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dominiquevernay

El castigo

El castigo

Había escrito cien veces: te quiero, empleando el método de las filas: cien filas de "t", otras cien de "e"... y así hasta llegar a completar la frase. Desde hacía unos días la profe andaba muy despistada, parecía haber perdido sus superpoderes, no se daría cuenta. Pero ahora de pie frente a su mesa, el niño, que no volvería a escribir el verbo querer con k, se preguntaba "ké" le estaría pasando a la profe y "kómo" "konsolarla", mientras, frente a aquel andamiaje de letras y despliegue de amor, la oyó murmurar:

—No, así no se hace, pero ya da igual.

La niña que se creía mayor

La niña que se creía mayor

Eso del amor no tenía ninguna lógica, al contrario que el aterrizaje de aquella mosca en el tarro de mermelada dejado abierto por su hija. 
La niña que se creía mayor se había levantado de la mesa sin terminar de desayunar.
—Tengo quince años y lo lógico es que dejes de agobiarme —le había espetado.
Ahora, la oía abrir cajones, cerrar puertas y maldecir al mundo entero. Mientras tanto, la mosca había salido del tarro y se frotaba las patas, minuciosamente; de un manotazo podía aplastarla. El hombre suspiró, cerró el tarro y se levantó para abrir la ventana. (Escrito para REC)

La nueva (de cuando te piden que describas un color)

La nueva

            Nos gustaba mucho la nueva profe de lengua. Los ejercicios que nos mandaba no eran de esos aburridos en los que tienes que decir si una palabra es pronombre o verbo o adjetivo, hasta que un día...

            —Tenéis que describir el color de esta cartulina —había dicho a la vez que nos la mostraba.
            Sabíamos cómo describir a una persona o un paisaje, porque lo habíamos hecho en ejercicios anteriores, pero describir un color, sin comparar el amarillo con el sol y el rojo con un tomate maduro, nos pareció muy complicado por no decir imposible.
            —Empezaré yo —dijo la profe novata—. Cuando veo este color pienso en el ruido de una ambulancia en la noche, por lo tanto, puedo decir que este color «estridula».
            —Ya sé, ya sé —dijo entonces Alma, la empollona de la clase—, y a mí me parece que duele como una pelea en el patio.
            —Muy bien, Alma, lo has entendido. ¿Quién más puede describir con otras sensaciones el color de esta cartulina? —preguntó la profe.
            Varios dedos se levantaron.
            —Escuece como una gota de jabón en los ojos —dijo uno.
            —Y huele como la bodega de mi tío de Logroño —dijo otra.
            —Es áspero como la lija —murmuró el tímido del pupitre junto a la ventana. 

            —¿Y a ti, Álvaro? —preguntó la profe—, ¿no se te ocurre nada? Hemos hablado del sonido de este color, de su olor, de su tacto... tal vez podrías definirnos su sabor.
            Álvaro era desde siempre el graciosillo de la clase y no podía defraudar a su público; entrecerró los ojos unos segundos, luego se sonrió de medio lado como lo hacía cada vez que se disponía a soltar unas de sus chorradas.
            —Sabe a labios de puta.
            No hubo más que intentos de risillas. Álvaro se había pasado de la raya, como si se hubiera saltado un stop y hubiese atropellado a la profe. No terminaba de llegar la ambulancia y los niños miraban a la profe, luego, a su compañero aún de pie, desafiante.

            Como un silencio embarazoso, como unas mejillas encendidas, como una herida.

 

 

El perfeccionista — Retrogusto (dos relatos para una misma frase inicial)

El perfeccionista
El muñeco fue el primero en cerrar los ojos; parecía estar durmiendo una plácida siesta en medio de aquel horror. El fotógrafo disparaba sobre todo lo que atrapaba en su visor, pero al verlo, soltó la cámara que se le quedó colgando del cuello mientras lo recogía. Después de arrancarle una pierna y de retorcerle la otra, le sacó un ojo, le embadurnó la cara con ceniza y le desgarró la ropa. Luego, volvió a colocar el muñeco entre escombros y cuerpos humeantes; todo estaba listo para la foto. (Escrito para REC)

Retrogusto
El muñeco fue el primero en cerrar los ojos; ella tardaba siempre un poco más en dormirse. De nuevo tendida en su lado de la cama, cogió un cigarrillo de la mesita de noche y, antes de encenderlo, se pasó la lengua por los labios; una pasada, ni una más. El sabor amargo del látex podía enseguida con el dulce de la fresa. (Escrito para REC)


Cutícula

Cutícula

Está sentada en el borde de la silla y solo deja de morquisquearse las uñas para echar miradas furtivas a su alrededor. Parece una ardilla husmeando el aire para adivinar de dónde le va llegar el peligro. De vez en cuando también, hace una mueca de dolor y se mira el dedo del que acaba de arrancar otro trocito de uña. Con la espalda pegada a la silla el hombre la observa, en silencio, como un halcón observa a su presa desde un acantilado.

¿Qué van a tomar? —les pregunto.

Ninguno de los dos me ha visto llegar y parecen sorprendidos, luego, desconcertados,  como si les hubiese dicho: «abran la boca y digan aaa...».

—¿Qué van a tomar? —les vuelvo a preguntar.

Ella reemprende su festín de uñas interrumpido por unos segundos, y el hombre se incorpora en la silla. Al hacerlo su sombra se abate sobre la ardilla que acaba de llegar a la cutícula de su dedo corazón.

De los labios de la joven cuelga un pellejo sanguinolento.

Enredo

Enredo

Enredo

Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer, suave y sinuosa como un tallo de enredadera.

—¡Ya verás, será estupendo! —me dice.

Enredaderas o rastreras, todas buscan el sol sin necesidad de sostenerse por sí solas.

De repente, la voz que se corta, agria, para preguntarme si no estoy de acuerdo, para reproches.

Las llamadas volubles tienen el tallo robusto y vigoroso.

—Si me quisieras un poco... —me dice ahora.

Algunas pueden tener excrecencias en gancho para agarrarse mejor a su sustento.

—Yo que por ti sería capaz de hacer lo que fuera —musita la voz.

—Anda no llores más, haremos lo que tú digas —le prometo.

 (Escrito para REC)

Manchas

Manchas

—Como un bigote a lo antiguo, debajo de la nariz —le digo riéndome. A tía Águeda no parece importarle que la mancha de hoy tenga forma de bigote; otras veces sube de la carbonera con sombras en forma de nubes en el brazo o de mariposas en el cuello... Tampoco parece importarle que mi madre la mire furibunda y le tire un trapo de cocina a la cara.
—¡Toma, límpiate! —le dice—, y la próxima vez bajaré yo —añade. Pero tía Águeda siempre se adelanta a mi madre para bajar a abrir a Antón y a sus sacos llenos de extrañas caricias negras. (Escrito para REC)

Diario del hambre

Diario del hambre

Viernes 19 de septiembre
Hoy, acompañé a mi madre al médico. Me quedé en la sala de espera. Por una vez, la consulta no era para mí. ¡Ya es hora de que la gente se dé cuenta de que la chiflada es ella! Al poco de que el médico la llamase, ya estaba lloriqueando y quejándose con la misma voz esa asquerosa de cuando papá nos dejó. Sé muy bien lo que le estaría contando al estirado de la blusa blanca : "No puedo más, esta hija mía me está matando, otros dos kilos ha perdido, solo huesos, como un esqueleto, ni abrazarla puedo, por culpa de su padre... " ¿Pero por qué no se callará de una vez? ¿Quién le pide que me abrace?... Yo no, desde luego. Cuando papá vuelva, él lo hará, porque, aunque ella diga que no volverá, que nunca dejará a la otra, seguro que un día querrá saber de mí, de su niña preciosa.(Escrito para Viernes Creativos de Fernando Vicente) Ilustración de Katerina Plotnikova)

El paseo (estampa asturiana)

—Deberías airearte une poco —le dice su hija. Al viejo no le gusta que le traten como a una manta apolillada, pero no contesta nada. Afuera, el sol otoñal no ha podido aún con la niebla del pico Urriellu, sin embargo el hombre puede sentir su calor en los hombros, mientras se calza las madreñas. 
—Y ten cuidado con los coches —le dice ahora su hija. El viejo ni levanta la cabeza hacia la galería acristalada desde donde le llega la voz. Tampoco le gusta que le traten como a un niño. Empieza a caminar por el estrecho arcén. Hoy, tal vez, llegue hasta la primera curva.(Escrito para REC)

El regreso

—¿Qué tal lo pasaste? —preguntaron nada más abrirme la puerta. Luego, poniéndose de puntillas para verme mejor, aseguraron que me encontraban muy cambiada.
Yo, aún de pie en el felpudo, levanté la vista hacia la plaquita de latón en la que venía el número y la letra del piso, así como los nombres y apellidos de aquellos dos seres diminutos que me llamaban hija.

 

La ceguera de los sueños

La ceguera de los sueños

Oscar había vuelto a tener pesadillas, y por mucho que su madre intentaba hacerle sonreír, no lo conseguía. El pequeño estaba sentado frente a su tazón de leche y se asomaba a él como si estuviese midiendo la profundidad de un pozo o, tal vez, la de su miedo nocturno del que no había podido emerger aún. Su madre sabía que la única manera de liberar a Oscar de esa congoja era permitirle que le diera forma, que la articulase con palabras. 
—Yo soñé con una preciosa sirena —le dijo ella inventando sobre la marcha—, ¿y tú?
—¿Yo?... —dijo el niño saliendo de su ensimismamiento—. Yo soñé con "eso" que sabes, con "eso" que ya te dije ayer —le contestó encogiéndose de hombros. 
—¿Con esqueletos?
—Sí... Además, dice Iván que debajo de la piel tenemos "eso"... ¿Ves?... toca aquí... —.Y tendió la mano hacia su madre para que se la palpase—. ¿Ves esto duro?... pues es un trozo de... esqueleto —dijo; había murmurado la última palabra.
—Sí, son los huesos de tu mano, y estos que tienes aquí se llaman costillas y protegen tu corazón —le explicó ella haciéndole cosquillas. 
Oscar se debatió.
—¡No, cosquillas no!... ¡Paraaa, que se me va a caer la leche! —protestó. 
Pero Oscar ya estaba casi a salvo de las fauces de la pesadilla que, cada noche desde hacía unos días, le engullía.
—Mira lo que pasaría si no tuviéramos huesos o, lo que es lo mismo, esqueleto. 
Y la madre empezó a hacer como si sus manos y brazos fuesen de plastilina y que se le cayese todo: una cuchara, el trapo de cocina...Terminó bailando para Oscar una especie de pésimo breakdance a la vez que ponía caras que habrían asustado de verdad a cualquiera de paso por la cocina.
Oscar no pudo mantener la risa por más tiempo. No quedaba rastro de pesadilla en su mirada, pero el tazón de leche se había caído.
Mientras las manos y los brazos de su madre recuperaban la energía necesaria para coger una bayeta y frenar, in extremis, la leche que iba derecho a los pantalones de Oscar, el niño se acordó de la sirena. 
—Y la sirena de tu sueño, ¿qué hacía?
—Pues... se encontraba con tu esqueleto y se hacían amigos.
Oscar la miró con cara de "pero tú, ¿qué dices?".
—Es imposible... los sueños no pueden encontrarse, no tienen ojos. Además, las sirenas no existen.

(Escrito para los Viernes Creativos de Fernando Vicente, ilustración de Chiara Bautista)


Mi manifiesto

 Llevo unos cuantos días sin escribir nada y al despertarme me dije que ya estaba bien, que tenía que decir algo grande para que el mundo no se olvidase de mí. ¿Grande de gracioso? No, no estaba de humor. ¿Grande de irreverente?, ¿de macabro?, ¿de obsceno?... no, todo esto era muy facilón y muy visto.
¡Ya lo tengo!, me dije despues de ojear el periódico, voy a escribir un manifiesto de esos que despiertan conciencias y llaman a la lucha. 
Estaba en ello cuando recordé que era martes, que tenía pádle a las once y comida en un japonés a las dos con Vane y Leti. ¡Vaya por Dios!, luego lo escribo.

Una simple reflexión

No, no es un relato, solo una reflexión, ya sabéis, una movida de esas que te hacen pensar por un momento, "coño que lista soy, acabo de dar con un misterio del universo, así, por las buenas". Pues eso... esta mañana estaba hablando con mi compañero (a mí lo de marido como que me hace muy mayor) de que la gente que sale en la tele parece super alta cuando, en realidad, no lo son tanto. Ya sé que no era una conversación de alto vuelo, pero antes de desayunar es lo que hay, además, ¡cualquiera vuela con legañas en los ojos! Después de esta primera reflexión nos quedamos en silencio hasta que él dijo algo sobre Palestina. 
-En Palestina estaba pensando yo también -me asombré-. ¿Y cómo te dio por pensar en ello?
Entonces, nos contamos el uno al otro los caminos neuronales que nos habían conducido desde los platós de la tele, con sus gigantes enanos, hasta Palestina. Y, cosa increíble, de los miles de millones de caminos posibles habíamos transitado por los mismos. Vale, esto no es como descubrir que la tierra es redonda, pero no me diréis que no valía la pena comentároslo.

¿Verdad o mentira?

¿Verdad o mentira?

—¿Quién te ayudó? 
—Nadie, lo hice yo solo.
—¡No me digas! —contestó el profe de lengua; lo hizo en una carcajada que encontró eco en la mala baba de varios pelotas.
—Os presentó a un nuevo poeta: el Sr Don Marcos Rodriguez Rodriguez. Sin saber apenas escribir su nombre, sin haber leído un solo libro, sin estar nunca atento en clase, he aquí que el muy embustero quiere que creamos que estos versos son suyos. ¿Por quién nos has tomado? 
Marcos no contestó nada. Impasible, mantuvó la mirada fija en la ventana que daba al patio y al tilo que le había inspirado aquellos hermosos versos.

Polea del astrágalo (escrito a los dos meses de rotura de tobillo)

Polea del astrágalo (escrito a los dos meses de rotura de tobillo)

Era un libro de tapas verdes y letras doradas: «Encyclopédie Médicale pour la Famille». En cuanto podía, me subía a un taburete para cogerlo —de la estantería de libros para mayores— y mirar las fotos de las páginas que se abrían por sí solas (las más consultadas por mi madre); abrirlas yo misma habría sido arriesgarme a poner un dedo sobre pústulas horribles o partes —de cuerpos— que eran pecados, y aquello hubiese tenido consecuencias mil veces peores que las del hecho de subirme a un taburete cojo con un tocho en brazos, y con mi madre a punto de entrar y de pillarme in fraganti. 
Hoy me acordé de todo aquello al buscar «tobillo» en la Gran Wikipedia: «La tibia y el peroné forman conjuntamente en su parte inferior una mortaja articular o cúpula sobre la que se encaja la troclea o polea del astrágalo».
Lo leí varias veces; en voz baja, luego en voz alta.
—¿Qué quieres? —me preguntó mi hijo al oírme.
—Nada nada... Estaba leyendo poesía —le contesté e, instinctivamente, bajé la tapa del ordenador con tanta prisa y emoción como con las que volvía a subir la «Encyclopédie Médicale pour la famille» a su estantería. No sé por qué.

La tejedora (de secretos)


Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo, pero se empeña en llevar el moño ese como si tuviera aún veinte años —se queja mi madre.
—¿Y qué más da que se peine de una manera o de otra?—contesto.
A mí me gustan los extraños moños caracolas de la abuela. Los llama moños italianos, y al no tener ya tanto pelo los rellena con restos de lana de sus labores.
—Mi primer novio también lo era —se desgañita la abuela desde la salita.
—¿Era qué? —lanza mi madre enfurruñada.
—¡Italiano! —dice, interrumpiendo por unos segundos su cliqueteo de agujas.

(Escrito para REC)

Con los pies descalzos (Nus pieds)

Con los pies descalzos (Nus pieds)

—¡No, no abras la puerta!... Aunque para hacerlo tu mano se pose sobre el picaporte como si fuese de cristal y temiese romperlo, ya nunca podrás fingir que no sabías nada.

—Non, n’ouvre pas la porte!... Même si pour l’ouvrir ta main se pose sur la poignée comme si elle était en cristal et qu’elle craignait de la briser, tu ne pourras plus jamais faire semblant et dire: "je n’en savais rien".

Primeros pasos

Primeros pasos

Comme l'on doit réapprendre à marcher, on devrait pouvoir réapprendre à s'émerveiller.

Como se vuelve a aprender a andar, se debería poder reaprender a maravillarse.

Viaje en un charco

Viaje en un charco

Sentada debajo de la marquesina María se impacientaba. No era frecuente que tuviera que esperar más de un minuto al autobús que la llevaba de vuelta a casa, el 223; era el primero de la mañana, y a esas horas no había atasco que pudiera justificar un retraso por muy pequeño que fuera. Por la noche había llovido. Maria pudo ver los colores del alba agitarse en un charco, a muy pocos pasos de donde se encontraba. Demasiado cansada para seguir mirando el reloj a cada minuto, dejó navegar su mirada en el charco encendido y, sin darse cuenta, arribó a orillas lejanas de playas de arena blanca. Llegaba el 223;  el conductor frenó, miró, no había nadie, siguió. En el charco, un cangrejo.

 

Para los Viernes Creativos de Fernando Vicente ( Ilustración de S, de Andrey Osadchikh)

Modas Amor

Modas Amor


Manuela era la empleada con más antigüedad de la tienda, la encargada de levantar y bajar la pesada cortina de hierro tras la que los maniquíes observaban su ir y venir de casa al trabajo, del trabajo a casa. Nadie se fijó en ella cuando le dio por hablar con ellos, ni cuando empezaron a faltar piezas de uno de los recién adquiridos: el maniquí MV234, de fibra de vidrio, de fácil montaje, con tono de piel moreno, bonita pose, base de cristal y doble agarre.

(Escrito para los Viernes Creativos de Fernando Vicente y según foto de Nir Arieli)