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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2011.

Miradas

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Le ha despertado. Con la mirada enmarañada aún de telarañas de sueño, el pequeño mira a su abuela que se inclina hacia él para desatarle de la sillita de seguridad del coche.

            –¡Pero qué complicado se ha vuelto todo!... Que si ata, que si desata. Pobre espalda mía, ¡menos mal que ya llegan tus papás!

            Sam está acostumbrado a las largas parrafadas de su abuela y sonríe al reconocer la palabra "papás"; la repite.

            –Sí, eso es, papá y mamá están a punto de llegar. Enseguida aterrizará su avión y los veremos llegar –le explica la abuela antes de ponerle en el suelo y cogerle de la mano para dirigirse del aparcamiento a la terminal del aeropuerto.

            "Avión", otra palabra que el niño ha reconocido. Levanta la cabeza, mira hacia arriba en busca del cielo; esta es su otra manera de repetir las palabras.

            Frente a un panel informativo la mujer se da cuenta de que, una vez más, ha llegado demasiado pronto. Es una de sus manías: apurarse para quitar de delante cualquier cosa que tenga que hacer, por mínima que sea. Pero luego pasa lo que pasa y medio disculpándose dice:  

–¡Pues ahora a esperar!

Como en señal de conformidad, Sam vuelve a colocarse el chupete en la boca, luego empieza a investigar lo que tiene más a mano.  

El pequeño juega ahora a alejarse unos pasos de su abuela para volver corriendo hacia ella. Sentada frente a la puerta de llegada catorce –la que corresponde a la del vuelo de su hija y yerno– le llama en cuanto se separa de ella de más de diez pasos y lo recibe con los brazos abiertos en cuanto regresa para esconder la carita entre los pliegues de su falda. No hay reglas escritas para este juego que repiten una y otra vez, solo miradas cómplices.

De repente, la puerta de llegada numero catorce se abre sobre la primera pasajera. Es una mujer joven; se queda quieta en medio del paso para realizar un barrido visual de ciento ochenta grados. Ya los ha visto.

–¡Chiquitín mío! –lanza mientras se acerca a su hijo y, agachándose, le tiende los brazos.

            La abuela se ha levantado. Sam parece salir de entre los pliegues de la falda plisada como una paloma del fular de un mago.

–¡Mira quien ha llegado!, es mamá...

            El chupete cuelga ahora del prendedor Pocoyo y el niño observa a la recién llegada con mirada de viajero intergaláctico; unos segundos, demasiado tiempo.

         –¿Es que no me reconoces? –dice la madre con cara compungida.

         –¡Claro que te reconoce! –y empujando el pequeño hacia su hija– ¿verdad que quieres mucho a mamá?

            Demasiado tarde. La puerta se vuelve a abrir sobre un hombre joven cargado con dos maletas. Ve a su hijo expectante frente a la mirada de regla de medir de su mujer.

            El hombre pone una rodilla en el suelo, abre los brazos y lanza un sonoro:

            –Hola Sam, ¿quién es mi campeón?

            Sam corre hacia su padre. La madre baja los brazos, se endereza y se acerca a la abuela con mirada de galimatías.

            –No dejó de preguntar por ti ni un solo día –le susurra esta última mientras le da un beso de bienvenida.

16/07/2011 15:58 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Rompiendo muros

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Hugo –¿A que soy tu mejor amigo?

Nico –No, no puede ser.

Hugo –¿Por qué?

Nico –Porque somos hermanos.

Hugo –Pero nosotros podemos ser las dos cosas ¿a que sí?

Nico -Bufff... pero eso es muy difícil.

Hugo -Ya, pero menos que, que... romper este muro.

Nico –¡Hombre claro!...

17/07/2011 11:20 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Rebelión

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No es la primera vez que tengo que irme a dormir al salón. A los bostezos de mis tacones de lentejuelas, hay que añadir las ruidosas sesiones de estiramientos de mis playeros, las quejas a voces de mis mocasines, las carcajadas a mandíbula partida de mis babuchas y los eternos lamentos de mis viejas zapatillas. 

Así no hay quien descanse y, además, tengo miedo. Almidoné los puños de las camisas de mi marido, y volví a sacar del desván de las vergüenzas, un cinturón de cocodrilo y un cuello de zorro pero, ni con esas.

En la estantería de los zapatos todo va de mal en peor y no tendré más remedio que comprarme un par de botas altas de cuero negro, de esas que se venden con fusta y que marcan el paso. 

 

 


23/07/2011 11:48 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Tolón, tolón, tolón, tolón

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–Hola peque, ¿qué tal?

Al otro lado del teléfono

–Bien.

–Y... ¿qué me cuentas?

–Tenemos una vaca en casa.

–¿Una vaca?

–Sí

–¿Cómo es?

–Mediana.

–¿Cómo de mediana?

–Como el museo Reina Sofía.

–..........

– Y además, con patas de palillos y de plastilina.

–¡Qué bonita! ¿Da leche?

–¡No, no puede, es de mentira!

25/07/2011 09:23 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Colada

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Los lunes toca lavar la ropa de color, y los martes, como hoy, la ropa blanca. Con las prisas se me olvidó asegurarme de que no quedara nada en los bolsillos: pañuelos de papel, céntimos, pelotillas lanudas... y algo debió de desteñir. Toda la ropa tiene ahora un aspecto grisáceo, lamentable.

            Busco la prenda culpable del desastre y la encuentro; es un pañuelo de organdí, el único que conservo de los que mi madre había mandado bordar con mis iniciales cuando hice la comunión. Siempre lo llevo en el bolso junto a un pastillero con lo necesario para una migraña repentina o una mala digestión. Ahora recuerdo que el día anterior, cuando Jaime me dijo que lo nuestro no tenía futuro, me puse a llorar y, al abrir el bolso –único refugio posible en aquel momento– vi el pañuelo bordado y lo saque par enjugarme las lágrimas.

            Abro el ordenador y tecleo: «solucionar manchas en la ropa». Se despliegan mil enlaces. En el primero puedo leer: «Lista de trucos caseros para quitar manchas en la ropa». La lista de los posibles agentes causantes de desgracias textiles es larga y aparece por orden alfabético. Busco en la T pero, a parte de las palabras témpera, tinta china y tinte para el pelo, no está la que busco. Sigo mirando en otros enlaces pero en ninguno viene.

            Apago el ordenador, suspiro. Tal vez no venga porque, como en el caso de la mancha de mora, sobra recordar que la de tristeza también, con otra se quita.

26/07/2011 09:58 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

La pelea

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—Vale, lo que tu digas, suspiró Raúl.

Se quedaron callados. Ese tipo de conversaciones laberínticas era nuevo para él y le dejaban agotado. Aquel ≪vale, lo que tu digas≫ era más una manera de poder descansar y recargar pilas para un segundo asalto, que el despliegue de la bandera blanca.  

Luego, se acercó a la ventana, puso la frente contra el cristal. Hacía frío. En la acera de enfrente, unas niñas jugaban a la comba (cada una con la suya) bajo la mirada burlona de un grupo de niños de su misma edad. Una de las niñas, la más delgadita, una ≪ricitos de oro≫ con diadema rosa, estaba escuchando a uno de los chavales y, para eso, había ralentizado el movimiento de la comba; dibujaba ahora círculos a cámara lenta. De repente, la pequeña soltó los dos extremos de la cuerda a la vez, para hacer un corte de mangas a su interlocutor con la misma cara de inocencia con la que hubiera hecho la señal de la cruz. 

Raúl se quedó unos segundos con los ojos clavados en la cuerda, convertida ahora en serpiente a los pies de la niña. Luego, se giro hacia su compañera tumbada en el sofá, la mirada fija en la pantalla del televisor. Dos mujeres se lanzaban insultos:

—Eres una sinvergüenza y lo que me tengas que decir, dímelo a la cara —chillaba una con los ojos fuera de las órbitas.

—A tí no te debo ninguna explicación, eres una zorra que me quitaste a mi hombre —se desgañitaba la otra, con una mueca de desprecio moldeada en silicona.

Raúl se giró de nuevo hacía la ventana e intentó recordar desde cuándo aquellas discusiones en forma de escalera de caracol habían empezado a hacerse más habituales entre ambos; no lo consiguió.

En la calle, niños y niñas jugaban ahora al escondite.

—Me apetece ir a dar una vuelta, ¿te vienes conmigo? —le propuso él.

  

28/07/2011 10:15 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Ruleta rusa

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Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida.” (Chéjov)

 

El hombre lee la noticia en un tono monocorde. La mujer le mira, pensativa. El hilo de café con el que va llenando su taza se corta por unos segundos.

—Pobre hombre —murmura sacudiendo la cabeza. 

—Querrás decir ¡pobre imbécil!, mira que ganar un millón y suicidarse... 

—El dinero no lo es todo —interrumpe la mujer, luego, termina de llenar su taza.

—Pues a mí no me parece que la vida que llevas te permita decir esta estupidez —lanza el hombre en tono burlón, mientras va pasando las hojas del periódico. 

Los dos terminan de desayunar y él se prepara para ir a trabajar. Se despide hasta la noche. 

—No me esperes levantada, llegaré tarde.

La mujer de nuevo en la cocina. Le duele la cabeza. No ha dormido bien, nunca duerme bien. Podría tomarse otro somnífero y volver a la cama; lo suele hacer cada vez más a menudo y hoy, al igual que ayer, no se le ocurre nada mejor. 

A paso lento se dirige hacia el dormitorio, abre el cajón de su mesita de noche, coge el frasco de somníferos y vuelve a la cocina agitando los comprimidos que tintinean contra el cristal. Eso mismo hacía cuando, de pequeña, ensartaba cuentas de colores en un hilo de nailon para hacer pulseras. Guardaba las cuentas en un tarrito y, según la intensidad del tintineo, sabía con bastante precisión cuantas le quedaban. 

Ahora hace igual, pero con somníferos. Intenta adivinar su número exacto y si lo consigue habrá ganado, como aquel hombre suicida de Montecarlo, entonces... 

—¡Qué cosas se me ocurren! —dice en voz alta y sonríe pensando en su marido leyendo la noticia: 

Una mujer, en la cocina de su casa, juega a adivinar, acierta y se suicida.

—Otra imbécil —concluiría él a modo de epitafio.

—Diecisiete —murmura la mujer antes de verter el contenido del frasco encima de la mesa de madera. Los comprimidos son blancos y van formando como un camino nevado.

¿Hasta dónde me llevaría?, piensa ahora.

En unos segundos, decide que hoy ya no va a ser igual que ayer y que el juego que ha iniciado tiene unas reglas muy definidas que piensa seguir a rajatabla. Bastantes trampas ha habido en su vida, no las habrá en su muerte. 

Tiene ahora que contar los comprimidos; si son diecisiete habrá ganado.

Con la misma concentración con la que un niño aprende a contar, señala con el dedo cada unidad y empieza: un, dos, tres... ¡Diecisiete!

¡Ha ganado!

La mujer sonríe y a sorbitos, sin prisa, se adentra en el camino nevado. 


29/07/2011 08:43 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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