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Envidia mohosa

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Envidia mohosa

—¡Pero será posible que no sepas aún que lo más rico es lo verde?

Mi padre se desespera al verme desmigajar un trozo de Roquefort.

—Al precio que tiene te lo vas a comer todo, lo blanco y lo verde, que en esta casa no entrarán quesos de esos que no saben a nada.

La mueca de desdén que hace no deja lugar a duda, aquellos otros quesos a los que se refiere son holandeses. Nadie sabe el porqué de su aversión hacia Holanda y, en general, hacia todos los países más al norte que el nuestro.

—Sus quesos son tan insípidos como sus tulipanes faltos de gracia. ¿A que cuesta saber si un tulipán es de verdad o de plástico?

Como la única razón de vivir de mi hermano es la de molestarnos a todos, dice que Ámsterdam es la ciudad más molona del mundo.

—Para los yonkis como tú —gruñe mi padre.

A la abuela le gustaría contarnos que en 1945 salvaron a su padre gracias a un descubrimiento llamado penicilina. Y a mi madre, que la vecina del tercero se ha apuntado a un viaje para ir a ver auroras boreales. Pero se quedan calladas.

10/03/2019 11:02 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

El vuelo de mil grullas

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Me miraste con esa misma alegría que surge del reencuentro inesperado con un sabor de la infancia. Me abrazaste y me dijiste al oído: bienvenida, eres como te recordaba. Quise creerte y reconocerte yo también. Luego me invitaste a tomar algo en una terraza al tímido sol de marzo. Levantaste la vista hacia el cielo, y con la mano a modo de visera contemplaste maravillado el vuelo cenizo de mil grullas en su viaje hacia el norte. ¡Quién fuera grulla!, murmuraste. Te reíste y me cogiste de la mano. Al cruzar la plaza, enorme damero, quisiste jugar a no pisar negras, tonto el que las pise, y por el camino blanco me guiaste hacia aquella terraza desde la que poder seguir la migración de aquellas valientes aves, más allá de lo que ni tú ni yo conocíamos.Volaremos con ellas, me prometiste. Cuando, exhausto tú, exhausta yo, el aire del anochecer nos sorprendió, te despediste con esa misma alegría que surge del reencuentro inesperado con un olor de la infancia. Me llamo Mario, ¿y tú?, me preguntaste.

 

17/02/2019 19:50 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


Amapolas en el arcén

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Domingo. Lucía oye el paso incierto de su hijo de vuelta de una de sus juergas. Su marido, recién llegado de un viaje de negocios, aún duerme. ¿Cuánto tiempo lleva ella sin viajar?… ¡Basta ya de pretextos! Se viste, coge dinero, las llaves del coche del durmiente y se va.

Sentada en el arcén de una carretera comarcal, María intenta recobrar el aliento. De repente, un coche que se acerca. Se pone de pie. Es una conductora y no es el Audi rojo de antes. Levanta una mano y con la otra sujeta el tirante roto de su vestido.

Lucía ayuda la joven a subir al coche.

—No, al hospital, no. Al cuartelillo tampoco —insiste María.

Solo quiere hablar del chico del Audi rojo, de lo bien que lo habían pasado al principio, riéndose hasta de sus familias. Él, con un padre siempre de viaje para sus supuestos negocios, y la imbécil de su madre, en casa, sin querer enterarse de nada. Pero luego, en un camino de tierra, el chico…

Lucía deja de escuchar. Piensa en cosas. Por ejemplo, en que no le gusta conducir el Audi rojo de su hijo. Prefiere el Mercedes de su marido.

17/02/2019 19:41 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Nuestra otra vida

Cuando se ausentaba de casa, mamá se quedaba en el porche hasta ver desaparecer su coche tras la curva. Luego, soltaba su melena-hiedra y se encerraba en la salita-isla para trabajar en su cuento-océano. Mientras tanto, salíamos de nuestros cuartos para corretear libres por la cocina-bosque, el pasillo-sendero, el comedor-huerto. Si preguntaban por ella, contestábamos que no estaba y que no volvería hasta muy tarde. Creo recordar que éramos felices.
(Escrito para REC)

17/02/2019 19:39 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Cortes en el hule

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    —Los Reyes Magos no existen —oí cuchichear a mi hermana mayor al oído de Berta, su mejor amiga.

            Hacía justo una hora que había llevado mi carta a correos para SS.MM. y, de la impresión, dejé caer el pan de la merienda. Tenía seis años y ya sabía demasiado como para haberme dejado engañar tanto tiempo. Por poner un ejemplo de cuanto sabía: antes de agacharme a recoger del suelo la rebanada de pan untada con Tulicrem, ya estaba segura de qué lado habría caído, y de lo que me iba a decir mi madre.

            —Justo cuando acababa de fregar el suelo. Anda, vete a tu habitación y deja que lo limpie todo. Y no, no hay más merienda. Cenarás más.

            O sea que ya sabía bastante como para suponer que lo que acababa de oír era una fantochada de mi hermana. Siempre se hacía la graciosilla cuando estaba con Berta. Pero yo tenía prueba de la existencia de los Reyes. En unas Navidades pasadas recordaba perfectamente haberlos visto llegar desde la ventana de mi habitación.

            —Candela, ¿por qué dices que los Reyes no existen? —pregunté entonces al ver que mi madre había ido a por el friegasuelos y que no nos podía oír.

            —No, no dije eso —me contestó antes de salir riendo y corriendo de la cocina, cogidas, Berta y ella, de la mano.

            —¿Y a ti qué te pasa ahora? —me preguntó mi madre que entraba de nuevo con pocas ganas de perder más tiempo.

            —Dice Candela que los Reyes no existen —contesté. Y para fingir que a mí me daba un poco igual que existiesen o no, me puse a hacer una «o» en la mesa con las migas de las meriendas de mi hermana y de su amiga.

            —No le hagas caso, y deja de hacer eso con las migas, mira, se meten en los cortes del hule. Y digo yo, peor sería que los padres no existiesen... ¿no?

            Aquella noche de Reyes me fue imposible dormir. La respuesta de mi madre me había dejado ante un problema tan complicado de resolver como los de doña Matilde cuando quería que contestásemos en menos de dos segundos a tres por ocho. ¡Si solo teníamos diez dedos cómo íbamos a poder calcularlo!

            El caso es que a la mañana siguiente tenía claro que si había que escoger —porque parecía que sí, que era obligatorio escoger— entre un mundo sin Reyes Magos u otro sin padres, escogería el primero.

            Al abrir los regalos me di cuenta de que una vez más faltaban muchas cosas de mi lista y que, sin embargo, había otras que nunca se me hubiese ocurrido pedir, como bragas y calcetines. A mi madre pareció gustarle el nuevo hule para la cocina, el mismo que hacía unos días había visto en el escaparate de la droguería de la esquina camino del cole.

            —Tendré que pedírselo a los Reyes —había dicho guiñándome el ojo.

06/01/2019 19:24 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Aquellos domingos

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Cuando a mi hermana mayor le dio por fijarse en los chicos, se hizo fiel seguidora de nuestro equipo local de fútbol. No se quería perder ningún partido.

—Acompañarás a tu hermana —había decretado mi madre en el mismo tono de voz con el que don Abel, el párroco, nos recordaba que amasemos a Dios por encima de todas

las cosas. Y a mi porqué de tal decisión, contestó lo que en aquella época era de lo mejor en jugadas maternales y paternales—. Porque lo digo yo.

Y así empezaron un montón de domingos con misa mayor por la mañana y partido por las tardes. Iba con el mismo ánimo a las misas como a los partidos, llegando a ser estos últimos como las prórrogas de las primeras.

Durante cierto tiempo no supe de la misa la media en cuestión de fútbol,  pero palabras como córner y penalti me llegaron a ser familiares. Así que cuando sorprendí a mi madre decir a la vecina —en gran secreto—que qué pena y vergüenza que la hija de la Paqui se tuviera que casar de penalti, no me quedó más remedio que interesarme por las reglas de un juego que tal vez entrañase ciertos riesgos. Y ahora que lo pienso... fue más o menos en esa época cuando a mí también me empezaron a gustar los chicos. 

#historiasdefútbol

03/07/2018 23:12 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOSCIENTOS OCHENTA AÑOS DESPUÉS

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Estamos en mayo del 2018. Tal vez parezca de más que lo precise, pero no sea que os vayáis a pensar que el parto del que voy a hablar remonta al 1738, año en el que la madre de Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de «El perfume» de Süskind, acababa de dar a luz. Ella lo hacía de pie, mientras trabajaba destripando pescado en medio de inmundicias. La chica de mi historia también acaba de dar luz, solo que unos siglos más tarde, en una cama y en un sitio totalmente aséptico. 

Entonces, ¿en qué se asemejan tanto estos dos hechos?... En que las dos mujeres « solo querían que los dolores cesaran». Pero he aquí que si la madre de Grenouille no tenía nada que hacer aparte de aguantarse, nuestra mujer de hoy tampoco lo tuvo fácil. La matrona de turno, una discípula de Teresa de Calcuta —que aseguró en más de una de sus entrevistas que «el dolor es un regalo del cielo»— había llegado a su trabajo con intención de regalarle una gran dosis de «buen» dolor a la primera parturienta que le tocase.
—Estas jóvenes de hoy no tienen aguante, son unas quejicas —respondió la matrona al padre, que se permitió sugerir una sola vez en el transcurso de largas horas, que, quizás, se podría hacer algo más para que su mujer y el bebé no sufrieran tanto.
Doscientos ochenta años y veinte horas de dolor más tarde terminaron en cesárea. Una cesárea que podía haberse realizado mucho antes.
Al nacer por cesárea el pequeño y su madre no podían gozar «del piel con piel», un momento sin embargo muy importante para establecer vínculos o, dicho de manera más sencilla, para sentirse de nuevo juntos después del trauma del parto.
Entonces se presentó el padre en la planta de neonatos. Él sí podía hacer «el piel con piel» con su pequeño. La responsable de la planta en aquel momento se mostró de lo más reacia a que aquel hombre cogiera a su pequeño en brazos, ¡cómo vas a saber hacerlo!, le espetó, y más reacia aún cuando al querer lavarse bien el torso —cosa que la señora no juzgaba necesaria— se quitó la camiseta dejando a la vista unos cuantos tatuajes. 
—No puedo entender cómo se puede hacer uno tatuar el nombre de una novia o de una madre —pudo oír que, despectivamente, murmuraban la jefa y su acólita. 
¿Por qué será que mientras me cuentan todo esto recuerdo esta frase del Perfume: «En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno»?

20/05/2018 18:32 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Golpe bajo

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—Mira, querida...

 —No, te lo suplico, si vas a empezar una pelea hazlo bien. Déjate de "querida", de "no te lo tomes a mal, pero..." y de "no es por nada, pero tienes que saber...". Insúltame como dios manda, que sea por algo, y no te disculpes, que ya me lo tomaré como buenamente pueda. Llámame zorra o lo que te venga en gana, pero, te lo ruego, si vienes a por mí no me digas "mira, querida", porque eso sí que duele.

(Foto de veintitantos.com)

20/05/2018 18:30 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

El pájaro

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    Esta bata le queda pequeña, pensó Julia.

            Y en aquel momento se preguntó si el hombre no sería uno de esos locos de comedias americanas que se meten en un hospital para huir de la policía, se ponen la primera bata que encuentran por ahí, y terminan operando a vida o muerte a un pobre diablo. Ella era el pobre diablo.

            Todo había ido muy rápido: un cansancio inexplicable, una primera consulta a su medico de cabecera, una segunda a un especialista e, inmediatamente, un aviso telefónico para una tercera cita con aquel hombre de la bata demasiado estrecha. Inquietante eficacia, inquietante rapidez.

            Le queda realmente pequeña, volvió a pensar Julia, mientras el hombre iba hilando sus frases con la misma lentitud con la que ella, de pequeña, ensartaba cuentas de colores para sus pulseras.

            Tal vez se haya apuntado a un gimnasio y esté tomando anabolizantes, seguía cavilando Julia.

            De repente, el hombre se levantó para dirigirse hacia un panel luminoso.

            —Si quiere acercarse a estas radiografías le explicaré con más precisión lo que podemos hacer.

            Y Julia se acercó y miró aquello contra lo que «juntos» tendrían que luchar. El especialista hablaba ya con más énfasis y, llamando «mancha» a una sombra con forma de pájaro, recorrió en un movimiento de brazo cada vez más amplio su contorno con la punta del boli. Lo hizo varias veces como queriendo enjaularla. Entonces, un ruido de tela rasgada hizo que el hombre se callase y se llevara la mano al roto de la sisa. Sonrojándose, pidió disculpas por la interrupción.

            Julia pareció despertar.

            —Lo suyo solo es un descosido, no se preocupe, tiene fácil arreglo. En cuanto a lo mío...

            —Solo es una mancha y...

            —«Esperar a que el pájaro entre en la jaula y, una vez que haya entrado, cerrar suavemente la puerta con el pincel.»* —recitó Julia.

 

*Del poema de Jacques Prévert «Para hacer el retrato de un pájaro»

 

 

04/02/2018 17:01 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Cuando nadie me vea

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—Con lo que sobró de pan de ayer tendremos para hoy. Pero de todas formas compra una barra pequeña para desayunar mañana —digo a mi marido que se está preparando para salir.

Me doy cuenta de que ayer también escribí algo sobre el pan que sobra, ese que hay que terminar antes de poder empezar el fresco del día. Es una de esas normas no escritas que, si las sigues, dicen mucho de ti, bastante más que tu fecha de nacimiento o la supuesta clase social a la que crees pertenecer.

Tirar un trozo de pan duro no dejará nunca de parecerme un gesto vergonzoso —que me resisto a hacer, pero que terminaré haciendo, supongo—, al igual que tirar todos esos papeles, cajas, lazos y demás adornos en los que vienen envueltos los regalos.

Una de la escenas, que más me impresionó últimamente, fue cuando puede asistir —de lejos, que de cerca no hubiese podido aguantar sin devolver del asco—  al momento cumbre de una fiesta de cumpleaños de un pequeñajo de unos cinco años.  Sentado como en una especie de trono, y mientras sus amigos iban gritando como posesos «¿qué será?, ¿qué será?», él arrancaba, con una impaciencia cercana a la furia, metros y metros de papeles y cintas, de texturas sedosas y colores a cada cual más deslumbrante. Apenas nuestros rey había conseguía ver el contenido del regalo, que una gentil animadora —responsable de uno de los diez cumples que en aquella nave se celebraban— se lo quitaba de las manos, para evitar que terminase en el suelo, pisoteado y sepultado bajo toneladas de embalajes, manchados de tarta y de vertidos de coca cola sin cafeína.

Si un día veis salir cierto resplandor de un contenedor de papel, será que allí habrán ido a parar todos aquellos adornos que envolvieron los regalos que, durante años, tuve la gran suerte de recibir. Los tiraré con mucha tristeza y mucha vergüenza, pero se me están llenando los armarios y cajones, y no es cosa. Así que lo haré de noche cuando nadie me vea. 

02/02/2018 12:04 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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