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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2010.

El ciego

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Amanece. Sólo lleva un minuto despierto pero ya lo sabe con certeza. Se lo dice el mirlo del tilo junto a la ventana.

Amanece. Se lo ruge el primer avión de la mañana que despega, pesado, como quien corre con la tripa llena; hoy se le oye más—sopla viento del oeste—, piensa el hombre.

Amanece. Se lo susurra el cuerpo de ella buscando el suyo; libre ya de las cremas con las que se embadurna, es ahora para él como un  regalo por fin desenvuelto.

Amanece. Se lo afirma su sexo, siempre de buen humor a esas horas de la mañana.

El hombre se levanta; al pie de la cama sus zapatillas aguardan como dos centinelas. Abre las cortinas, las persianas; a ella le gusta dormir sin un resquicio de luz, él no sabe si le gusta o no. Abre la ventana.

Amanece. Se lo grita el aire fresco de la mañana.

Ahora están los dos, desnudos frente al nuevo día. El hombre la rodea con sus brazos por detrás y lee en braille aquel cuerpo que se sabe de memoria. Apoya la barbilla en su cabeza, unos mechones rebeldes juegan a hacerle cosquillas.

Entonces la ama, mientras los ojos de ella le cuentan el amanecer. 

 

10/07/2010 15:48 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Las zapatillas

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Amanece.

Abrir un ojo,

abrir el otro,

desperezarse.

Amanece.

Un libro abierto

sobre lo último leído

y las zapatillas

que aguardan.

Amanece.

En la cocina,

el cacareo de la cafetera,

abajo, unas gárgaras, un taconeo.

Amanece.

En un movimiento de despliegue de abanico,

liberarse del cálido abrazo.

Amanece.

Cumplir 50 años.

Y las zapatillas que bostezan.

o…

que se parten de la risa.

10/07/2010 15:51 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Habitación 307

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(Relato escrito partiendo de veinticinco palabras* escogidas al azar entre todos los alumnos de un taller de Escritura Creativa— Salinas 2010)

*todas en negrita en el texto

                      Se despertó sobresaltada y quiso incorporarse en la cama, con la misma ansia con la que el buceador en apnea rompe en mil pedazos, la superficie del agua para emborracharse de aire; pero su dolor de cabeza era tal, que se dejó caer de nuevo en la almohada. Aún tenía los ojos cerrados, sin embargo, por el olor, por la luz tamizada que le llegaba a través de los párpados, supuso que estaba en un hospital.

—¿Por qué estoy aquí ?, ¿qué me ha pasado? 

—Tranquila, todo está bien -le respondió alguien, a la vez que sintió cómo una mano amiga apretaba la suya.

—Soy su terapeuta y si no le importa vamos a seguir con lo de ayer.

No recordaba ni que hubiera habido un ayer y al no conseguir ponerle cara a la voz masculina (agradable, pero con una pizca de impaciencia) que se dirigía a ella, entreabrió los ojos en su dirección.

—Se acuerda ¿no? Le voy diciendo una palabra y usted me dice lo que le sugiere; hágame caso, solo así se podrá poner bien.

Estaba demasiado cansada para oponerse al hombre que tenía ante ella. De baja estatura, su bata blanca le llegaba hasta los pies y su pelo blanco a lo Einstein le daba un aspecto de genio. 

 —Prenda íntima -dijo él.

—Caro -murmuró ella dócilmente.

Desesperación.

—Ahora.

Huída.

—Inútil.

Fragor.

—Mar.

Expectativas.

La joven se quedó callada; todo aquello le parecía una solemne tontería pero el hombre de la bata blanca insistió:

—¡Expectativas!

La chica se puso a llorar.

—Deme tiempo por favor… no me atosigue con más jueguecitos y dígame, ¿qué estoy haciendo aquí?

No llegaba a entender lo que ocurría, y sintió una ola de miedo que la helaba por dentro.

El hombre la miró con sorpresa como si sus lágrimas hubieran dado peso específico a su persona y la descubriera ahora. Entonces aquel loquero empezó  a hablar con vehemencia del destino que nos suele jugar malas pasadas y, aunque su discurso tuviera cierta coherencia, la paciente tuvo una terrible corazonada: algo grave le había ocurrido y no sabían cómo decírselo; pero tal vez era mejor que no supiera nada, estaba cansada y solo quería dormir. 

El terapeuta seguía hablando y hablando.

—Pronto volverá a ser la de antes, ahora bien, no se haga ilusiones, no lo conseguirá si no se muestra receptiva… confíe en mí.

—Vale -contestó en un suspiro.

—Sigamos pues -dijo el hombre ahora eufórico.

Amores.

—Verano.

Quimeras.

—Fantasía.

—Ideales.

Posible.

Rutina

 Volvió a cerrar los ojos. Nunca se había sentido tan desamparada. No quiso contestar y se prometió no decir una palabra más a esa especie de payaso de bata XL; empezaba a sospechar que aquel hombre no era quien decía ser, pero él dale que dale…

Credos… ¿qué le viene a la mente si le digo credos? Y a lúdico ¿qué me contesta?…¿ y a ultimátum? ¿ y a objetar? —la instigaba ahora; se había puesto de pie y cogiéndola por los hombros la sacudió con fuerza.

—¡Suélteme, me hace daño! —gritó la chica asustada.

Menos mal que en aquel preciso momento entraba otro hombre de bata blanca… un hombre joven, corpulento, de cara bondadosa.

—Pero Julián ¿se puede saber qué haces por aquí?, deja a esta señorita en paz -y, mirándola añadió:

—Discúlpale, es un paciente de la tercera planta y siempre consigue escaparse… le encanta hacer de psiquiatra.

 

El falso terapeuta se había quedado inmóvil y su mirada se había apagado. Se fue hacia la puerta arrastrando los pies… ahora parecía mucho más mayor.

Una semana después la joven salía del hospital; se sentía mejor, habían contestado a todas sus  preguntas y sabía ahora que, fuera de ese hospital, le esperaba un mundo nuevo… tendría que ser fuerte.

Tal vez por eso quiso retrasar su marcha y subió a la tercera planta, la de los enfermos psíquicos, para ver a Julián, el paciente de la 307.

—Hemos tenido que sedarle, no creo que se dé cuenta de su presencia.

Sin embargo insistió; ahí estaba Julián, hecho un ovillo en la cama, su pelo alborotado de falso genio como una corona en la almohada. La chica acercó una silla y puso su mano sobre la del hombre, tal y como él lo había hecho con la suya propia una semana antes. Julián no abrió los ojos, ni se movió mientras ella se fijaba en una hoja de papel encima de la mesita; ahí estaban todas las palabras que el viejo le había propuesto para su tan peculiar terapia.

Todas están tachadas, salvo las dos últimas, por culpa o, mejor dicho, gracias a aquella oportuna entrada del celador de cara bondadosa— recordó la chica. Sí, la sesión había sido interrumpida, pero ella estaba dispuesta a reanudarla. Para eso se acercó lo más que pudo a la cama de Julián, para susurrarle al oído:

Actitud.

Sintió entonces una señal de la mano de Julián en la suya.

—Muy bien Julián, sigamos pues...

Desenfreno.

Volvió a sentir otro movimiento de la mano del falso psiquiatra debajo de la suya.

—Prenda íntima.

Y así, sin prisa, hablaron un gran rato.

 

18/07/2010 12:43 dominiquevernay #. sin tema Hay 3 comentarios.

El cartapacio

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 —“Firme aquí y no se preocupe, su padre estará muy bien entre nosotros.”

 

La pluma es de oro y el papel sedoso, pero chirría cada letra de mi nombre antes de caer muerta al pie de esta sentencia. Como un punto de desesperación, resbala hasta mi firma una lágrima que no puedo contener. Me asomo entonces a esta diminuta bola de cristal, para volver muchos años atrás a otro atardecer de luz mágica.

Entre combas rendidas al suelo y contornos borrosos del juego del cascallo*, unas niñas recolocan, en un gesto desprovisto aún de toda coquetería, sus calcetines y diademas para, con una seriedad impropia para su edad, lanzarse tiza en mano a la conquista de su firma sobre el cemento cálido. Una soy yo… nunca volví a encontrar pluma tan suave en mi mano, ni papel tan prometedor como aquel improvisado cartapacio gigante.

 

* JUEGO DE LA RAYUELA

22/07/2010 10:17 dominiquevernay #. sin tema Hay 3 comentarios.


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