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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2011.

Se busca

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Era una buena excusa para seguir vivo, lo sabía, pero no recordaba dónde la había puesto. Sin embargo, aquel día al abrir los ojos, supo que la necesitaría para encontrar la fuerza de levantarse; un café bien cargado y la perspectiva de un buen partido con los amigos por la noche no iba a ser suficiente.

Buscó por todo la casa como quien busca un par de calcetines: en los cajones, en el cesto de la ropa sucia, debajo de la cama...

Cuando por fin dio con la excusa perdida metida entre los cojines del sofá, la atrapó con el ansia del náufrago, olvidándose de que todas ellas son tan escurridizas como pastillas de jabón. Por la ventana abierta se fue la excusa y él tras ella.

02/08/2011 12:58 dominiquevernay #. sin tema Hay 3 comentarios.

Des ricochets

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Sur le bord de mes larmes

je me suis assise.

Sur l’aute rive

je t’ai vu
 choisir un galet,

le plus lisse,

le plus doux,

et,

    sur ma peine,

                        jouer à faire

                                                des ricochets.

 

 

 

 

Al borde del llanto

me quedé sentada.

Desde la otra orilla

te vi coger un guijarro,

el más plano,

el más liso,

y con él,

            al hacer ranas                  

                                    en mi pena

                                                            jugaste.

04/08/2011 15:24 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Don Giovanni

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  No recuerdo cómo habían llegado a mis manos aquellas dos invitaciones para la representación de Don Giovanni de Mozart. Lo que sí recuerdo perfectamente, es que era la primera vez que Luis y yo íbamos a asistir a una ópera en directo, sentados en un sitio inmejorable desde el que se dominaba el foso de la orquesta.

            Llegamos puntuales y por sentirnos algo fuera de ambiente, permanecimos en silencio, atentos a hebras de conversaciones que nos llegaban entre carraspeos, salutaciones y risitas.

            –A ver qué tal esta soprano –murmuraba dubitativa mi vecina de butaca a su acompañante, mientras, justo detrás, otro asistente levantaba la voz, lo suficiente para que buena parte de los allí presentes supiéramos que, el año anterior, había tenido la suerte de disfrutar de un Don Giovanni inigualable en la Ópera de Viena y que....

            Pero ya hacían su entrada los músicos. Era una orquesta joven y el color negro de sus trajes revistió su entrada de la solemnidad esperada. Sin embargo, desde nuestro balcón preferencial, unos cuantos detalles iban cambiando esa primera sensación de solemnidad por otras que, como buenos provincianos acomplejados que éramos, achacamos enseguida a que eso no era ni Milán, ni Barcelona.

            –¿Has visto el chico del violín a la derecha? lleva unos playeros... y esta otra, la de la flauta con tanto escote... se le ve el tirante blanco del sujetador.

            –Ya, y menos mal que los playeros son negros. Pero, ¿te has fijado en el pelirrojo? no sé si se está concentrando o se ha dormido, parece que está de resaca.

            Mientras los músicos iban afinando sus instrumentos, nosotros íbamos afilando nuestro escepticismo en cuanto a la calidad de lo que habíamos venido a ver; ya no éramos sólo unos perfectos ignorantes –en cuanto a opera y a muchas otras cosas más– éramos también unos perfectos gilipollas.

            A la derecha del foso nos fijamos en un músico en especial; con cara de despistado parecía haberse equivocado de sitio. Desgarbado, tenía un aspecto de flauta pero, cosa curiosa, lo suyo era la percusión. Durante toda la ópera, estaríamos pendientes de la minuciosidad casi tierna con la que cuidaba del parche de su timbal – llegando a utilizar un atomizador para humidificarlo– para conseguir la nota perfecta.

            La representación empezaba y, al estar tan cerca de la escena, me di cuenta en seguida de que iba a tener serios problemas de cervicales si quería alcanzar a ver la traducción al castellano del texto de la obra, proyectada a unos seis metros del suelo, justo por encima del bando con ondas de la cortina del escenario. Le eché una mirada a Luis quien, al igual que yo, había renunciado a leer y, sorprendentemente, a quejarse. A la señal de la batuta del director de orquesta, habían empezado a sonar las primeras notas y, durante los siguientes ciento cincuenta minutos, creo poder asegurar que fuimos un poco menos gilipollas, un poco mejores personas.

            En el coche de vuelta a casa permanecimos en silencio, un silencio libre de absurdos complejos, un silencio apacible. Cenamos lo primero que encontramos en el frigorífico, poca cosa, como cuando el «qué cenar» no era más que una cuestión secundaria en nuestras vida, y nos fuimos a la cama tarareando los últimos compases de Don Giovanni; tal vez fue gracias a eso que durante unas horas más seguimos siendo un poco menos gilipollas y mejores amantes.

            Para él me hice timbal, y, para mí, él se hizo músico. Acercó su oído a mis labios para oírme vibrar, me acarició con la palma de su mano para tensar mi piel, me humedeció para afinar todo mi cuerpo, y me acompañó hasta conseguir la nota perfecta sin falta de partitura.     

06/08/2011 13:08 dominiquevernay #. sin tema Hay 6 comentarios.

La muda

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Se levantó de la cama de un salto y, con los ojos aún cerrados, entró en la ducha. Se colocó de espaldas a la puerta acristalada y al espejo mural y, sin esperar a que el agua saliera templada, sus manos pasaron del enjabonado al aclarado, luego, al secado, con el mismo automatismo con el que lo hacen los rodillos en un túnel de lavado. De nuevo en la habitación, colocó la ropa que se pondría en el respaldo de una silla: una camiseta negra, unos gayumbos a rayas grises y blancas, un vaquero y unos calcetines negros también. 

Sin embargo, antes de vestirse, se acercó al radiador de su dormitorio para coger una venda. La víspera, la había lavado a mano y tendido, ya que de las dos que tenía esa era la más suave, y no iba a poner la lavadora cada noche solo para una cosa.

Después de haberla vuelto a enrollar con cuidado, levantó ligeramente los brazos y, como si de una nueva piel se tratara, envolvió sus pechos con la venda hasta borrarlos. Eran unos pechos grandes, pero marchitos, que contrastaban sobremanera en un cuerpo tan musculoso, esculpido a base de horas de gimnasio. 

Procedió al vendaje de sus senos con cuidado y en silencio, lo que daba a la escena dos enfoques muy diferentes. Por un lado, recordaba la parsimonia del mozo de espadas vistiendo al torero y, por el otro, la seriedad del embalsamador en pleno proceso de momificación.

Cuando hubo comprobado que podía respirar sin demasiada dificultad (contaba con que la venda iría aflojándose un poco a lo largo del día), se vistió y se dirigió hacía el baño para mirarse al espejo... ahora sí, podía hacerlo, se reconocía y, dentro de unos meses, después de la operación, seguro que todo sería más sencillo. Ese pensamiento hizo que María se sonriera en el espejo, que sonriera a Iván –así es cómo se llamaría en cuestión de nada–. 

Volvió hacia el dormitorio a por su cazadora. No le daba tiempo a hacer la cama que, con su voluminoso edredón rojo medio salido de la funda, le hizo pensar en una mujer recién parida, por fin liberada de la placenta.

– ¡Qué cosas se me ocurren! –pensó mientras se dirigía hasta la cocina para tomar un vaso de leche con su dosis diaria de testosterona. 

En alguna parte de la casa sonaba su móvil, pero no se molestó en buscarlo. Llevaba unos meses lejos de los suyos, aún era demasiado pronto para que entendieran.

 

 

12/08/11

Hace poco he visto a Iván. A pesar del dolor que le suponía todavía realizar el menor movimiento, me quiso enseñar las dos cicatrices que, como dos enormes sonrisas, luce su tórax.

¡Hasta siempre María! ¡Bienvenido Iván!

 

12/08/2011 19:42 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Microrrelato ( 6 años, 12 palabras)

-¡Jo!... ¿Y por qué yo no puedo ir a clases de cataclismo?
20/08/2011 14:32 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Tiempo de milagros

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No sabía nada, y me empeñaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado (Stanisław Lem, Solaris). Vivía en un estado de angustia permanente y todo a mi alrededor, desde los detalles más insignificantes, se tornaban presagios de grandes males. ¿Cómo había empezado todo?... Yo no lo podía recordar pues remontaba al momento mismo de mi concepción, cuando mi madre sintió cómo una corriente eléctrica le recorría todo el cuerpo:

            –Ya estoy preñada, dalo por hecho, será niña y de mayor solterona.

            Mi pobre padre, con las piernas aún flojas por la corriente propia del momento, se permitió sugerirle que, lo que ella tomaba por premonición, no fuera tal vez más que la reacción normal de su organismo al placer.

            –No sé de lo que me hablas –le contestó malhumorada recolocando los faldones de su camisón de franela, pero tú vete preparando, no tendrás un heredero varón, será niña, feúcha y se llamará Emma.

 Criada entre misales por parte de la rama materna y libros de esoterismo por parte de la  paterna, mi madre, niña mimada de familia acomodada, no careció de nada salvo de sentido común y, como de tal palo tal astilla…

            –¡Qué rara eres Emma! Siempre buscándole tres pies al gato. Las cosas son como son, muchas, inexplicables, otras, imprevisibles, injustas, irremediables… Pero, ¡a vivir que son dos días! –me aconsejaban constantemente las pocas personas que aún me frecuentaban.

            –Pero es que no os dais cuenta de que…

            –No, la que no se da cuenta de nada eres tú. ¿Dónde está tu sentido común?

 A esa pregunta no había podido responder nada. Si desde que tenía uso de razón utilizaba cinco sentidos, ¿de dónde salía aquel sexto sentido del que me hablaban?

 Tenía que averiguarlo y hacerme con él de la manera que fuera.                  

Como habían tenido que pasar sesenta años para que tuviera noticias del sentido común, supuse que sería algo muy íntimo, situado en uno de esos lugares del cuerpo de los que las personas decentes no hablan. Tenía que actuar con la mayor discreción.

            Don Rodolfo, vecino rico del quinto, viajaba a menudo a Paris de donde traía unas revistas. Una vez leídas, se las dejaba al portero y, por su manera de esconderlas cuando alguien le interrumpía en su lectura, deduje que podría tratarse de cosas íntimas. Decidí hacerme con una al menor descuido del hombre; y así hice.

            Cuando llegue a casa el corazón me latía con fuerza; era el primer hurto de mi vida, estaba muy excitada. Me quité el abrigo, me puse los anteojos de ver de cerca y me senté a la mesa donde había dejado la revista. 

            Muy manoseada, se había abierto sola en una de las paginas cuyas esquinas marchitas indicaban frecuentes lecturas. Eran fotos de mujeres posando semi desnudas: unas de pie, otras sentadas en posturas muy incómodas, otras tumbadas sobre falsas alfombras persas o sofás de terciopelo. Sus lánguidos cuerpos de textura de masa de pan, de muñecas de trapo suave, parecían necesitar de los elásticos de los ligueros, del almidón de las enaguas y de las ballenas de los corsés, para poder mantenerse en aquellas poses de auténticas gimnastas.

            Sentí que me ruborizaba, pero tenía que mirarlas detenidamente si quería dar con el sentido común de una de ellas o con un trocito por lo menos. Seguí con el dedo índice el contorno de sus manos, de sus ojos, de sus labios, orejas… no quería que se me escapara ningún detalle. Eran todas muy guapas y parecían sonreírme, pero escogí a una de ellas, a la más traviesa, para dejar que mi dedo llegase hasta los recuadros de piel que quedaban libres, entre los bordes de sus medias y el encaje de los elásticos de su liguero. Debí de hacerle cosquillas.

            De repente, sentí como una corriente eléctrica me recorría todo el cuerpo. No podía ser más que una señal, la señal inequívoca de que, para mí, había terminado el tiempo de los milagros crueles y que empezaba el del sentido común.

21/08/2011 11:19 dominiquevernay #. sin tema Hay 5 comentarios.


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