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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2011.

Odio licuado

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(relato presentado a "Relatos en Cadena" de cadena Ser)

Papá solía morirse dos veces al día de risa, mi madre tres e incluso cuatro veces, mi hermana y yo nunca menos de cinco y mis dos abuelas que vivían con nosotros, por lo menos diez cada una.

Al principio, antes de quedarnos hacinados en unos cincuenta metros cuadrados, nos moríamos con más moderación; el odio que nos unía era sólido, en estado puro, sin aquella pátina de mezquindad y rencor que, poco a poco y como dos gotas de aceite suavizan el chirrido de los goznes, hizo de él un odio licuado que vomitábamos en chorros de risa malvada.   

01/05/2011 13:02 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Cuando la luna se enamoró de un nenúfar

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La luna se ha caído del cielo.

Nadie lo sabe.

En su lugar,

otra luna,

gorda, estúpida,

Envuelve la noche.

 

 

La luna se ha caído del cielo, 

solo yo lo sé. 

La vi saltar al agua

junto al nenúfar

que,

ahora,

la cubre.

 

La luna se ha caído del cielo.

La quise salvar,

pero no supe.

Grito de jacanda,

esperma de muerte.

Mil pedazos de luna 

salpican la noche.

 

02/05/2011 15:25 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Presentación del libro Relatos de Mujeres 2010

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13/05/2011 15:17 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La encantadora de serpientes

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13/05/2011 15:17 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Pole dancing ( baile en barra)

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Llevaba años trabajando en la notaría de Don Anselmo y ya estaba acostumbrada a sus cambios de humor.

Don Anselmo era viejo, al igual que su despacho situado en el primer piso de un inmueble venido a menos, eso sí, con blasón y con placa de latón de medio metro de ancho para sus cuatro ilustres apellidos.

El hombre presumía de no coger nunca el ascensor para subir los veinticinco escalones que había desde la calle hasta la notaría y nos invitaba a seguir su ejemplo para mantenernos en forma, a lo que las dos jóvenes de turno en prácticas, o sea, trabajando gratis, solían sacar chiste.

            ––¡Cómo no sea para mantener la forma de su tripa!...

El caso es que siendo la escalera de madera, el ruido que hacía al subir le delataba y daba tiempo a las chistosas a apagar sus Facebook para hacer que hacían y a mí, a enterarme de si llegaba de buen humor o no.

Si venía contento subía los escalones despacio (por la gordura) pero con pisadas regulares: pum, pum, pum… Si estaba de malas, entonces cojeaba y se podía oír una pisada fuerte, otra suave como cualquier cojo lo haría. Yo tenía una teoría para explicar aquella cojera intermitente: el mal humor se lo traía de casa como un chicle o mejor dicho, si me permiten la expresión, como una mierda pegada a la suela de su zapato, pero nunca debajo del mismo; a eso último nunca le pude encontrar explicación alguna.

¿Qué sería lo que le ponía de mal humor tan temprano? … Por lo que decían las chicas que, al igual que yo tenían que aguantar sus malos modales, era que venía «mal servido» de casa; tal vez fuera cierto, pero yo de esas cosas no entiendo.

Luego, había otros indicios bien claros para que nos preparásemos para lo peor. Una vez sentado a su mesa, nos mandaba traer las carpetas de los asuntos más pesados (a asunto pesado, carpeta pesada) y ponía su sillón de orejas de cara a la pared para poder vernos entrar, cargadas como mulas, desde el espejo que tenía colocado a tal efecto.

No cabía duda de que disfrutaba del espectáculo; teníamos que hacer auténticas piruetas para abrir la puerta de cristal de su despacho, que tenía una barra vertical de acero de arriba abajo a modo de tirador. Vacilábamos ante aquella puerta, con una pila de carpetas en una mano y un café hirviendo en la otra, antes de empujarla con una rodilla, un codo, la frente o con las tres cosas a la vez. Cuanto más joven era la becaria, más corta la falda y más arriesgada la técnica (¡las aprendices llegaban a utilizar hasta el trasero!... yo no, que con dos hernias lumbares no me podía arriesgar a tanto), más emocionado se ponía Don Anselmo y eso, no lo digo por decir, lo digo por los golpecitos que iba dando sobre el brazo del sillón con el anillo de oro y diamantes de su anular amorcillado; cuanto más joven la chica y más corta la falda más se aceleraban los golpecitos.

Lo que hacíamos eran auténticas acrobacias de baile en barra para que no se nos cayera nada y, si de esa nueva modalidad de baile sabía algo, era porque las chicas me habían contado que era como una gimnasia exótica o erótica… bueno no sé, no recuerdo bien la palabra pero seguro que era una de esas raras.

Un lunes a primera hora, me encontraba sola en la notaría cuando vi llegar a Don Anselmo con un cojear del pie derecho que no presagiaba nada bueno; la plasta que traía de casa debía de ser de campeonato, me tenía que ir calentando para el baile en barra con carpetas y café.

Sin embargo, en vez de eso, me preguntó por «sus nuevas becarias», como le gustaba llamarlas y pareció disgustarse aún más cuando le recordé que no empezarían a trabajar hasta el día siguiente.

––¡Puede retirarse y que no me moleste nadie! ––añadió sin siquiera mirarme.

Molesta, me volví a mi sitio cuando, al poco, me pareció oír como unos quejidos viniendo de su despacho. Preocupada por si le hubiese pasado algo, entré sin llamar por la puerta esa del demonio. Sentado en su sillón girado, con la cabeza ligeramente inclinada hacía delante y una especie de tembleque en la mano derecha, parecía estar sufriendo un ataque. Al oírme entrar, levantó la cabeza y, por el espejo, pude ver su cara pasar del éxtasis al horror al tropezar su mirada con la mía.

 Por lo menos no está muerto, pensé y, desde la puerta, le dije en tono muy servicial:

––¿Le ayudo?

            Lo único coherente que pude entender, a parte de una grosería que preferiría no tener que repetir aquí, es que me fuera y que nunca hubiera sospechado eso de mí.

Desde ese día me mira de forma diferente; ¿por qué será?

19/05/2011 16:40 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Con cuentagotas ( Pole Dancing desde otra perspectiva)

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Nueve de la mañana. Don Anselmo se disponía a cruzar el umbral del edificio en el que tenía la notaría, cuando un rayo de sol, el mismo de todos los días en esa época del año, le hizo un guiño desde la placa de latón que llevaba sus cuatro ilustres apellidos. Pero el hombre no estaba de humor para poéticas observaciones y aquel guiño solo le permitió fijarse en lo ennegrecida que estaba la placa.

¡Me cago en los porteros de ahora!, pensó Don Anselmo, cuando me lo encuentre se va acordar.

 

Al llegar frente a los veinticinco escalones que le llevaban de la calle a su despacho, estuvo tentado de coger el ascensor; un solo segundo de tentación que bastó para que los latidos de su corazón empezasen a tamborilear en su pecho, como en un día de tamborrada en Calanda. Aquella fobia a los espacios cerrados era su talón de Aquiles, pero era un secreto entre él y su fobia.  

 

Empezó a subir las escaleras con la sensación de que a cada día que pasaba, la altura entre escalón y escalón era mayor y que a cada año que cumplía, se añadía, como por arte de magia, un peldaño más a los veinticinco iniciales.

¡Qué magia ni qué niño muerto!, lo que pasa, es que me estoy haciendo viejo, cavilaba Don Anselmo mientras recordaba entonces lo distinta que era su vida de ahora de la de antes, sobre todo desde que Adela, su esposa, había vuelto de su cura de rejuvenecimiento con nuevos bríos; era él, ahora, el que no estaba a la altura.

–Dame tiempo mujer, dame tiempo, que ya verás cómo lo consigo –le suplicaba cuando retozaba con una Adela que empezaba a dar serias muestras de impaciencia y amenazaba con volver a su habitación. Eso último ocurría cada vez más a menudo y el ruido de la puerta, al cerrarse tras una Adela insatisfecha, era un «pum» semejante al del pisotón rabioso infligido por Don Anselmo a cada peldaño impar de la maldita escalera. En los pares, tenía que reprimir su rabia y pisar más suave para reponerse y poder llegar vivo arriba. A sus años, hasta la rabia tenía que salir con cuentagotas.

 

Aquel día al entrar en la notaría y como cada día desde hacía más de veinte años, Rosario le recibió con su –Buenos días Don Anselmo– tan falto de brillo como el latón de la placa de entrada; ni una palabra más, ni una menos, para acompañar a una sonrisa de puerta entreabierta con cadena y retenedor.

 

Hacía mucho tiempo ya que el notario no se esforzaba por ser amable con esa mujer, que no tenía más sex-appeal que el paragüero de su despacho y, si en algún momento sentía una pizca de remordimiento, se preguntaba ¿acaso soy amable con el paragüero?... ¿no?... ¡pues entonces!

 

Nada más entrar, echo de menos el tecleo de los ordenadores de sus becarias y pensó que la puntualidad y la juventud debían de estar reñidos.

–Cuando mis becarias hayan llegado, hágales pasar a mi despacho –ordenó Don Anselmo– que hoy habrá que revisar muchos asuntos.

Luego, empujó la puerta acristalada de su despacho que pesaba más que un muerto y, antes de que se cerrara del todo, Rosario, con la mirada fija en los zapatos de él –unos magníficos zapatos hechos a medida–, le recordó como dirigiéndose a ellos:

–Creo que el señor notario se ha olvidado de que Estela y Mirta ya acabaron las prácticas. Estamos esperando a otras dos jóvenes pero no llegarán hasta mañana.

Lo de mirarle los zapatos era una cosa que Rosario hacía a menudo y que exasperaba a Don Anselmo; había llegado a preguntarle si quería que le diera el nombre del artesano que se los hacía, a lo que ella había respondido ruborizándose:

–Oh no, lo siento Don Anselmo, son cosas mías.

 

¡Cuantos contratiempos en una misma mañana! Don Anselmo no pudo impedir que se le activará ese tic que tanto disgustaba a Adela y que procuraba neutralizar en su presencia. Era un tic de fastidio, que consistía en un chasquido de lengua sincronizado con un estiramiento de comisura de labios.

¡Un día entero con aquella mujer tan rara!… me tiene harto con esa manía suya de mirarme los zapatos como si tuviera uno de cada color o hubiese pisado una mierda por el camino o yo qué sé, pensó el hombre decidido a encerrase en su despacho y no permitir que Rosario entrara.

Ya sabía que al darle la orden de que nadie le molestara, Rosario se haría la ofendida, pero le era igual; ¡bastante con que tenía que colocar su sillón de orejas mirando hacia la pared, para no tener que verla a través del cristal de la puerta!

–¿Cómo se te ocurrió poner una puerta acristalada de entrada de bar en un despacho de maderas nobles! –le había recriminado su mujer al pasar un día por la notaría.

Don Anselmo había farfullado algo sobre decoración de vanguardia que no la convencieron, pero la cosa era salir del paso como fuera si quería mantener en secreto lo de su claustrofobia.

Luego, con el paso del tiempo, se fue alegrando cada vez más del cambio de puerta de madera a puerta acristalada. Las becarias que se sucedían en la notaría eran todas muy jóvenes y verlas moverse de acá para allá, verlas contoneándose para poder abrir la puerta cuando entraban en su despacho cargadas con carpetas y demás, era un espectáculo que le alegraba la vista y le cosquilleaba la entrepierna. De cosquilleo en cosquilleo tenía la esperanza de que, como en el caso de las pilas recargables, podría llegar a casa motivado y listo para los retos que le lanzaba la nueva Adela. Eso sí, había que reconocer que Don Anselmo era todo un señor y, para más discreción, había hecho instalar un espejo en la pared frente a la puerta, para poder observar a sus empleadas desde la butaca girada; además, lo del espejo añadía a esas maniobras de aperturas y cierres de puerta un matiz más travieso. 

Pero aquel día, no había espectáculo y, sentado en su sillón de orejas de cara a la pared, se sintió como cuando, de pequeño y por razones que a él siempre le parecían injustificadas, había tenido que someterse a un castigo de ese tipo. Pero esa vez no era Don Macario, su profesor de ciencias, ni Don Prudencio, el párroco que le acusaba de beber vino de misa a escondidas, los que se lo habían impuesto; no, ahora eran mujeres, siempre mujeres las que le hacían la vida imposible desde que se habían creído esa patraña de que eran iguales a los hombres en todo. Furioso, empezó entonces a cavilar sobre lo que él les haría a todas esas engreídas si tuviera la ocasión y, a juzgar por la fuerza del cosquilleo que le volvió a despertar la entrepierna, debieron de ser cosas terribles.

¡Ah no!, está vez no voy a desaprovechar la ocasión y dejarlo para más tarde con Adela, se regocijó el notario y, poniéndose manos a la obra, se olvidó por completo de la puerta acristalada, del espejo, de Rosario que podía irrumpir en su despacho en el momento más inoportuno, de que era ya muy viejo y de que todas las mujeres eran unas inútiles.

 Cuando al reabrir los ojos después de su momento de gloria, descubrió a Rosario mirándole en el espejo y ofreciéndole amablemente sus servicios, Don Anselmo, más indignado que abochornado, no pudo levantarse de su asiento hasta bien entrada la tarde y tanto pensó y se dijo, que al pobre sillón se le pusieron las orejas gachas. El hombre –que no el sillón–, juró no volver a fiarse nunca de nadie y menos aún de los paragüeros.

Pero de eso hace ya más de un año y en un año algunas cosas pueden cambiar.

          Entre Adela y el hombre todo ha ido a peor.

          Entre las becarias y el notario todo sigue tan acrobático.

          Entre Rosario y Don Anselmo las miradas y los silencios parecen haber adquirido cierto matiz prometedor o, por lo menos, eso es lo que a él le gusta pensar. Los «buenos días Don Anselmo» de su secretaria le parecen centellar en sonrisas de puerta derribada.

 Por eso, Don Anselmo sigue atento las idas y venidas de Rosario, no sea que un día se vuelva a mostrar tan dispuesta y que, por segunda vez, lo pille desprevenido, se vuelva a mostrar ingrato y que, como un cretino, no lo sepa aprovechar.   

 

PD: Si esta historia hubiese sido contada desde el punto de vista de las becarias, no os habríais vistos obligados a leer cuatro largos folios. Así hubiese quedado:

«El Don Anselmo ese es un viejo, verde y capullo, y su secretaria una pobre desgraciada que daría lo que fuese para pegarse un buen revolcón con él, suponiendo, claro está, que supiera de qué va eso del revolcón.»

27/05/2011 16:08 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.


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