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La venganza es un plato... ( ya saben cómo sigue)

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—No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween, si es que salimos —lloriquea Ana, mi hermana.

Me saca de quicio. Refugiada en el torreón, sigue empeñada en mandar wasaps de auxilio a nuestros hermanos, a sabiendas de que no hay cobertura. 
— Anda, baja de una vez, deja de quejarte y busca escobas, cubos y fregonas, que entre tanta porquería no me quedo. ¡Eh, usted, el rarito del castillo!... que lo que acabo de decir va para todos. Luego, hágame el favor de recortarse la barba, pero ojo, nada de pelos en el lavabo, que por mucho que la tenga azul, da mucho asco. 

(Ilustración del PERIÓDICO / MADRID
Martes, 20/09/2016)

10/12/2017 10:33 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

No, no quiero jugar a los médicos contigo

Comento que sí, que estoy mejor, pero que aún me quedan cuatro días de antibióticos por delante.

—¡No me digas!...
La mujer (joven), que está justo delante de mí en la cola del súper —la del «no me digas»— y que se disponía a sacar una lechuga y un tomate de su cesto para pasarlos por la caja, se detiene, la lechuga en alto en su mano derecha, como si un monaguillo hubiese tocado la campanilla para la elevación de una lechuga en una misa ecológica.
—Pues sí, te digo —contesto (a la defensiva, ceño fruncido y carraspeos que desencadenan una tos de cantera en la que trabajan tres camiones). 
—Miel con limón y homeopatía. No entiendo que la gente se sigua envenenando con esas porquerías —me dice la doctora de los cojones.
No contesto nada y coloco mi jamón de york y mis cuatro yogures en la cinta transportadora. 
La veo pagar, abrocharse de nuevo el anorak y horror de los horrores... me espera.
—Mira, yo estoy con un catarrazo que no veas, pero ni antibiótico ni nada de toda esa mierda que te recetan. Mucha agua y homeopatía. En una semana estaré como una rosa. 
Entonces con mi mejor sonrisa, falsa evidentemente, le digo que vale, que dentro de unos años, veinte o treinta, cuando tal vez haya tenido que pedir recetas de morfina para su madre en fase terminal, o cuando quizás haya tenido que ver cómo operan e inundan a su peque de antibióticos para salvarle de una peritonitis, o cuando, pongamos el caso, haya añadido (por su cuenta) una o dos gotas más de ansiolítico en el vaso de agua de su padre, para aliviar la angustia creciente del que no puede recordar ni su nombre... entonces, solo entonces, estaré dispuesta a hablar con ella de las maravillas de la homeopatía.
—¿Dentro de treinta años? —se sonríe (sonrisa torcida, narices de aquí alguien se ha tirado un pedo y yo no he sido).
—Ya, no me hagas caso —le digo—, dentro de treinta años tú seguirás como una rosa, y yo me habré muerto. Y me río. Y es de verdad.

10/12/2017 10:30 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Muerte de una sombra

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No pudo seguir adelante sin ella, y yo solo supe escuchar su triste historia.
La mujer de la que era sombra se había enamorado.
–Seré tu sombra —había dicho la joven a su centelleante amado–, siempre me tendrás a tu lado.
–¿Entonces quién iba a ser yo? –me preguntaba ahora la silueta oscura en aquella pared encalada de callejón–, ¿cuál iba a ser mi porvenir?, ¿ser la sombra de una sombra? ¡Ni hablar!
Intenté consolarla pero no sirvió de nada. Me despedí de mi fugaz amiga con lágrimas en los ojos. No sé cómo lo hizo ella, aún no sé cómo lloran las sombras.

(Escrito para REC, ilustración: creepypasta/images)

10/12/2017 10:29 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Sin título

El lunes gotea contra mi cristal. Se volverá a formar el charco de la entrada al parque. Tendré que comprar patatas, que sin patatas en casa no me gusta estar. No creo que pueda saltarlo, lo tendré que sortear como las viejas, como si para ir a Madrid desde Asturias pasase por Barcelona. El lunes gotea contra mi cristal. Sí, vale, esto ya lo saben, años atrás ya os lo dije. Tengo que borrar el teléfono de mi madre y comprar patatas.

02/12/2017 16:18 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Reflexiones

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Me gusta ir hasta la ría y observar a los pescadores que jalonan el muro. ¿Cómo es posible que esos tíos (en un noventa por ciento son tíos) puedan estar tanto tiempo con los ojos puestos en un flotador a la espera de una picada? ¿Qué tipo de paciencia es esta que contradice aquello que se suele oír por ahí?:
—¡Qué va!... No puedo contar con él para nada, no tiene paciencia. (Suspiros) Ya se sabe cómo son todos. (Muecas claras de solidaridad) 
Y como soy tan mal pensada, y que una cosa lleva a la otra, los imaginaba regresando a casa.
—Oye, Pepe, no me dejes todo aquello tirado en la entrada que acabo de fregar, y además huele que tira pa'tras.
Total, que yo creo que lo de los congelados es un buen invento, aunque desde hace algunos meses, y por culpa de una nueva tienda de congelados, procure evitar ir a Avilés por la nacional. A la altura de Lidl y de Día siempre pillo el semáforo en rojo, y por mucho que lo intente no puedo abstraerme del enorme anuncio de la dichosa tienda. ¿Cómo será una sesión brainstorming entre publicitarios para anuncios de productos low-cost?
—Oye, no nos rompamos la cabeza, que aquello va dirigido a pobres desgraciados que no se van a fijar; total, están hechos para comprar/comer/ la primera mierda que se les ofrece. 
Y aquí el porqué de sus «zancos» de pollo, que más que «zancos» de pollo parecen muñones puestos en formol. Los dos minutos de parada en el semáforo viendo aquello se hacen eternos y temes "potear". (No me gusta esta palabra, pero está a la altura de sus anuncios.)
A todos estos cutres publicitarios y hombres/mujeres de negocios low-coast, les diría que si fuesen a comer a casa de esas desgraciadas compradoras (en un noventa por ciento son tías) estarían muy sorprendidos de ver cómo se las ingenian (la mayoría tuvimos/tenemos o tendremos que hacerlo en un momento) para transformar en verdaderas obras de arte sus mierdas de productos. Pero, ¡qué sé yo!, igual ni se sorprenderían porque son unos patanes y, además, yo ya no paso delante del anuncio. Voy a Avilés por la variante.

02/12/2017 16:12 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Extrato del relato «El pájaro»

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«...Está quitando cada hoja o flor seca de entre sus tiestos; son como manchas de otoño en un verano que no parece querer despedirse. Tibias, crujen en su mano. Es la misma sensación que cuando, de pequeños, Ramón le había obligado a cerrar los ojos, abrir la mano, y apretar fuerte aquello pequeño, suave y tibio que acababa de ponerle entre los dedos. Ella se había resistido, pero Ramón la había forzado a cerrar la mano y a apretar fuerte. Los huesos de un gorrión al quebrase suenan a otoño, igual que estas hojas, piensa Violeta...» ( Del relato «El pájaro» escrito en el Taller Literario de Salinas)

02/12/2017 16:04 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Le taxi très pressé

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Si me dicen «viernes», contesto «bic naranja», al igual que contesto «Victor» si me dicen «taxi amarillo». El chófer de mi historia se llamaba/se llama Víctor (porque espero que Víctor siga trabajando en su taxi que iba/va siempre con mucha prisa a todas partes). Recuerdo con qué atención miraba cada detalle de las ilustraciones del cuento. Me gustaba que el volante del coche fuese azul, me sorprendía que la gorra de plato de Víctor fuera tan pequeña y que no se le cayese en las curvas, al igual que el lápiz que llevaba en la oreja. Recuerdo también que envidiaba al niño del cuento. Sí, es cierto, lo envidiaba, acaso por poder subirse a un taxi con su madre, solo su madre y él. Debí de leer aquel cuento más de mil veces, mejor dicho, repasar sus colores y contornos con la avidez de un explorador de nuevos mundos; quizás no fueron mil, pero a mí me lo parece. (Escrito para el Bic naranja, Viernes Creativos)

02/12/2017 16:01 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Zozobra

Después de haber pasado de la mesa a la cama del capitán, quiso contemplar el amanecer. A solas. Se levantó con cuidado y fue hasta la escotilla. Se extrañó entonces de que no hubiera nada especial en ese despertar del mundo en alta mar. Tampoco lo había habido en brazos del hombre que seguía durmiendo. Giró la cabeza hacia él. Ocupaba toda la cama, desbordando hacia el lado que ella se había pedido, el izquierdo; ¿babor o estribor?, le había preguntado él, y se habían reído. El barco cabeceó. Su vestido de noche de seda azul, tirado sin miramientos en el respaldo de una silla hacía unas pocas horas, se deslizó al suelo como una ola en la playa. La mujer suspiró antes de asomarse de nuevo al alba, fría y nublada. Un día y una noche más y amarrarían. Al llegar tendré que pasarme por la tintorería, pensó.

03/11/2017 18:01 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Encuentro en Ranón

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Ayer llevé a una amiga al aeropuerto, y haciendo tiempo hasta que llegase su avión que venía, cómo no, con retraso, nos sentamos a charlar. De repente, me fije en un hombre, sentado también, no muy lejos de nosotras, y el corazón me empezó a latir a ritmo de samba: era Juan José Millás. Esta semana empezó con aquella supuesta llamada de Cadena Ser para REC, y me encontraba, ahora, junto a mi escritor de referencia. Venía de una charla en Oviedo y parecía cansado, perdido en su mundo de armarios de doble fondo, de moscas en el frigorífico, y yo, que en sueño tropecé varias veces con él —por ir por allí mirando la realidad desde mi ojo derecho, mientras que él lo hacía desde el suyo izquierdo— y que no sé callar, no encontré ningún buen motivo que justificase que le abordara. Hoy soñé que le decía:
—Hola, soy Dominique Vernay.
Y él me contestaba:
—¡Hombre, Dominique!, ya tenía ganas de conocerla en persona. Leí su «No me quites la costra» y su novela «¿Y ahora qué, Emma?» y me gustaron mucho. 
No nos atrevimos a tutearnos.

27/09/2017 17:36 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La siesta

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En cuanto nos dan las vacaciones de verano, mi madre saca los bártulos para ir a la playa, así como su estúpida regla de las siestas obligatorias después del almuerzo.

       —La playa cansa mucho. 

       Protesto, pero no sirve de nada, y por una vez mi padre no se pone de mi parte. Él también insiste en que les deje en paz. Se ve que a los dos les encanta la siesta.

       Tengo calor, la cama es un horno y tengo que cambiar constantemente de posición para no quemarme. Levanto un brazo, luego una pierna, ahora bocabajo con las dos piernas extendidas, ahora boca arriba con las dos recogidas y las rodillas en forma de montaña. Balanceo la montaña hacia la derecha, hacia la izquierda, la derecha, la izquierda, despacio... despacio... Ahora, un poco más rápido, más...  

       —¡Anda, ya puedes levantarte! —me dice mi madre que entra de sopetón y de muy buen humor en mi habitación.

       —No te creas, estoy un poco cansada —le contesto con una vocecita que no me reconozco. 

       —¿Qué te ocurre? A ver si tienes fiebre.

       Mi madre me toca la frente, mientras yo sigo apretando muy fuerte las dos laderas de mi montaña.

24/08/2017 13:32 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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