Facebook Twitter Google +1     Admin

El pájaro

20180204170310-historiasdesuperacion3.jpeg

    Esta bata le queda pequeña, pensó Julia.

            Y en aquel momento se preguntó si el hombre no sería uno de esos locos de comedias americanas que se meten en un hospital para huir de la policía, se ponen la primera bata que encuentran por ahí, y terminan operando a vida o muerte a un pobre diablo. Ella era el pobre diablo.

            Todo había ido muy rápido: un cansancio inexplicable, una primera consulta a su medico de cabecera, una segunda a un especialista e, inmediatamente, un aviso telefónico para una tercera cita con aquel hombre de la bata demasiado estrecha. Inquietante eficacia, inquietante rapidez.

            Le queda realmente pequeña, volvió a pensar Julia, mientras el hombre iba hilando sus frases con la misma lentitud con la que ella, de pequeña, ensartaba cuentas de colores para sus pulseras.

            Tal vez se haya apuntado a un gimnasio y esté tomando anabolizantes, seguía cavilando Julia.

            De repente, el hombre se levantó para dirigirse hacia un panel luminoso.

            —Si quiere acercarse a estas radiografías le explicaré con más precisión lo que podemos hacer.

            Y Julia se acercó y miró aquello contra lo que «juntos» tendrían que luchar. El especialista hablaba ya con más énfasis y, llamando «mancha» a una sombra con forma de pájaro, recorrió en un movimiento de brazo cada vez más amplio su contorno con la punta del boli. Lo hizo varias veces como queriendo enjaularla. Entonces, un ruido de tela rasgada hizo que el hombre se callase y se llevara la mano al roto de la sisa. Sonrojándose, pidió disculpas por la interrupción.

            Julia pareció despertar.

            —Lo suyo solo es un descosido, no se preocupe, tiene fácil arreglo. En cuanto a lo mío...

            —Solo es una mancha y...

            —«Esperar a que el pájaro entre en la jaula y, una vez que haya entrado, cerrar suavemente la puerta con el pincel.»* —recitó Julia.

 

*Del poema de Jacques Prévert «Para hacer el retrato de un pájaro»

 

 

04/02/2018 17:01 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Cuando nadie me vea

20180202120427-2018-02-02-11.34.43.jpg

—Con lo que sobró de pan de ayer tendremos para hoy. Pero de todas formas compra una barra pequeña para desayunar mañana —digo a mi marido que se está preparando para salir.

Me doy cuenta de que ayer también escribí algo sobre el pan que sobra, ese que hay que terminar antes de poder empezar el fresco del día. Es una de esas normas no escritas que, si las sigues, dicen mucho de ti, bastante más que tu fecha de nacimiento o la supuesta clase social a la que crees pertenecer.

Tirar un trozo de pan duro no dejará nunca de parecerme un gesto vergonzoso —que me resisto a hacer, pero que terminaré haciendo, supongo—, al igual que tirar todos esos papeles, cajas, lazos y demás adornos en los que vienen envueltos los regalos.

Una de la escenas, que más me impresionó últimamente, fue cuando puede asistir —de lejos, que de cerca no hubiese podido aguantar sin devolver del asco—  al momento cumbre de una fiesta de cumpleaños de un pequeñajo de unos cinco años.  Sentado como en una especie de trono, y mientras sus amigos iban gritando como posesos «¿qué será?, ¿qué será?», él arrancaba, con una impaciencia cercana a la furia, metros y metros de papeles y cintas, de texturas sedosas y colores a cada cual más deslumbrante. Apenas nuestros rey había conseguía ver el contenido del regalo, que una gentil animadora —responsable de uno de los diez cumples que en aquella nave se celebraban— se lo quitaba de las manos, para evitar que terminase en el suelo, pisoteado y sepultado bajo toneladas de embalajes, manchados de tarta y de vertidos de coca cola sin cafeína.

Si un día veis salir cierto resplandor de un contenedor de papel, será que allí habrán ido a parar todos aquellos adornos que envolvieron los regalos que, durante años, tuve la gran suerte de recibir. Los tiraré con mucha tristeza y mucha vergüenza, pero se me están llenando los armarios y cajones, y no es cosa. Así que lo haré de noche cuando nadie me vea. 

02/02/2018 12:04 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

El eructo

Bucear en la charca que había junto a la casa azul —después de emborracharse del aire de aquel aserradero de chicharras—, llegar hasta su fondo de lodo, remover en él hasta encontrar la anilla del sumidero, tirar de ella y dejarse engullir era su única salida. A veces el lago regurgitaba un brazo, una pierna… Todo se guardaba en grandes neveras por si un día. Éramos un pueblo de precavidos.

12/01/2018 09:18 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La venganza es un plato... ( ya saben cómo sigue)

20171210103548-24058744-1722246241141227-2364468047558819552-n.jpeg

—No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween, si es que salimos —lloriquea Ana, mi hermana.

Me saca de quicio. Refugiada en el torreón, sigue empeñada en mandar wasaps de auxilio a nuestros hermanos, a sabiendas de que no hay cobertura. 
— Anda, baja de una vez, deja de quejarte y busca escobas, cubos y fregonas, que entre tanta porquería no me quedo. ¡Eh, usted, el rarito del castillo!... que lo que acabo de decir va para todos. Luego, hágame el favor de recortarse la barba, pero ojo, nada de pelos en el lavabo, que por mucho que la tenga azul, da mucho asco. 

(Ilustración del PERIÓDICO / MADRID
Martes, 20/09/2016)

10/12/2017 10:33 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

No, no quiero jugar a los médicos contigo

Comento que sí, que estoy mejor, pero que aún me quedan cuatro días de antibióticos por delante.

—¡No me digas!...
La mujer (joven), que está justo delante de mí en la cola del súper —la del «no me digas»— y que se disponía a sacar una lechuga y un tomate de su cesto para pasarlos por la caja, se detiene, la lechuga en alto en su mano derecha, como si un monaguillo hubiese tocado la campanilla para la elevación de una lechuga en una misa ecológica.
—Pues sí, te digo —contesto (a la defensiva, ceño fruncido y carraspeos que desencadenan una tos de cantera en la que trabajan tres camiones). 
—Miel con limón y homeopatía. No entiendo que la gente se sigua envenenando con esas porquerías —me dice la doctora de los cojones.
No contesto nada y coloco mi jamón de york y mis cuatro yogures en la cinta transportadora. 
La veo pagar, abrocharse de nuevo el anorak y horror de los horrores... me espera.
—Mira, yo estoy con un catarrazo que no veas, pero ni antibiótico ni nada de toda esa mierda que te recetan. Mucha agua y homeopatía. En una semana estaré como una rosa. 
Entonces con mi mejor sonrisa, falsa evidentemente, le digo que vale, que dentro de unos años, veinte o treinta, cuando tal vez haya tenido que pedir recetas de morfina para su madre en fase terminal, o cuando quizás haya tenido que ver cómo operan e inundan a su peque de antibióticos para salvarle de una peritonitis, o cuando, pongamos el caso, haya añadido (por su cuenta) una o dos gotas más de ansiolítico en el vaso de agua de su padre, para aliviar la angustia creciente del que no puede recordar ni su nombre... entonces, solo entonces, estaré dispuesta a hablar con ella de las maravillas de la homeopatía.
—¿Dentro de treinta años? —se sonríe (sonrisa torcida, narices de aquí alguien se ha tirado un pedo y yo no he sido).
—Ya, no me hagas caso —le digo—, dentro de treinta años tú seguirás como una rosa, y yo me habré muerto. Y me río. Y es de verdad.

10/12/2017 10:30 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Muerte de una sombra

20171210102901-24899893-1735014966531021-4671444888979318434-n.jpg

No pudo seguir adelante sin ella, y yo solo supe escuchar su triste historia.
La mujer de la que era sombra se había enamorado.
–Seré tu sombra —había dicho la joven a su centelleante amado–, siempre me tendrás a tu lado.
–¿Entonces quién iba a ser yo? –me preguntaba ahora la silueta oscura en aquella pared encalada de callejón–, ¿cuál iba a ser mi porvenir?, ¿ser la sombra de una sombra? ¡Ni hablar!
Intenté consolarla pero no sirvió de nada. Me despedí de mi fugaz amiga con lágrimas en los ojos. No sé cómo lo hizo ella, aún no sé cómo lloran las sombras.

(Escrito para REC, ilustración: creepypasta/images)

10/12/2017 10:29 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Sin título

El lunes gotea contra mi cristal. Se volverá a formar el charco de la entrada al parque. Tendré que comprar patatas, que sin patatas en casa no me gusta estar. No creo que pueda saltarlo, lo tendré que sortear como las viejas, como si para ir a Madrid desde Asturias pasase por Barcelona. El lunes gotea contra mi cristal. Sí, vale, esto ya lo saben, años atrás ya os lo dije. Tengo que borrar el teléfono de mi madre y comprar patatas.

02/12/2017 16:18 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Reflexiones

20171202161243-18813526-662399173959244-7120119634519600425-n.jpg

Me gusta ir hasta la ría y observar a los pescadores que jalonan el muro. ¿Cómo es posible que esos tíos (en un noventa por ciento son tíos) puedan estar tanto tiempo con los ojos puestos en un flotador a la espera de una picada? ¿Qué tipo de paciencia es esta que contradice aquello que se suele oír por ahí?:
—¡Qué va!... No puedo contar con él para nada, no tiene paciencia. (Suspiros) Ya se sabe cómo son todos. (Muecas claras de solidaridad) 
Y como soy tan mal pensada, y que una cosa lleva a la otra, los imaginaba regresando a casa.
—Oye, Pepe, no me dejes todo aquello tirado en la entrada que acabo de fregar, y además huele que tira pa'tras.
Total, que yo creo que lo de los congelados es un buen invento, aunque desde hace algunos meses, y por culpa de una nueva tienda de congelados, procure evitar ir a Avilés por la nacional. A la altura de Lidl y de Día siempre pillo el semáforo en rojo, y por mucho que lo intente no puedo abstraerme del enorme anuncio de la dichosa tienda. ¿Cómo será una sesión brainstorming entre publicitarios para anuncios de productos low-cost?
—Oye, no nos rompamos la cabeza, que aquello va dirigido a pobres desgraciados que no se van a fijar; total, están hechos para comprar/comer/ la primera mierda que se les ofrece. 
Y aquí el porqué de sus «zancos» de pollo, que más que «zancos» de pollo parecen muñones puestos en formol. Los dos minutos de parada en el semáforo viendo aquello se hacen eternos y temes "potear". (No me gusta esta palabra, pero está a la altura de sus anuncios.)
A todos estos cutres publicitarios y hombres/mujeres de negocios low-coast, les diría que si fuesen a comer a casa de esas desgraciadas compradoras (en un noventa por ciento son tías) estarían muy sorprendidos de ver cómo se las ingenian (la mayoría tuvimos/tenemos o tendremos que hacerlo en un momento) para transformar en verdaderas obras de arte sus mierdas de productos. Pero, ¡qué sé yo!, igual ni se sorprenderían porque son unos patanes y, además, yo ya no paso delante del anuncio. Voy a Avilés por la variante.

02/12/2017 16:12 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Extrato del relato «El pájaro»

20171202160400-24059027-1721257301240121-4873683973320531306-n.jpg

«...Está quitando cada hoja o flor seca de entre sus tiestos; son como manchas de otoño en un verano que no parece querer despedirse. Tibias, crujen en su mano. Es la misma sensación que cuando, de pequeños, Ramón le había obligado a cerrar los ojos, abrir la mano, y apretar fuerte aquello pequeño, suave y tibio que acababa de ponerle entre los dedos. Ella se había resistido, pero Ramón la había forzado a cerrar la mano y a apretar fuerte. Los huesos de un gorrión al quebrase suenan a otoño, igual que estas hojas, piensa Violeta...» ( Del relato «El pájaro» escrito en el Taller Literario de Salinas)

02/12/2017 16:04 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Le taxi très pressé

20171202160145-24232074-1729143227118195-5568105885117674903-n.jpg

Si me dicen «viernes», contesto «bic naranja», al igual que contesto «Victor» si me dicen «taxi amarillo». El chófer de mi historia se llamaba/se llama Víctor (porque espero que Víctor siga trabajando en su taxi que iba/va siempre con mucha prisa a todas partes). Recuerdo con qué atención miraba cada detalle de las ilustraciones del cuento. Me gustaba que el volante del coche fuese azul, me sorprendía que la gorra de plato de Víctor fuera tan pequeña y que no se le cayese en las curvas, al igual que el lápiz que llevaba en la oreja. Recuerdo también que envidiaba al niño del cuento. Sí, es cierto, lo envidiaba, acaso por poder subirse a un taxi con su madre, solo su madre y él. Debí de leer aquel cuento más de mil veces, mejor dicho, repasar sus colores y contornos con la avidez de un explorador de nuevos mundos; quizás no fueron mil, pero a mí me lo parece. (Escrito para el Bic naranja, Viernes Creativos)

02/12/2017 16:01 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris