck" y "shit" –y eso que veo muchas series en VO– y no sé utilizar un pelador de patatas. Así es que hazme caso, vete a dar una vuelta y pásate a la tortilla a la francesa.
 

Regreso a Saint-Etienne

http://nalocos.blogspot.com.es/2013/08/dominique-vernay-regresa-saint-etienne.html

Vueltas

 Damián era diferente. Había gastado todas sus energías en crecer a lo alto y a lo ancho; en nada más. Cuando empecé a sentir vergüenza por ir en una bicicleta con ruedecitas, acudí a él para que me sujetara en mis primeros intentos en una de mayor. Aquel verano se nos pudo oír en todo el pueblo: yo, pegando gritos, y él detrás, con su inmutable gesto de perplejidad eufórica –o de euforia perpleja– diciéndome:

–¡Mira la rueda!... ¡Mira la rueda!...

 Su técnica no era la mejor, pero su paciencia infinita.

Fiesta Mayor

Fiesta Mayor

Tumbada en el suelo de la cocina, Luvni mira a su ama sin despegar el hocico del terrazo fresco. No parece sorprendida de que Clotilde haya sacado el gran barreño "de lavarse a fondo". Otra cosa muy distinta es que su vieja ama abra ahora el arcón de la ropa buena; hoy no es domingo.

–¡Escucha!... Ya se oye la orquesta –le dice a la perra.

Clotilde termina de vestirse y sale a la calle. En la plaza del pueblo, vacía, parece sonreírle a alguien y asentir. Luego, empieza a bailar.

El espejo

 EL ESPEJO

(Primera parte)

            Ya es tarde. María lo sabe por las sombras; de tanto estirarse se hacen con todo el sitio y echan al día. Observa los gestos de Sole, su madre, y no le cabe ya la menor duda: el día está agonizando. Son gestos de siempre pero, últimamente, la niña cree reconocer en ellos la precisión y el ceremonial de los del sacerdote antes de la eucaristía. Sin embargo, esta vez, no se trata del cuerpo de Cristo ni de resurrección, sino de su propio cuerpo y de muerte. Siente frío y miedo.

            Antes, no hace mucho, le gustaba oír el chirriar de los goznes de las contraventanas al cerrarse, pero ahora le suenan a quejidos. Su madre que se encuentra algo cansada le pide que muela el café para el día siguiente, mientras que ella termina de sacarle brillo a la chapa de la cocina antes de volverla a cargar.

            Sole está guapa. Lleva un moño al que la pequeña llama "moño caracola". Al final del día, y mientras la mujer trajina, algunos mechones que han conseguido escapar de la succión de esta concha tubular caen como serpentinas sobre su cuello. La primera vez que María se enteró de que a estos mechones rebeldes se les podía llamar "abuelos" le había hecho gracia, "abuelos traviesos"... y se había reído.

            Pero de eso hace mucho. Ya tiene siete años.

 

(Segunda parte)

 

            Sole canturrea alguna melodía, mientras ladea la cabeza para contemplar el reflejo de la luz de la bombilla en la chapa limpia; pasa la palma de su mano sobre la superficie aún tibia, suave y brillante. Le gusta. Luego, va llenando la cocina con piñas rojizas, huecas, leña seca y carbón color azabache. Cada vez que retira y recoloca las arandelas de la boca de la cocina, lo hace con movimientos rápidos de carcelero abriendo y echando cerrojos. La niña se sobresalta. El crepitar de la resina al arder le suena también a quejidos, y reconoce en las llamas presas en la cocina, imágenes de cuerpos retorciéndose en el infierno.

            –Esta cocina traga como una glotona –dice Sole.

            María le sonríe, pero baja la cabeza para que su madre no vea la lagrima que resbala desde su mejilla hasta su mano; en su girar incesante, hace que el polvo de grano molido vaya cayendo, como la arena de un reloj, en el cajoncito de madera del molinillo. ¿Quién pudiera retener el tiempo? Echa de menos a su abuela, ella lo sabía todo y no le tenía miedo a nada.

            María recuerda el movimiento de los dedos de su madre deslizándose sobre los párpados de la abuela, las sombras deslizándose sobre el día, las tinieblas sobre la luz...

            Se le hace un nudo en la garganta. Le gustaría poder chillar:

            –¡Mamá!... ¿Es que no ves lo que me está pasando?

            Pero la serenidad de su madre se lo impide. Es evidente que ella no sabe nada de miedos, de sombras ni de muerte... Y si se lo contase no lo iba a entender.

 

 

 (Tercera parte)

 

            Poco a poco, el olor a café recién molido y a resina quemada invade la cocina. Sole dice a la pequeña que ya es hora de que vaya a la cama, que mañana tiene que madrugar. María obedece, da las buenas noches a su madre abrazándola más fuerte que de costumbre, pero ella no lo nota.

            –Buenas noches hija, no hagas ruido que tu padre está acostado –le recomienda.

            Eso ya lo sabe. Sabe también que si le pidiese esperar un poco para subir con ella le contestaría:

            –No hija, tengo aún cosas por hacer.

            María deja sus zapatillas junto a la cocina para encontrarlas calentitas al levantarse; este gesto la tranquiliza, implica una mañana.

            Luego, sube descalza las escaleras de madera que la conducen hasta su habitación. Los sonidos que vienen de la cocina se amortiguan; ruidos reconfortantes que se apagan.

            Su habitación es pequeña, consta de una cama con su mesita de noche y, de frente a esta, un enorme armario con un espejo interior en una de sus puertas. María apaga la luz, y se dirige hacia una de las esquinas del dormitorio. De cara a la pared, la niña se va desnudando. Su cuerpo menudo, tiritando de frío y de miedo, se parece al de una marioneta. Entonces, justo antes de poder hacerse con el camisón, que tiene cuidado de dejar siempre muy a mano, oye el chirrido de una puerta que se abre... María deja que estalle su angustia.

            Sole ha oído el grito de su hija. Sube, abre la puerta de la habitación, enciende la luz, abraza la pequeña, la acuna y la oye repetir entre sollozos:

            –Yo nunca lo hago, yo nunca me miro al espejo, es la puerta que se abre sola, es el espejo que quiere que yo lo haga, es él que me busca y me mira.

            La madre le dice:

            –Solo es una pesadilla cariño, abre los ojos y cuéntamela.

            –No puedo abrir los ojos. ¿Es que no ves que estoy desnuda? Y no es una pesadilla. Por la noche, a las niñas que se miran desnudas en el espejo, se las lleva el diablo, me lo dijo el cura, mamá, me lo dijo el cura.

 

(Cuarta parte)

El padre también ha oído los gritos de su hija. Se acerca a Sole, hablan en voz muy queda y María solo oye a su madre que dice:

            –¡Maldito sea, ojalá se vaya al infierno!

            El padre se agacha para acariciar el pelo de la pequeña antes de salir de la habitación.  

             Sole acuesta a María y consigue que abra los ojos. Colocada de pie frente al espejo, la mujer empieza a desvestirse. La niña la mira. Muchas veces ha querido entrever este cuerpo, pero Sole ha sido siempre muy discreta: ni grandes escotes ni puertas entre abiertas.

            –¿Y bien? Aquí estoy, desnuda ante el espejo. ¿Qué ves en él?

            María se niega a mirar hacia el espejo, pero Sole insiste, rogándole que no tarde mucho en decidirse; hace mucho frío y va a coger un buen resfriado con tanta cabezonería. Esto último la convence de inmediato, no quiere que por su culpa su madre caiga enferma.

            –Te veo a ti mamá –susurra.

            –Si, esto es, me ves a mí. Nuestros cuerpos hablan de vida no de infiernos.

            La niña sonríe a su madre en el espejo.

            A la mañana siguiente, María se levanta más pronto que de costumbre y baja las escaleras corriendo a por sus zapatillas. Cuando llega a la cocina la seriedad de su madre contrasta con la luminosidad del día. Josefa, una beata de misa diaria, acaba de darle la noticia: el cura ha muerto a primera hora de la noche; se rumorea que su sirvienta le ha encontrado desnudo frente al espejo de su dormitorio.

            –Era mayor y tenía el corazón delicado –razona Sole– habría cenado demasiado.

            Pero la noche ha vuelto en la mirada de su hija y, de tanto estirarse, las sombras pueden con el día y con los muros de la casa.

            –Mamá, no me voy a morir frente al espejo... ¿verdad?

            María la mira fijamente a los ojos, mientras Sole se pregunta: ¿Qué queda por hacer cuando fallan las palabras?

            Al cabo de un rato, Sole sale al patio y coge el hacha del montón de leña. Entra de nuevo en casa y lleva a la niña de la mano hasta la habitación. Le dice que se quede en el umbral y que mire. Entonces, levanta el hacha, pero su hija se tapa los oídos y cierra los ojos.

            –Abre los ojos, ábrelos bien –le grita. La pequeña obedece, y la mujer golpea el espejo que se rompe en mil pedazos.

            Las dos se quedan unos segundos de pie frente al armario ciego. Solo les queda recoger los trozos de cristal del suelo sin cortarse.

De chorra

De chorra

Es junio y los exámenes finales se acercan. Tendría que haber una ley que no permitiese días soleados en estas fechas de reclusión en casa. En esto estoy pensando cuando una araña se deja caer desde la lámpara del salón. Se para justo a la altura de mis ojos y se balancea en su hilo. Nunca me han gustado los acróbatas, pero ella me fascina; no lleva mallas de color carne ni mangas con volantes ni lentejuelas... Entonces, pienso en otras leyes que prohíban los repelentes de arañas, los exámenes y los trajes con chorreras.

El nadador

El nadador

Mi hermano era de un equipo de natación y yo su más entusiasta seguidora; no me perdía ninguna de las competiciones en las que participaba. Sin embargo, él era júnior, y a mí, los que de verdad me interesaban eran los absolutos, los nadadores de 18 años en adelante. Me encantaba ver a aquellos atletas tensar sus cuerpos como arcos gigantes antes de tirarse al agua, y disfrutaba de cada segundo de la prueba. Cuando se paraban los cronómetros y como sucede en el instante previo a la vida, el ganador que emergía rompía el agua en mil pedazos y lanzaba un grito mudo al aire. Entonces me sobresaltaba.

Baile de manos

Baile de manos

El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda, pero acariciaba los muslos de mi madre con la derecha. Mi padre, que las repartía con la que fuera, prefería la izquierda a la hora de pellizcar a Matilde, la doncella. Tía Sole alisaba los pliegues de su larga falda gris alternando la una con la otra, y a Don Abel, el párroco, nunca se las veía, ocupadas, las dos, con las pastas que tía Sole le tenía reservadas.  

Escondido debajo de la mesa, con los codos clavados en la alfombra y las dos manos sujetándome la barbilla, yo observaba muy quieto aquel extraño baile de manos

Aires

Aires

Aires (adaptación del texto del mismo nombre:"Aires" http://dominiquevernay.blogia.com/2012/100801-aires.php) (octubre 2012)

 

 

Y aquellos nuevos Pinochos fueron engullidos por el tiburón

       Privada de contraventanas, cristales y puertas, la Casa Grande se parecía a una enorme criatura marina boqueando, y los viejos del pueblo eran ahora los encargados de custodiarla. Para eso habían cambiado el itinerario de sus paseos, y no perdían la esperanza de que pronto llegaría un príncipe para redorar su blasón.

       Sin embargo, aquel otoño, lo que ellos habían tomado por posibles aires de prosperidad no eran otros que aires pregoneros de un invierno duro por venir. Como todos los días, al pasar delante de la Casa Grande, habían agudizado el oído y, al igual que indios cuando el avance del ferrocarril, interpretado cada vibración del suelo por si algo hubiese pasado sin ellos saberlo.

       Entonces, de entre las muchas grietas de la fachada principal vieron salir virutas de humo. No pudiendo confiar plenamente en sus ojos de octogenarios, se acercaron un poco más a la verja cuando, de entre las malezas, salieron unos cuantos hombrecitos de cara tiznada, unos Pinochos que la criatura marina, molesta por el humo, parecía haber lanzado al aire de un estornudo descomunal. Los niños miraban ahora entre asustados y divertidos al grupo de viejos atónitos que, poco a poco, iban atando cabos, unos cabos que no eran precisamente los de la vela mayor del galeón de la prosperidad.

       Aquellos niños harapientos no podían ser otros que hijos de pobres Gepetos y, aunque las dos ninfas y el Apolo del edén perdido parecían más felices –con los muñones y los cuellos rebanados escondidos bajo las prendas de una colada– eso no era para nada lo que habían estado esperado tanto tiempo. El gran pez había escupido a unos andrajosos, el pueblo también tendría que encontrar la manera de hacerlo. 

 

Esta es mi aportación  en la II Primavera de Microrrelatos Indignados
organizada por :
Miguel Torija La colina naranja
Rosana Alonso Explorando en Lilliput
Ana Vidal  Realtos de andar por casa
Pliegos Volantes

Toast & Sex

Toast & Sex

Con el automatismo de un robot y el garbo de una vieja zapatilla me dirigí hacia la cocina. Fui por todo el pasillo con los ojos cerrados; en realidad podía haber ido por toda la casa a ciegas, me la sabía de memoria al igual que me sabía nuestras vidas, la de mi novio y la mía. 
Enchufé la cafetera y coloqué mi taza debajo del pitorro. Luego, esperé. Al poco, me sorprendió oír la voz de un locutor de radio en vez del cacareo habitual del aparato, y vi cómo se me llenaba la taza de un chorro de noticias de recuelo que, por supuesto, me negué a tomar. 
Aunque estaba resignada a prescindir de mi dosis de cafeína, no iba a renunciar a mi tostada de cada mañana, así es que di al "on" de la tostadora. Lo hice con cierta aprehensión, ya que, después de lo de la cafetera, me pareció ver en el brillo-acero de aquel pequeño electrodoméstico cierto aire de salvajismo. No me equivocaba: después de cantarme un fragmento de no sé qué ópera se tragó mi rebanada. 
Al llegar mi novio a la cocina, me encontró en plena negociación con el exprimidor, pero no nos hizo caso; se fue al armario de la aspiradora, la sacó, la enchufó y colocó una taza junto a la salida del tubo rígido.
–¿Te preparó uno? –me preguntó con cierto brillo-acero en la mirada.
–Bueno –le contesté entre perpleja y maravillada.
–¿Y cómo lo prefieres? –preguntó de nuevo acercándose a mí.
–Extra-fuerte –susurré.

La entrevista

La entrevista

–La llamaremos –le dijo el hombre, mientras se levantaba del sillón para darle un apretón de manos.

            Al instante, la joven sintió cómo se le revolvía el estómago y salió del despacho en dirección a las escaleras. Se encontraba en un noveno piso, pero no podía perder un segundo buscando los servicios o esperando un ascensor que podría tardar en llegar; estaba a punto de vomitar aquel apretón de mano, aunque fuese en las mismísimas escaleras de una de las empresas más importantes de la ciudad.

            En el descansillo del noveno piso, no le llegó más que un eructo con olor a huevo podrido; el mismo olor que salía del tarro de cristal en el que su madre le ponía dos huevos duros para el picnic de las excursiones del colegio, mientras los demás niños abrían sus bolsitas de ganchitos y de patatas fritas con sabor a barbacoa.

            En el descansillo del octavo, fue una flema la que le obligó a parar y a escupir en el tiesto de un ficus ornamental. Era una flema pegajosa, pegajosa como las manos del aquel gordo de la pizzería en la que había trabajado durante varios años –de 5 a 9– para pagarse los estudios.

             En el séptimo piso, no pudo retener por más tiempo una arcada, luego otra... y vomitó todo el apretón de mano del hombre de arriba; un apretón rancio de una sociedad podrida en el que la pobreza no se perdona, porque la pobreza se te queda para siempre pegada a la piel, hagas lo que hagas para quitártela de encima.

            El hombre no la llamaría a no ser que... Eso era el trato que estaba embutido en aquel repulsivo apretón; el hombre del noveno, como tantos otros, no le permitiría otra salida por más que ella le vomitase su negativa a seguir chupando pollas. Y siguió vomitando mierda en el sexto, odio en el quinto, rabia en el cuarto...  Al llegar a la calle ya no le quedaba nada que echar, y la cegó un día luminoso de muchos otros apretones de manos.

TEXTO A PATCHWORK (por David Rubio González)

TEXTO A PATCHWORK (por David Rubio González)

Sin agujas ni hilo, solo con retazos de: "No te quites la costra que te quedará marca".

Ilustración de: heluna.tk

Añoro aquellas niñas, ya no busco tesoros. Conozco bien el camino que me llevará hasta los míos. Su sombra le salpica. Tienes entre tus manos al rey de las setas. Ya nunca sería mi héroe, no me dieron ningún beso, no recordaban a quién de los dos le tocaba hacerlo. Guarda tus lágrimas para cosas más serias. Vete y no peques más en adelante. Sonaba a amenaza, a revancha. Intentando averiguar cómo sería un castigo proporcional y si dolería. Voy a tener un hermanito, ¿quieres un poco de aborto? Menuda lista, con veinte pecados por lo menos. Una vida de entrega a Dios, como yo con vosotros. Dios es como los pedos de lobo. 
Hebras de silencio y estómago encogido. Lijar el silencio. En el comedor olía a agrio. Churros revenidos, copos de cereales con miguitas de sueño, el día de los espaguetis, meriendas en solitario, absorto en la historia del Sr.Kellogg, sus brackets sabían a fresa. Recuerdo a mis muñecas que las quiero a todas, me gustan los últimos besos, saben y huelen a mamá, las abuelas no huelen tan rico como las mamás. El mundo real de mi Play. Hoy toca limpieza ¿puedo pasar?
Siempre creí que añadir un epílogo a los relatos era una clara señal de fracaso por parte del autor, en el cuento no es así, hubo un tiempo en que ninguna palabra se le resistía. Nos falta nuestra dosis de cafeína para poder reaccionar, la enfermera mira con asco la muestra y el ruido de las hojas amuebla el silencio. Se alquila la mosca azul que baila su último vals y se vende abuela-esquinera. ¿Cuántas veces escuche decir las mismas palabras, huecas en su mayoría, pero que sabías soltar con tanta maestría? Ahora solo nos queda una hija pero jamás nos viene a visitar. A ver ahora, ¿mejor o peor? La tristeza con otra se quita, mientras yo seguía lamiéndome las heridas.

De visita

De visita

–¡Calla y arregla de una vez la cisterna del váter, que gotea!

Lo que tú digas viejo, lo que tú digas. Jugaremos a que aún estamos en aquella casa de mierda, que sigues mandando y que el ruido ese es el vecino del cuarto que mea o, si te empeñas, la cisterna que gotea. Pero te aviso viejo, solo será un momento, solo hasta que deje de llover y me pueda largar de aquí.(REC)

El parque en invierno

El parque en invierno

           Al igual que su madre, la pequeña estaba pendiente de los pasos del hombre en la escalera. Si cojeaba –como si el mal humor lo trajese pegado a la suela de uno de sus zapatos: una pisada fuerte, otra suave– la niña sabía que su padre estaba de malas, que una vez más le habrían dicho que lo sentían, que no había nada par él, que volviese al día siguiente por si acaso y, rápidamente, terminaba de vestir a Sofía.

–¡Estate tranquila!, tengo que ponerte el abriguito –le decía la niña con voz persuasiva.

Fuerte, suave, fuerte, suave...

–Sí, date prisa –murmuraba la madre acariciando la mejilla de la niña que retiraba la cara como quien evita un golpe–. Ya sabes que a papá enseguida se le pasa.

Y mientras una puerta se abría sobre lo que quedaba del hombre, otra, la de la despensa, se cerraba tras la niña y Sofía, su muñeca.

 

Esta es mi aportación  en la II Primavera de Microrrelatos Indignados
organizada por :
Miguel Torija La colina naranja
Rosana Alonso Explorando en Lilliput
Ana Vidal  Realtos de andar por casa
Pliegos Volantes

 

Al borde del llanto

–Que se arrime un poco más a la cama -me pidió mi padre.

         Entonces, me aparté para que Juan pudiera acercarse.

         Que se arrime un poco más a la orilla, me mandaba también cuando, de pequeños, Juan y yo le acompañábamos a pescar al río.

         –No tengas miedo Juan, te enseñaré a hacer ranas –le decía mientras escogía los cantos rodados más planos.

         Mientras las mías se hundían, las piedras de mi hermano parecían volar.

Como un hombre

 

                                               Primer capítulo

  Se oyó un discreto llanto, luego nada. Durante más de una semana, nadie, que hubiera estado de visita en aquella casa señorial de las afueras de Valladolid, habría podido adivinar que bajo aquel techo vivían ocho personas. Las sirvientas iban y venían sin hacer el menor ruido y, con sus vestidos negros, cofias y delantales blancos almidonados, parecían pingüinos deslizándose silenciosamente sobre una superficie helada.

            Sin embargo, aquel supuesto invitado hubiera también podido leer incredulidad e indignación en sus miradas. ¿Hasta cuándo el señor se negaría a mirar a su hija recién nacida? ¿Cuánto tiempo tardaría en acercarse al dormitorio de su esposa para decirle que se alegraba de que aún estuviese viva y que no llorara más? En vez de eso, Don Juan, señor de ilustre apellido, se quedó una semana encerrado en su despacho rumiando su frustración: otra hija, había tenido otra hija, y después de aquel difícil último parto su mujer no podría engendrar más. Cuando se hubo hartado de maldecir al mundo entero y parte del cielo por aquel hijo varón que nunca tendría, salió de su madriguera. Tenía un plan: la niña se llamaría Juana y de su educación se ocuparía él.

            Su mujer le agradeció tanta comprensión y le entregó a su pequeña sin ninguna condición. Al quedar vacíos, sus brazos, como apéndices de una planta carnívora, buscaron con avidez a Desideria, su otra hija de tres años. Al fin saciada, la madre dejó de llorar y se durmió.

                                              Capítulo segundo

  Juana fue llevada a la habitación más alejada del corazón de aquella casa y se llamó a la mejor nodriza gallega que se pudo encontrar. Cuentan algunos que la joven contratada apenas aparentaba tener dieciocho años. Hasta entonces, las diferentes mujeres que habían servido en la “Casa Grande” –nombre que la gente solía dar a ese lugar– eran señoras de edad indefinida, con nombres normales: Teófila, Casilda, Elvira… y mujeres a las que costaba imaginar con vida propia.

   Con sus: ¿Qué tal está la Señorita? ¿Qué le parece a la Señora? ¿A qué hora vendrá el Señor?... en ese tono tan profesional de auténtico interés, uno llegaba a pensar que “sus” señores eran realmente los ejes de sus vidas y que, de no existir ellos, tampoco existirían ellas.

            Pero en el caso de Carmiña todo fue diferente. Su nombre y su voz traían música y luz de otros lugares, y cuando llegaba, se intuía que alguien, en otra parte, la estaría echando de menos. Era de pelo rizado, y los pequeños mechones rebeldes que conseguían escapar de su cofia caían como serpentinas.

            A nadie se le pasó por alto que la señora tenía celos de Carmiña; le molestaba su juventud y belleza que no necesitaban de joyas y, tal vez, que fuese contra el pecho de la joven gallega que Juana descansara su puño cerrado mientras mamaba.

            Un día, después de que aquella madre frustrada hubiera regalado uno de sus vestidos a Carmina –por pasado de moda que no por simpatía– su esposo comentó al llegar a casa:

            —Acabo de cruzarme con Carmiña en el jardín, ¡qué bien le queda tu vestido rosa!

            Era realmente de mal gusto que un hombre de la categoría del señor se fijará en la indumentaria de una de las chicas del servicio y, eso, Juan lo sabía; pero era "su" pequeña venganza por otra cena aburrida en compañía de su mujer, una cena en la que se hablaría una vez más de Doña Clotilde, amiga de la señora, pero, ante todo, su gran rival en cosa de caridad y número de pobres que salvar. Eran como dos ranas de pila de agua bendita, solo húmedas al amparo de los muros de las iglesias, de la penumbra de los confesionarios y del negro de las sotanas.

            Aquella tarde, después de tan gran desfachatez por parte de su marido, la madre de Juana se fue pronto a la cama aquejada de una repentina migraña.

 

                                       Capítulo tercero

                  Dueño de una empresa sombrerera, Juan solía llegar tarde a casa, pero un día, a punto Juana de cumplir diez meses, pudo regresar antes y sorprendió a Carmiña acunando a la pequeña mientras le canturreaba una “nana” de su tierra. Las órdenes que tenía dadas a Carmiña eran estrictas: dar de comer a la pequeña, cambiarla y volverla a dejar en la cuna; nada de mimos, carantoñas y demás ñoñerías. Despidió a la nodriza y contrató a un viejo preceptor quien, durante más de diez años, se ocuparía personalmente de Juana; con él, la pequeña tomó sus primeros purés, dio sus primeros pasos y dijo su primera palabra:

            –No.

            Alguien, que vio a Carmiña quitarse la cofia y marcharse cerrando suavemente  la puerta tras ella, contó que toda la luz y la música que había traído a esa casa se fueron con ella. ¿Toda?... Tal vez eso no fuera del todo cierto.

 

                       La vida de la pequeña transcurría monótona; iguales todos los días como lo eran también sus vestidos de terciopelo negro en invierno y de lino blanco en verano. Con apenas ocho años, había aprendido a recoger su pelo en una trenza muy tirante hacia atrás y, aunque ni lazos ni puntillas adornaran su vestimenta, su tez blanca y unos grandes ojos negros le daban un extraño aire de muñeca de porcelana  Su padre seguía acercándose a su habitación cada día antes de la cena, y cuando el tiempo lo permitía salían al jardín. El hombre la animaba a que subiera a los árboles a coger nidos, a que diera patadas a una pelota, a que corriera lo más rápido que pudiera… y cuando la niña se caía, Juan se quedaba cruzado de brazos y le decía:

            –Los valientes no lloran, eso es cosa de mujeres.

            Esa frase fue el único ungüento que conoció Juana para curar heridas; lo mismo daba que fuesen rasguños o llagas.

 

                                                    Capítulo cuarto

            El jardín, en el que las rodillas de Juana se iban curtiendo, estaba separado de otro simétrico por una pared de tres metros de alto. Juana desconocía por completo aquel otro lado; en realidad no conocía ningún otro lado. Cuando, en medio de una carrera, Juana se paraba sorprendida por grititos de niña o risas de cascabel –que caían en su mundo como lluvia en un secarral– su mirada se tornaba interrogante. Entonces, un tic de fastidio –un chasquido de lengua sincronizado con un estiramiento de comisura de labios– deformaba la cara de su padre, y Juana sabía que era mejor reemprender su juego sin preguntar. Sin embargo, de aquellas voces, que con la misma fuerza que la hiedra conseguían trepar los tres metros de muro, Juana fue sacando sus propias conclusiones: tenía una hermana, se llamaba Desideria, se comportaba como una malcriada y una quejica.

            Pero lo que de verdad le importaba a Juana era que su padre se mostrase orgulloso de ella, y consintiera, en recompensa por sus muestras de valentía, quedarse un rato en su habitación para jugar "a las guerras" con sus soldaditos de plomo.

            De todos ellos, uno rubio con la gorra en la mano era su favorito. No es que fuera el más condecorado, pero tenía un “no sé que” que le hacía especial. Una noche, poco antes de cumplir los diez años, Juana decidió no guardarlo con los demás en la estantería y, escondiéndole debajo de la almohada, se durmió junto a él. Sus sueños, por culpa del soldadito o por otras razones, fueron agitados y, al amanecer, Juana se despertó entre sollozos.

            –Los valientes no lloran, dijo la niña con voz firme, tan firme como los manotazos que su padre le enseñaba a dar, para aplastar cualquier insecto o bichito del jardín que le incomodase.

            Y, sintiéndose avergonzada por aquel llanto, más propio de una Desideria que de una Juana, decidió que alguien tendría que pagar por ello: Cogió una cerilla, la encendió, la acercó al valiente militar y observó cómo se iban derritiendo los vivos colores del uniforme marcial. Una vez que el cuerpo del soldadito hubo recuperado su verdadero color gris plomo, la niña devolvió el juguete a su estantería sin apenas sentir el calor del metal en su mano. Juana no volvería a llorar nunca más.

 

  Capítulo cinco

  Cuando las maneras de Juana en la mesa fueron perfectas, el amo de la Casa Grande quiso que la niña compartiese con ellos las comidas y cenas de los domingos y días festivos. Entonces, la niña pudo entrar por primera vez en aquella otra parte de la casa, la que había intuido en los ecos de vida que le llegaban desde el otro lado de la pared del jardín. Una vida bien distinta a la suya, con otra niña, Desideria, su hermana, y una señora a la que tenía que llamar “madre”, pero que nunca parecía fijarse en ella; no solía dirigirle la palabra, y si lo hacía, era sin mirarla a los ojos.

            A pesar de ello, Juana esperaba con ansias esas reuniones a la mesa familiar, ya que era ahí donde resultaba cada vez más evidente que “ella” era la favorita de su padre. ¿Qué se podía esperar de una niña como Desideria que, más que hablar, gimoteaba sin cesar, y de una mujer que era capaz de ponerle a su hija unos lazos tan ridículamente desproporcionados?

            Poco a poco, Juan cogió la costumbre de dirigirse sólo a su hija menor, la única capaz de entender algo de lo que decía y de regalarle el oído con un:

            –Por supuesto padre, tiene usted toda la razón… –de los que le salían tan bien a Juana.

            Entonces, la pequeña era feliz, "como nunca lo podrá ser Desideria", pensaba, mientras saboreaba los exquisitos postres de Adela, la cocinera; Juana se permitía aún ser golosa, y no iba a dejar que un insidioso sentimiento de envidia fuera a amargarle aquellas deliciosas tortas de aceite, aunque pudiera observar cómo su hermana mayor se levantaba de la silla para contar “secretitos” al oído de su madre, y eso, sin que nadie la reprendiera.

 

                                          Capítulo seis

             A los quince años Juana se pasaba el día estudiando. Su viejo preceptor había muerto pero otros profesores llegaron. Todos tenían muy buenas referencias y Juana era una alumna aplicada e inteligente. Su padre estaba al tanto de todos sus progresos y reclamó la presencia de Juana en la mesa todos los días. Una vez terminada la cena, Juan pasaba al salón a deleitarse con un buen habano; si no tenían invitados, le pedía a su hija menor que le acompañara para comentar las ultimas noticias aparecidas en la prensa vallisoletana.

            Cada mañana recibía dos ejemplares del diario” El Norte de Castilla”. Uno para él y otro para ella. Juana tenía una hora antes del comienzo de sus clases para leerlo y aclarar dudas sobre los temas más difíciles con cualquiera de sus profesores. Llegada la noche, podía así debatir con su padre los puntos de mayor interés de la actualidad nacional y regional.

            Cada velada trascurría siguiendo un mismo patrón: primero, un intercambio cordial sobre sucesos y demás noticias culturales y sociales, hasta que, poco a poco, y adentrándose en temas más políticos, Juana veía como su padre se enfurecía contra el rumbo que iba tomando la línea editorial del periódico. Entonces, chillaba que todo eso era una equivocación y que ya era hora de que alguien les plantara cara a todos esos “politicuchos de pacotilla con su liberalismo y demás pamplinas.”

Solía añadir que en política las cosas tenían que funcionar como en una empresa.

            –El obrero a trabajar, que para opinar y mandar se bastan los jefes.

            Y Juana hizo suyas aquellas ideas. Solo unos años después, cuando acababa de cumplir veinte años, la salud de su padre empeoró y Juana empezó a ayudarle en la fabrica de sombreros. A los veinticinco, ya la dirigía sola y con mano de hierro.

 

                                          Capítulo siete

 

            En los años posteriores a su incorporación al mundo empresarial, la vida de Juana siguió el único itinerario al que se había preparado durante tanto tiempo: de su habitación a su despacho en la fábrica y viceversa.

            No soportaba ya las comidas a solas con sus padres: él, anciano decrépito, y su señora madre con sus eternas migrañas, solo interrumpidas por unos insípidos y reiterativos monólogos sobre las últimas monerías de sus dos nietas. Desideria llevaba unos años casada con un memo de buena familia y se había ido a vivir a un palacete a unos diez kilómetros de Valladolid. Desgraciadamente, sus visitas eran frecuentes y la vida en el corazón de la casa se volvía a llenar entonces de gimoteos, de risas agudas como arañazos y de lazos de proporciones descomunales.

            Así es que Juana volvió a encerrarse en su habitación en compañía esa vez de un gato: Mefisto. ¿Cómo había llegado Mefisto hasta las rodillas de Juana? Nadie lo supo jamás. Sin embargo, lo que si se sabía, era que aquel gato había tenido que pasar por la castración y la extirpación de uñas, para poder adueñarse de la butaca más mullida de la habitación. Malas lenguas decían que entrar en aquella habitación daba escalofríos, y que en mucho se parecían ama y gato: Mefisto era un enorme gato negro, tan negro como los trajes de Juana y tan gordo como delgada era su dueña. Temida por todos, Juana solía hablar en voz muy baja y no gustaba de tener que repetir las cosas. Su habitación tenía que ser limpiada exhaustivamente y aireada varias horas al día incluso en los días de invierno más fríos. Cuando al pasar su pañuelo blanco en busca de algo de polvo la prueba daba positivo, unos horribles tics cortocircuitaban su cara, mientras alegaba que la suciedad no sabía de domingos ni de días festivos y que era hora de buscar a otra empleada.

            La muerte de su madre no fue más que un simple cambio de itinerario en un día como otro cualquiera. De casa a la fábrica, de la fábrica al cementerio y del cementerio a casa otra vez. Durante el funeral Juana hizo lo posible para permanecer alejada de su hermana Desideria, quien, en su papel de hija afligida, no paraba de gemir y moquear bajo su velo negro; aquella falta de dignidad hizo que Juana no dudara ni un segundo en contestarle que ella misma se ocuparía de su padre, cuando Desideria le preguntó en voz lastimera:

            –¿Y papá?…

            Luego, mirando por ultima vez a su hermana a los ojos, Juana añadió:

            –Y límpiate los mocos, se te está manchando el velo.

            Los tics se habían adueñado por completo del rostro de Juana; asustada, Desideria se calló.

 

Capítulo ocho

  Habían pasado dos años desde la muerte de la madre de Juana y nadie, que hubiera estado de visita en aquella casa señorial de las afueras de Valladolid, habría podido adivinar que bajo aquel techo vivían seis personas y un gato: el padre de Juana y las dos enfermeras que se turnaban a su lado, el ama de llaves y Adela, la cocinera. Juana había aprendido a conducir para poder prescindir del chofer y lo único que pedía a toda esa gente era que la dejaran vivir en paz. Al llegar a casa se iba directamente a su habitación, un lugar a su medida, un lugar alejado de aquella otra parte de la casa desde donde ya no oía llegar señales de una vida bien distinta a la suya. A solas con su gato, intentaba conciliar un sueño que, cada noche, se poblaba de más y más pesadillas. De Desideria Juana no sabía nada y si venía alguna vez a ver a su padre era en horas de trabajo, cuando era poco probable que se pudiera encontrar con Juana. 

            Una noche, la enfermera llamó a la puerta de la habitación de Juana y, entre sollozos, le suplicó que la dejara volver a casa; uno de sus hijos se encontraba muy enfermo. Juana sabía que negarle el permiso equivaldría a perderla, y no era fácil encontrar nuevas enfermeras que quisieran entrar a trabajar al servicio de su padre. Aceptó pues y, mientras esperaba ansiosa la llegada de la otra cuidadora, Juana se hizo cargo de su padre quien no tardó ni diez minutos en reclamar la cuña para orinar. 

            Al entrar en el dormitorio del anciano, el olor acre le pareció insoportable y, al descubrir el cuerpo tan decrépito del viejo, apartó la mirada para reprimir la náusea. Juana volvió entonces a sentir su mano temblar como, cuando de pequeña, iba de caza con su padre, y este la obligaba a rematar la pieza con decisión y eficacia usando el cuchillo de monte.

            –Eso también te será de provecho para cuando entres en el mundo de los negocios –le decía.

            Pero en aquel momento, muchos años después de aquellos paseos teñidos de rojo por el campo, y al ver que su hija no acertaba a colocarle bien la botella que le servía de cuña, Juan empezó a insultarla.

            –¡Eres una inútil y siempre lo has sido! Nunca llegaste a ser aquel hijo que tanto deseé, no eres más que una mujer…

           Juana apenas llegaría a oír esas últimas palabras. Recuperando su sangre fría, sintió como aquella extraña sensación de mareo era sustituida por una inmensa paz interior y, mirando a su padre a los ojos, aquellos ojos de un azul helador, le contestó con ternura y firmeza a la vez:

            –Tienes razón, ya es hora de que me comporte como un hombre de verdad, un hombre como tú, padre.

         Juana retiró la cuña, se acercó a la vitrina donde el hombre guardaba sus armas de caza y cogió el cuchillo de monte. Luego, con él en la mano, volvió hacia su padre, le sujetó el pene con decisión y se le seccionó con eficacia.

   Al llegar, la enfermera sustituta encontró a Juana sentada en el sillón contiguo a la cama de su padre, muerto desangrado. Juana sonrió a la mujer y dejó por un momento de acariciar a Mefisto dormido en sus rodillas. Ningún tic deformaba su cara y, de su moño, le caían dos o tres mechones sobre la frente. Había recuperado su extraña belleza y con una inhabitual amabilidad Juana le dijo:

            –Hoy no iré a la oficina, pero dígale a mi mujer y a mis dos hijas que saldremos a pasear al parque.

            Luego, siguió acariciando al gato, y después de taparle con uno de los faldones de su bata –dejando al descubierto parte de sus largas piernas color marfil–empezó a tararearle los primeros compases de una canción de cuna gallega.

    En el suelo, yacían esparcidas las hojas del periódico que anunciaban la proclamación de la II República y el fin de la dictadura de Primo de Ribera.

Las dulces espinas de Cristo

 

A finales de noviembre, mi madre, que siempre fue muy didáctica, solía presentarnos su proyecto navideño para incentivar nuestro espíritu de superación, antes de la llegada del Niño Jesús. Un año, recortó un enorme cielo de cartulina que tuvimos que llenar de estrellas; cada estrella representaba un postre al que habíamos renunciado o una palabrota menos. Otra vez, tuvimos que juntar briznas de musgo para el pesebre, a brizna por sacrificio –que así llamábamos también a una merienda de pan sin chocolate. 
Todo fue muy bien hasta que, un año, mi madre decidió presentarnos un nuevo proyecto de cara a la resurrección de Nuestro Señor. Había dibujado un Cristo en la cruz, pero la corona que llevaba no tenía espinas; a cada privación nuestra, podríamos subirnos a un taburete y pintar, una a una, esas espinas que faltaban. 
Fue en el preciso momento en el que añadía la espina de mi primera buena acción, cuando empecé a no ver las cosas tan claras. 
–¿Y si por lo menos pintásemos las espinas de colores? –le dije a mi madre al notar cierta extrañeza en la mirada de Cristo. 
–Un poco más de respeto –me contestó–, que eso no es ningún juego; las espinas de Cristo representan todas nuestras faltas y son muchas. 
–¿Pero por qué tengo que poner una espina si lo que he hecho... ?
–¡Anda, no seas tan preguntona! A Cristo tampoco le gusta las niñas preguntonas –me interrumpió, mientras se iba a toda prisa pretextando una cosa de esas urgentes de madres. 
Tampoco recuerdo si terminé de dibujar la espina o no, pero lo que sí sé, es que no volví a merendar pan sin chocolate.

Barrabás o el indulto

–No sé cómo será, Antón, no me lo han dicho –contesta la mujer compungida. Luego, le sigue con la mirada hasta verle desaparecer tras la puerta. 

Mientras se abrocha el abrigo y recoge su bolso del suelo, intenta recordar un solo día en el que su Antón no le haya dado un disgusto. 
–No, malo no es, pero es muy suyo –suele decir cuando, para molestarla, le preguntan por él. 
Y ahora que, por una vez, su Antón cumple todo los requisitos para poder participar en algo grande, se le pone tiquismiquis. 
–Pues cuando sepas cómo va a ser, hablamos, pero métetelo bien en la cabeza: ni hábito ni procesiones má, si no, que suelten a otro –le ha dicho.