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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2010.

Viajes punto y aparte

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(Publicado en el País Semanal del 31-08-2008)

--¿Qué tal las vacaciones?... ¿a dónde fuisteis?

--Aún no lo sé, la agencia nos da las fotos mañana… ya te diré.

Silencio perplejo al otro lado del teléfono… ¿diálogo de besugos? ¿cruce de líneas? ¿estrés postvacacional?

-- No sé de qué te extrañas maja… ya te dije que la agencia que habíamos contratado era fantástica aunque, eso sí, muy cara. Pero lo pagas a gusto porque no tienes que ocuparte de nada… fíjate lo que te digo, de nada, ni siquiera tienes que salir de casa. Pero creo que lo pasamos muy bien y que en las fotos se nos ve muy contentos. ¿Y vosotros qué tal?...

08/02/2010 12:21 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Cuestión de detalles

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Qui voit la mère voit la fille” ( dicho francés)

 Con pocas palabras pero con voz firme Héctor dijo:

--No, no quiero.

Aquella respuesta cayó como una ducha de agua helada sobre todos los invitados allí presentes, una ducha helada sobre moños laqueados, cuellos almidonados, caras empolvadas.

Después de unos segundos de denso silencio llegaron los murmullos, los carraspeos, las miradas inquietas de gallináceas, hasta que el desmayo de la novia  y el ataque frontal de la  madre de ésta hacía Héctor, volvieron a enderezar moños, cuellos y papadas. Cogiendo al novio  por la corbata, la mujer parecía querer arrancarle el “sí” y, de paso, matarle un poco.

--¿Por qué? gritaba una y otra vez.

Aparte del hecho de que Héctor estuviese ocupado en seguir respirando, lo que hubiera podido decir sobre el por qué de su “no” era aún demasiado confuso par él; lo único que sabía con certeza era que tenía que huir de todo aquello lo antes posible. En cuanto pudo liberarse de la presión de su atacante, balbuceó un atropellado “perdón” hacía la novia que, poco a poco, recobraba el sentido. Reprimiendo entonces unas terribles ganas de correr, optó por dar media vuelta con la cabeza bien alta y, a zancadas mesuradas, fue hacia el portón central abierto de par en par. Esta vez,  los acordes del órgano fueron sustituidos por insultos que, a cada paso que daba, le lanzaban a media voz los invitados de la derecha, los de la novia:

--¡Sinvergüenza!

-- ¡Hijo de puta!

--¡Maricón!

--¡Mosquita muerta!

--¿Quién es la otra?

--¡Cabrón!

 Los detalles, fijarse en los detalles para no perder la compostura, eso era lo que Héctor trataba de hacer. Entonces, se concentró en la alfombra roja, sorprendido de lo mullida que era y de  no haberse percatado de ello antes.

Aquel día, era la tercera vez que Héctor se fijaba en menudencias. La primera había sido por la mañana cuando, por una casualidad de puertas mal cerradas, había irrumpido en la habitación equivocada. Ayudada por su madre, Marta se estaba vistiendo de novia y, al oírle entrar, las dos mujeres se dieron la vuelta;  al descubrir que era Héctor, le gritaron con un rictus mitad espanto mitad rabia, que se fuera, que eso de ver a la novia vestida de blanco antes de la boda podía traer terribles consecuencias. 

El joven salió de la habitación lo más rápido que pudo pero, no lo bastante como para no reconocer en el rostro de su novia, el mismo rictus que el que su futura suegra llevaba casi siempre colgado de sus facciones de amargada. Eso había sido el primer detalle del día y ahora, camino de su casa, se extrañaba de no  haberse percatado antes, del fugaz pero terrorífico parecido.

Luego, en su prisa por salir de la habitación Héctor, o el destino de nuevo, había hecho que la puerta quedase entreabierta y que oyera una frase, una simple frase que su novia había deslizado como en un suspiro  mientras él se alejaba por el pasillo:

--¡Cómo me oprime este vestido!

Ése había sido el tercer detalle que Héctor había advertido y ahora, sentado en su casa,  intentaba no pensar en nada. Cerró los ojos, pero no lo hizo lo bastante rápido como para no darse cuenta de que una de las numerosas fotos enmarcadas que tenía en la pared, todas de Marta y él sonriendo ante un mismo objetivo, estaba torcida. Se levantó para ir a enderezarla con un ligero toque en su esquina inferior derecha; la marca que había dejado en la pared indicaba que llevaba tiempo torcida. A Héctor le chocó no haberse fijado en ese cuarto detalle antes.                                                  

  

 

10/02/2010 16:02 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

¡Muchas gracias Armando!

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Aquel verano del 1957,  mis padres decidieron comprar un coche y venirse de vacaciones a España,  haciendo caso omiso de las terribles historias que aún se contaban sobre lo que ocurría al otro lado de la frontera. Hicimos el viaje de noche y al alba llegábamos a La Junquera. Allí un guardia civil en una garita de madera y bajo la luz de una pobre bombilla nos miró perplejo (ocho personas más el cargamento para un mes) para, finalmente, dejarnos pasar.

Calella: primera parada, desayuno y gasolina. Unos kilómetros después, mi padre echaba en falta la carpeta con toda la documentación y el dinero para nuestro periplo. Sólo cabía una explicación: nos la habían robado y no volveríamos a verla. Quedaba olvidarnos de Castelldefels cuya playa se quedaría en nuestra imaginación, regresar lo antes posible a la frontera y cruzar los dedos para que aquel guardia nos reconociera y nos dejará volver al lugar del que mi padre juraba, entre suspiros y maldiciones, que no saldría nunca más. De repente, en aquella carretera solitaria y en sentido contrario, un hombre en bicicleta interrumpía nuestra vuelta fúnebre con evidentes muestras de alegría al ver nuestro coche… en su mano llevaba una carpeta.

--¡Su carpeta! ¡su carpeta!… íbamos oyéndole gritar mientras mi padre frenaba y paraba el coche.

--Olvidado, ublié en la gasolinera, explicaba el hombre ya de pie junto a mi padre que tardó unos segundos en reaccionar; cuando lo hizo, nos pareció oirle hablar por primera vez el castellano.

--Gracias Señor, muchas gracias.

--De nada, le contestó el hombre.

--¿Cómo se llama usted?

-- Armando, para servirle…  ¿y usted?

--Louis.

En medio de aquella carretera esas frases sonaron muy distinto a cómo las habíamos oído durante todo el invierno desde la habitación de mi padre.

--Ahora que nadie me molesté, aún me queda mucho por practicar si quiero poder apañármelas este verano… no he pasado de la primera lección, la de las presentaciones.

Esas mismas frases frías del invierno, ahora cargadas de emoción, agradecimiento y sorpresa eran auténticas.

Armando nunca supo que, a cada golpe de pedal que había dado para lanzarse a nuestro encuentro, no sólo había hecho girar las ruedas de su bicicleta…  la de mi destino también habían girado pero eso, yo, aún, no lo sabía.

 

14/02/2010 16:24 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Carnaval

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Sin necesidad de disfraz, la infancia pasa jugando a ser otros; pero nunca resulta grotesco.

 

                                                                                  Pintas

Su casa era la mejor del pueblo: dos balcones con vistas a la calle Mayor.

--Un sitio inmejorable, repetía Don Anselmo, cada vez que podía ser espectador de palco real en cabalgatas, procesiones, y manifestaciones carnavalescas de todo tipo: políticas, religiosas, sociales, culturales…

Ese día, Don Anselmo sabía que era una fecha importante y consultó una guía que le habían dado en el casino.

--Antonieta, prepárate que hoy es Martes de Carnaval y a las ocho tenemos desfile de carrozas.

Últimamente, Antonieta se despistaba un poco con las fechas, las horas y las cosas en general pero, a las ocho menos cuarto estaban listos y abrieron de par en par los dos balcones, cada uno el suyo, Doña Antonieta era demasiado gruesa como para que se las arreglaran con uno solo.

El aire helador que entró en el comedor no les pilló desprevenidos. Se habían abrigado como para resistir a dos horas de frío polar. Don Anselmo había optado, siempre bajo la supervisión de su señora, por sacar de su funda con olor a naftalina el abrigo de las grandes ocasiones, el más caliente, un abrigo de cheviot ligeramente entallado y con trabilla en la espalda. Luego, una bufanda más informal de rayas rojas y amarillas le tapada lo poco que aún se le veía de la cara, una vez colocado el gorro de orejeras peruano, marrón y con dibujos de llamas, que su nieto le había traído de un viaje por aquellas tierras. Debajo del abrigo sobresalían las perneras de su pijama de franela de rombos y en los pies, los Nike de suela de aire con los que daba sus largos paseos de jubilado, le permitirían aguantar las dos horas de pie.

Ella, había optado por lucir de manera excepcional su abrigo de visón que le llegaba hasta los pies. Con el despiste de las horas seguía con los rulos puestos; con un viejo fular de florecitas verdes a modo de casco, evitando así las corrientes de aire entre rulo y rulo,  la cabeza de Doña Antonieta tenía el aspecto de un capullo de gusano de seda gigante. 

Al igual que les ocurría cada vez que llegaban con media hora de antelación a sus citas en el ambulatorio, empezaron a impacientarse.

-- Ya no existe la puntualidad hoy en día.

--Así va el mundo… asentía Doña Antonieta.

Poco a poco la calle se iba llenando de gente disfrazada.

--¡Pero qué grotescos van todos! comentó Don Anselmo.

--Y que lo digas... ¡cada año más grotescos! recalcó Doña Antonieta.

             

 

16/02/2010 15:52 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Inicio

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         Relato ganador (ex aequo) del certamen Conectad@ en la Red, Día Internet 2007

 http://www.asturiastelecentros.com/index.asp?MP=43&MS=0&TR=C&IDR=1607

       

        Había encontrado trabajo en una casa de la urbanización más lujosa de la ciudad. Era lunes. Temía los lunes por todo lo que eso implicaba: un fregadero a rebosar de platos sucios, unos baños en los que habría que aspirar, borrar todo indicio de cuerpos peludos y un dormitorio, sólo comparable con la planta “mujer” de un gran almacén al final del primer día de rebajas.

        Al entrar en la habitación de los señores suspiré. Era peor de lo que me esperaba, y eso que Don Jaime estaba fuera de viaje de negocios. Recogí del suelo la primera cosa con la que tropecé: un zapato de tacón altísimo y, al levantar la cabeza, me fijé en el parpadeo de una señal naranja en la parte inferior del ordenador de la señora. Por descuido lo habrá dejado encendido, pensé. Intrigada, me acerqué a la pantalla y vi que a su derecha, en un  recuadro, se podía leer:

Carlos dice: “hola cariño, te necesito, contéstame ¿estás ahí?...

        Nunca antes me había atrevido a tocar la más minima cosa de un ordenador, salvo, claro está, cuando se trataba de quitarle el polvo. Pero ahora, sola frente a aquel parpadeo naranja, noté, al revés de la necesidad de apartarme como siente uno frente a la llegada de una ambulancia y su parafernalia, la de implicarme y de actuar. Con el ratón en la mano, y tal como lo había visto hacer a otros muchas veces, llevé la flecha hacia el recuadro y pinché… había acertado y el folio virtual se desplegó con la pregunta.

¿Estás ahí? repitiéndose una y otra vez con un sin fin de signos exclamativos y emoticones.

        Buscando las letras en el teclado con la misma aplicación que antes pelos en la bañera, contesté que no estaba la señora y que yo era la asistenta; no hubo respuesta, el ordenador quedó mudo.

        Entonces, seguí con mi trabajo: recoger una prenda tras otra asegurándome de poner lo sucio en lo sucio, y lo limpio en el armario; sólo sabía de un método para hacerlo bien que consistía en mirar y, en caso de duda, oler. A eso se veía reducido gran parte de mis mañanas de los lunes: separar la porquería de lo limpio, atisbar cualquier cerco, marca, mancha, rayón o resto amarillento, negruzco, grasiento en ropas, sábanas, toallas, puertas, estanterías, frascos de perfumes destapados, cromados de griferías de diseño y mármoles de Carrara… y todo, por un sueldo de miseria.

         A las tres y cinco nos encontramos, la señora y yo, en el hall de entrada:

--Ya me iba, dije mientras ella lanzaba una rápida mirada al reloj, asegurándose así de mi cumplimiento con el horario acordado antes de concederme un breve saludo.

 --Por cierto, añadí sacando ya el bono-bus de mi bolso, en el ordenador, un tal Carlos la andaba llamando. Le quise contestar pero…

—¿Pero cómo te atreves? se escandalizó la señora, como te atreves a husmear en lo más privado...

 —Tiene usted razón señora, dije, interrumpiendo a mi señora adúltera, a mí también me encantaría poder dejar de husmear en las cosas más intimas de su vida… pero se ve que en eso consiste mi trabajo. Por otra parte, creo que mañana mismo, y antes de la vuelta del señor de ese viaje tan oportuno, deberíamos hablar de los 50 euros de aumento que usted me prometió hace ya seis meses.

         Y sin más dilaciones salí a la calle. Me sentía fuerte. Había sabido utilizar un ratón, pinchar y dar a Ok… ya no sería nunca la misma.

 

23/02/2010 09:48 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Horizons de cour intérieure

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C’est fait, on a changé d’appartement! Lui, il s’en foutait, mais moi j’en avais marre de ces horizons de cour intérieure courcircuités de cordes à linge. Les jours de gros lavages, pas même la peine d’essayer d’entrevoir un petit bout de ciel de notre deuxième étage; au-dessus de nos têtes, ça faisait comme une grosse toile d’araignée avec plein de trucs piégés à l’intérieur: des slips, des draps… j’crois même que parfois y’ en avait qui mettaient leurs sales idées pendre aux fenêtres.

Mais tout ça c’est fini. On vient de s’installer dans un quatre pièces tellement ensoleillé, que quand on y entre, pas de charentaises, mais de bonnes lunettes de soleil à carreaux. Quatre pièces sous les toits avec quatre énormes vélux. Je passe des heures étendue sur mon lit, les yeux perdus dans mon bout de ciel et je me sens un peu comme à la mer.

Ce matin pourtant, Maurice et moi on s’est engueulés. Quand le réveil a sonné j’ai ouvert un oeil, et puis l’autre… j’ fais toujours ça dans le même ordre: d’abord le droit et puis le gauche, c’est un peu idiot mais ça m’aide à passer d’un côté à l’autre plus facilement. Une fois du côté où les gens se lèvent tôt pour aller travailler, mes yeux sont tombés sur mon bout de ciel encadré; aux lueurs de l’aube, il était comme un de ces tableaux trop beaux pour être avec les autres et qu’on laisse tout seuls sur un grand mur avec juste une lumière en plein dedans. J’ai murmuré:

—Comme il est beau mon bout de ciel rien qu’à moi.

Maurice qui ouvre toujours les deux yeux en même temps a dit pour m’énerver:

—C’est jamais le même morceau… ton bout, demain, c’est la voisine qui l’aura.

Alors j’ai eu envie de les tuer, lui et la voisine et je me suis mise à pleurer.

—Tu vas quand même pas pleurer parce que la terre tourne! —il a dit pour essayer de me consoler.

Mais moi j’ai pas voulu de ses caresses. Pendant un moment j’ai senti comme un vertige et j’ai regretté mes horizons de cour intérieure et mon bout de ciel en toile d’araignée.

Maurice s’est levé, il a ouvert le vélux, s’est mis sur la pointe des pieds et il m’a dit gentiment:

—Tu m’en prêtes quand même un morceau de ton bout de ciel?

Il était tout nu avec son sexe de bonne humeur, alors ça m’a fait rire.

—Et c’est où qu’on fera sécher le linge? —a-t-il pensé à voix haute.

Pas malin mon Maurice! Et ça m’a fait repleurer et regretter les cordes à linge de ma cour intérieure, artères encombrées d’impossibles horizons.

 


24/02/2010 11:45 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.


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