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La clase de francés de los lunes

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Me gustaba la clase de los lunes de siete a ocho. Con Javier y Mario –dos chicos de catorce años, alumnos míos desde hacía tiempo– podía dejar de lado los aburridos ejercicios gramaticales y de conjugación, y charlar de lo primero que se nos ocurría; conversaciones espontáneas o comentarios sobre artículos sacados de internet, cuando la apatía de los lunes y de la adolescencia podían más que todo.

             No iban al mismo instituto, uno llevaba uniforme, el otro no, tampoco tenían la misma panda de amigos ni nada que dejase suponer que, fuera de mi aula, pudieran relacionarse. Un kilómetro apenas separaba sus respectivas casas, pero un kilómetro es mucho si pensamos que líneas imaginarias, vallas, bastan para formar fronteras. Sin embargo, lo que tenían en común, su inteligencia y curiosidad por todo lo que les rodeaba, me llevaron a creer que, con ellos, no había temas que no se pudieran abordar.

            Lo primero que les pedía siempre era que hicieran un pequeño resumen oral de sus fines de semana, recordándoles que les estaba permitido e, incluso recomendado, inventarse lo que quisiesen: un viaje, una fiesta... Pero nunca sentían la necesidad de hacerlo, nunca se cortaban a la hora de contar la estricta realidad de sus vidas. Si para Mario el golf –deporte por excelencia según Javier– era aburrido comparado con el futbol, Javier calificaba de garrulo, la discoteca a la que solía ir Mario. Sin embargo, nunca había notado tensión ninguna que se resistiera a unos cuantos ¿pero de qué vas tío?, ¡vaya trola! o que no se disipara echando unas cuantas risas. Eso creí hasta el lunes pasado.           

            Ese día los dos llegaron como siempre, arrastrando los pies como penitentes arrastrando sus cadenas. Una vez sentados y después de una última mirada a sus móviles, fue Mario quien pidió hablar primero. Nos contó que había ido a una manifestación con los Indignados y lo hizo con mucho detalles, aún emocionado por todo lo que había oído y visto. Le señale algún error de passé- composé*, no más.

            –Y tú Javier, ¿fuiste?

            Más que nada, aquella pregunta me permitía emplear una frase interrogativa interesante, con la famosa «y» intercalada entre el sujeto y el verbo; una buena manera de repasar un tema gramatical de los más complicados.

            – Et toi Javier tu y es allé?

            –Por supuesto que no, ¿para qué ir a una manifestación si...?

            Le interrumpí pero, sin darme cuenta aún de que el peligro encerrado en mi pregunta no era precisamente de orden gramatical.

            –¡En francés!, lo que tienes que decir dilo en francés y...

            Ahora era él que me interrumpía.

            ­–Solo un segundo, luego sigo en francés– me prometió­– ¿Para qué ir a una manifestación de gente que no saben de economía y que nunca serían capaces de sacarnos de la crisis?

            –¿Los tuyos sí serán capaces? –le lanzó Mario –los tuyos la provocaron y no les interesa que se solucione nada.

            Di un golpe sobre la mesa, pero de nada sirvió. Ahora era Javier el que contraatacaba.

            –Mi padre trabaja mucho, todo lo que tiene lo consiguió a base de mucho esfuerzo y dice que...

            –¡Qué va a decir? Un mentiroso como todos...

            –¡Mario!, no consiento que hables así, cada uno tiene derecho a ir o no a una manifestación y a tener sus propias opiniones. No te permito que insultes al padre de un compañero.

            Me había puesto en pie y, yo también, había dejado de hablar en francés para que quedará claro que daba por concluida la conversación.

             –Ahora me vais a hacer el favor de coger vuestros libros a la página ciento cincuenta y hacer los ejercicios tres y cuatro.

            Me gustaría poder decir que el silencio que se estableció entonces entre nosotros fue interrumpido por el zumbido de una mosca o por cualquier otra cosa, pero mentiría; era un silencio embarazoso, un silence à couper au couteau*. Tuve que apretar los puños sobre la mesa para ocultar que temblaba. Sabía que los dos adolescentes esperaban a que dijera algo, aunque mantuviesen la vista fija en los adjetivos posesivos del ejercicio tres de la página ciento cincuenta. Sí, algo les tenía que decir pero no sabía qué ni en qué idioma hacerlo.

            Entonces Mario rompió aquel asfixiante silencio

            –Et vous, êtes-vous allée à la manifestation?*

            Mario acaba de formar una frase gramaticalmente perfecta con el usted de rigor; nada que objetar.

            –Non, je n’y suis pas allée.*

            –Fijaros en la «y» de la respuesta que sustituye al...

            El oportuno «bip, bip» de una alarma interrumpía mi no menos oportuna explicación. Eran las ocho. Mario cerró su cuaderno. Javier echó una mirada a su móvil y contestó a un mensaje antes de recoger sus cosas. Yo me quede sentada, haciendo que hacía no sé qué cosa.

            –Hasta el lunes próximo –les dije antes de que salieran.

            –Hasta el lunes –contestaron los dos a la vez.

            Antes de que Javier pusiera la mano en el picaporte, Mario se me acercó de nuevo para una última pregunta.

            –Entonces profe, ¿piensas como Javier?

            –No, no pienso como él... ni como tú.

            Los dos se miraron, me miraron, una mirada en plan « ¡vale tía, lo que tú digas!, pero, por fa, explícanos cómo se come eso».

            –Ya saben, ni negro, ni blanco... el respeto, una de las reglas más...

            –Sí, sí... pero, ¿y las excepciones profe?, ¿toda regla las tiene, no? –me lanzó Javier desde la puerta entreabierta.

            Luego echaron unas cuantas risas y se fueron en direcciones opuestas camino de sus respectivas casas, mientras yo permanecía sentada, intentando recordar cómo se diría «no querer mojarse» en francés.  

 

 

*

 Passé- composé: Pretérito perfecto.

Un silence à couper au couteau: Un silencio que hay que cortar con cuchillo.

Et vous, êtes-vous allée à la manifestation?: ¿Fue usted a la manifestación?

Non, je n’y suis pas allée. : No, no fui.


01/03/2012 07:18 dominiquevernay #. sin tema Hay 6 comentarios.

¿Compartir? Sí, ¿pero cómo?

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María llegó al colegio; de las últimas como casi siempre. Otra vez tendría que ir de vagón de cola, en la fila renqueante que ya avanzaba en dirección a la clase de la seño Matilde, la de los párvulos. Roberto el Pegón era madrugador y hacía de locomotora.

–¡Jo, siempre me toca ser vagón! Nunca jamás me toca ser locomotora –se quejaba a menudo la pequeña.

Pero aquel día no se quejó, estaba triste. La seño, que lo veía todo porque tenía ojos hasta en la espalda, se acercó a su pupitre para mirar de más cerca lo que estaba dibujando y, de paso, intentar averiguar en qué profunda pena se había quedado atrapada la sonrisa de su alumnita.

–Es muy bonito lo que haces. ¿Este es tu padre y esta eres tú? –preguntó fijándose ahora en la figura que María coloreaba–. ¿Te está peinando?

–Sí, hoy le tocaba peinarme y prepararme el desayuno.

–Y esta es tu madre me imagino.

–Sí, hoy, a ella, le tocaba despertarme y ayudarme a hacer la cama.

–¡Qué bien! –dijo la seño– pero a mí me parece que les pusiste unas caras muy serias a los dos.

–Es que la tienen así cuando discuten.

–Bueno, a veces es normal que los papás discutan y se enfaden. Tienen muchas cosas que hacer y...

–Ya –interrumpió la pequeña– y no pueden perder tiempo para ir a ver la hoja de los turnos.

–¿La hoja de los turnos? ¿Qué hoja es esa? –preguntó la seño.

–La que está en la cocina, pegada a la puerta del frigorífico. Hoy no les dio tiempo ir a leer lo que ponía, así es que no me dieron ningún beso; no recordaban a quién de los dos le tocaba dármelo.

 

08/03/2012 09:31 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Mañana

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Igual que lo hacen las ballenas al emerger, la Nati sale de debajo de las sábanas con un resoplido potente que me cosquillea la nuca. Se ha puesto tremendamente gorda y al levantarse de la cama los muelles gimen. Abre la persiana. La miro, desnuda de espaldas a mí.

            –Está lloviendo –me dice.

            ¡Anda, déjate de lluvias!, ¿no ves que no puedes seguir así?, le quiero decir.

            Pero la Nati se sienta a mi lado, frunce el ceño.

            –¿Crees que me seguirá valiendo aquel chubasquero rojo que llevaba cuando nos conocimos?

            Le digo que tal vez sí. 

(Relatos en Cadena- Cadena Ser)

14/03/2012 18:37 dominiquevernay #. sin tema Hay 1 comentario.

Para que luego no me digas...

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Veo junto a su reloj unos números grabados en su piel.

            –¿Y este tatuaje? –le pregunto cogiéndole la muñeca con fuerza.  

            –¡Qué cegato eres papá!, es un número de teléfono escrito a boli y, ¡suéltame que nos están mirando y me haces daño!

            –¿De un noviete?, ¿lo sabe tu madre?

            –Sí y sí. ¿Tranquilo?

            –¡Vale! Pero, ¡entiéndeme!, solo tienes catorce años y tengo el derecho y el deber de recordarte...

            –Ya, ya... que los tatuajes no hay quien los borre. Ya lo sé.

            –Vale, pues eso... ¿Y de postre que vas a tomar?

(Escrito para Relatos en Cadena- Cadena Ser)

15/03/2012 16:45 dominiquevernay #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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