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El Chevrolet del 59

El Chevrolet del 59
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Con nuestro mecánico de confianza, las palabras pistón, biela, cigüeñal, balancín... eran poesía. Antes de darnos su diagnóstico, sobre los achaques del viejo Chevrolet del 59 de mi padre, el hombre se plantaba en medio del taller, sacaba un trapo del bolsillo de su peto, lo hacía una bola y se lo iba pasando de una mano a otra, con la parsimonia de un gran bateador seguro de marcar un tanto. Me dejaba atrapar en ese vaivén de bíceps, hasta que un extraño mareo me obligaba a salir a respirar aire fresco.(Escrito para Relatos en Cadena- Cadena Ser)

 

Sur les lèvres du mécanicien –en qui nous avions déposé toute notre confiance– les mots piston, bielle, biellette, arbre à cames... c’était de la poésie. Avant de nous faire part de son diagnostic –relatif aux misères de la pauvre Chevrolet 1959 de mon père– l’homme se plantait en plein milieu du garage, sortait un chiffon de la poche de sa salopette, en faisait une boule qu’il se passait ensuite d’une main à l’autre, avec la sérénité d’un frappeur de baseball sûr de son coup. Moi je me laissais attraper dans ce va-et-vient de biceps, jusqu’à ce que prise d’un certain vertige, j’étais obligée de sortir respirer un peu d’air frais. 

Técnicas

Técnicas
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    Regresaba.

            Y pensé que lo haría como siempre que se regresa: abriendo una puerta y poniendo el pie derecho delante del izquierdo, o al revés… así de sencillo; la técnica no cambia que lo hagas desde la habitación de al lado o desde el otro extremo del mundo.

Sí, mi hermano regresaba y yo me alegré un montón cuando, unos días antes, mi madre me dio la noticia. Al marcharse Nacho de casa, la había visto llorar y volvía a hacerlo con la misma intensidad al saber que regresaba. Aquellas primeras lágrimas las había entendido a pesar de que, como decía mi hermano, yo no fuera más que un mierda de doce años. Pero esas nuevas lágrimas maternales –de pena como las primeras– me dejaban algo perplejo y eso que yo era dos años menos mierda.

            –No lo entenderías –me contestaba cuando levantaba los ojos de la Play unos segundos, oyéndola hipar en un pañuelo– y, por favor Mario, quítate ese pelo de delante de los ojos que te vas a quedar bizco.

            Ese era el tipo de frases con las que mi madre ponía fin a cualquier tipo de conversación que juzgara muy por encima de mis posibilidades de entendimiento; estaba acostumbrado. La mayoría de las veces yo callaba, otras no, como aquel día, víspera del regreso de Nacho.

            –Pues cómprame otro gel, el extra fuerte, que ese que trajiste el otro día no vale.

            –Así empezó tu hermano con aquellos ridículos peinados de... de...

            –¡Anda, dilo mamá!, de degenerado –añadí enfurruñado antes de volver al mundo real de mi Play.

            Recordaba ahora la cresta gótica de Nacho, tambaleándose, mientras se daba una última vuelta hacia mis padres para lanzar una bravuconada más:

            –¡No necesito nada de vosotros! ¡No volveréis a verme!

            Dos años hacía de eso, dos años de vida errante para mi hermano del que recibía alguna que otra noticia por compañeros de instituto. Siempre supuse que a mis padres también les llegaban rumores –bien o mal intencionados– sobre la vida de su hijo mayor, pero nunca intercambiábamos información. El nombre de Nacho había sido proscrito en nuestra casa, además, todo lo que sabíamos no pintaba nada bien; era preferible ignorarlo.

            Regresó sí, pero a la casilla de salida: ninguna puerta que abrir, el pie derecho retrocediendo, avergonzado detrás del izquierdo o al revés.

            Fui yo el encargado de acercarse hasta la parada del autobús para darle la bienvenida y ayudarle con un supuesto equipaje. Mi madre pretextó un fuerte dolor de cabeza, mi padre ni eso. Llovía. No era una lluvia fuerte, pero cuando me quise dar cuenta ya tenía el vaquero mojado hasta las rodillas y no iba a dar la vuelta para ir a por un paraguas. Además, los paraguas, ¡menudo invento de viejos y vaya palabra más chorra! Pa-ra-guas. Y mientras veía el autobús acercarse, frenar y abrir sus puertas, me dio por buscar otras palabrejas con el mismo prefijo que el de aquel estúpido invento, como en los ejercicios que nos pedía la de lengua, cuando daba por sentado que no llegaríamos nunca más allá de eso: saber diferenciar los prefijos de los sufijos. Paracaídas, parafernalia, parásito –esa la decía mucho mi padre–  pararrayos... y entonces vi a Nacho y, mientras nos saludábamos con un ligero movimiento de cabeza, pensé que debería haber traído el puñetero paraguas, porque el que había venido a buscar no era más que un viejo acabado, era él el mierda ahora y tuve ganas de dejarle allí tirado con su mirada de perro apaleado. Mientras andábamos en silencio en dirección a casa, seguí con mi lista: paranoia,  paralítico... ¿para?... ¿para?... ¿para qué?

            Nacho volvía a casa sin equipaje –con una mano delante y otra detrás– como había oído decir a viejas amargadas del pueblo. Los dos andábamos con las manos en los bolsillos; yo con los puños apretados y supongo que él también. De repente, aquella lata de cerveza en nuestro camino y Nacho que me la tira de un puntapié y yo que la paro y que se la paso de nuevo acompañada de una sonrisa, sonrisa que me devuelve también, mellada desde luego, pero sonrisa a fin de cuentas.

            Llegamos a casa. Se me habían olvidado las llaves. Llamé al timbre, una vez, dos veces... y entramos por la parte de atrás, por el garaje cuyo portón siempre quedaba entreabierto hasta la vuelta de mi padre por la noche. Eran las dos, justo la hora de comer. Todo estaba listo, pero mi madre no había sacado el mantel de los días de fiesta; tampoco olía a mantecado, el postre favorito de Nacho.    

            Durante los dos meses siguientes a su vuelta no podría decir dónde estuvo mi hermano. No salía de casa, sin embargo no estaba, no le dejábamos estar. Su regreso era un lugar ficticio, sin puertas, se las habíamos tapiado y yo fui el primero.  

            «Demacre total», así es cómo había oído a un compañero mío de instituto describir a mi hermano. En más de una ocasión Nacho se había metido en líos para defenderme de abusones sin embargo yo, ahora, les dejaba hablar, callaba. Me decía que Nacho ya no era Nacho, el tío cuya cresta de gallo de pelea no paraba de tambalearse de osadía, de tanta como tenía frente a cualquier cosa que se le pusiera por delante.

            En aquella época mi madre se aficionó a las migrañas y a su habitación a oscuras. Mi padre seguía con sus muchas ocupaciones, profesionales y sindicales, y si se cruzaba con mi hermano en el estrecho pasillo de casa, le hacía siempre la misma pregunta:

            –¿Encontraste algo?

            A lo que Nacho contestaba invariablemente:

            –En breve, en breve.

            Y así fue. Nacho no mentía. Había encontrado algo, pero no era un algo de esos que llenan las vidas normales. Era un algo definitivo. Una mañana –que nunca más sería cualquiera– esperó a que amaneciera, abrió la ventana de su habitación de par en par, sacó de una cajita lo necesario para un nuevo y largo viaje, y se tumbó en la cama. Dos horas más tarde fui yo quien lo encontró: el pie derecho junto para siempre al izquierdo, las dos manos entrelazadas sobre el pecho… así de sencillo.

 


Primavera de microrrelatos indignados (segunda jornada)

Primavera de microrrelatos indignados (segunda jornada)

Primavera de microrrelatos indignados (segunda jornada)

Primavera de microrrelatos indignados (segunda jornada)
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La manifestación

No me venía muy bien,

que si no,

yo también hubiese ido –dijo la mujer ensortijada.

La Miseria y Doña Angustias

No se conocían hasta que sus miradas se cruzaron, a pesar de que Doña Angustias tuviera siempre mucho cuidado de que eso no ocurriera. Pero, un momento de descuido lo puede tener cualquiera, sobre todo estando Doña Angustias como estaba, absorta en cerrar la cremallera de su monedero que cada dos por tres se le atascaba. Ahora, de camino a casa, iba hablando sola aunque eso fuese de gente loca.

–Se les da sin más miramientos y, ¡vaya usted a saber en qué se gastan las limosnas! –iba murmurando–. ¿Y cómo nos lo agradecen? Antes, con «toda humildad y zalamería»,* como siempre fue y como tiene que ser. Pero ahora lo hacen, ¡mirándonos a los ojos!, sí señor, ¡levantando la cabeza y mirándonos a los ojos! Y me pregunto, ¿para qué creerán que se les da?, ¿para que se nos pongan arrogantes y nos cuenten sus vidas? Pues, ¡hasta aquí podríamos llegar! El trato era bien simple pero, en lo que a mi se refiere, queda roto. Bastante mal huele la miseria sin que, además, tengamos que mirarla a los ojos.

 

*NADA, de Carmen Laforet

Para que luego no me digas...

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Veo junto a su reloj unos números grabados en su piel.

            –¿Y este tatuaje? –le pregunto cogiéndole la muñeca con fuerza.  

            –¡Qué cegato eres papá!, es un número de teléfono escrito a boli y, ¡suéltame que nos están mirando y me haces daño!

            –¿De un noviete?, ¿lo sabe tu madre?

            –Sí y sí. ¿Tranquilo?

            –¡Vale! Pero, ¡entiéndeme!, solo tienes catorce años y tengo el derecho y el deber de recordarte...

            –Ya, ya... que los tatuajes no hay quien los borre. Ya lo sé.

            –Vale, pues eso... ¿Y de postre que vas a tomar?

(Escrito para Relatos en Cadena- Cadena Ser)

Mañana

Mañana
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Igual que lo hacen las ballenas al emerger, la Nati sale de debajo de las sábanas con un resoplido potente que me cosquillea la nuca. Se ha puesto tremendamente gorda y al levantarse de la cama los muelles gimen. Abre la persiana. La miro, desnuda de espaldas a mí.

            –Está lloviendo –me dice.

            ¡Anda, déjate de lluvias!, ¿no ves que no puedes seguir así?, le quiero decir.

            Pero la Nati se sienta a mi lado, frunce el ceño.

            –¿Crees que me seguirá valiendo aquel chubasquero rojo que llevaba cuando nos conocimos?

            Le digo que tal vez sí. 

(Relatos en Cadena- Cadena Ser)

¿Compartir? Sí, ¿pero cómo?

¿Compartir? Sí, ¿pero cómo?
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María llegó al colegio; de las últimas como casi siempre. Otra vez tendría que ir de vagón de cola, en la fila renqueante que ya avanzaba en dirección a la clase de la seño Matilde, la de los párvulos. Roberto el Pegón era madrugador y hacía de locomotora.

–¡Jo, siempre me toca ser vagón! Nunca jamás me toca ser locomotora –se quejaba a menudo la pequeña.

Pero aquel día no se quejó, estaba triste. La seño, que lo veía todo porque tenía ojos hasta en la espalda, se acercó a su pupitre para mirar de más cerca lo que estaba dibujando y, de paso, intentar averiguar en qué profunda pena se había quedado atrapada la sonrisa de su alumnita.

–Es muy bonito lo que haces. ¿Este es tu padre y esta eres tú? –preguntó fijándose ahora en la figura que María coloreaba–. ¿Te está peinando?

–Sí, hoy le tocaba peinarme y prepararme el desayuno.

–Y esta es tu madre me imagino.

–Sí, hoy, a ella, le tocaba despertarme y ayudarme a hacer la cama.

–¡Qué bien! –dijo la seño– pero a mí me parece que les pusiste unas caras muy serias a los dos.

–Es que la tienen así cuando discuten.

–Bueno, a veces es normal que los papás discutan y se enfaden. Tienen muchas cosas que hacer y...

–Ya –interrumpió la pequeña– y no pueden perder tiempo para ir a ver la hoja de los turnos.

–¿La hoja de los turnos? ¿Qué hoja es esa? –preguntó la seño.

–La que está en la cocina, pegada a la puerta del frigorífico. Hoy no les dio tiempo ir a leer lo que ponía, así es que no me dieron ningún beso; no recordaban a quién de los dos le tocaba dármelo.

 

La clase de francés de los lunes

La clase de francés de los lunes
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Me gustaba la clase de los lunes de siete a ocho. Con Javier y Mario –dos chicos de catorce años, alumnos míos desde hacía tiempo– podía dejar de lado los aburridos ejercicios gramaticales y de conjugación, y charlar de lo primero que se nos ocurría; conversaciones espontáneas o comentarios sobre artículos sacados de internet, cuando la apatía de los lunes y de la adolescencia podían más que todo.

             No iban al mismo instituto, uno llevaba uniforme, el otro no, tampoco tenían la misma panda de amigos ni nada que dejase suponer que, fuera de mi aula, pudieran relacionarse. Un kilómetro apenas separaba sus respectivas casas, pero un kilómetro es mucho si pensamos que líneas imaginarias, vallas, bastan para formar fronteras. Sin embargo, lo que tenían en común, su inteligencia y curiosidad por todo lo que les rodeaba, me llevaron a creer que, con ellos, no había temas que no se pudieran abordar.

            Lo primero que les pedía siempre era que hicieran un pequeño resumen oral de sus fines de semana, recordándoles que les estaba permitido e, incluso recomendado, inventarse lo que quisiesen: un viaje, una fiesta... Pero nunca sentían la necesidad de hacerlo, nunca se cortaban a la hora de contar la estricta realidad de sus vidas. Si para Mario el golf –deporte por excelencia según Javier– era aburrido comparado con el futbol, Javier calificaba de garrulo, la discoteca a la que solía ir Mario. Sin embargo, nunca había notado tensión ninguna que se resistiera a unos cuantos ¿pero de qué vas tío?, ¡vaya trola! o que no se disipara echando unas cuantas risas. Eso creí hasta el lunes pasado.           

            Ese día los dos llegaron como siempre, arrastrando los pies como penitentes arrastrando sus cadenas. Una vez sentados y después de una última mirada a sus móviles, fue Mario quien pidió hablar primero. Nos contó que había ido a una manifestación con los Indignados y lo hizo con mucho detalles, aún emocionado por todo lo que había oído y visto. Le señale algún error de passé- composé*, no más.

            –Y tú Javier, ¿fuiste?

            Más que nada, aquella pregunta me permitía emplear una frase interrogativa interesante, con la famosa «y» intercalada entre el sujeto y el verbo; una buena manera de repasar un tema gramatical de los más complicados.

            – Et toi Javier tu y es allé?

            –Por supuesto que no, ¿para qué ir a una manifestación si...?

            Le interrumpí pero, sin darme cuenta aún de que el peligro encerrado en mi pregunta no era precisamente de orden gramatical.

            –¡En francés!, lo que tienes que decir dilo en francés y...

            Ahora era él que me interrumpía.

            ­–Solo un segundo, luego sigo en francés– me prometió­– ¿Para qué ir a una manifestación de gente que no saben de economía y que nunca serían capaces de sacarnos de la crisis?

            –¿Los tuyos sí serán capaces? –le lanzó Mario –los tuyos la provocaron y no les interesa que se solucione nada.

            Di un golpe sobre la mesa, pero de nada sirvió. Ahora era Javier el que contraatacaba.

            –Mi padre trabaja mucho, todo lo que tiene lo consiguió a base de mucho esfuerzo y dice que...

            –¡Qué va a decir? Un mentiroso como todos...

            –¡Mario!, no consiento que hables así, cada uno tiene derecho a ir o no a una manifestación y a tener sus propias opiniones. No te permito que insultes al padre de un compañero.

            Me había puesto en pie y, yo también, había dejado de hablar en francés para que quedará claro que daba por concluida la conversación.

             –Ahora me vais a hacer el favor de coger vuestros libros a la página ciento cincuenta y hacer los ejercicios tres y cuatro.

            Me gustaría poder decir que el silencio que se estableció entonces entre nosotros fue interrumpido por el zumbido de una mosca o por cualquier otra cosa, pero mentiría; era un silencio embarazoso, un silence à couper au couteau*. Tuve que apretar los puños sobre la mesa para ocultar que temblaba. Sabía que los dos adolescentes esperaban a que dijera algo, aunque mantuviesen la vista fija en los adjetivos posesivos del ejercicio tres de la página ciento cincuenta. Sí, algo les tenía que decir pero no sabía qué ni en qué idioma hacerlo.

            Entonces Mario rompió aquel asfixiante silencio

            –Et vous, êtes-vous allée à la manifestation?*

            Mario acaba de formar una frase gramaticalmente perfecta con el usted de rigor; nada que objetar.

            –Non, je n’y suis pas allée.*

            –Fijaros en la «y» de la respuesta que sustituye al...

            El oportuno «bip, bip» de una alarma interrumpía mi no menos oportuna explicación. Eran las ocho. Mario cerró su cuaderno. Javier echó una mirada a su móvil y contestó a un mensaje antes de recoger sus cosas. Yo me quede sentada, haciendo que hacía no sé qué cosa.

            –Hasta el lunes próximo –les dije antes de que salieran.

            –Hasta el lunes –contestaron los dos a la vez.

            Antes de que Javier pusiera la mano en el picaporte, Mario se me acercó de nuevo para una última pregunta.

            –Entonces profe, ¿piensas como Javier?

            –No, no pienso como él... ni como tú.

            Los dos se miraron, me miraron, una mirada en plan « ¡vale tía, lo que tú digas!, pero, por fa, explícanos cómo se come eso».

            –Ya saben, ni negro, ni blanco... el respeto, una de las reglas más...

            –Sí, sí... pero, ¿y las excepciones profe?, ¿toda regla las tiene, no? –me lanzó Javier desde la puerta entreabierta.

            Luego echaron unas cuantas risas y se fueron en direcciones opuestas camino de sus respectivas casas, mientras yo permanecía sentada, intentando recordar cómo se diría «no querer mojarse» en francés.  

 

 

*

 Passé- composé: Pretérito perfecto.

Un silence à couper au couteau: Un silencio que hay que cortar con cuchillo.

Et vous, êtes-vous allée à la manifestation?: ¿Fue usted a la manifestación?

Non, je n’y suis pas allée. : No, no fui.


La muda

La muda
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María se levantó de la cama de un salto y con los ojos aún medio cerrados se metió en la ducha. Se colocó de espaldas a la puerta acristalada y al espejo mural y, sin esperar a que el agua saliera templada, sus manos pasaron del enjabonado al aclarado, luego, al secado, con el mismo automatismo con el que trabajan los rodillos en un túnel de lavado. De nuevo en la habitación, colocó la ropa que se iba a poner en el respaldo de una silla: una camiseta y unos vaqueros negros, unos gayumbos a rayas grises y blancas y unos calcetines negros también.     

         Luego, antes de empezar a vestirse, se acercó al radiador de su dormitorio para coger una venda. La víspera, la había lavado a mano y tendido allí, ya que de las dos que tenía esa era la más suave y no iba a poner la lavadora cada noche para una venda solo. Después de haberla enrollado, levantó ligeramente los brazos y, como si de una nueva piel se tratara, envolvió sus pechos con ella hasta aplastarlos, borrarlos. Eran unos pechos grandes, que contrastaban en un cuerpo tan musculoso, esculpido a base de horas de gimnasio.

         Vendó sus senos con cuidado y en silencio, lo que daba a la escena dos enfoques muy diferentes; por un lado, recordaba la parsimonia de un mozo de espadas vistiendo al torero y, por el otro, la seriedad de un embalsamador en pleno proceso de momificación. Cuando hubo comprobado que podía respirar sin demasiada dificultad –contaba con que la venda iría aflojándose un poco a lo largo del día– se vistió y se dirigió hacía el baño para mirarse al espejo. Ahora sí podía mirarse, se reconocía y, dentro de muy poco, después de la operación, seguro que todo sería más sencillo. Ese pensamiento hizo que María se sonriera en el espejo, que sonriera a Iván –así se llamaría oficialmente de aquí a dos años y así era como pedía a todos que la llamasen ya.

         Volvió hacia el dormitorio a por su cazadora. No le daba tiempo a hacer la cama; con su voluminoso edredón rojo medio salido de su funda, le hizo pensar en una mujer recién parida, por fin liberada de la placenta.

         – ¡Qué cosas se me ocurren! –pensó mientras se dirigía hasta la cocina para tomar un vaso de leche con su pastilla de testosterona.

         En alguna parte de la casa sonaba su móvil. Era su madre.

         –¡Hola mamá!

         –Hola María, perdón Iván. ¡Lo siento!, aún se me escapa.

         –Tranquila.

         –Te llamaba para saber a qué hora quieres que pase a recogerte mañana.

         –A las ocho será suficiente. La operación está prevista para las tres de la tarde.

         –Acuérdate de que tienes que estar en ayunas.

Un silencio, tan tenso como lo estaba la venda que envolvía el pecho de Iván, oprimía ahora todo aquello que los dos hubieran querido poder decirse.     

         –Mamá todo irá bien.

         –Ya lo sé, pero serán dos grandes cicatrices...

         Antes de que su madre pudiera seguir hablando, Iván la interrumpió.

         –Sí, dos cicatrices como dos grandes sonrisas en mi pecho –dijo con una voz dudando aún entre los graves y los agudos–. Hasta mañana mamá.

         –Hasta mañana hijo.

Concentración

Concentración
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–¿Qué tal dormiste?
–Un poco bien porque me desconcentré y me caí de la cama. (Hugo)

Matar el tiempo

Matar el tiempo
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–¿Lo has matado?

–Parece que sí.

–¿Y eso?

–Para probar.

–¿Probar el qué?

–Lo de matar así, por las buenas, como aquella peli que vimos hace tiempo.

–¿A sangre fría?

–Sí, eso, matar a sangre fría.

–¿Y qué?

–Pues nada tío, que no me ha parecido gran cosa.

–¿Y cómo lo has hecho?

–Como siempre decía mi vieja que había que hacer las cosas, ¡como Dios manda! Me he acercado al colgado ese que llevaba horas pegado a la barra y le he dicho: «Te voy a matar».

–¿Y qué te ha contestado?

–Que no me molestara, que no desperdiciara una bala, que ya llevaba años muerto. ¡Casi me convence el cabrón!

–¿Entonces?…

–Pues que en ese momento, cuando voy a echar mi primer trago, me doy cuenta de que el camarero, que no sé dónde coño anda, se ha olvidado del hielo, entonces voy y… ¡Pam!, le pego un tiro al viejo y ya está.

–¿Has matado al viejo por un puto trozo de hielo?

–No, no lo he matado, lo he rematado, ya estaba muerto.

–Haber matado al camarero.

–Eso no habría estado bien. Por venganza y sin avisar, no es mi estilo.

–¿Y ahora qué?

–Pues que me voy a casa, se me ha hecho tarde. Además tengo reunión a las nueve, ya sabes, la terapia de grupo de mierda esa para canalizar la rabia.

Ya. ¿Qué tal te va?

–Buueno, el gilipollas del psicólogo dice que me ve mejor.

–¿Y tú que dices?

Yo, nada, nunca digo nada. Voy porque tengo que ir, y todo por un puñetazo de nada y un juez cabrón. Eso sí, durante las sesiones hago que me caen todos bien, pero son escoria.

–¿Como el viejo ese que te acabas de cargar?

–No, mucho peor. ¿Sabes?, al viejo le he hecho un favor, ahora sabe algo que ni tú, ni yo, ni nadie sabe. Un puto sabio, macho, eso es lo que es ahora y eso, gracias a mí y… a la bala.

Y al hielo y al camarero…

–Y a estas putas tardes de invierno.

Los dos jóvenes se van hacía la salida, el bar permanece vacío. El aprendiz de asesino se para, duda unos instantes, vuelve hacia atrás y se agacha sobre el cuerpo del viejo para cerrarle los ojos. Su compañero le observa.

–Tendría familia?

–¡Y qué más da que la tuviera o no!

Todo queda a oscuras. Se oye la voz del joven aprendiz que murmura: «Como mi viejo, los mismos ojos que los de mi viejo cuando me molía a palos.»

Pero nadie le ha oído.

Un «diego»: nueva unidad de longitud/ En el coche

Un «diego»: nueva unidad de longitud/ En el coche
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Un "diego": nueva unidad de longitud

            –Roberto, el pegón de mi clase, es así de alto por lo menos.

            Hugo levanta la mano a unos diez centímetros por encima de su cabeza, para que nos quede bien claro que un pegón así da miedo de verdad.

            –Y eso es tan grande como una jirafa o como un Óptimus Prime con alas o como, o como... esta casa.

            Nos ha quedado claro, Roberto es de temer. Sin embargo, Nico tuerce el gesto. Su hermano lo ve:

            –¿Qué? ¿No te lo crees?–protesta enérgicamente–, ¡Roberto mide casi siete metros, que lo sé yo!

–Ya, que te vamos a creer–suspira Nico con gesto cansino–, ¡ni siquiera nuestro padre mide siete metros!

 

                                               En el coche

Hugo –¡Ato!

Ato    –Sí

Hugo –¿Sabes qué?

Ato    –No, dime.

Hugo –Que conduces más despacio que nuestro padre.

Ato    –Sí, es posible.

Hugo –Pero es que él es más alto que tú.

Ato    –Ya, eso sí que es verdad.

Nico  –Claro y por eso nuestro padre conduce más rápido, llega mejor a los pedales. 

Hilando fino

Hilando fino
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–No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café* con sus andares de caracol, recolocando un cenicero por aquí, enderezando un clavel de plástico por allá.

–Yo, por poner un ejemplo, no cojeo, no señor, arrastro la pierna izquierda, ¡que es muy diferente! –añade ahora con los brazos en jarras–. Y nadie me podrá negar que lo que tengo aquí en estos floreros son claveles.

Antonieta ha dejado su labor para mirar hacia Doña Rosa; intenta tejer ahora del largo ovillo del discurrir de su amiga.

A estas horas el café está vacío. La conversación queda suspendida en el aire y necesita de un empujoncito para no caer como una cometa en un día sin viento.

–Pues como te decía, si alguien me dice que por no oler a clavel esta flor no lo es, entonces, estamos perdidos– profetiza Doña Rosa santiguándose.

La cometa ha vuelto a coger altura. Antonieta retoma su labor con un gesto de cuarto y mitad de entendimiento, y otro tanto de alivio por no tener que contestar a tan complicada dialéctica. Un punto del derecho, otro del revés... murmura para sus adentros.

El hilo de la cometa no parece poder dar más de sí, sin embargo, Doña Rosa no se muestra dispuesta a soltarlo.

–Y que no me digan que las cosas cambian según desde dónde se las mira. Perspectiva, solo hay una; ¡y que Dios nos pille confesados como la perdamos!

*Camilo José Cela "La Colmena"

Detrás de las puertas

Detrás de las puertas
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Marta tenía pánico a todo lo referente a la muerte.

Dirán y con razón, ¿y quién no? Sí, cierto, pero cuando a cierta edad se empieza a asistir a funerales un día sí y el otro también, uno se va haciendo a la idea de que la muerte es ley de vida y que más vale tomárselo con calma.

¿A quién no le ha pasado equivocarse de sala de tanatorio y terminar de la mano de una viejecita quien, después de mandar reabrir la tapa del féretro, pregunta entre sollozos:

–¿A que está guapísimo? ¿A que parece que va a hablar?

Y, aunque le entre a uno unas tremendas ganas de salir corriendo, antes de que el pobre Ceferino –por ponerle un nombre– empiece a hablar, se arma de valor y contesta:

–Pues sí, hay que ver lo bien que se le ve.

Eso es lo que haría la mayoría de la gente, pero no lo que haría Marta suponiendo que un día se encontrase en un tanatorio. Ella empezaría a temblar y balbucearía cosas incomprensibles antes de desmayarse.

Pero, tal vez fuese bueno retroceder muchos años atrás.

Marta acababa de cumplir seis años. Era un sábado de invierno, la niña se desperezaba en la cama, sorprendida de que Fumanchú no hubiese entrado aún a cosquillearle la nariz con sus largos bigotes de chino mandarín. No se oía ningún ruido en la casa y, al poner los pies en el suelo, Marta tuvo la extraña sensación de que pisaba en blando. Al ver que no se trataba del suave lomo negro azabache del gato, se quedó sentada unos segundos en el borde de la cama, agudizando al máximo sus cinco sentidos. Los momentos de silencio no abundaban en su casa aunque fuese hija única –su madre era una persona muy alegre, siempre canturreando mientras trajinaba– y, menos aún, momentos de silencio como ese, tan mullido; un silencio de suflé, como los que hacía su abuela antes de caer enferma. El frío del parqué bajo sus pies terminó de espabilarla. Haciendo caso omiso de las sempiternas recomendaciones maternas, dejó que sus zapatillas siguiesen debajo de la cama –entretenidas en su eterno bostezo– para dirigirse a paso decido hacia la puerta. El ligero impacto de sus pies contra el suelo bastó para que el silencio-suflé se deshinchase un poco, luego, del todo, para hacerse de madera al chocar la mirada de la pequeña contra una puerta cerrada. ¡Cerrada! Era la primera vez que eso ocurría, sobre todo tratándose de su puerta. Marta reprimió un grito de protesta en consideración a su abuela quien, seguro, habría vuelto y estaría durmiendo en la habitación contigua.

–Nos han llamado del hospital, la abuela va a volver a casa pero está muy malita, tan malita que... Mañana tendrás que pasar el día en casa de Sofía para que papá y yo podamos... Pero tú, ahora, a dormir.

Eso le había dicho su madre antes de apagar la luz y de salir de su habitación dejando, eso sí, la puerta abierta y la luz del pasillo encendida. Y Marta se había dormido pensando en las muñecas de su amiga Sofía, mucho más bonitas que las suyas, y olvidándose del "tan malita que..." que su madre había pronunciado empujando las palabras fuera de su boca, como cuando barría las hojas de otoño que se amontonaban en el porche.

Pero ahora, ante aquella puerta cerrada y al poner la mano en el pomo dorado, no solo lo notó frío en su mano, también lo notó frío en su garganta y ahí dónde latía cada vez más aprisa su corazón. Claro que sabía que las puertas tenían manillas o pomos, goznes en los que no había que poner los dedos y cerraduras, pero lo que acababa de descubrir era que una puerta no solo servía para dejar pasar la luz, los susurros de los padres cuando los niños ya estaban en la cama, las tosecitas de las abuelas pachuchas, los maullidos de gatitos, el ronrón de las teles... las puertas servían también para cerrar pasos, para impedir.

Marta no conseguía hacer girar el pomo, se le escurría en la mano; lo soltó y se puso de puntillas con intención de agarrarlo mejor para poder hacer más fuerzas. Entonces, vio por unos segundos su cara reflejada en aquella bola de latón que su madre abrillantaba regularmente. No era la primera vez que la niña se miraba en el pomo; lo hacía para reírse de esa Marta de nariz enorme, como esos monos narigudos tan graciosos que había visto en el zoo, y se divertía sacándole la lengua. Pero hoy era distinto, su imagen distorsionada no le gustó, la asustó más aún de lo que ya estaba y no pudo retener por más tiempo un grito de angustia, simultáneo al chasquido del pestillo de la puerta.

–¡Mamá!

Un "Mamá" tan grande que en él cabían todos –su madre, su padre, la abuela– y que la llevó a volandas por el largo pasillo que separaba su habitación de la cocina.

–¿Por qué cerraste la puerta de mi habitación? ¿Dónde está la...?

A pesar del grito y de la escandalosa llegada de su hija, Ángeles, de pie junto a la ventana que daba al jardín, permaneció unos segundos más ajena a todo, la vista fija en el fondo de una taza que sostenía en la mano. En la cocina olía a café. La niña se acercó a su madre y tiró suavemente de la falda negra que no recordaba haberle visto nunca.

–Mamá, ¿qué pasa?, ¿por qué lloras?

Entonces la mujer levantó la cabeza como resignada a no encontrar nada en el fondo de aquella taza; la dejo en el fregadero, se sentó a la mesa y cogió a la pequeña en sus rodillas como si fuera un peluche contra el que acunar una pena. Luego, empezó a explicarle que la abuela había muerto, que mañana sería el entierro pero que no tenía que estar triste, que el alma de la abuela se iría al cielo con la del abuelo, que siempre tendría que recordar a la abuela tal y como era antes y que hoy vendrían mucha gente para darle un último adiós. Todos eso se lo fue diciendo muy despacio, escogiendo cada palabra como cuando, en verano, iba con su hija a recoger fresas en la huerta:

–Solo las maduras, las verdes no, son muy ácidas.

Luego, las dos quedaron en silencio. Marta dejó que su madre le acariciara la frente, las mejillas; las manos de su madre cálidas y suaves. De repente, Ángeles se fijó en los pies descalzos de la niña y la regañó cariñosamente.

–Ya sabe que no te quiero ver descalza, vete a por tus zapatillas y luego desayunas. La mamá de Sofía no tardará en venir a buscarte.

A Marta le gustó que su madre la regañase un poco, era como la vuelta de su mamá de verdad y, obediente, se fue corriendo por el pasillo en dirección a su habitación.

Al llegar a la altura de la de la abuela, oyó un maullido, luego otro.

–¡Fumanchú! –exclamó la niña–, ¿qué haces tú en la habitación de la abuela? ¿No sabes que está muerta y que su alma...?

Sin pensárselo dos veces, la pequeña había girado el pomo en un movimiento de muñeca enérgico. No sabía aún que, detrás de las puertas cerradas, también se podían esconder cosas terribles. El pomo no se le resistió y la puerta se abrió de par en par antes de que pudiera terminar la frase.

El grito que entonces se pudo oír acuchilló el silencio, y las pisadas de la niña huyendo hacia la cocina en busca de su madre trituraron lo que quedaba de él.

–Mamá, mamá –sollozaba Marta temblando y lívida como un espectro en su camisón blanco–, el alma de la abuela, el alma de la abuela –balbuceaba–, se la está comiendo Fumanchú.

Luego, se desmayó.

De nuevo las manos cálidas y suaves, y un mechón del pelo de su madre inclinada sobre ella, por el que poder trepar y volver en sí.

–Hija, perdóname, tenía que haberte avisado, hasta mañana por la mañana el... el cuerpo de la abuela estará aquí con nosotros, para que los que la conocían puedan venir a despedirse de ella. Pensaba que era mejor que no la vieras, no pensé que fueras a entrar en la habitación. Ha sido un descuido por mi parte, una estupidez, perdona pequeña. Luego, si quieres, entraremos las dos para que veas que no pasa nada. Papá oyó tus gritos y está poniéndolo todo en orden. Todo fue cosa de Fumanchú que es demasiado juguetón.

Marta escuchaba, los ojos muy abiertos, pero al oír esa última frase empezó de nuevo a llorar:

–Estaba encima de la almohada, con las patas enredadas en el moño de la abuela y tenía su alma en la boca, se la quería comer como... cuando caza ratones.

–Hija, deja de llorar y escucha. Te voy a contar un secreto, el secreto más bien guardado de la abuela. ¿Quieres?

La niña movió la cabeza de arriba abajo.

–Bien. La abuela siempre llevó moños, moños "caracolas" como tú los llamabas y hay que reconocer que le quedaban muy bien –empezó a contar Ángeles–. Pero poco a poco se le fue cayendo el pelo y, para poder seguir dando forma a sus moños marineros, tenía que rellenarlos –añadió sonriendo para que la niña se animase–. Como siempre le sobraba un poco de lana de los jerséis que nos iba tejiendo, los juntaba para hacer ovillitos de relleno que luego tapaba con mechones de su propio pelo y que –con prendedores casi invisibles– fijaba a su nuca, como bígaros pegados a una roca. Supongo que un hilo de lana sobresaldría del moño de la abuela y Fumanchú quiso jugar.

Pero llamaban a la puerta, era la madre de Sofía. Marta pareció quedar conforme con la revelación del gran secreto y no quiso saber más ni volver a entrar en la habitación de la abuela. La explicación del alma de la abuela encontrándose con la del abuelo también pareció ajustarse a lo que solían contarle en clase de catecismo y se aferró a ella.

Sin embargo, cuando a los dos meses Fumanchú murió atropellado por un coche, Marta no lloró ni quiso que sus padres adoptaran otro gato. Tampoco quiso nunca llevar el pelo largo –por mucho que insistiera su madre en lo inconcebible que resultaba cortar una melena rubia– ni un recogido en forma de espiga de trigo cuando se casó, y desarrolló cierta fobia a las bolas de polvo esquineras a las que daba caza sin tregua.

Pasados los años, cuando tuvo que vender la casa de sus padres, Marta pidió a Sofía –a la que seguía muy unida– que la acompañase para ir a recoger algunas cosas que aún quedaban. Sin encender la luz siquiera las dos amigas entraron en la casa. Nada más dar unos cuantos pasos, tuvieron la sensación de pisar en blando y, al llegar delante de la puerta de la habitación que había sido de la abuela, oyeron a un gato maullar por dos veces. Antes de que Marta pudiese impedírselo, Sofía ya había abierto la puerta y las dos mujeres vieron salir a un gato negro con largos bigotes de chino mandarín. Se acercó a ellas ronroneando y, después de unos cuantos estiramientos, describió unas suaves S contra los tobillos de Marta como si quisiese enlazarlos, luego, contoneándose, se alejó hasta desaparecer, tragado por el oscuro pasillo.

Esquilando

Esquilando
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Cansada de tanto recuento, no iba a seguir contabilizando ovejas para intentar conciliar el sueño, así es que estrené mi fantástica maquina anti-insomnio computadora de ovejas; estas últimas se encargarían por mí de ver llegar el alba. 
Dormí de un tirón, pero esta mañana me he despertado balando. 

21/11/11

La llamada

La llamada
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El pitido de la lavadora la saca de su ensoñación y se sobresalta. A cada día que pasa oye menos, sin embargo, los pitidos de los avisadores (microondas, lavadora, cafetera...) le resultan más molestos, como tornos de dentista pero en el cerebro. Se levanta para tender la ropa antes de que se le arrugue más de lo que ya debe de estar.

            Matilde suspira y cabecea como para asegurarse de que ella y sus pensamientos están de acuerdos en todo.

            –Sí, son buenos hijos en general –dicen sus pensamientos.

            –Sí –cabecea ella –pero, ¿por qué se empeñan en meterse en mi vida? ¿Qué necesidad tenía yo de una lavadora que centrifuga tanto que me deja la ropa más arrugada que yo?

            En un barreño de porcelana blanca desportillada mete las prendas que tiene  ahora que tender. En eso del tendedero, sí que no ha cedido cuando sus hijos hablaron de comprarle una secadora. ¿Cambiar de método a sus años?, ¡ni hablar!

            –La ropa necesita del aire y del sol para oler a limpio y volver a los armarios como Dios manda –les explicó sorprendida de que no lo supieran aún, como si, de repente, sus hijos pusiesen en duda que uno y uno son dos– Así es que haceos a la idea de que seguiré tendiendo al patio, en las cinco cuerdas de la ventana de la cocina, como siempre lo he hecho, os guste o no, se queje la comunidad o no.

            –Lo decíamos para facilitarte las cosas, nos gusta saberte rodeada de todas las comodidades  –alegaron sus hijos ante su reacción un tanto exagerada.

            ¡Facilitar, facilitar! Pero bueno, ¿quién dijo que existiese algo fácil en el mundo, cuando una tiene más de ochenta años? Mis piernas de hace cuarenta años, ¡eso sí era comodidad! En cuanto a lo de estar rodeada... Matilde sacude la cabeza lo más que le permite su artrosis cervical; algunos pensamientos hay que espantarlos como si fueran moscas de esas de la carne, gordas y verdosas.    

            Matilde abre la ventana y coge la bolsa de las pinzas que se encuentra en el alféizar, entre un tiesto de geranios y otro de lavanda.

            Tender bien la ropa tampoco es algo que se pueda hacer así, a la trágala; no, las primeras cosas que se deben de tender son las largas, las que tienen que ir en las cuerdas más alejadas de la fachada, que si no, sábanas y toallas se podrían manchar con el viento o coger olor a ajo frito de las cocinas de los pisos de abajo. Luego, van las faldas, blusas y medias de contención y, por último, en la cuerda más próxima a la ventana, lo menudo y las prendas interiores tendidas del revés y, a ser posible, con las pinzas más suaves, las que tienen como un poco de goma ahí donde pellizcan; son más caras que las de madera de toda la vida pero merece la pena. Con el ceño fruncido, Matilde se aplica como lo hacía de pequeña ante una plana de caligrafía.

            –¡Despacio! –les decía la maestra–. ¡Sin salirse de las rayas!

            Matilde sonríe satisfecha al ver la ropa balancearse como tiene que ser en el aire tibio del atardecer. Frente a su tendedero de cinco cuerdas, con pinzas de madera a modo de corcheas, parecer estar disfrutando de una sinfonía recién compuesta. En el barreño no queda más que un pañuelo bordado con sus iniciales cuando, en el interior de la casa, suena el teléfono. Matilde va a atender la llamada.

            La mujer tarda en reaparecer a la ventana, termina su labor y se mete para dentro. Un último rayo de sol juguetea con los pétalos de los geranios, luego, se apaga.

 

            Han pasado seis horas desde que llamaron por teléfono a Matilde. Ahora, está en la cama pero no duerme. En el tendedero de la ventana de la cocina, el pañuelo bordado con sus iniciales se balancea como alma en pena en el aire húmedo de la noche, perdido entre una falda y unas medias de contención. Lo sujetan dos pinzas de las de madera, de las que duelen de tanto como pellizcan, y cuyos alambres dejan manchas de óxido; manchas que no se quitan con nada ni con jabón lagarto ni con lejía. 

Remate de cabeza

Remate de cabeza
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Aún es de noche. Con las miradas perdidas en el fondo de sus tazones, los dos hermanos parecen querer recuperar miguitas de sueños de sus desayunos.

            –¡Vamos, daros prisa!

            Hoy, es su padre el que los lleva al cole.

            –Y recordar que tenéis que portaros muy bien en clase. Pronto va a llegar...

            El padre hace una pausa a la espera de que sus hijos terminen la frase.

            –Papá Noel –contestan los niños sin demasiado entusiasmo.

            –¿Y quién más después?

            –¡Los Reyes Magos! –vuelven a contestar con algo más de energía.

            –Y ya sabéis que lo ven todo, así es que...

            Los dos niños han levantado la mirada de sus tazones, de los que parece haber salido la misma pregunta.

            –¿Y cómo lo hacen?

            –Bueeeno, son como magos.

            –Yaaa –dicen al unísono. Un «ya» escéptico que Hugo se encarga de esclarecer enseguida.

            – Es que nosotros tampoco creemos en eso de los milagros y de la magia. ¿A que mamá y tú tampoco?

                        –Es verdad, os dijimos eso el otro día pero nos referíamos a...

            Ya no le prestan atención. Nico, el mayor, nota que se le está moviendo un diente.

            –¡Bieeen! ¡Otro diente que se me va a caer! ¡Vendrá el ratoncito Pérez! –grita entusiasmado.

            –¡Jopetas! Y a mí, ¿cuándo se me moverá uno? –protesta Hugo.

            El padre no puede reprimir una sonrisa. Hugo la ha visto.

            –Pero es que el ratoncito Pérez es diferente, no es magia, viene de otro páis ¿A que sí Nico? –afirma más que pregunta en tono desafiante.

            –¡Claro! –le contesta Nico; el mismo Nico de ayer quien, sabiendo regatear como un campeón, marcó su primer gol de liga en el colegio y que, ahora, frente a su tazón de colacao, se pregunta muy seriamente si el ratoncito Pérez le traerá cromos o dinero. 

Otra modalidad

Otra modalidad
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–¡Hola!

–Hola.

–¿Sabes quién soy?

–¡Pues claro!, eres Abu.

–¿Y qué me cuentas chiquitín?

–¡No soy chiquitín! ¡Soy mayor!, voy a pre-deporte con Nacho.

–¿Y eso?

–Pues que hacemos deporte.

–Ya, ¿pero qué hacéis?

–Corremos, damos la voltereta.

–¡Madre mía! ¡Pues sí que eres mayor! No creo que yo pudiera. 

–Ya, es un poco difícil, pero a mí me sale fe-no-me-nal.

–Eso es estupendo y, ¿qué más hacéis?

–Pues, no sé... más cosas.

–Y en clase con María de la O, ¿qué tal?

–También saltamos.

–¿También saltáis?

–Sí sí.

–¡No me digas! ¿Y cómo se llaman esos saltos?

–Saltos de alegría. Te enseñaré cómo se hace cuando vengas a mi casa.

(septiembre 2011)

Réquiem

Réquiem
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La verja del cementerio se cierra tras los últimos vivos. Caras de circunstancia, pasos medidos en unidad de longitud de pena, y murmullos, mientras se alejan del camposanto.

            Sin embargo, llegando a la primera curva del camino, los gestos compungidos se van borrando y los cuerpos encorvados bajo el peso del duelo se enderezan. Para ellos, la función del Día de Todos los Santos ha terminado. Suspiran de alivio.

            Asimismo los muertos que han quedado tras las verjas; empieza el jolgorio.

            –¿Habéis visto cuánto han llorado los míos?  –exclama Don Eufrasio, el del panteón con columnas dóricas.

            –No me parece que haya sido para tanto. Los míos sí que se les veía apenados, pero una pena con clase –replica Doña Margarita, de la familia de los Rebollo de la Torre.

            –¿Y qué me decís de la cantidad de flores que me han traído? –dice Doña Gertrudis la del sepulcro con losa de granito porriño–. Creo que este año he ganado, así es que, ¡a ver esas apuestas!

            –¡Ni hablar!, acuérdese, Señora Gertrudis del Sepulcro, que quedamos en que las flores de plástico no iban a contar –dice uno del columbario.

            –¡Cómo que no iban a contar! ¡Muerto de hambre! –lanza Don Eufrasio fuera de sí.

            –¡Lo que yo te diga!, ¡gordo mórbido! –le contesta el indignado del columbario–. Los de fuera nos han sabido tapar con muchas flores pero, ¡mirad, mirad bien, todas de plástico! Así es que olvídense de las apuestas y guarden para mejor ocasión sus oros – los que los tengan– que yo me guardaré las dos o tres falanges que me quedan. Recuerden que en ningún sitio se entra gratis.

            Un silencio de muerte se abate sobre el cementerio. Ya no tienen ganas de más jolgorio.

            De repente se oye una voz. Es la de Pepe el redero. Por una vez en su vida de fallecido, no es el objeto de todas las burlas de sus compañeros, por ser el único en no haber recibido ni visitas ni flores en un día tan señalado. En realidad nunca las recibe, de los del otro lado nadie le recuerda.

            –Pues he ganado yo –dice tímidamente el hombre.

            –¿Tú? –exclaman todos al unísono–. ¡Tú que descansas en tierra mala y tienes por familiares y amigos a lagartijas y cuervos?

            –Sí, ya lo sé, es extraño, pero acaba de abrirse una malva entre los hierbajos que cubren mi tumba.

            En el cementerio el silencio ha vuelto y, aunque el invierno no tarde en llegar, huele a primavera.  

A la deriva (por Salinas)

A la deriva (por Salinas)
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Después de varios días de bochorno ha llegado el mojabobos, una lluvia fina que  los de fuera menosprecian.

            –¿Un paraguas para tan poco? ¡Qué exageración!

            Haré pues como los turistas, dejaré el chubasquero en casa y volveré calada.

            A esta lluvia se la llama también orvallo. Cuando cae sobre la ciudad, la apresa, la deja tan inmóvil como aquellos mundos de bolas de cristal con sus nevadas de mentira. ¿Dónde están los olores de Castilla, limpios, rotundos, con un romero que no quiere ser otro que romero? Aquí, al contrario, esta lluvia de aspersor lo empapa todo: los sonidos se acolchan, los colores se apagan y los olores hinchados desbordan hasta mezclarse formando amalgamas de dudoso acierto.

            Poca gente por la calle principal de este lugar –casi ciudad, casi pueblo– y que desconozco por sabérmelo de memoria. Puedo ir con los ojos cerrados sin darme de bruces contra el semáforo que salpica de luz naranja mis noches de insomnio ni contra aquel contenedor cuyo pedal nunca funcionó; las bolsas de basura se van amontonando junto a su panza.

            Cada mechón de mi pelo se ha convertido en canalón y sacudo con fuerza la cabeza para desprenderme de tanta agua. Ha sido un movimiento enérgico, como los que desencadenan falsas nevadas en bolas de cristal. Me siento ahora tan ligera como uno de esos copos de nieve de poliespan. Me elevo hasta lo alto del monte.

             Con el dedo, sigo el recorrido de la calle principal allí abajo. Serpentea en paralelo a una línea de edificios de doce pisos de altura. Al igual que la basura furtiva contra la panza del contenedor, se irguen contra la del monte sin reparo en haber tenido que darle unos buenos bocados, para sus jardincitos de acompañamiento. Cada invierno, después de días de temporal, esas heridas sangran; el monte no es traidor y recuerda que no permanecerá impasible por mucho más tiempo.

             La historia de este sitio es la de un pueblo que quiere ser ciudad y para ello no ha dudado –ni duda– en podar, cortar, suprimir. Por eso tal vez, el monte que lo acogió con tanta generosidad antaño, lo teme ahora y huye hacia el mar, haciéndose acantilado en su cara norte.

             Con la vista sigo el vuelo de una gaviota despistada. Con ella me poso en la playa. Por un lado, la duna a la que se quiere poner puertas; se ríe y sigue su camino. Por el otro, una hilera de chalés. Escondidos tras muros y setos parecerían gigantes muertos regurgitados por el mar, si no fuera por el palpitar rojo del corazón de sus alarmas.

            Una ligera brisa del oeste se ha levantado, barre el orvallo.

            Emprendo mi vuelta a casa por la parte más antigua del pueblo –ante todo marinero– quien, en otros tiempos, solo tenía una aspiración: sobrevivir. Es una calle estrecha, bordeada de plátanos, la que anduve en sentido contario y que me llevó por primera vez –hace más de treinta años– frente al mar que me conquistó.

            En el último tramo del recorrido, me dejo envolver en las sombras de un jardín recreativo recién inaugurado. Cuenta con un parque biosaludable, nombre grandilocuente para una pequeña zona reservada a la práctica del ejercicio al aire libre.   Hoy no queda ningún valiente frente a volantes, timones, bicicletas, remos, andadores, elípticas, barras paralelas... A mi paso, parecen tender sus largos brazos metálicos hacia mí, como zombis en busca de una presa.

            No muy lejos: el parque infantil. Los columpios se mecen en la brisa del atardecer y los goznes de sus cadenas se quejan. Creo reconocer a un niña subida en uno de ellos.

            –¿Por qué no te columpias conmigo? –me reta con la mirada seria detrás de su flequillo – ¿Acaso ya no sabes?

             Miro a mi alrededor. Los zombis avanzan, vienen a por mí. Solo me queda una salida: sentarme en el columpio y subir lo más alto que pueda, ser de nuevo copo de nieve de poliespan, de nuevo gaviota... no, mejor aún, ser de nuevo niña.