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Un asco rico

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 «Un asco rico»: definición del sabor de un limón por Nicolás (dos años)

Flor solía desplazarse en taxi pero, desde que los taxistas habían escogido ser peces de acuario para evitar el ataque de posibles depredadores, había cambiado de medio de locomoción. Odiaba cualquier barrera que se interpusiera  entre ella y los olores de verdad, esos que no tenían nada que ver con los ambientadores, ni con las velas de esencias nacidas del petróleo; le gustaba el olor a  humanidad  que definía con estas palabras: «un asco rico». Así que empezó a viajar en metro y, cuando aquella mañana entró en el vagón que la llevaría a su trabajo, lo hizo como quien se prepara para una inmersión en apnea; inspiró lo más que pudo y se zambulló. Sabía que después de romper la barrera olfativa de todos los desodorantes, after shaves y demás perfumes detrás de los que se refugiaban todos aquellos congéneres suyos, llegaría a la esencia  misma de lo que hace que somos lo que somos, a la esencia misma de nuestros sentimientos. Llegado a este punto, convertida en un ser de profundidades abisales ya no podría contar con nada que no fuera su olfato.

Pero no le asustaba el reto, estando convencida, como lo estaba, de que las emociones huelen. Muchas veces, siendo pequeña, había jugado a definir los aromas y, mientras su amiga Merche los definía con colores, ella lo hacía con sentimientos; no era raro oír decir a Merche en el recreo:

—Huele a azul —a lo que Flor respondía,

—Vale, si tú lo dices… pero a mí me huele a tristeza.

No cabía ni un alfiler en el vagón a esas horas de la mañana y le fue algo difícil moverse a su antojo, siguiendo rastros de alegría, de esperanza, de frustración… sentimientos que además de impregnar sus pituitarias de aromas de lo más variado, pintaban muecas, apagaban miradas o dibujaban portes de conquistadores o de vencidos. De repente, una fragancia la retuvo y la llevó a colocarse junto a un hombre alto que parecía estar mirando un punto invisible por encima de un mar de cabezas. Con la disculpa de la falta de espacio, se pegó lo más que pudo al cuerpo del hombre de espaldas a ella, y aspiró intensamente su aroma que la atrapó de inmediato, llevándola muy lejos de aquel vagón, en una unión perfecta de dos cuerpos.

Pero, las puertas del vagón se abrían ya de par en par, dejando escapar aquel torrente de fragancias hacia otros mundos y Flor, muy a su pesar, tuvo que dar por interruptus aquel orgasmo olfativo.

 

 

 

 

10/03/2010 17:51 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.


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