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Primavera de microrrelatos indignados (segunda jornada)

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La manifestación

No me venía muy bien,

que si no,

yo también hubiese ido –dijo la mujer ensortijada.

La Miseria y Doña Angustias

No se conocían hasta que sus miradas se cruzaron, a pesar de que Doña Angustias tuviera siempre mucho cuidado de que eso no ocurriera. Pero, un momento de descuido lo puede tener cualquiera, sobre todo estando Doña Angustias como estaba, absorta en cerrar la cremallera de su monedero que cada dos por tres se le atascaba. Ahora, de camino a casa, iba hablando sola aunque eso fuese de gente loca.

–Se les da sin más miramientos y, ¡vaya usted a saber en qué se gastan las limosnas! –iba murmurando–. ¿Y cómo nos lo agradecen? Antes, con «toda humildad y zalamería»,* como siempre fue y como tiene que ser. Pero ahora lo hacen, ¡mirándonos a los ojos!, sí señor, ¡levantando la cabeza y mirándonos a los ojos! Y me pregunto, ¿para qué creerán que se les da?, ¿para que se nos pongan arrogantes y nos cuenten sus vidas? Pues, ¡hasta aquí podríamos llegar! El trato era bien simple pero, en lo que a mi se refiere, queda roto. Bastante mal huele la miseria sin que, además, tengamos que mirarla a los ojos.

 

*NADA, de Carmen Laforet

04/04/2012 23:56 dominiquevernay #. sin tema Hay 6 comentarios.

Técnicas

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    Regresaba.

            Y pensé que lo haría como siempre que se regresa: abriendo una puerta y poniendo el pie derecho delante del izquierdo, o al revés… así de sencillo; la técnica no cambia que lo hagas desde la habitación de al lado o desde el otro extremo del mundo.

Sí, mi hermano regresaba y yo me alegré un montón cuando, unos días antes, mi madre me dio la noticia. Al marcharse Nacho de casa, la había visto llorar y volvía a hacerlo con la misma intensidad al saber que regresaba. Aquellas primeras lágrimas las había entendido a pesar de que, como decía mi hermano, yo no fuera más que un mierda de doce años. Pero esas nuevas lágrimas maternales –de pena como las primeras– me dejaban algo perplejo y eso que yo era dos años menos mierda.

            –No lo entenderías –me contestaba cuando levantaba los ojos de la Play unos segundos, oyéndola hipar en un pañuelo– y, por favor Mario, quítate ese pelo de delante de los ojos que te vas a quedar bizco.

            Ese era el tipo de frases con las que mi madre ponía fin a cualquier tipo de conversación que juzgara muy por encima de mis posibilidades de entendimiento; estaba acostumbrado. La mayoría de las veces yo callaba, otras no, como aquel día, víspera del regreso de Nacho.

            –Pues cómprame otro gel, el extra fuerte, que ese que trajiste el otro día no vale.

            –Así empezó tu hermano con aquellos ridículos peinados de... de...

            –¡Anda, dilo mamá!, de degenerado –añadí enfurruñado antes de volver al mundo real de mi Play.

            Recordaba ahora la cresta gótica de Nacho, tambaleándose, mientras se daba una última vuelta hacia mis padres para lanzar una bravuconada más:

            –¡No necesito nada de vosotros! ¡No volveréis a verme!

            Dos años hacía de eso, dos años de vida errante para mi hermano del que recibía alguna que otra noticia por compañeros de instituto. Siempre supuse que a mis padres también les llegaban rumores –bien o mal intencionados– sobre la vida de su hijo mayor, pero nunca intercambiábamos información. El nombre de Nacho había sido proscrito en nuestra casa, además, todo lo que sabíamos no pintaba nada bien; era preferible ignorarlo.

            Regresó sí, pero a la casilla de salida: ninguna puerta que abrir, el pie derecho retrocediendo, avergonzado detrás del izquierdo o al revés.

            Fui yo el encargado de acercarse hasta la parada del autobús para darle la bienvenida y ayudarle con un supuesto equipaje. Mi madre pretextó un fuerte dolor de cabeza, mi padre ni eso. Llovía. No era una lluvia fuerte, pero cuando me quise dar cuenta ya tenía el vaquero mojado hasta las rodillas y no iba a dar la vuelta para ir a por un paraguas. Además, los paraguas, ¡menudo invento de viejos y vaya palabra más chorra! Pa-ra-guas. Y mientras veía el autobús acercarse, frenar y abrir sus puertas, me dio por buscar otras palabrejas con el mismo prefijo que el de aquel estúpido invento, como en los ejercicios que nos pedía la de lengua, cuando daba por sentado que no llegaríamos nunca más allá de eso: saber diferenciar los prefijos de los sufijos. Paracaídas, parafernalia, parásito –esa la decía mucho mi padre–  pararrayos... y entonces vi a Nacho y, mientras nos saludábamos con un ligero movimiento de cabeza, pensé que debería haber traído el puñetero paraguas, porque el que había venido a buscar no era más que un viejo acabado, era él el mierda ahora y tuve ganas de dejarle allí tirado con su mirada de perro apaleado. Mientras andábamos en silencio en dirección a casa, seguí con mi lista: paranoia,  paralítico... ¿para?... ¿para?... ¿para qué?

            Nacho volvía a casa sin equipaje –con una mano delante y otra detrás– como había oído decir a viejas amargadas del pueblo. Los dos andábamos con las manos en los bolsillos; yo con los puños apretados y supongo que él también. De repente, aquella lata de cerveza en nuestro camino y Nacho que me la tira de un puntapié y yo que la paro y que se la paso de nuevo acompañada de una sonrisa, sonrisa que me devuelve también, mellada desde luego, pero sonrisa a fin de cuentas.

            Llegamos a casa. Se me habían olvidado las llaves. Llamé al timbre, una vez, dos veces... y entramos por la parte de atrás, por el garaje cuyo portón siempre quedaba entreabierto hasta la vuelta de mi padre por la noche. Eran las dos, justo la hora de comer. Todo estaba listo, pero mi madre no había sacado el mantel de los días de fiesta; tampoco olía a mantecado, el postre favorito de Nacho.    

            Durante los dos meses siguientes a su vuelta no podría decir dónde estuvo mi hermano. No salía de casa, sin embargo no estaba, no le dejábamos estar. Su regreso era un lugar ficticio, sin puertas, se las habíamos tapiado y yo fui el primero.  

            «Demacre total», así es cómo había oído a un compañero mío de instituto describir a mi hermano. En más de una ocasión Nacho se había metido en líos para defenderme de abusones sin embargo yo, ahora, les dejaba hablar, callaba. Me decía que Nacho ya no era Nacho, el tío cuya cresta de gallo de pelea no paraba de tambalearse de osadía, de tanta como tenía frente a cualquier cosa que se le pusiera por delante.

            En aquella época mi madre se aficionó a las migrañas y a su habitación a oscuras. Mi padre seguía con sus muchas ocupaciones, profesionales y sindicales, y si se cruzaba con mi hermano en el estrecho pasillo de casa, le hacía siempre la misma pregunta:

            –¿Encontraste algo?

            A lo que Nacho contestaba invariablemente:

            –En breve, en breve.

            Y así fue. Nacho no mentía. Había encontrado algo, pero no era un algo de esos que llenan las vidas normales. Era un algo definitivo. Una mañana –que nunca más sería cualquiera– esperó a que amaneciera, abrió la ventana de su habitación de par en par, sacó de una cajita lo necesario para un nuevo y largo viaje, y se tumbó en la cama. Dos horas más tarde fui yo quien lo encontró: el pie derecho junto para siempre al izquierdo, las dos manos entrelazadas sobre el pecho… así de sencillo.

 


11/04/2012 17:56 dominiquevernay #. sin tema Hay 5 comentarios.

El Chevrolet del 59

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Con nuestro mecánico de confianza, las palabras pistón, biela, cigüeñal, balancín... eran poesía. Antes de darnos su diagnóstico, sobre los achaques del viejo Chevrolet del 59 de mi padre, el hombre se plantaba en medio del taller, sacaba un trapo del bolsillo de su peto, lo hacía una bola y se lo iba pasando de una mano a otra, con la parsimonia de un gran bateador seguro de marcar un tanto. Me dejaba atrapar en ese vaivén de bíceps, hasta que un extraño mareo me obligaba a salir a respirar aire fresco.(Escrito para Relatos en Cadena- Cadena Ser)

 

Sur les lèvres du mécanicien –en qui nous avions déposé toute notre confiance– les mots piston, bielle, biellette, arbre à cames... c’était de la poésie. Avant de nous faire part de son diagnostic –relatif aux misères de la pauvre Chevrolet 1959 de mon père– l’homme se plantait en plein milieu du garage, sortait un chiffon de la poche de sa salopette, en faisait une boule qu’il se passait ensuite d’une main à l’autre, avec la sérénité d’un frappeur de baseball sûr de son coup. Moi je me laissais attraper dans ce va-et-vient de biceps, jusqu’à ce que prise d’un certain vertige, j’étais obligée de sortir respirer un peu d’air frais. 

19/04/2012 12:26 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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