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A la deriva (por Salinas)

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Después de varios días de bochorno ha llegado el mojabobos, una lluvia fina que  los de fuera menosprecian.

            –¿Un paraguas para tan poco? ¡Qué exageración!

            Haré pues como los turistas, dejaré el chubasquero en casa y volveré calada.

            A esta lluvia se la llama también orvallo. Cuando cae sobre la ciudad, la apresa, la deja tan inmóvil como aquellos mundos de bolas de cristal con sus nevadas de mentira. ¿Dónde están los olores de Castilla, limpios, rotundos, con un romero que no quiere ser otro que romero? Aquí, al contrario, esta lluvia de aspersor lo empapa todo: los sonidos se acolchan, los colores se apagan y los olores hinchados desbordan hasta mezclarse formando amalgamas de dudoso acierto.

            Poca gente por la calle principal de este lugar –casi ciudad, casi pueblo– y que desconozco por sabérmelo de memoria. Puedo ir con los ojos cerrados sin darme de bruces contra el semáforo que salpica de luz naranja mis noches de insomnio ni contra aquel contenedor cuyo pedal nunca funcionó; las bolsas de basura se van amontonando junto a su panza.

            Cada mechón de mi pelo se ha convertido en canalón y sacudo con fuerza la cabeza para desprenderme de tanta agua. Ha sido un movimiento enérgico, como los que desencadenan falsas nevadas en bolas de cristal. Me siento ahora tan ligera como uno de esos copos de nieve de poliespan. Me elevo hasta lo alto del monte.

             Con el dedo, sigo el recorrido de la calle principal allí abajo. Serpentea en paralelo a una línea de edificios de doce pisos de altura. Al igual que la basura furtiva contra la panza del contenedor, se irguen contra la del monte sin reparo en haber tenido que darle unos buenos bocados, para sus jardincitos de acompañamiento. Cada invierno, después de días de temporal, esas heridas sangran; el monte no es traidor y recuerda que no permanecerá impasible por mucho más tiempo.

             La historia de este sitio es la de un pueblo que quiere ser ciudad y para ello no ha dudado –ni duda– en podar, cortar, suprimir. Por eso tal vez, el monte que lo acogió con tanta generosidad antaño, lo teme ahora y huye hacia el mar, haciéndose acantilado en su cara norte.

             Con la vista sigo el vuelo de una gaviota despistada. Con ella me poso en la playa. Por un lado, la duna a la que se quiere poner puertas; se ríe y sigue su camino. Por el otro, una hilera de chalés. Escondidos tras muros y setos parecerían gigantes muertos regurgitados por el mar, si no fuera por el palpitar rojo del corazón de sus alarmas.

            Una ligera brisa del oeste se ha levantado, barre el orvallo.

            Emprendo mi vuelta a casa por la parte más antigua del pueblo –ante todo marinero– quien, en otros tiempos, solo tenía una aspiración: sobrevivir. Es una calle estrecha, bordeada de plátanos, la que anduve en sentido contario y que me llevó por primera vez –hace más de treinta años– frente al mar que me conquistó.

            En el último tramo del recorrido, me dejo envolver en las sombras de un jardín recreativo recién inaugurado. Cuenta con un parque biosaludable, nombre grandilocuente para una pequeña zona reservada a la práctica del ejercicio al aire libre.   Hoy no queda ningún valiente frente a volantes, timones, bicicletas, remos, andadores, elípticas, barras paralelas... A mi paso, parecen tender sus largos brazos metálicos hacia mí, como zombis en busca de una presa.

            No muy lejos: el parque infantil. Los columpios se mecen en la brisa del atardecer y los goznes de sus cadenas se quejan. Creo reconocer a un niña subida en uno de ellos.

            –¿Por qué no te columpias conmigo? –me reta con la mirada seria detrás de su flequillo – ¿Acaso ya no sabes?

             Miro a mi alrededor. Los zombis avanzan, vienen a por mí. Solo me queda una salida: sentarme en el columpio y subir lo más alto que pueda, ser de nuevo copo de nieve de poliespan, de nuevo gaviota... no, mejor aún, ser de nuevo niña.            

 

 

08/11/2011 09:23 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

Réquiem

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La verja del cementerio se cierra tras los últimos vivos. Caras de circunstancia, pasos medidos en unidad de longitud de pena, y murmullos, mientras se alejan del camposanto.

            Sin embargo, llegando a la primera curva del camino, los gestos compungidos se van borrando y los cuerpos encorvados bajo el peso del duelo se enderezan. Para ellos, la función del Día de Todos los Santos ha terminado. Suspiran de alivio.

            Asimismo los muertos que han quedado tras las verjas; empieza el jolgorio.

            –¿Habéis visto cuánto han llorado los míos?  –exclama Don Eufrasio, el del panteón con columnas dóricas.

            –No me parece que haya sido para tanto. Los míos sí que se les veía apenados, pero una pena con clase –replica Doña Margarita, de la familia de los Rebollo de la Torre.

            –¿Y qué me decís de la cantidad de flores que me han traído? –dice Doña Gertrudis la del sepulcro con losa de granito porriño–. Creo que este año he ganado, así es que, ¡a ver esas apuestas!

            –¡Ni hablar!, acuérdese, Señora Gertrudis del Sepulcro, que quedamos en que las flores de plástico no iban a contar –dice uno del columbario.

            –¡Cómo que no iban a contar! ¡Muerto de hambre! –lanza Don Eufrasio fuera de sí.

            –¡Lo que yo te diga!, ¡gordo mórbido! –le contesta el indignado del columbario–. Los de fuera nos han sabido tapar con muchas flores pero, ¡mirad, mirad bien, todas de plástico! Así es que olvídense de las apuestas y guarden para mejor ocasión sus oros – los que los tengan– que yo me guardaré las dos o tres falanges que me quedan. Recuerden que en ningún sitio se entra gratis.

            Un silencio de muerte se abate sobre el cementerio. Ya no tienen ganas de más jolgorio.

            De repente se oye una voz. Es la de Pepe el redero. Por una vez en su vida de fallecido, no es el objeto de todas las burlas de sus compañeros, por ser el único en no haber recibido ni visitas ni flores en un día tan señalado. En realidad nunca las recibe, de los del otro lado nadie le recuerda.

            –Pues he ganado yo –dice tímidamente el hombre.

            –¿Tú? –exclaman todos al unísono–. ¡Tú que descansas en tierra mala y tienes por familiares y amigos a lagartijas y cuervos?

            –Sí, ya lo sé, es extraño, pero acaba de abrirse una malva entre los hierbajos que cubren mi tumba.

            En el cementerio el silencio ha vuelto y, aunque el invierno no tarde en llegar, huele a primavera.  

13/11/2011 00:51 dominiquevernay #. sin tema Hay 3 comentarios.

Otra modalidad

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–¡Hola!

–Hola.

–¿Sabes quién soy?

–¡Pues claro!, eres Abu.

–¿Y qué me cuentas chiquitín?

–¡No soy chiquitín! ¡Soy mayor!, voy a pre-deporte con Nacho.

–¿Y eso?

–Pues que hacemos deporte.

–Ya, ¿pero qué hacéis?

–Corremos, damos la voltereta.

–¡Madre mía! ¡Pues sí que eres mayor! No creo que yo pudiera. 

–Ya, es un poco difícil, pero a mí me sale fe-no-me-nal.

–Eso es estupendo y, ¿qué más hacéis?

–Pues, no sé... más cosas.

–Y en clase con María de la O, ¿qué tal?

–También saltamos.

–¿También saltáis?

–Sí sí.

–¡No me digas! ¿Y cómo se llaman esos saltos?

–Saltos de alegría. Te enseñaré cómo se hace cuando vengas a mi casa.

(septiembre 2011)

15/11/2011 10:22 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Remate de cabeza

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Aún es de noche. Con las miradas perdidas en el fondo de sus tazones, los dos hermanos parecen querer recuperar miguitas de sueños de sus desayunos.

            –¡Vamos, daros prisa!

            Hoy, es su padre el que los lleva al cole.

            –Y recordar que tenéis que portaros muy bien en clase. Pronto va a llegar...

            El padre hace una pausa a la espera de que sus hijos terminen la frase.

            –Papá Noel –contestan los niños sin demasiado entusiasmo.

            –¿Y quién más después?

            –¡Los Reyes Magos! –vuelven a contestar con algo más de energía.

            –Y ya sabéis que lo ven todo, así es que...

            Los dos niños han levantado la mirada de sus tazones, de los que parece haber salido la misma pregunta.

            –¿Y cómo lo hacen?

            –Bueeeno, son como magos.

            –Yaaa –dicen al unísono. Un «ya» escéptico que Hugo se encarga de esclarecer enseguida.

            – Es que nosotros tampoco creemos en eso de los milagros y de la magia. ¿A que mamá y tú tampoco?

                        –Es verdad, os dijimos eso el otro día pero nos referíamos a...

            Ya no le prestan atención. Nico, el mayor, nota que se le está moviendo un diente.

            –¡Bieeen! ¡Otro diente que se me va a caer! ¡Vendrá el ratoncito Pérez! –grita entusiasmado.

            –¡Jopetas! Y a mí, ¿cuándo se me moverá uno? –protesta Hugo.

            El padre no puede reprimir una sonrisa. Hugo la ha visto.

            –Pero es que el ratoncito Pérez es diferente, no es magia, viene de otro páis ¿A que sí Nico? –afirma más que pregunta en tono desafiante.

            –¡Claro! –le contesta Nico; el mismo Nico de ayer quien, sabiendo regatear como un campeón, marcó su primer gol de liga en el colegio y que, ahora, frente a su tazón de colacao, se pregunta muy seriamente si el ratoncito Pérez le traerá cromos o dinero. 

20/11/2011 16:38 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

La llamada

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El pitido de la lavadora la saca de su ensoñación y se sobresalta. A cada día que pasa oye menos, sin embargo, los pitidos de los avisadores (microondas, lavadora, cafetera...) le resultan más molestos, como tornos de dentista pero en el cerebro. Se levanta para tender la ropa antes de que se le arrugue más de lo que ya debe de estar.

            Matilde suspira y cabecea como para asegurarse de que ella y sus pensamientos están de acuerdos en todo.

            –Sí, son buenos hijos en general –dicen sus pensamientos.

            –Sí –cabecea ella –pero, ¿por qué se empeñan en meterse en mi vida? ¿Qué necesidad tenía yo de una lavadora que centrifuga tanto que me deja la ropa más arrugada que yo?

            En un barreño de porcelana blanca desportillada mete las prendas que tiene  ahora que tender. En eso del tendedero, sí que no ha cedido cuando sus hijos hablaron de comprarle una secadora. ¿Cambiar de método a sus años?, ¡ni hablar!

            –La ropa necesita del aire y del sol para oler a limpio y volver a los armarios como Dios manda –les explicó sorprendida de que no lo supieran aún, como si, de repente, sus hijos pusiesen en duda que uno y uno son dos– Así es que haceos a la idea de que seguiré tendiendo al patio, en las cinco cuerdas de la ventana de la cocina, como siempre lo he hecho, os guste o no, se queje la comunidad o no.

            –Lo decíamos para facilitarte las cosas, nos gusta saberte rodeada de todas las comodidades  –alegaron sus hijos ante su reacción un tanto exagerada.

            ¡Facilitar, facilitar! Pero bueno, ¿quién dijo que existiese algo fácil en el mundo, cuando una tiene más de ochenta años? Mis piernas de hace cuarenta años, ¡eso sí era comodidad! En cuanto a lo de estar rodeada... Matilde sacude la cabeza lo más que le permite su artrosis cervical; algunos pensamientos hay que espantarlos como si fueran moscas de esas de la carne, gordas y verdosas.    

            Matilde abre la ventana y coge la bolsa de las pinzas que se encuentra en el alféizar, entre un tiesto de geranios y otro de lavanda.

            Tender bien la ropa tampoco es algo que se pueda hacer así, a la trágala; no, las primeras cosas que se deben de tender son las largas, las que tienen que ir en las cuerdas más alejadas de la fachada, que si no, sábanas y toallas se podrían manchar con el viento o coger olor a ajo frito de las cocinas de los pisos de abajo. Luego, van las faldas, blusas y medias de contención y, por último, en la cuerda más próxima a la ventana, lo menudo y las prendas interiores tendidas del revés y, a ser posible, con las pinzas más suaves, las que tienen como un poco de goma ahí donde pellizcan; son más caras que las de madera de toda la vida pero merece la pena. Con el ceño fruncido, Matilde se aplica como lo hacía de pequeña ante una plana de caligrafía.

            –¡Despacio! –les decía la maestra–. ¡Sin salirse de las rayas!

            Matilde sonríe satisfecha al ver la ropa balancearse como tiene que ser en el aire tibio del atardecer. Frente a su tendedero de cinco cuerdas, con pinzas de madera a modo de corcheas, parecer estar disfrutando de una sinfonía recién compuesta. En el barreño no queda más que un pañuelo bordado con sus iniciales cuando, en el interior de la casa, suena el teléfono. Matilde va a atender la llamada.

            La mujer tarda en reaparecer a la ventana, termina su labor y se mete para dentro. Un último rayo de sol juguetea con los pétalos de los geranios, luego, se apaga.

 

            Han pasado seis horas desde que llamaron por teléfono a Matilde. Ahora, está en la cama pero no duerme. En el tendedero de la ventana de la cocina, el pañuelo bordado con sus iniciales se balancea como alma en pena en el aire húmedo de la noche, perdido entre una falda y unas medias de contención. Lo sujetan dos pinzas de las de madera, de las que duelen de tanto como pellizcan, y cuyos alambres dejan manchas de óxido; manchas que no se quitan con nada ni con jabón lagarto ni con lejía. 

28/11/2011 10:40 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.


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