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La muda

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María se levantó de la cama de un salto y con los ojos aún medio cerrados se metió en la ducha. Se colocó de espaldas a la puerta acristalada y al espejo mural y, sin esperar a que el agua saliera templada, sus manos pasaron del enjabonado al aclarado, luego, al secado, con el mismo automatismo con el que trabajan los rodillos en un túnel de lavado. De nuevo en la habitación, colocó la ropa que se iba a poner en el respaldo de una silla: una camiseta y unos vaqueros negros, unos gayumbos a rayas grises y blancas y unos calcetines negros también.     

         Luego, antes de empezar a vestirse, se acercó al radiador de su dormitorio para coger una venda. La víspera, la había lavado a mano y tendido allí, ya que de las dos que tenía esa era la más suave y no iba a poner la lavadora cada noche para una venda solo. Después de haberla enrollado, levantó ligeramente los brazos y, como si de una nueva piel se tratara, envolvió sus pechos con ella hasta aplastarlos, borrarlos. Eran unos pechos grandes, que contrastaban en un cuerpo tan musculoso, esculpido a base de horas de gimnasio.

         Vendó sus senos con cuidado y en silencio, lo que daba a la escena dos enfoques muy diferentes; por un lado, recordaba la parsimonia de un mozo de espadas vistiendo al torero y, por el otro, la seriedad de un embalsamador en pleno proceso de momificación. Cuando hubo comprobado que podía respirar sin demasiada dificultad –contaba con que la venda iría aflojándose un poco a lo largo del día– se vistió y se dirigió hacía el baño para mirarse al espejo. Ahora sí podía mirarse, se reconocía y, dentro de muy poco, después de la operación, seguro que todo sería más sencillo. Ese pensamiento hizo que María se sonriera en el espejo, que sonriera a Iván –así se llamaría oficialmente de aquí a dos años y así era como pedía a todos que la llamasen ya.

         Volvió hacia el dormitorio a por su cazadora. No le daba tiempo a hacer la cama; con su voluminoso edredón rojo medio salido de su funda, le hizo pensar en una mujer recién parida, por fin liberada de la placenta.

         – ¡Qué cosas se me ocurren! –pensó mientras se dirigía hasta la cocina para tomar un vaso de leche con su pastilla de testosterona.

         En alguna parte de la casa sonaba su móvil. Era su madre.

         –¡Hola mamá!

         –Hola María, perdón Iván. ¡Lo siento!, aún se me escapa.

         –Tranquila.

         –Te llamaba para saber a qué hora quieres que pase a recogerte mañana.

         –A las ocho será suficiente. La operación está prevista para las tres de la tarde.

         –Acuérdate de que tienes que estar en ayunas.

Un silencio, tan tenso como lo estaba la venda que envolvía el pecho de Iván, oprimía ahora todo aquello que los dos hubieran querido poder decirse.     

         –Mamá todo irá bien.

         –Ya lo sé, pero serán dos grandes cicatrices...

         Antes de que su madre pudiera seguir hablando, Iván la interrumpió.

         –Sí, dos cicatrices como dos grandes sonrisas en mi pecho –dijo con una voz dudando aún entre los graves y los agudos–. Hasta mañana mamá.

         –Hasta mañana hijo.

16/02/2012 14:42 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.


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