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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2011.

Tiempos de crisis

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Eran tiempos de crisis. No podía despilfarrar las dietas de viaje que cobraba, y por eso iba a faltar –por primera vez en su ya larga vida de representante comercial– a la promesa que se había hecho de no pasar una sola noche en esos hoteles de margen de autopista. Envueltos en olor a salsa barbacoa de restaurantes nacidos a la par, eran todos iguales, barracones por mucho que se les quisiera disfrazar. Sin embargo –había que reconocerlo– eran más baratos que cualquier pensión de mala muerte y, además, limpios.

            Así es que sobre las 19h del día en el que –insisto– por primera vez Nel iba a pernoctar en uno de esos moteles de nombres imposibles, sintió algo de aprehensión al teclear –en una pantallita colocada justo por encima del picaporte de la puerta de la habitación 320– el numero de seis cifras que le había sido asignado. Después de varios intentos frustrados, una lucecita verde parpadeó. El hombre entró.

            Sin soltar la maleta, echó un vistazo a la habitación, dudando aún si quedarse o largarse. Luego, se acercó a la cama, dio unos golpecitos al colchón, unos golpecitos tipo puntapiés de entendido en neumáticos. El colchón le pareció firme, como a él le gustaba. Dejó la maleta en el suelo y se sentó en el borde de la cama.

            Siguió mirando la habitación con cierto recelo. El linóleo del piso le llamó la atención. De color ocre, hacía juego con las cortinas y la colcha, pero dos caminos desgastados chirriaban en aquella sintética uniformidad; uno iba del lado derecho de la cama hasta el cuarto de baño, y otro, de la cama hacia el televisor –si una vez la habitación había contado con un mando a distancia, era evidente que alguien se lo había llevado–.  

             Otros caminos le vinieron entonces a la mente: los que trazaban los lobos del zoo al que solía ir con sus hijos cuando eran pequeños.

             El recuerdo de aquellos paseos en familia disparó entonces una sonrisa que se encasquilló al instante sin conseguir alcanzar los labios de Nel.

            De manera inconsciente había estado buscando un tercer camino en el linóleo, el que le llevaría hacia la salida, pero no lo había.

03/10/2011 11:08 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La gota gorda (primera parte)

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En mi edificio todos los dormitorios están orientados hacia el oeste, lo que los convierte en auténticos hornos desde mayo hasta bien entrado octubre.

            Por eso me encuentro hoy, a las tres de la mañana, en la terracita que da a un patio interior, intentando conciliar el sueño en una cama improvisada, al igual que lo están haciendo la mayoría de los demás vecinos.

            Lo más molesto no son los ronquidos del de debajo, ni cualquier otro ruido propio de dormitorios, amplificado en el patio, verdadera caja de resonancia. No, lo que resulta molesto de verdad, es el hecho de ver cómo se te derrite un pie, una mano o una pierna entera, sin poder hacer nada para impedir que se te vaya colando por el desagüe de la terraza, para ir a parar al patio diez pisos más abajo.

             Porque, aunque en mi edificio todos seamos de lo más educado y honrado, recuperar lo que es de cada uno de entre el amasijo de miembros amontonados –tras su resolidificación de madrugada– no resulta siempre fácil.

            El otro día sin ir más lejos, llegué la última al reparto y me tuve que llevar el único brazo derecho que quedaba, mucho más largo y peludo que el que uso normalmente. En la oficina me miran mal. A ver si pillo al despistado –o pervertido– que anda por ahí presumiendo de brazo bonito.

06/10/2011 09:19 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

La gota gorda (segunda parte)

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Estoy harta. Ya llevo más de una semana con ese miembro peludo a cuestas y estética a parte, solo me ha traído problemas.

            Mi novio dice que hasta que no recupere mi verdadero brazo no saldrá conmigo, que le da mucho corte y, aunque no lo quiera reconocer, creo que está celoso.  

            En el trabajo, murmuran a mis espaldas y tengo miedo de que me echen por acosadora, y eso que tengo mucho cuidado con sujetarme la mano pilosa en cuanto pasamos, ella y yo, demasiado cerca de Vanesa, la sexy de la oficina.

            Luego llega la noche y ni siquiera puedo dormir en paz ya que –y perdónenme la expresión– tengo que vérmelas con un miembro pajillero a más no poder; tanto es así que termino atándolo a la mesita de noche. Si por mí fuera, lo denunciaría, pero me temo que la policía no entienda la gravedad de la situación.

            Así es que ayer puse un anuncio en el periódico de –se busca brazo de mujer, urge– y ya me ha llamado alguien. Me contó que había encontrado una oreja macho en un parque y que al ver mi anuncio pensó que podría interesarme.

            –Siempre será mejor que, a la hora del trueque, pueda usted recurrir al truco del dos por uno: un brazo y una oreja de hombre por una brazo de mujer –me dijo al preguntarle yo, en qué me podía interesar aquella oreja.

            Quizá tenga razón. Y aquí estoy, con un brazo peludo y una oreja –tal vez sorda– en una cajita junto a mí. Además, no sé lo que me está pasando, noto unas tremendas ganas de ir a por un lienzo y de pintar unos girasoles.  

16/10/2011 16:46 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Hormigas y pedos de lobo

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Volvemos a casa después de una tarde de juego en un terreno contiguo a la urbanización.

            Es un sitio en el que uno se puede encontrar aún con ovejas pastando entre encinas y retama, pero también con tablones, ladrillos, alambres, trozos de tubería... ¡Valiosos tesoros para la construcción de una nave en la que surcar los mares del Sur!

            A mi lado, en la luz inconfundible de un atardecer de Castilla, los dos piratas que me acaban de rescatar –a mí, la princesa– de miles de enemigos, están agotados y van arrastrando los pies por el camino polvoriento de vuelta a casa, en el que siguen afanándose las hormigas.

            De repente, Nic se agacha para observar más de cerca la entrada de uno de los hormigueros, mientras Hugo huele, escéptico, un pedo de lobo. Por encima de esas dos cabecitas noto que revolotean unas preguntas y temo que mis conocimientos sobre hormigas y setas no estén a la altura.

            –Abuela, ¿tú crees en Dios? –me pregunta Nic sin levantar siquiera la cabeza, mientras hurga con un palito en la entrada del hormiguero.

            –Bufff... ¡Vaya preguntita! –le contesto– si existe, nadie le ha visto.

            –¡Pues claro! –clama Hugo poniéndose de pie y encogiéndose de hombros– es como los pedos de lobo.

            Nico me mira y me giña un ojo. Le contesto con otro guiño. Estamos de acuerdo. Dejaremos para más adelante esta conversación, para cuando Hugo sea mayor.

            Suspiro aliviada, las hormigas también al vernos reemprender nuestro camino.

Verano 2011

20/10/2011 11:54 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.

La araña valiente (Cuento de Halloween)

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Cuento de Halloween

Por Nicolás Campo Martín

 

Érase una vez… 

Una araña que vivía en el mundo, pero nadie lo sabía. Solo el diablo, que la quería matar con el tridente. Era Halloween y la araña salió a asustar a los niños...

 

Finalmente…

 La araña se encontró cara a cara con el diablo, sacó su tridente pero no lo consiguió, antes de tiempo la araña le picó y le mató. 

 

 

28/10/2011 18:23 dominiquevernay #. sin tema Hay 5 comentarios.

Susto (Dibujo de Halloween)

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¡Solo para mayores de 4 años!

¡Gente miedosa abstenerse!

           Hugo Campo Martín

29/10/2011 19:52 dominiquevernay #. sin tema Hay 2 comentarios.


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